Creíamos que fue Marco Polo el primer europeo que visitó el extremo
oriente desde que lo hiciera Alejandro. Pero el macedonio no llegó tan al
este, ni se aventuró mucho más allá del radio de influencia persa en la
India. Al veneciano, sin embargo, nos lo sitúa la tradición en la China y en
la corte del Mongol, adonde debió de llegar hacia el año 1275 y de donde
regresó a su patria en el año 1294, después de una serie de aventuras,
experiencias y tribulaciones que algunos autores han puesto en duda
amparados en el argumento más o menos definitivo de que no tenemos
otra prueba que la palabra del viajero, que nunca se ha visto refrendada
por ninguna crónica china de la época, y que, por lo visto, tampoco es
demasiado exacta.
Sea como fuere, de fuente fidedigna y, si nos atenemos al detalle con
que se nos ofrece la noticia, sin duda bien informada, estoy en
condiciones de asegurar que se le adelantó quizá por espacio de cuatro
décadas un caballero castellano de oscuro origen. Y aún un lustro antes
que él, cierto fraile dominico de nombre desconocido que se aventuró
hacia el este recién fundada su orden, buscando convertir herejes
nestorianos y llevarlos al amor y autoridad del papa de Roma, y que en
vista de su escaso éxito continuó viaje hacia oriente sin meta fija. Debía de
ser nuestro caballero un vagabundo oportunista de infatuado genio que se
ofreció al rey castellano con ocasión de la batalla de Úbeda y que supo,
tras la victoria, encomiar sus hazañas lo suficiente como para obtener del
rey el beneficio del señorío de El Colmenar, poblacho situado al sur de la
Sierra de Gredos que hoy se conoce con el nombre de Mombeltrán, lugar
modesto donde los hubiere pero que prometía pingües rentas a quien
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tuviera los bienes de fortuna necesarios para extraerlas.
El pueblo luce hoy día un bonito castillo erigido en el siglo XV, elegante
fortaleza de planta cuadrangular con torreones circulares en los vértices,
pero que no existía en los tiempos a los que me estoy refiriendo. Quizá se
levantara en el mismo emplazamiento alguna torre defensiva de la que no
tenemos noticia, pero lo más probable es que tuviera que construirla
nuestro caballero -y quizá con sus propias manos, porque no consta que
poseyera por aquel entonces otros bienes que no fueran sus roñosas
armas y un magnífico potro que robó de sabe Alá qué establo moruno-.
Sabemos de él que se hacía llamar Nado, probablemente para ocultar su
verdadero nombre, y que tomó el impostado título de conde, que no
obstante ninguna autoridad se dignó ni en confirmar ni en revocar.
También conocemos el origen de su fabulosa fortuna, obtenida en muy
breve plazo poco después que su feudo, poniendo en juego todas las
habilidades propias de un caballero de fortuna de la época; a saber: el
pillaje y la extorsión sobre moriscos y judíos, y probablemente también
sobre cualquier otro incauto que se le pusiera a tiro sin que se parase a
preguntarle por su credo o por su origen.
Es seguro, en todo caso, que sus escrúpulos morales, comparados con
sus remilgos de honra, estarían en la misma proporción que el centro de
un círculo con su perímetro, y que, si había usurpado la dignidad condal,
no iba a mancillarla a las primeras de cambio permitiendo que se
difundiesen noticias poco honorables acerca de salteadores de senderos,
o de trochas de jabalíes, de peajes y aranceles que no amparaba ley
alguna, ni de vocingleras extorsiones con amenazas sustentadas por
hierros oxidados, que no otra cosa eran sus armas. En consecuencia, se las
compuso para que circulara por los alrededores un romancillo laudatorio
de dudosa calidad que ha llegado hasta nosotros gracias a algún escriba
ignorado y a la impericia, o quizá la desidia, de una providencia a fin de
cuentas poco divina que permitió que cayera en mis manos el único
pedazo de pergamino que no consiguieron roer las ratas y en el que, para
mi sorpresa, alguna torpe caligrafía había trazado con insegura pluma los
versos que siguen:
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Hubo un conde en otro tiempo,
buen caballero probado,
que habiendo vencido a moros
se dispuso a festejallo.
Caballeros eran venidos
de los reinos muy lejanos.
Grandes eran sus fazañas,
fuertes eran los sus brazos,
valientes sus corazones,
todos eran fijosdalgo.
Retóles, valiente, el conde
a luchar en los caballos.
Esto les dijo el buen conde,
que desta manera ha fablado:
¡Caballeros, caballeros
que comedes de mi pan!
Mañana yo os reto a todos
en combate singular.
A aquel que me venciera
yo le daré mi condado.
Pero ¡ay de aquel que cayera
bajo mis pies derrotado!
Aquel me dará su reino,
o me dará su ducado,
o daráme sus riquezas,
todas las que ha ganado.
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Visto el peculio que logró en tan breve plazo, no parece que hubiera
caballero que lo derrotara. Pero, al cabo de un tiempo, se presentó en sus
dominios un tal conde Cisión, según decía de sí mismo, a buen seguro
también caballero de fortuna, o bandolero no exento de ciertas dotes
retóricas, que exigió de los lugareños el ser presentado al muy famoso
buen conde Nado. Era el conde Cisión hombre corpulento pero de pésimo
aspecto. Provisto de unas armas aún más ruines que lo fueran antaño las
de Nado, le excedía en estatura en palmo y medio, en dos varas de
contorno abdominal y al menos en tres grados en lo que se refiere a
facilidad de palabra.
-Mi querido conde Nado – le dijo con toda naturalidad, pero con una
reverencia exagerada que olía por los cuatro costados a descarada
adulación-, luengo tiempo ha que anhelaba rendiros el honor de mi
persona, pero acontecimientos por completo ajenos a mi voluntad han
demorado mi llegada un tanto más de lo que hubiera deseado.
