sábado, 11 de enero de 2025

RELATO DEL VERÍDICO, AUNQUE INVEROSÍMIL, VIAJE Y ANDANZAS DEL BUEN CONDE NADO POR LAS LEJANAS TIERRAS DEL JAPÓN

 Creíamos que fue Marco Polo el primer europeo que visitó el extremo

oriente desde que lo hiciera Alejandro. Pero el macedonio no llegó tan al

este, ni se aventuró mucho más allá del radio de influencia persa en la

India. Al veneciano, sin embargo, nos lo sitúa la tradición en la China y en

la corte del Mongol, adonde debió de llegar hacia el año 1275 y de donde

regresó a su patria en el año 1294, después de una serie de aventuras,

experiencias y tribulaciones que algunos autores han puesto en duda

amparados en el argumento más o menos definitivo de que no tenemos

otra prueba que la palabra del viajero, que nunca se ha visto refrendada

por ninguna crónica china de la época, y que, por lo visto, tampoco es

demasiado exacta.

Sea como fuere, de fuente fidedigna y, si nos atenemos al detalle con

que se nos ofrece la noticia, sin duda bien informada, estoy en

condiciones de asegurar que se le adelantó quizá por espacio de cuatro

décadas un caballero castellano de oscuro origen. Y aún un lustro antes

que él, cierto fraile dominico de nombre desconocido que se aventuró

hacia el este recién fundada su orden, buscando convertir herejes

nestorianos y llevarlos al amor y autoridad del papa de Roma, y que en

vista de su escaso éxito continuó viaje hacia oriente sin meta fija. Debía de

ser nuestro caballero un vagabundo oportunista de infatuado genio que se

ofreció al rey castellano con ocasión de la batalla de Úbeda y que supo,

tras la victoria, encomiar sus hazañas lo suficiente como para obtener del

rey el beneficio del señorío de El Colmenar, poblacho situado al sur de la

Sierra de Gredos que hoy se conoce con el nombre de Mombeltrán, lugar

modesto donde los hubiere pero que prometía pingües rentas a quien


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tuviera los bienes de fortuna necesarios para extraerlas.

El pueblo luce hoy día un bonito castillo erigido en el siglo XV, elegante

fortaleza de planta cuadrangular con torreones circulares en los vértices,

pero que no existía en los tiempos a los que me estoy refiriendo. Quizá se

levantara en el mismo emplazamiento alguna torre defensiva de la que no

tenemos noticia, pero lo más probable es que tuviera que construirla

nuestro caballero -y quizá con sus propias manos, porque no consta que

poseyera por aquel entonces otros bienes que no fueran sus roñosas

armas y un magnífico potro que robó de sabe Alá qué establo moruno-.

Sabemos de él que se hacía llamar Nado, probablemente para ocultar su

verdadero nombre, y que tomó el impostado título de conde, que no

obstante ninguna autoridad se dignó ni en confirmar ni en revocar.

También conocemos el origen de su fabulosa fortuna, obtenida en muy

breve plazo poco después que su feudo, poniendo en juego todas las

habilidades propias de un caballero de fortuna de la época; a saber: el

pillaje y la extorsión sobre moriscos y judíos, y probablemente también

sobre cualquier otro incauto que se le pusiera a tiro sin que se parase a

preguntarle por su credo o por su origen.

Es seguro, en todo caso, que sus escrúpulos morales, comparados con

sus remilgos de honra, estarían en la misma proporción que el centro de

un círculo con su perímetro, y que, si había usurpado la dignidad condal,

no iba a mancillarla a las primeras de cambio permitiendo que se

difundiesen noticias poco honorables acerca de salteadores de senderos,

o de trochas de jabalíes, de peajes y aranceles que no amparaba ley

alguna, ni de vocingleras extorsiones con amenazas sustentadas por

hierros oxidados, que no otra cosa eran sus armas. En consecuencia, se las

compuso para que circulara por los alrededores un romancillo laudatorio

de dudosa calidad que ha llegado hasta nosotros gracias a algún escriba

ignorado y a la impericia, o quizá la desidia, de una providencia a fin de

cuentas poco divina que permitió que cayera en mis manos el único

pedazo de pergamino que no consiguieron roer las ratas y en el que, para

mi sorpresa, alguna torpe caligrafía había trazado con insegura pluma los

versos que siguen:


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Hubo un conde en otro tiempo,

buen caballero probado,

que habiendo vencido a moros

se dispuso a festejallo.

Caballeros eran venidos

de los reinos muy lejanos.

Grandes eran sus fazañas,

fuertes eran los sus brazos,

valientes sus corazones,

todos eran fijosdalgo.

Retóles, valiente, el conde

a luchar en los caballos.

Esto les dijo el buen conde,

que desta manera ha fablado:

¡Caballeros, caballeros

que comedes de mi pan!

Mañana yo os reto a todos

en combate singular.

A aquel que me venciera

yo le daré mi condado.

Pero ¡ay de aquel que cayera

bajo mis pies derrotado!

Aquel me dará su reino,

o me dará su ducado,

o daráme sus riquezas,

todas las que ha ganado.