Nada dijo de la naturaleza de tales acontecimientos, pero sospecho
que, en efecto, fueron tan ajenos a su voluntad como poco convenientes
al honor de quien hubo de sufrirlos. Sospecho también que el conde Nado
no receló cosa alguna al respecto, porque un bellaco como él no habría
dudado en erosionar el amor propio de tan petulante sujeto si se le
hubiera pasado por las mientes cualquier motivo que se lo permitiera. Así
pues, no se le pasó.
-No ha querido el destino -prosiguió el conde Cisión- que llegara yo a
tiempo de las justas que celebrasteis con motivo de vuestras hazañas
contra los impíos infieles agarenos, a quienes su Alá confunda, de modo
que me veo ahora obligado a presentarme ante vuestra merced para
solicitaros la gracia de que sea renovado hacia mi humilde persona el
desafío que sostuvo vuestra merced contra la pléyade de famosos
caballeros que tuvieron el honor de ser vuestros huéspedes en aquella
ocasión. Es mi deseo, si os place, que se celebre el duelo a la mayor
brevedad posible; si bien, en atención a lo intempestivo de mi solicitud y
según mi deseo de concederos el tiempo suficiente para prepararos, en
ningún caso habría de tener lugar antes de que me regalaseis con el
descanso y el sustento que precisa un atribulado viajero como yo, que ha
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sufrido demasiado pródigamente las tribulaciones, vicisitudes y
privaciones de un viaje tan azaroso como el que me ha traído hasta
vuestra merced.
Dicho lo cual, repitió su desmedida reverencia con una sonrisa de oreja
a oreja que mostró cierta irregularidad en el reparto de los miembros de
su dentadura a lo largo de la prominente mandíbula, así como notable
abundancia de espacios interdentales que más bien ponían de relieve las
carencias que las perfecciones de su dentición.
Hay que hacer notar que, al abrir la boca, por la estancia en que se
hallaban se difundió un cierto aroma -o tufillo- de ajo, de cuyo origen no
podía caber la menor duda.
No sabemos con qué términos recibió el buen conde Nado el desafío de
su rival, si trató de zafarse o si le plugo al instante, si buscó excusas
plausibles o de las otras, si mostró o no mostró reticencia hacia sus
peticiones, si accedió o no accedió al instante a sus condiciones. Lo que sí
sabemos es que el combate se celebró dos meses más tarde,
inmediatamente después de que el viajero se declarara repuesto de las
penurias de su dilatado peregrinar.
Tampoco conocemos los pormenores de la lid, más allá de los tópicos y
lugares comunes con que las crónicas exageran tales eventos. Pero si les
concediésemos algún crédito, cada uno de los contendientes habría
tenido que perecer al menos una docena de veces durante su curso, y
otras tantas durante la necesariamente larga convalecencia para
recuperarse de las heridas. Pues ¿qué parte de ambas anatomías habría
quedado libre de incisiones, tajos, quebrantos, contusiones, magulladuras
y golpes de toda índole que adornan con hiperbólica frecuencia el relato
de los hechos de armas? ¿Y qué decir de los mares de sangre derramada,
o de las fintas, las cabriolas y otros alardes atléticos que harían de unos
mugrientos barrigones envueltos en oxidado acero verdaderos hijos del
viento?
No, no. Para el bulo no hay bula. Nada diremos de todo ello, no sea que
el futuro nos acuse de difundir con inocentes palabras las mentiras, las
consejas y patrañas, las monsergas a que se prestan ordinariamente los
ingenuos oídos de las gentes.
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Nada, salvo que la victoria cayó del lado del conde Cisión. El cual,
adelantándose con inverosímil presteza a toda posible artimaña defensiva
de su contrincante (o cotrinchante), en un abrir y cerrar de ojos despojó
de sus armas al desprevenido Nado y le forzó a rendirse bajo la amenaza
más o menos inminente del filo de su herrumbrosa espada en la yugular.
-Rendíos -le dijo- o sois hombre muerto.
No creo que haya nada reprochable en el hecho de que el conde Nado
se rindiera sin pensárselo dos veces. En tales circunstancias pocos
privilegiados pararían a considerar que la disyuntiva propuesta tanto
podría ser fuerte como suave, en cuyo caso ambas opciones quedarían al
alcance del arbitrio del vencedor, y el vencido se haría entonces reo de
cobarde lasitud al aceptarlas. Es preciso observar que Cisión tampoco era
ningún virtuoso de la lógica (ni de nada, dicho sea de paso), que no
advirtió el doble sentido que podrían tener sus palabras, o bien que no le
interesaba considerarlo. Así pues, retiró el acero del cuello de su
adversario y permitió que se levantara, porque había doblado la rodilla.
-Estáis en deuda conmigo -le dijo.
-Señor – respondió Nado-, desde este instante todo cuanto poseo: mi
caballo, mi castillo, mis tierras, mis bienes, todo es vuestro. Yo regresaré a
la vida errante que llevé antaño, en busca de honra y mejor fortuna.
A punto estuvo Cisión de aceptar el ofrecimiento del derrotado, pero,
cual rayo de clarividencia, un pensamiento cruzó raudo desde la primera
neurona de su más o menos dilatada sesera hasta la última. Una chispa de
socarronería, que tan a menudo se confunde con la inteligencia, dibujó en
su desigual rostro pícara sonrisa un tanto escorada hacia la izquierda e
iluminó su mirada con un expresivo brillo en los ojos.