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Visto el peculio que logró en tan breve plazo, no parece que hubiera

caballero que lo derrotara. Pero, al cabo de un tiempo, se presentó en sus

dominios un tal conde Cisión, según decía de sí mismo, a buen seguro

también caballero de fortuna, o bandolero no exento de ciertas dotes

retóricas, que exigió de los lugareños el ser presentado al muy famoso

buen conde Nado. Era el conde Cisión hombre corpulento pero de pésimo

aspecto. Provisto de unas armas aún más ruines que lo fueran antaño las

de Nado, le excedía en estatura en palmo y medio, en dos varas de

contorno abdominal y al menos en tres grados en lo que se refiere a

facilidad de palabra.

-Mi querido conde Nado – le dijo con toda naturalidad, pero con una

reverencia exagerada que olía por los cuatro costados a descarada

adulación-, luengo tiempo ha que anhelaba rendiros el honor de mi

persona, pero acontecimientos por completo ajenos a mi voluntad han

demorado mi llegada un tanto más de lo que hubiera deseado.

Nada dijo de la naturaleza de tales acontecimientos, pero sospecho

que, en efecto, fueron tan ajenos a su voluntad como poco convenientes

al honor de quien hubo de sufrirlos. Sospecho también que el conde Nado

no receló cosa alguna al respecto, porque un bellaco como él no habría

dudado en erosionar el amor propio de tan petulante sujeto si se le

hubiera pasado por las mientes cualquier motivo que se lo permitiera. Así

pues, no se le pasó.

-No ha querido el destino -prosiguió el conde Cisión- que llegara yo a

tiempo de las justas que celebrasteis con motivo de vuestras hazañas

contra los impíos infieles agarenos, a quienes su Alá confunda, de modo

que me veo ahora obligado a presentarme ante vuestra merced para

solicitaros la gracia de que sea renovado hacia mi humilde persona el

desafío que sostuvo vuestra merced contra la pléyade de famosos

caballeros que tuvieron el honor de ser vuestros huéspedes en aquella

ocasión. Es mi deseo, si os place, que se celebre el duelo a la mayor

brevedad posible; si bien, en atención a lo intempestivo de mi solicitud y

según mi deseo de concederos el tiempo suficiente para prepararos, en

ningún caso habría de tener lugar antes de que me regalaseis con el

descanso y el sustento que precisa un atribulado viajero como yo, que ha


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sufrido demasiado pródigamente las tribulaciones, vicisitudes y

privaciones de un viaje tan azaroso como el que me ha traído hasta

vuestra merced.

Dicho lo cual, repitió su desmedida reverencia con una sonrisa de oreja

a oreja que mostró cierta irregularidad en el reparto de los miembros de

su dentadura a lo largo de la prominente mandíbula, así como notable

abundancia de espacios interdentales que más bien ponían de relieve las

carencias que las perfecciones de su dentición.

Hay que hacer notar que, al abrir la boca, por la estancia en que se

hallaban se difundió un cierto aroma -o tufillo- de ajo, de cuyo origen no

podía caber la menor duda.

No sabemos con qué términos recibió el buen conde Nado el desafío de

su rival, si trató de zafarse o si le plugo al instante, si buscó excusas

plausibles o de las otras, si mostró o no mostró reticencia hacia sus

peticiones, si accedió o no accedió al instante a sus condiciones. Lo que sí

sabemos es que el combate se celebró dos meses más tarde,

inmediatamente después de que el viajero se declarara repuesto de las

penurias de su dilatado peregrinar.

Tampoco conocemos los pormenores de la lid, más allá de los tópicos y

lugares comunes con que las crónicas exageran tales eventos. Pero si les

concediésemos algún crédito, cada uno de los contendientes habría

tenido que perecer al menos una docena de veces durante su curso, y

otras tantas durante la necesariamente larga convalecencia para

recuperarse de las heridas. Pues ¿qué parte de ambas anatomías habría

quedado libre de incisiones, tajos, quebrantos, contusiones, magulladuras

y golpes de toda índole que adornan con hiperbólica frecuencia el relato

de los hechos de armas? ¿Y qué decir de los mares de sangre derramada,

o de las fintas, las cabriolas y otros alardes atléticos que harían de unos

mugrientos barrigones envueltos en oxidado acero verdaderos hijos del

viento?

No, no. Para el bulo no hay bula. Nada diremos de todo ello, no sea que

el futuro nos acuse de difundir con inocentes palabras las mentiras, las

consejas y patrañas, las monsergas a que se prestan ordinariamente los

ingenuos oídos de las gentes.


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Nada, salvo que la victoria cayó del lado del conde Cisión. El cual,

adelantándose con inverosímil presteza a toda posible artimaña defensiva

de su contrincante (o cotrinchante), en un abrir y cerrar de ojos despojó

de sus armas al desprevenido Nado y le forzó a rendirse bajo la amenaza

más o menos inminente del filo de su herrumbrosa espada en la yugular.

-Rendíos -le dijo- o sois hombre muerto.

No creo que haya nada reprochable en el hecho de que el conde Nado

se rindiera sin pensárselo dos veces. En tales circunstancias pocos

privilegiados pararían a considerar que la disyuntiva propuesta tanto

podría ser fuerte como suave, en cuyo caso ambas opciones quedarían al

alcance del arbitrio del vencedor, y el vencido se haría entonces reo de

cobarde lasitud al aceptarlas. Es preciso observar que Cisión tampoco era

ningún virtuoso de la lógica (ni de nada, dicho sea de paso), que no

advirtió el doble sentido que podrían tener sus palabras, o bien que no le

interesaba considerarlo. Así pues, retiró el acero del cuello de su

adversario y permitió que se levantara, porque había doblado la rodilla.