-Señor. Confundís mis intenciones, y de paso me ofendéis, si creéis que he
venido en busca de fortuna y no sólo de honra. No tomaré vuestros
bienes, sino que los conservaréis íntegros, y bien que los necesitaréis en el
futuro, pues la penitencia que os impongo como prenda para recuperar el
honor os obligará de nuevo a abrazar la vida errante. Viajaréis al más
lejano oriente y, allende el mar, arribaréis a las costas del Imperio del Sol
Naciente, donde vive la sin par Princesa Yo-no-Miro, hija mayor del
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emperador de esas tierras, doncella de inigualable beldad cuya fama
traspasa todas las fronteras, y os presentaréis de mi parte ante su
fermosura para que ella haga de vos lo que más fuere de su voluntad. Y no
temáis por vuestra hacienda, que yo me comprometo a custodiarla y
administrarla en tanto no se verifique vuestro retorno. A vuestro regreso
la hallaréis no sólo entera sino aumentada. Y si los avatares del camino no
permitiesen vuestra llegada, yo sabré cederla, bajo palabra de honor, a
vuestros herederos.
No tuvo más remedio el Conde Nado que aceptar los términos de su
rendición, y de inmediato procedió a los preparativos del viaje. Primero se
informó acerca del itinerario, pero más allá de San Juan de Acre toda
noticia era incierta, todo mapa impreciso, toda tierra envuelta en misterio,
todo camino conducente a la nada. Después hizo acopio de todo el oro
que le cabía en las alforjas aun a riesgo de cargar en demasía a su pobre
caballo, bruñó sus armas hasta llegar a infundir la sospecha de que no
fuesen del todo viejas y se proveyó de viandas para un par de etapas. Al
cabo de una semana se calzó el yelmo a pesar de que la visera chirriaba al
alzarla como una legión de roedores, se ajustó la coraza antes de que se
olvidase de brillar, se ciñó la espada, montó sobre su caballo, que dicho
sea de paso era lo menos malo de sus pertrechos, puso la lanza en ristre
y partió con rumbo al puerto de Barcelona -pues el de Valencia aún estaba
en manos de los moros y no osaba llegarse allá- con intención de
embarcarse hasta Acre, que en aquella época aún era plaza cristiana.
Llegado al puerto no halló más barco que una galera argelina que
traficaba con negros númidas y que, en cualquier caso, haría la ruta del sur
y no la del este. No se desanimó el valeroso conde, y al cabo de un mes de
buscar por muelles y malecones encontró un barcucho, velero sin cubierta
y con un aprendiz de mástil que arbolaba una triste vela triangular, que
haría la travesía hasta Mallorca, a la sazón ya cristiana, desde donde sin
duda podría hacerse de nuevo a la mar hacia Tierra Santa. La nave daba
muestras de no poder superar la primera ola, de modo que el conde
decidió cabalgar hasta Marsella y probar suerte entre sus marinos.
De Marsella pasó a caballo hasta Génova, de allí a Turín, y desde Turín,
cabalgando aguas abajo a orillas de un ancho río que los lugareños
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llamaban Po, se llegó a Venecia. Allí trabó amistad con unos mercaderes
italianos que hacían la ruta del este, pero que no pudieron darle noticias
más allá de Trebisonda, o Trapisonda. Sin embargo, le consiguieron pasaje
a precio astronómico en una nave chipriota que se dirigía a Constantinopla
con escala en El Pireo.
El pobre conde tuvo que desembarcar en El Pireo, harto de que no le
aprovechara el poco alimento que ingería y de tener que sujetar los
espasmos de su estómago a base de ceñirse la corza más de lo prudente.
Tampoco lo pasó mejor su caballo, que se mostró incapaz de sostener el
peso del jinete nada más desembarcar en tierra griega. El conde se vio,
pues, obligado a ofrecer en aquellas tierras platónicas el triste espectáculo
de conducir por la brida a su montura hasta las afueras de la ciudad,
donde pudo forrajear a sus anchas durante un par de días y reponerse de
su amarga experiencia marinera. El conde juró no volver a embarcarse
nunca más, salvo que no hubiese más remedio, y el equino jamás pudo
reprocharle a su dueño el jurar precipitadamente.
De manera que el sufrido Nado se vio obligado a ganar la costa del
Egeo y cabalgar lo más aprisa que pudo hasta llegar al Bósforo. Cuando vio
que no podría seguir el viaje salvo cruzando el estrecho en barco, a punto
estuvo de decidirse a costear por el norte el Mar Negro, pero unos
barqueros le avisaron de que, de todos modos, debería atravesar el
Danubio y añadieron que ellos no tenían noticia de que hubiera puentes.
El único modo de convencer al animal de que subiera a la barcaza que
habría de llevarle a la otra orilla pasó por que el jinete no desmontara, y
aun así fue preciso recurrir a la fusta y la espuela. Fue preciso también que
el conde cabalgase durante toda la travesía, y no tanto por mantener él
mismo una apariencia digna como por evitar que el caballo entrase en
pánico y se arrojara a la corriente.
Una vez en tierra, el viajero no pudo -o no supo- informarse de la ruta
que le convenía, de modo que, ciñéndose al plan original que había
previsto en vez de dirigirse directamente al este, pidió que le encaminaran
a San Juan de Acre, adonde llegó año y medio después de haber
abandonado su pueblo. Y ya sin caballo, pues se le había muerto en la
antepenúltima etapa.
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No le quedó más remedio al desventurado castellano que invertir el
grueso del oro que le restaba en adquirir nueva montura, lo que logró al
cabo de diez días de pelear con tratantes que se empeñaban en jurar por
lo sacro y lo profano que cualquier saco de huesos, que quizá no eran ni
de caballo, le podrían llevar un palmo más allá de las murallas de la
ciudad. En cualquier caso, el conde se mostraba íntimamente convencido
de que no sería del todo injusto restituir unilateralmente la equidad de la
transacción recuperando con creces lo que había gastado en ella. Y como
su antigua vida le había provisto de la ciencia necesaria para conseguirlo,
lo hizo.
-Al que roba a un ladrón -se decía-, cien años de perdón.