-Estáis en deuda conmigo -le dijo.

-Señor – respondió Nado-, desde este instante todo cuanto poseo: mi

caballo, mi castillo, mis tierras, mis bienes, todo es vuestro. Yo regresaré a

la vida errante que llevé antaño, en busca de honra y mejor fortuna.

A punto estuvo Cisión de aceptar el ofrecimiento del derrotado, pero,

cual rayo de clarividencia, un pensamiento cruzó raudo desde la primera

neurona de su más o menos dilatada sesera hasta la última. Una chispa de

socarronería, que tan a menudo se confunde con la inteligencia, dibujó en

su desigual rostro pícara sonrisa un tanto escorada hacia la izquierda e

iluminó su mirada con un expresivo brillo en los ojos.

-Señor. Confundís mis intenciones, y de paso me ofendéis, si creéis que he

venido en busca de fortuna y no sólo de honra. No tomaré vuestros

bienes, sino que los conservaréis íntegros, y bien que los necesitaréis en el

futuro, pues la penitencia que os impongo como prenda para recuperar el

honor os obligará de nuevo a abrazar la vida errante. Viajaréis al más

lejano oriente y, allende el mar, arribaréis a las costas del Imperio del Sol

Naciente, donde vive la sin par Princesa Yo-no-Miro, hija mayor del


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emperador de esas tierras, doncella de inigualable beldad cuya fama

traspasa todas las fronteras, y os presentaréis de mi parte ante su

fermosura para que ella haga de vos lo que más fuere de su voluntad. Y no

temáis por vuestra hacienda, que yo me comprometo a custodiarla y

administrarla en tanto no se verifique vuestro retorno. A vuestro regreso

la hallaréis no sólo entera sino aumentada. Y si los avatares del camino no

permitiesen vuestra llegada, yo sabré cederla, bajo palabra de honor, a

vuestros herederos.

No tuvo más remedio el Conde Nado que aceptar los términos de su

rendición, y de inmediato procedió a los preparativos del viaje. Primero se

informó acerca del itinerario, pero más allá de San Juan de Acre toda

noticia era incierta, todo mapa impreciso, toda tierra envuelta en misterio,

todo camino conducente a la nada. Después hizo acopio de todo el oro

que le cabía en las alforjas aun a riesgo de cargar en demasía a su pobre

caballo, bruñó sus armas hasta llegar a infundir la sospecha de que no

fuesen del todo viejas y se proveyó de viandas para un par de etapas. Al

cabo de una semana se calzó el yelmo a pesar de que la visera chirriaba al

alzarla como una legión de roedores, se ajustó la coraza antes de que se

olvidase de brillar, se ciñó la espada, montó sobre su caballo, que dicho

sea de paso era lo menos malo de sus pertrechos, puso la lanza en ristre

y partió con rumbo al puerto de Barcelona -pues el de Valencia aún estaba

en manos de los moros y no osaba llegarse allá- con intención de

embarcarse hasta Acre, que en aquella época aún era plaza cristiana.

Llegado al puerto no halló más barco que una galera argelina que

traficaba con negros númidas y que, en cualquier caso, haría la ruta del sur

y no la del este. No se desanimó el valeroso conde, y al cabo de un mes de

buscar por muelles y malecones encontró un barcucho, velero sin cubierta

y con un aprendiz de mástil que arbolaba una triste vela triangular, que

haría la travesía hasta Mallorca, a la sazón ya cristiana, desde donde sin

duda podría hacerse de nuevo a la mar hacia Tierra Santa. La nave daba

muestras de no poder superar la primera ola, de modo que el conde

decidió cabalgar hasta Marsella y probar suerte entre sus marinos.

De Marsella pasó a caballo hasta Génova, de allí a Turín, y desde Turín,

cabalgando aguas abajo a orillas de un ancho río que los lugareños


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llamaban Po, se llegó a Venecia. Allí trabó amistad con unos mercaderes

italianos que hacían la ruta del este, pero que no pudieron darle noticias

más allá de Trebisonda, o Trapisonda. Sin embargo, le consiguieron pasaje

a precio astronómico en una nave chipriota que se dirigía a Constantinopla

con escala en El Pireo.

El pobre conde tuvo que desembarcar en El Pireo, harto de que no le

aprovechara el poco alimento que ingería y de tener que sujetar los

espasmos de su estómago a base de ceñirse la corza más de lo prudente.

Tampoco lo pasó mejor su caballo, que se mostró incapaz de sostener el

peso del jinete nada más desembarcar en tierra griega. El conde se vio,

pues, obligado a ofrecer en aquellas tierras platónicas el triste espectáculo

de conducir por la brida a su montura hasta las afueras de la ciudad,

donde pudo forrajear a sus anchas durante un par de días y reponerse de

su amarga experiencia marinera. El conde juró no volver a embarcarse

nunca más, salvo que no hubiese más remedio, y el equino jamás pudo

reprocharle a su dueño el jurar precipitadamente.

De manera que el sufrido Nado se vio obligado a ganar la costa del

Egeo y cabalgar lo más aprisa que pudo hasta llegar al Bósforo. Cuando vio

que no podría seguir el viaje salvo cruzando el estrecho en barco, a punto

estuvo de decidirse a costear por el norte el Mar Negro, pero unos

barqueros le avisaron de que, de todos modos, debería atravesar el

Danubio y añadieron que ellos no tenían noticia de que hubiera puentes.

El único modo de convencer al animal de que subiera a la barcaza que

habría de llevarle a la otra orilla pasó por que el jinete no desmontara, y

aun así fue preciso recurrir a la fusta y la espuela. Fue preciso también que

el conde cabalgase durante toda la travesía, y no tanto por mantener él

mismo una apariencia digna como por evitar que el caballo entrase en

pánico y se arrojara a la corriente.

Una vez en tierra, el viajero no pudo -o no supo- informarse de la ruta

que le convenía, de modo que, ciñéndose al plan original que había

previsto en vez de dirigirse directamente al este, pidió que le encaminaran

a San Juan de Acre, adonde llegó año y medio después de haber

abandonado su pueblo. Y ya sin caballo, pues se le había muerto en la

antepenúltima etapa.


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No le quedó más remedio al desventurado castellano que invertir el

grueso del oro que le restaba en adquirir nueva montura, lo que logró al

cabo de diez días de pelear con tratantes que se empeñaban en jurar por

lo sacro y lo profano que cualquier saco de huesos, que quizá no eran ni

de caballo, le podrían llevar un palmo más allá de las murallas de la

ciudad. En cualquier caso, el conde se mostraba íntimamente convencido

de que no sería del todo injusto restituir unilateralmente la equidad de la

transacción recuperando con creces lo que había gastado en ella. Y como

su antigua vida le había provisto de la ciencia necesaria para conseguirlo,

lo hizo.

-Al que roba a un ladrón -se decía-, cien años de perdón.

La consecuencia no deseada fue que se vio obligado a esconderse, lo

que le impidió concertarse con ciertos caravaneros que podrían haberle

llevado a Bagdad, donde pretendían colocar a buen precio su cargamento

de sal del Mar Muerto, según les había oído decir, y con cuyos beneficios

acudirían luego a Tabriz a comerciar con sedas.

¿Y de dónde venían las sedas? Pues del extremo oriente, según supo.

Ya tenía, por tanto, trazado su plan.

Tampoco los mercaderes habrían aceptado a un infiel, ni siquiera como

criado que recogiese la bosta de sus camellos para alimentar las hogueras.

Y menos a un ladrón. De manera que el conde se vio obligado a seguir su

rastro a distancia, no tan cerca que advirtiesen su presencia ni tan lejos

que no oyera sus rezos las noches del desierto, o no pudiera ver el

resplandor de sus fogatas.

En Tabriz cambió de nuevo de caballo y, en consecuencia, tuvo que huir

apresuradamente. Por fortuna para él, encontró un grupo de mercaderes

bizantinos que le condujeron a Samarcanda, y desde allí le encaminaron

hacia un poblacho al que llamaban Dusambé -o algo parecido- situado al

pie de la Cordillera del Pamir. Fue una suerte que le indicasen esa ruta,

porque los mongoles que le perseguían desde Tabriz, a quienes había

comprado el caballo, nunca se desviaban tan al sur, pues seguían la ruta al

norte de las montañas Alay, por el valle de Fergán, que era más

practicable en invierno.


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El invierno, precisamente, le demoró cuatro largos meses en Dusambé

porque le aseguraron que no sobreviviría ni dos días en la meseta. Aun así,

ya en abril le aconsejaron que volviese a Samarcanda si pretendía

continuar hacia el este, pero consiguió entenderse con un guía kirguís que

en su juventud había viajado hasta Kasgar en alguna ocasión y que

aseguraba conocer el Pamir como la palma de su mano. El guía le servía

también de intérprete, pues también había viajado hasta Constantinopla

siguiendo la ruta que desde Tabriz pasa por Trapisonda, más corta y más

fácil. Lo mismo podía chapurrear el griego como el italiano, e incluso el

francés, y se entendía sin dificultades con los mongoles. Le conduciría al

sur de las montañas Alai, por un paso elevado que corre paralelo y que

deja al sur el altísimo monte Garmo. Pero no partieron hasta bien entrado

el mes de mayo.

Hacia finales de junio avistaron la ciudad de Kasgar. Allí vivían sobre

todo uigures, con los que el guía se entendía a las mil maravillas, pero lo

selecto de la población lo constituía la minoría mongola, que dominaba la

zona desde hacía algunos años. Fueron precisamente los mongoles

quienes primero le hablaron al conde Nado de un italiano que por la

descripción parecía uno se esos frailes predicadores seguidores de

Domingo de Guzmán. Un orate a quien llamaban “hombre-urraca” y que

huyó precipitadamente hacia el este porque osó decirle a un príncipe

mongol que acabaría en los fuegos del inferno si no se convertía.

-Pero ¿cuál era su nombre? -se interesó el conde.

El guía preguntó. Después se encogió de hombros y tradujo.

-Urraca.