La consecuencia no deseada fue que se vio obligado a esconderse, lo
que le impidió concertarse con ciertos caravaneros que podrían haberle
llevado a Bagdad, donde pretendían colocar a buen precio su cargamento
de sal del Mar Muerto, según les había oído decir, y con cuyos beneficios
acudirían luego a Tabriz a comerciar con sedas.
¿Y de dónde venían las sedas? Pues del extremo oriente, según supo.
Ya tenía, por tanto, trazado su plan.
Tampoco los mercaderes habrían aceptado a un infiel, ni siquiera como
criado que recogiese la bosta de sus camellos para alimentar las hogueras.
Y menos a un ladrón. De manera que el conde se vio obligado a seguir su
rastro a distancia, no tan cerca que advirtiesen su presencia ni tan lejos
que no oyera sus rezos las noches del desierto, o no pudiera ver el
resplandor de sus fogatas.
En Tabriz cambió de nuevo de caballo y, en consecuencia, tuvo que huir
apresuradamente. Por fortuna para él, encontró un grupo de mercaderes
bizantinos que le condujeron a Samarcanda, y desde allí le encaminaron
hacia un poblacho al que llamaban Dusambé -o algo parecido- situado al
pie de la Cordillera del Pamir. Fue una suerte que le indicasen esa ruta,
porque los mongoles que le perseguían desde Tabriz, a quienes había
comprado el caballo, nunca se desviaban tan al sur, pues seguían la ruta al
norte de las montañas Alay, por el valle de Fergán, que era más
practicable en invierno.
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El invierno, precisamente, le demoró cuatro largos meses en Dusambé
porque le aseguraron que no sobreviviría ni dos días en la meseta. Aun así,
ya en abril le aconsejaron que volviese a Samarcanda si pretendía
continuar hacia el este, pero consiguió entenderse con un guía kirguís que
en su juventud había viajado hasta Kasgar en alguna ocasión y que
aseguraba conocer el Pamir como la palma de su mano. El guía le servía
también de intérprete, pues también había viajado hasta Constantinopla
siguiendo la ruta que desde Tabriz pasa por Trapisonda, más corta y más
fácil. Lo mismo podía chapurrear el griego como el italiano, e incluso el
francés, y se entendía sin dificultades con los mongoles. Le conduciría al
sur de las montañas Alai, por un paso elevado que corre paralelo y que
deja al sur el altísimo monte Garmo. Pero no partieron hasta bien entrado
el mes de mayo.
Hacia finales de junio avistaron la ciudad de Kasgar. Allí vivían sobre
todo uigures, con los que el guía se entendía a las mil maravillas, pero lo
selecto de la población lo constituía la minoría mongola, que dominaba la
zona desde hacía algunos años. Fueron precisamente los mongoles
quienes primero le hablaron al conde Nado de un italiano que por la
descripción parecía uno se esos frailes predicadores seguidores de
Domingo de Guzmán. Un orate a quien llamaban “hombre-urraca” y que
huyó precipitadamente hacia el este porque osó decirle a un príncipe
mongol que acabaría en los fuegos del inferno si no se convertía.
-Pero ¿cuál era su nombre? -se interesó el conde.
El guía preguntó. Después se encogió de hombros y tradujo.
-Urraca.
El guía acompañó a Nado hasta Lanzhou porque en Dusambé no le
esperaba nadie y porque con el conde, unas veces a fuerza de oro y otras
a fuerza de rapiña, comía casi a diario. Viajaron durante todo lo que
quedaba del verano por una ruta bastante transitada por mercaderes que
dejaba al sur las montañas y que se dejaba recorrer a toda prisa. Nado
tuvo que cambiar de nuevo de caballo porque el que le había traído de
Tabriz comenzaba a mostrarse incapaz de dar un paso más. Como no
había modo de escapar o de disimularse entre la gente, en esta ocasión
tuvo que pagar el precio que le pidieron por un potro mongol que le
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dejaba la sensación de arrastrar los estribos por tierra, como veía que
venía haciendo su compañero de viaje. Sin embargo, el animal aguantaba
a las mil maravillas la carga y las marchas, sufría sin queja los rigores del
clima y nunca daba un paso en falso.
En Lanzhou el kirguís se unió a una caravana de mercaderes que llevaba
seda hasta Samarcanda y el conde prosiguió su viaje al este en solitario.
Para entonces ya podía entenderse medianamente con turcomanos y
mongoles, y sabía cómo hacer para que un chino le suministrase lo que
necesitara. El invierno le sorprendió ya cerca de Beijing, pues marchó
incansable y regularmente sin detenerse más que lo estrictamente
necesario. Y tampoco allí se demoró, sino que continuó rumbo este hasta
que llegó al mar, cerca de Jinzhou. Allí se informó de la mejor manera de
llegar a Japón, y decidió continuar por tierra, atravesar toda Corea de
norte a sur y embarcar en Busampo con destino a la ciudad japonesa de
Akamagaseki, muy cerca de Dan-no-ura. Desde allí cabalgó sin pausa por
espacio de quince días, entendiéndose en chino con los locales que lo
conocían y por señas con quienes no lo conocían, y llegó a Heian -la actual
Kyoto, que era donde estaba la corte y donde residía el emperador- no a
tiempo de ver la floración de los cerezos, hecho muy celebrado entre los
cortesanos, pero sí para oír hablar aún de ella. Casi cuatro años le había
durado todo el viaje.
Lo exótico de su porte, sus armas, su vestimenta de apariencia noble,
aunque ya muy ajada, le abrió paso entre los cortesanos y le facilitó una
audiencia con la sin par princesa Yo-no-Miro. Era la princesa la hija mayor
de una de las concubinas menos importantes del emperador, cortesana de
no muy alto rango, lo que le permitió al conde acudir a la entrevista sin
necesidad de intermediario y sin que la doncella tuviera que ocultarse tras
un biombo, como era costumbre entre los nobles de mayor rango en su
trato con personas de inferior condición.