El guía acompañó a Nado hasta Lanzhou porque en Dusambé no le

esperaba nadie y porque con el conde, unas veces a fuerza de oro y otras

a fuerza de rapiña, comía casi a diario. Viajaron durante todo lo que

quedaba del verano por una ruta bastante transitada por mercaderes que

dejaba al sur las montañas y que se dejaba recorrer a toda prisa. Nado

tuvo que cambiar de nuevo de caballo porque el que le había traído de

Tabriz comenzaba a mostrarse incapaz de dar un paso más. Como no

había modo de escapar o de disimularse entre la gente, en esta ocasión

tuvo que pagar el precio que le pidieron por un potro mongol que le


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dejaba la sensación de arrastrar los estribos por tierra, como veía que

venía haciendo su compañero de viaje. Sin embargo, el animal aguantaba

a las mil maravillas la carga y las marchas, sufría sin queja los rigores del

clima y nunca daba un paso en falso.

En Lanzhou el kirguís se unió a una caravana de mercaderes que llevaba

seda hasta Samarcanda y el conde prosiguió su viaje al este en solitario.

Para entonces ya podía entenderse medianamente con turcomanos y

mongoles, y sabía cómo hacer para que un chino le suministrase lo que

necesitara. El invierno le sorprendió ya cerca de Beijing, pues marchó

incansable y regularmente sin detenerse más que lo estrictamente

necesario. Y tampoco allí se demoró, sino que continuó rumbo este hasta

que llegó al mar, cerca de Jinzhou. Allí se informó de la mejor manera de

llegar a Japón, y decidió continuar por tierra, atravesar toda Corea de

norte a sur y embarcar en Busampo con destino a la ciudad japonesa de

Akamagaseki, muy cerca de Dan-no-ura. Desde allí cabalgó sin pausa por

espacio de quince días, entendiéndose en chino con los locales que lo

conocían y por señas con quienes no lo conocían, y llegó a Heian -la actual

Kyoto, que era donde estaba la corte y donde residía el emperador- no a

tiempo de ver la floración de los cerezos, hecho muy celebrado entre los

cortesanos, pero sí para oír hablar aún de ella. Casi cuatro años le había

durado todo el viaje.

Lo exótico de su porte, sus armas, su vestimenta de apariencia noble,

aunque ya muy ajada, le abrió paso entre los cortesanos y le facilitó una

audiencia con la sin par princesa Yo-no-Miro. Era la princesa la hija mayor

de una de las concubinas menos importantes del emperador, cortesana de

no muy alto rango, lo que le permitió al conde acudir a la entrevista sin

necesidad de intermediario y sin que la doncella tuviera que ocultarse tras

un biombo, como era costumbre entre los nobles de mayor rango en su

trato con personas de inferior condición.

-Señora-le dijo el conde-, vengo de lejanas tierras para arrojarme a

vuestros pies como homenaje a vuestra belleza y como prenda en pago de

la deuda de honor contraída en combate singular contra el muy afamado

conde Cisión, de quien vuestra merced sin duda ha oído hablar.

El conde trataba de expresarse en chino, lengua que sabía conocían los


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cortesanos japoneses como conocen los clérigos europeos los latines de la

misa. Pero, entre su mal hablar y el mal oír de la princesa, no hubo modo

de que ésta le entendiera.

Por suerte para el conde, un criado de la princesa -hombre de condición

vulgar, aunque perspicaz en grado sumo y a quien todos los rostros de los

europeos le parecían iguales, tal como a nosotros nos parecen iguales

todos los chinos- le hizo alguna indicación a su señora. Ésta dio una orden,

y al cabo de un buen rato otro personaje fue traído medio a rastras por

unos soldados a la sala en que estaban.

Al verlo, el conde abrió los ojos hasta donde el dolor de los párpados lo

permitió. Tenía ante sí a un europeo que, por los jirones que quedaban de

sus harapos, debía de ser un fraile dominico. Lo trajeron encadenado y

sucio, pero su hábito -con trazas de haber sido blanco donde correspondía

y negro donde era menester que lo fuera- era aún reconocible. Ya había

tenido ocasión de ver alguno en Ávila, los vio también en la Provenza y en

Génova, y los recordaba lo suficiente para no albergar dudas.

Inmediatamente recordó al “hombre urraca” de los mongoles.

Los soldados le dijeron al dominico unas palabras en tono que sonó

bastante descortés, y el fraile se dirigió al conde en italiano. Después, al

conocer en su rostro que no le entendía, cambió primero al provenzal y

después a un castellano que resultó comprensible.

-Caballero, -le dijo- vuestro chino es pésimo, lo habréis aprendido en los

establos o removiendo la bosta de los ganados, y no lo entendería ni el

más rústico camellero del Gobi. Mejor será que os expliquéis en román

paladino, que yo trataré de traducir lo mejor que sepa.

Repitió entonces el conde en castellano lo que ya había tratado de

declarar en chino, y el fraile tradujo en incomprensibles palaras que

también adquirieron un tono que sonaba poco cortés, pero que no alteró

el semblante de la princesa. De hecho, ni se inmutó.

Al conde de repente se le subieron a la cabeza los cuatro años de viaje y

todas las penurias sufridas, las largas cabalgatas bajo el sol implacable del

desierto y los fríos heladores de las montañas, las noches al raso, las

persecuciones de los mongoles, las interminables jornadas en las estepas


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sin que ningún rostro humano se le apareciera. Y todo ello para hacerse

reo de la más insultante indiferencia, para no merecer siquiera una mirada

compasiva de la princesa.