-Señora-le dijo el conde-, vengo de lejanas tierras para arrojarme a
vuestros pies como homenaje a vuestra belleza y como prenda en pago de
la deuda de honor contraída en combate singular contra el muy afamado
conde Cisión, de quien vuestra merced sin duda ha oído hablar.
El conde trataba de expresarse en chino, lengua que sabía conocían los
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cortesanos japoneses como conocen los clérigos europeos los latines de la
misa. Pero, entre su mal hablar y el mal oír de la princesa, no hubo modo
de que ésta le entendiera.
Por suerte para el conde, un criado de la princesa -hombre de condición
vulgar, aunque perspicaz en grado sumo y a quien todos los rostros de los
europeos le parecían iguales, tal como a nosotros nos parecen iguales
todos los chinos- le hizo alguna indicación a su señora. Ésta dio una orden,
y al cabo de un buen rato otro personaje fue traído medio a rastras por
unos soldados a la sala en que estaban.
Al verlo, el conde abrió los ojos hasta donde el dolor de los párpados lo
permitió. Tenía ante sí a un europeo que, por los jirones que quedaban de
sus harapos, debía de ser un fraile dominico. Lo trajeron encadenado y
sucio, pero su hábito -con trazas de haber sido blanco donde correspondía
y negro donde era menester que lo fuera- era aún reconocible. Ya había
tenido ocasión de ver alguno en Ávila, los vio también en la Provenza y en
Génova, y los recordaba lo suficiente para no albergar dudas.
Inmediatamente recordó al “hombre urraca” de los mongoles.
Los soldados le dijeron al dominico unas palabras en tono que sonó
bastante descortés, y el fraile se dirigió al conde en italiano. Después, al
conocer en su rostro que no le entendía, cambió primero al provenzal y
después a un castellano que resultó comprensible.
-Caballero, -le dijo- vuestro chino es pésimo, lo habréis aprendido en los
establos o removiendo la bosta de los ganados, y no lo entendería ni el
más rústico camellero del Gobi. Mejor será que os expliquéis en román
paladino, que yo trataré de traducir lo mejor que sepa.
Repitió entonces el conde en castellano lo que ya había tratado de
declarar en chino, y el fraile tradujo en incomprensibles palaras que
también adquirieron un tono que sonaba poco cortés, pero que no alteró
el semblante de la princesa. De hecho, ni se inmutó.
Al conde de repente se le subieron a la cabeza los cuatro años de viaje y
todas las penurias sufridas, las largas cabalgatas bajo el sol implacable del
desierto y los fríos heladores de las montañas, las noches al raso, las
persecuciones de los mongoles, las interminables jornadas en las estepas
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sin que ningún rostro humano se le apareciera. Y todo ello para hacerse
reo de la más insultante indiferencia, para no merecer siquiera una mirada
compasiva de la princesa.
-¿Acaso no veis de qué lejanas tierras vengo? -estalló-. ¿No veis en mi
rostro el sufrimiento de cuatro años? Y a pesar de ello, ¿no veis mi
arrogancia, mi apostura, mi gallardía, que en todo dejan conocer el valor
de mi fuerte brazo?
-Señor -contestó el fraile-, la princesa es ciega.
Sólo entonces reparó el buen conde Nado en el rostro de Yo-no-Miro.
En efecto, su ojo izquierdo, aun apagado como estaba, mostraba un
estrabismo extremo hacia estribor, de manera que si funcionase no habría
podido ver más que la pared izquierda del tabique nasal, por breve que
fuera; el ojo derecho, apenas abierto, no era sino un globo gris y no le
servía para nada. Por lo demás, dejando al lado el colorido atuendo de
seda, lo más notable de su belleza era precisamente su ausencia. La frente
retrógrada, es decir: con evidente vocación de huir hacia atrás; el cráneo
breve y provisto de unas eminencias auriculares que podrían servir de
abrigo contra el viento a las eventuales moscas que le revoloteasen en
torno (y alguna debía de haber en aquella mañana primaveral que se
acercaba ya al mediodía). En suma, su semblante desagradó vivamente al
conde, de modo particular el repugnante emplaste blanco con que se
había embadurnado las mejillas y el furibundo rojo de sus labios, que
hacían de la princesa la más grotesca caricatura de una muñeca de
porcelana.
Entonces recordó Nado las palabras con que el conde Cisión había
encomiado la sin par belleza de la princesa Yo-no-Miro: “doncella de
inigualable beldad cuya fama traspasa todas las fronteras”, y advirtió la
chanza de que había sido objeto. “No deseo vuestros bienes”, le había
dicho. ¡Claro! Le bastaba con disfrutar de ellos a sus anchas durante su
ausencia. Y mejor si no regresaba nunca…
El conde Nado se encendió de furia. Como es natural, la princesa no
advirtió nada, pero el dominico se percató enseguida. Ambos cruzaron
una mirada, y el fraile se las arregló para indicarle por señas al conde que
mejor haría en retirarse.
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-A sus pies, señora -dijo secamente.
Dio media vuelta sin más ceremonia y, sin cruzar con el fraile siquiera
una palabra, se marchó a toda prisa. Su único pensamiento era regresar
cuanto antes a sus tierras, encararse con el conde Cisión, retarle en duelo
a muerte y recuperar al mismo tiempo la honra y los bienes.