-¿Acaso no veis de qué lejanas tierras vengo? -estalló-. ¿No veis en mi

rostro el sufrimiento de cuatro años? Y a pesar de ello, ¿no veis mi

arrogancia, mi apostura, mi gallardía, que en todo dejan conocer el valor

de mi fuerte brazo?

-Señor -contestó el fraile-, la princesa es ciega.

Sólo entonces reparó el buen conde Nado en el rostro de Yo-no-Miro.

En efecto, su ojo izquierdo, aun apagado como estaba, mostraba un

estrabismo extremo hacia estribor, de manera que si funcionase no habría

podido ver más que la pared izquierda del tabique nasal, por breve que

fuera; el ojo derecho, apenas abierto, no era sino un globo gris y no le

servía para nada. Por lo demás, dejando al lado el colorido atuendo de

seda, lo más notable de su belleza era precisamente su ausencia. La frente

retrógrada, es decir: con evidente vocación de huir hacia atrás; el cráneo

breve y provisto de unas eminencias auriculares que podrían servir de

abrigo contra el viento a las eventuales moscas que le revoloteasen en

torno (y alguna debía de haber en aquella mañana primaveral que se

acercaba ya al mediodía). En suma, su semblante desagradó vivamente al

conde, de modo particular el repugnante emplaste blanco con que se

había embadurnado las mejillas y el furibundo rojo de sus labios, que

hacían de la princesa la más grotesca caricatura de una muñeca de

porcelana.

Entonces recordó Nado las palabras con que el conde Cisión había

encomiado la sin par belleza de la princesa Yo-no-Miro: “doncella de

inigualable beldad cuya fama traspasa todas las fronteras”, y advirtió la

chanza de que había sido objeto. “No deseo vuestros bienes”, le había

dicho. ¡Claro! Le bastaba con disfrutar de ellos a sus anchas durante su

ausencia. Y mejor si no regresaba nunca…

El conde Nado se encendió de furia. Como es natural, la princesa no

advirtió nada, pero el dominico se percató enseguida. Ambos cruzaron

una mirada, y el fraile se las arregló para indicarle por señas al conde que

mejor haría en retirarse.


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-A sus pies, señora -dijo secamente.

Dio media vuelta sin más ceremonia y, sin cruzar con el fraile siquiera

una palabra, se marchó a toda prisa. Su único pensamiento era regresar

cuanto antes a sus tierras, encararse con el conde Cisión, retarle en duelo

a muerte y recuperar al mismo tiempo la honra y los bienes.

No tiene mucho sentido que relate de nuevo, siquiera sumariamente,

las vicisitudes de su viaje. Tuvo que empeñar su caballo para pagar el

pasaje en un junco hasta la ciudad china de Tsingtao, cerca de Beijin, con

lo que abrevió la vuelta casi un mes. Una vez allí se procuró nueva

montura, un bello potro de raza mongola que adquirió según su antigua

costumbre de restaurar unilateralmente la equidad de los tratos, lo que le

obligó a partir sin demora rumbo oeste. Pero esta circunstancia le

beneficiaba más que le perjudicaba, de modo que recurrió al mismo

negocio cada vez que le surgía alguna necesidad. Después de robar un

nuevo caballo, unos jinetes tayikos le persiguieron hasta Samarcanda y

allí, milagrosamente, al avistar las puertas de la ciudad se dieron media

vuelta y no volvió a saber de ellos. En Tabriz volvió a cambiar de montura,

esta vez un caballo negro de gran alzada, a costa de unos mercaderes

persas a quienes había oído decir que viajarían hasta Bagdad, pero él ya

había decidido continuar directamente al oeste hasta Trebisonda y

Constantinopla. Y en Constantinopla tuvo suerte y pudo embarcar

enseguida en una galera bizantina que le condujo sin escalas y con buena

mar a Marsella. Poco más de un mes de cabalgada le separaban ahora de

su pueblo.

Al llegar, tras casi siete años de ausencia, apenas encontró cambios en

su hacienda. Quizá los caminos un poco más descuidados, las casas de los

campesinos un poco más viejas, los campesinos mismos un poco

desmejorados. Quien sí que había cambiado era el conde Cisión. Nado se

enfrentó a un personaje igual de desgreñado y zalamero que entonces,

pero más grueso y abandonado, de aspecto sucio, con los cañones de su

mal afeitada barba dispuestos en sentido radial a lo ancho de sus

grasientos mofletes.

-¡Mi buen conde Nado! -le dijo-. Os hacía en el Japón. Decidme: ¿qué

imperiosa urgencia os ha alejado de aquellas venturosas tierras? ¿No


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quedasteis, nada más verla, prendado de la sin par belleza y donaires de la

graciosa princesa Yo-no-Miro?

-Señor -respondió el buen conde Nado-, siete largos años ha que medimos

el filo de nuestras espadas y, por satisfacer la deuda de honor contraída,

me vi obligado a viajar a lo más extremo del mundo. Pero ahora regreso

dispuesto a resarcirme de todas las penurias y a tomar cumplida venganza

de vuestras burlas, vuestros abusos y del expolio a que se han visto

sometidos mis bienes. Aprestaos a morir, pues os reto a combate singular

sin cuartel, hasta que halléis la muerte a que os habéis hecho acreedor.

-¡Sea como queréis! -concedió Cisión-. Pero no antes de que os hayáis

repuesto de vuestras fatigas.

Tres largos meses transcurrieron hasta que se fijó la fecha del duelo.

Durante tan dilatado lapso, Nado no cesó un solo instante de aburrirse y

Cisión no cesó un solo instante de entrenar y prepararse para el combate.

Limpió las armas, bruñó la coraza, encargó una cota de malla pues ya no

cabía en la vieja, enderezó la adarga, compuso el yelmo, restauró el

escudo, cambió las grebas por unas nuevas, cambió de montura pues su

caballo había muerto de tedio tras años de no ver el sol… Y todo ello, qué

duda cabe, a expensas del peculio del desventurado conde Nado.

Llegados a este punto, no seré yo quien cometa el horrendo pecado de

cansar los oídos de los oyentes con el cuento de los numerosos lances de

la lucha, los ardides a que recurrieron ambos campeones, las diversas

tretas que se vieron obligados a idear con el noble fin de derrotar a su

oponente, su denuedo, su esforzada valentía, su arrojo en el combate.

Bastará decir que, a las primeras de cambio, el conde Nado se vio por

segunda vez con el filo de la roñosa espada de Cisión a punto de tajarle la

yugular.

-¡Rendíos, o sois hombre muerto! -le dijo el vencedor.

-Señor- respondió el vencido, hincando la rodilla-, disponed de mi vida.

-Nada de eso, mi buen conde Nado -replicó Cisión al tiempo que le

obligaba a su oponente a levantarse-. Ignoro qué avatares os obligaron a

abandonar la hermosa tierra del Sol Naciente, el afamado imperio del

Japón, a alejaros de la sin par hermosura de Yo-no-Miro y desdeñar sus


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innegables encantos. Sean tales avatares cuales fueren, os impongo ahora

a cambio de vuestra vida no digo la pena, sino la inefable dicha, de viajar

de nuevo hasta allá y presentaros de mi parte para lo que le fuere

menester ante la no igualada belleza de su hermana menor Yo-no-Kago,

princesa cuya luz empalidece la del Sol y cuya presencia hace de menos los

más brillantes luceros del firmamento.

Nada pudo alegar nuestro buen conde. En nada envilecen a un noble

las rapiñas a que llega a someter a los plebeyos con miras al logro de sus

hazañas, pues es privilegio del caballero servirse de ellos a su antojo,

amén de que siempre se podrá aducir aquello de que en el amor y la

guerra todo vale. Pero es menester incuestionable saldar las deudas de

honor. Así pues, se proveyó de nuevo de lo necesario y partió.

Dos años y medio tardó en desandar el camino que lo había traído de

vuelta, cuyas sabrosas noticias omitiremos por eludir la censura de

quienes puedan acusarnos de ser excesivamente prolijos. Tan sólo cabe

decir que se presentó en la corte del emperador al tiempo que las hojas

de los arces se teñían de rojo, circunstancia muy valorada por los

cortesanos más sensibles. Y, para no caer en una ominosa ambigüedad,

aclararé que lo que en realidad valoraban aquellos cortesanos no era

tanto el regreso del conde como el brillante colorido otoñal.

No hace al caso que refiera los pesados trámites que tuvo que sufrir el

conde para solicitar audiencia con la princesa Yo-no-Kago. Hemos de tener

en cuenta que la novedad de la llegada de europeos a la corte ya estaba

perdiendo vigencia; y desde la decapitación de Urraca, precipitada como

inútil remedio contra la melancolía que aquejaba a Yo-no-Miro desde la

apresurada huida del conde, estaba incluso mal vista. Y si tales fueron los

trámites para la solicitud, ¡cuáles no serían para la concesión! El pobre

conde hubo de someterse a un edicto imperial que le obligaba a tomar a

Yo-no-Kago como esposa principal, no fuera que, decepcionada como su

hermana, se viera movida por invencible tristeza a tonsurarse, apartarse

de las querencias mundanas que nos atan a los mortales al ciclo de

reencarnaciones y entrar en religión.

Honda impresión le causó al buen Nado la visita a la princesa. Algo de

conmovedor debe de tener la presencia de los descendientes terrenales


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de la diosa Amaterasu, como lo eran los emperadores y sus hijos. Era la

princesa Yo-no-Kago doncella de singular hermosura, de belleza sin igual y

poseedora de inefable encanto. De corta estatura, era sin embargo

extraordinariamente gruesa y cargada de hombros; e, incluso sentada

como estaba, se advertía sin lugar a dudas la distinta longitud de sus

piernas, pues en tanto que el pie derecho descansaba sobre el estrado en

que se hallaba su silla, el izquierdo colgaba en vilo y se balanceaba

ostensiblemente de un lado a otro. No había en su rostro facción que

concordara con ninguna otra, y su disposición en la cara era del todo

disjunta. Si su nariz escoraba a la izquierda, la línea de sus cejas lo hacía en

sentido inverso, y éstas, a su vez, no guardaban relación con el plano de la

frente. Los ojos mismos, achinados como estaban de tanto contraer el

vientre, pues sufría de constantes y atroces ataques de estreñimiento, no

tenían más remedio que conformarse con el desigual reparto del espacio a

que forzaba la geometría. Su cabello era negro, tupido y brillante, pero

arrancaba dos kilómetros más atrás de lo acostumbrado, lo que descubría

un cráneo de forma poco esférica. La línea de la mandíbula y el cuello

describían de perfil un perfecto ángulo recto, a pesar de quedar oculto por

una espesa papada que lo cerraba como hipotenusa de escuadra más bien

que de cartabón. Vista desde ese ángulo, no mostraba más relieve que su

prominente barriga, que ni siquiera lo aparatoso del kimono lograba

disimular.