No tiene mucho sentido que relate de nuevo, siquiera sumariamente,
las vicisitudes de su viaje. Tuvo que empeñar su caballo para pagar el
pasaje en un junco hasta la ciudad china de Tsingtao, cerca de Beijin, con
lo que abrevió la vuelta casi un mes. Una vez allí se procuró nueva
montura, un bello potro de raza mongola que adquirió según su antigua
costumbre de restaurar unilateralmente la equidad de los tratos, lo que le
obligó a partir sin demora rumbo oeste. Pero esta circunstancia le
beneficiaba más que le perjudicaba, de modo que recurrió al mismo
negocio cada vez que le surgía alguna necesidad. Después de robar un
nuevo caballo, unos jinetes tayikos le persiguieron hasta Samarcanda y
allí, milagrosamente, al avistar las puertas de la ciudad se dieron media
vuelta y no volvió a saber de ellos. En Tabriz volvió a cambiar de montura,
esta vez un caballo negro de gran alzada, a costa de unos mercaderes
persas a quienes había oído decir que viajarían hasta Bagdad, pero él ya
había decidido continuar directamente al oeste hasta Trebisonda y
Constantinopla. Y en Constantinopla tuvo suerte y pudo embarcar
enseguida en una galera bizantina que le condujo sin escalas y con buena
mar a Marsella. Poco más de un mes de cabalgada le separaban ahora de
su pueblo.
Al llegar, tras casi siete años de ausencia, apenas encontró cambios en
su hacienda. Quizá los caminos un poco más descuidados, las casas de los
campesinos un poco más viejas, los campesinos mismos un poco
desmejorados. Quien sí que había cambiado era el conde Cisión. Nado se
enfrentó a un personaje igual de desgreñado y zalamero que entonces,
pero más grueso y abandonado, de aspecto sucio, con los cañones de su
mal afeitada barba dispuestos en sentido radial a lo ancho de sus
grasientos mofletes.
-¡Mi buen conde Nado! -le dijo-. Os hacía en el Japón. Decidme: ¿qué
imperiosa urgencia os ha alejado de aquellas venturosas tierras? ¿No
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quedasteis, nada más verla, prendado de la sin par belleza y donaires de la
graciosa princesa Yo-no-Miro?
-Señor -respondió el buen conde Nado-, siete largos años ha que medimos
el filo de nuestras espadas y, por satisfacer la deuda de honor contraída,
me vi obligado a viajar a lo más extremo del mundo. Pero ahora regreso
dispuesto a resarcirme de todas las penurias y a tomar cumplida venganza
de vuestras burlas, vuestros abusos y del expolio a que se han visto
sometidos mis bienes. Aprestaos a morir, pues os reto a combate singular
sin cuartel, hasta que halléis la muerte a que os habéis hecho acreedor.
-¡Sea como queréis! -concedió Cisión-. Pero no antes de que os hayáis
repuesto de vuestras fatigas.
Tres largos meses transcurrieron hasta que se fijó la fecha del duelo.
Durante tan dilatado lapso, Nado no cesó un solo instante de aburrirse y
Cisión no cesó un solo instante de entrenar y prepararse para el combate.
Limpió las armas, bruñó la coraza, encargó una cota de malla pues ya no
cabía en la vieja, enderezó la adarga, compuso el yelmo, restauró el
escudo, cambió las grebas por unas nuevas, cambió de montura pues su
caballo había muerto de tedio tras años de no ver el sol… Y todo ello, qué
duda cabe, a expensas del peculio del desventurado conde Nado.
Llegados a este punto, no seré yo quien cometa el horrendo pecado de
cansar los oídos de los oyentes con el cuento de los numerosos lances de
la lucha, los ardides a que recurrieron ambos campeones, las diversas
tretas que se vieron obligados a idear con el noble fin de derrotar a su
oponente, su denuedo, su esforzada valentía, su arrojo en el combate.
Bastará decir que, a las primeras de cambio, el conde Nado se vio por
segunda vez con el filo de la roñosa espada de Cisión a punto de tajarle la
yugular.
-¡Rendíos, o sois hombre muerto! -le dijo el vencedor.
-Señor- respondió el vencido, hincando la rodilla-, disponed de mi vida.
-Nada de eso, mi buen conde Nado -replicó Cisión al tiempo que le
obligaba a su oponente a levantarse-. Ignoro qué avatares os obligaron a
abandonar la hermosa tierra del Sol Naciente, el afamado imperio del
Japón, a alejaros de la sin par hermosura de Yo-no-Miro y desdeñar sus
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innegables encantos. Sean tales avatares cuales fueren, os impongo ahora
a cambio de vuestra vida no digo la pena, sino la inefable dicha, de viajar
de nuevo hasta allá y presentaros de mi parte para lo que le fuere
menester ante la no igualada belleza de su hermana menor Yo-no-Kago,
princesa cuya luz empalidece la del Sol y cuya presencia hace de menos los
más brillantes luceros del firmamento.
Nada pudo alegar nuestro buen conde. En nada envilecen a un noble
las rapiñas a que llega a someter a los plebeyos con miras al logro de sus
hazañas, pues es privilegio del caballero servirse de ellos a su antojo,
amén de que siempre se podrá aducir aquello de que en el amor y la
guerra todo vale. Pero es menester incuestionable saldar las deudas de
honor. Así pues, se proveyó de nuevo de lo necesario y partió.
Dos años y medio tardó en desandar el camino que lo había traído de
vuelta, cuyas sabrosas noticias omitiremos por eludir la censura de
quienes puedan acusarnos de ser excesivamente prolijos. Tan sólo cabe
decir que se presentó en la corte del emperador al tiempo que las hojas
de los arces se teñían de rojo, circunstancia muy valorada por los
cortesanos más sensibles. Y, para no caer en una ominosa ambigüedad,
aclararé que lo que en realidad valoraban aquellos cortesanos no era
tanto el regreso del conde como el brillante colorido otoñal.
No hace al caso que refiera los pesados trámites que tuvo que sufrir el
conde para solicitar audiencia con la princesa Yo-no-Kago. Hemos de tener
en cuenta que la novedad de la llegada de europeos a la corte ya estaba
perdiendo vigencia; y desde la decapitación de Urraca, precipitada como
inútil remedio contra la melancolía que aquejaba a Yo-no-Miro desde la
apresurada huida del conde, estaba incluso mal vista. Y si tales fueron los
trámites para la solicitud, ¡cuáles no serían para la concesión! El pobre
conde hubo de someterse a un edicto imperial que le obligaba a tomar a
Yo-no-Kago como esposa principal, no fuera que, decepcionada como su
hermana, se viera movida por invencible tristeza a tonsurarse, apartarse
de las querencias mundanas que nos atan a los mortales al ciclo de
reencarnaciones y entrar en religión.
Honda impresión le causó al buen Nado la visita a la princesa. Algo de
conmovedor debe de tener la presencia de los descendientes terrenales
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de la diosa Amaterasu, como lo eran los emperadores y sus hijos. Era la
princesa Yo-no-Kago doncella de singular hermosura, de belleza sin igual y
poseedora de inefable encanto. De corta estatura, era sin embargo
extraordinariamente gruesa y cargada de hombros; e, incluso sentada
como estaba, se advertía sin lugar a dudas la distinta longitud de sus
piernas, pues en tanto que el pie derecho descansaba sobre el estrado en
que se hallaba su silla, el izquierdo colgaba en vilo y se balanceaba
ostensiblemente de un lado a otro. No había en su rostro facción que
concordara con ninguna otra, y su disposición en la cara era del todo
disjunta. Si su nariz escoraba a la izquierda, la línea de sus cejas lo hacía en
sentido inverso, y éstas, a su vez, no guardaban relación con el plano de la
frente. Los ojos mismos, achinados como estaban de tanto contraer el
vientre, pues sufría de constantes y atroces ataques de estreñimiento, no
tenían más remedio que conformarse con el desigual reparto del espacio a
que forzaba la geometría. Su cabello era negro, tupido y brillante, pero
arrancaba dos kilómetros más atrás de lo acostumbrado, lo que descubría
un cráneo de forma poco esférica. La línea de la mandíbula y el cuello
describían de perfil un perfecto ángulo recto, a pesar de quedar oculto por
una espesa papada que lo cerraba como hipotenusa de escuadra más bien
que de cartabón. Vista desde ese ángulo, no mostraba más relieve que su
prominente barriga, que ni siquiera lo aparatoso del kimono lograba
disimular.
El primer impulso del conde fue echar a correr, pero, a instancias del
consejero de la puerta del oeste, noble de primerísimo rango, uno de sus
samuráis echó mano a la katana y la desenvainó hasta que quedó patente
la hechura de su filo. El buen Nado ya había tenido demasiado acero cerca
de la nuez, y nunca tan afilado como el que le acababan de mostrar, así
que se contuvo. Después se informó acerca de los usos de la corte en lo
tocante a relaciones conyugales, lo que le supuso relativo alivio.
La vida en la corte, y sus insidias, nunca permite un descanso completo.
Ocurrió que Yo-no-Kago tenía a su servicio un cortesano de ínfimo rango,
de nombre Kagasawa, que pretendía matrimoniar con la princesa como
único medio a su alcance para promocionarse. No obstante, Kagasawa,
que sufría del mal diametralmente opuesto al de su amada, debía por ese
mismo motivo ausentarse a menudo de su presencia, lo que le impedía de
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la más lamentable manera acumular méritos a su vista.
Kagasawa había pertenecido tiempo atrás, cuando ostentaba el cargo
de general de las caballerizas imperiales de la puerta del este, al tercer
rango de la nobleza superior. Pero un exceso de celo en el uso de sus
prerrogativas motivó que fuera desterrado a la lejana provincia de Aki, y
que tuviera que partir sin demora. Por aquel tiempo era un joven apuesto,
sano y muy bien considerado al que se disputaban numerosas damas de la
corte, pero el precipitado viaje, quizá como castigo por impiedades
cometidas en alguna existencia anterior, le arruinó de por vida.
Quiso el destino que, mediado el camino, al paso por la provincia de
Kôzuke, sufriera el ataque del temible bandido Todokito, que merodeaba
por esas tierras huyendo siempre de los bonzos de los monasterios que
tan a menudo saqueaba. Tenía el bandido un temperamento peculiar,
fruto quizá de la reminiscencia de alguna vida anterior, que lo alejaba
cuanto permitía su rudo oficio del recurso a la violencia, pero que le
inclinaba ligeramente a la socarronería. De hecho, tiempo después hizo las
paces con sus perseguidores, se tonsuró y entró en religión. Sus correrías
por caminos, montes y descampados nunca le habían permitido disfrutar
cómodamente del fruto de sus rapiñas, y quizá por ello no le costó
demasiado sacrificio adoptar los más austeros ascetismos. Desde entonces
tomó el nombre de Nikito Nikomo, nombre con el que se ganó un nutrido
séquito de discípulos que iban tras él a todas partes y que escuchaban
embelesados sus enseñanzas. Para poner de realce su fama, hay que decir
que no sólo llegó a ostentar la dignidad de guardián de la ley budista, sino
que también, entre quienes le seguían, se encontraba un muchacho que
pronto alcanzó renombre de santo y que, en virtud de su grandísimo
esfuerzo ascético, ganó el don de la adivinación. En honor a su maestro
tomó el nombre de Nikomo Nikago, y se decía de él que incluso en vida
había alcanzado ya la iluminación y se hallaba libre de toda servidumbre y
miseria humana, lo que hacía de él un bodisatva y un ser más cercano a lo
divino que a lo humano.
Pues bien, este Todokito, cuanto se topó con Kagasawa, le desposeyó
de todo cuanto llevaba, de modo que el deportado quedó literalmente
con una mano detrás y la otra delante. Y, para colmo, bajo amenaza de
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muerte, le obligó a desoír el edicto imperial que lo desterraba y regresar a
la capital entre la mayor de las ignominias. Así lo hizo el desdichado
cortesano, que tuvo que emprender el regreso a pie, pues no le quedaba
montura alguna, y completamente desnudo porque el forajido le había
privado de la exacta totalidad de sus pertenencias. Nadie sabe qué
penalidades se vio forzado a superar ni cómo pudo sobrevivir los tres
meses que tardó el completar el trayecto de vuelta, ocultándose siempre
de la vista del resto de viajeros y hurtando el sustento a los campesinos.
Tan poco espíritu le quedaba a la llegada que ni siquiera fue capaz de
procurarse vestido, por pobre que fuera; y tanta era su ansia por
refugiarse en su antiguo palacio que no tuvo paciencia para aguardar a la
noche. Así que entró en la capital sin más vestido que el que tuvo al nacer,
a plena luz del sol y ante la atónita mirada y estupor de nobles y plebeyos.
No era frecuente el suceso de contemplar a un noble quebrantar un
edicto imperial y regresar del destierro sin haber obtenido el perdón; y
menos aún hacerlo desnudo, sin honor y envuelto en la más ignominiosa
de las vergüenzas. El caso no pasó desapercibido para nadie, menos aún
para hombres de ojos siempre abiertos como lo era el primer ministro
Minamoto-no-Taponada, el más cercano confidente del emperador y el
más celoso guardián del protocolo de la corte, quien no tardó en informar
del hecho en palacio. La consecuencia fue que Kagasawa perdiera
inmediatamente su cargo y su rango, y que -hecho inaudito- descendiese
de un golpe siete niveles en la nobleza cortesana. Así fue como entró al
servicio de la princesa Yo-no-Kago, y como maquinó su plan para
recuperar el estatus perdido.
Poco después, el buen conde Nado hizo su segunda entrada en la
capital.
Es evidente que el edicto imperial que obligaba a Nado a matrimoniar
con la princesa amenazaba con truncar las ambiciones de Kagasawa, a
quien ni se le ocurrió sospechar que el conde tuviera otras motivaciones
que no fuesen las suyas propias. De haber tenido el valor de preguntarle
habría sabido que nuestro protagonista no anhelaba más que huir, a ser
posible con las alforjas llenas, abandonar la capital, la isla y el imperio,
ganar de nuevo el continente y viajar hacia el oeste con la mayor premura
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posible para tomar venganza sobre su enemigo el presunto conde Cisión.
Es seguro que nada habría sucedido de distinto modo si ambos personajes
se hubieran explicado como convenía, pero sí habría ocurrido más
rápidamente y con menos molestias.
Así pues, Kagasawa se dedicó con todas sus fuerzas a desprestigiar en lo
posible al buen conde Nado ante la princesa y ante la corte con la
intención de que cayera su prestigio de extranjero y honrado caballero.
Primero trató de minar su fama de persona refinada y cultivada, cosa que
no le costó demasiado porque nunca supo -ni pudo- moverse en
ambientes cortesanos, ni en su tierra ni fuera de ella. Su empeño,
después, fue que la propia Yo-no-Kago comenzara a considerarlo como
hombre abyecto indigno de la excelsitud de su persona. Y tampoco en esta
tarea tuvo que esforzarse demasiado, a juzgar por lo poco que tardó la
princesa en mudar su primera fascinación y embeleso por un silencioso
desdén que le llevaba a evitar su compañía siempre que le era posible.
Pero muy pronto se hizo patente que el cambio de la hija del emperador
hacia la persona del conde era del agrado de este último. Por lo tanto,
Kagasawa cambió de estrategia, estrujó sus meninges, y pasó a urdir
cuanta calumnia se le ponía a tiro en lo tocante al rápido incremento de su
peculio. Y tampoco le llevó al cortesano mucho tiempo el logro de su
objetivo porque Nado nunca le hacía ascos a ningún saquito de polvo de
oro, ni a ninguna prebenda, viniera de donde viniera.
Nado no era ajeno a la acumulación de cargos contra su persona y
conocía sobradamente tanto lo insidioso de su origen como lo acertado se
su sustancia, de modo que decidió huir en secreto. Se hizo con una
montura y otros dos animales de añadidura que transportasen la pesada
impedimenta durante el viaje hasta el mar occidental. Una vez allí alquiló
un pequeño barco en una aldea de la costa donde pudo enrolar una
mermada tripulación y desde donde calculaba que podría hacerse a la mar
sin llamar la atención de los espías de la corte. Al cabo, zarpó con
intención de llegar a Busampo.
Es probable que llegara sin contratiempo, porque la época del año era
la adecuada para la navegación, aunque también queda dentro de lo
posible que la tripulación lo asesinara en plena mar, regresase a la costa y
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se repartiera allí los abundantes tesoros del conde. Lo cierto es que se le
perdió la pista, y tampoco se volvió a saber nada de los marineros. En
Busampo no dejó huella, ni tampoco a lo largo de la ruta que ya había
recorrido tres veces. En su pueblo no volvieron a verlo, el conde Cisión
terminó abandonando sus tierras y el señorío no tardó en pasar a otras
manos.
Sin embargo, poco tiempo después, a lo largo de la costa de China
comenzó a cobrar ominosa fama una pequeña banda de piratas que
amenazaban el comercio y asolaba tanto las ciudades como las aldeas de
pescadores, y a cuyo cabecilla se le atribuía una fabulosa fortuna, una
crueldad fuera de lo ordinario, una codicia sin límite, un oscuro origen en
las lejanas tierras del poniente y una extraña querencia a no acercarse a
menos de un mes a remo de las costas niponas. Se le atribuía también la
compañía de una campesina de la que siempre se dijo que podría haber
pasado por una princesa.