El primer impulso del conde fue echar a correr, pero, a instancias del

consejero de la puerta del oeste, noble de primerísimo rango, uno de sus

samuráis echó mano a la katana y la desenvainó hasta que quedó patente

la hechura de su filo. El buen Nado ya había tenido demasiado acero cerca

de la nuez, y nunca tan afilado como el que le acababan de mostrar, así

que se contuvo. Después se informó acerca de los usos de la corte en lo

tocante a relaciones conyugales, lo que le supuso relativo alivio.

La vida en la corte, y sus insidias, nunca permite un descanso completo.

Ocurrió que Yo-no-Kago tenía a su servicio un cortesano de ínfimo rango,

de nombre Kagasawa, que pretendía matrimoniar con la princesa como

único medio a su alcance para promocionarse. No obstante, Kagasawa,

que sufría del mal diametralmente opuesto al de su amada, debía por ese

mismo motivo ausentarse a menudo de su presencia, lo que le impedía de


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la más lamentable manera acumular méritos a su vista.

Kagasawa había pertenecido tiempo atrás, cuando ostentaba el cargo

de general de las caballerizas imperiales de la puerta del este, al tercer

rango de la nobleza superior. Pero un exceso de celo en el uso de sus

prerrogativas motivó que fuera desterrado a la lejana provincia de Aki, y

que tuviera que partir sin demora. Por aquel tiempo era un joven apuesto,

sano y muy bien considerado al que se disputaban numerosas damas de la

corte, pero el precipitado viaje, quizá como castigo por impiedades

cometidas en alguna existencia anterior, le arruinó de por vida.

Quiso el destino que, mediado el camino, al paso por la provincia de

Kôzuke, sufriera el ataque del temible bandido Todokito, que merodeaba

por esas tierras huyendo siempre de los bonzos de los monasterios que

tan a menudo saqueaba. Tenía el bandido un temperamento peculiar,

fruto quizá de la reminiscencia de alguna vida anterior, que lo alejaba

cuanto permitía su rudo oficio del recurso a la violencia, pero que le

inclinaba ligeramente a la socarronería. De hecho, tiempo después hizo las

paces con sus perseguidores, se tonsuró y entró en religión. Sus correrías

por caminos, montes y descampados nunca le habían permitido disfrutar

cómodamente del fruto de sus rapiñas, y quizá por ello no le costó

demasiado sacrificio adoptar los más austeros ascetismos. Desde entonces

tomó el nombre de Nikito Nikomo, nombre con el que se ganó un nutrido

séquito de discípulos que iban tras él a todas partes y que escuchaban

embelesados sus enseñanzas. Para poner de realce su fama, hay que decir

que no sólo llegó a ostentar la dignidad de guardián de la ley budista, sino

que también, entre quienes le seguían, se encontraba un muchacho que

pronto alcanzó renombre de santo y que, en virtud de su grandísimo

esfuerzo ascético, ganó el don de la adivinación. En honor a su maestro

tomó el nombre de Nikomo Nikago, y se decía de él que incluso en vida

había alcanzado ya la iluminación y se hallaba libre de toda servidumbre y

miseria humana, lo que hacía de él un bodisatva y un ser más cercano a lo

divino que a lo humano.

Pues bien, este Todokito, cuanto se topó con Kagasawa, le desposeyó

de todo cuanto llevaba, de modo que el deportado quedó literalmente

con una mano detrás y la otra delante. Y, para colmo, bajo amenaza de


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muerte, le obligó a desoír el edicto imperial que lo desterraba y regresar a

la capital entre la mayor de las ignominias. Así lo hizo el desdichado

cortesano, que tuvo que emprender el regreso a pie, pues no le quedaba

montura alguna, y completamente desnudo porque el forajido le había

privado de la exacta totalidad de sus pertenencias. Nadie sabe qué

penalidades se vio forzado a superar ni cómo pudo sobrevivir los tres

meses que tardó el completar el trayecto de vuelta, ocultándose siempre

de la vista del resto de viajeros y hurtando el sustento a los campesinos.

Tan poco espíritu le quedaba a la llegada que ni siquiera fue capaz de

procurarse vestido, por pobre que fuera; y tanta era su ansia por

refugiarse en su antiguo palacio que no tuvo paciencia para aguardar a la

noche. Así que entró en la capital sin más vestido que el que tuvo al nacer,

a plena luz del sol y ante la atónita mirada y estupor de nobles y plebeyos.

No era frecuente el suceso de contemplar a un noble quebrantar un

edicto imperial y regresar del destierro sin haber obtenido el perdón; y

menos aún hacerlo desnudo, sin honor y envuelto en la más ignominiosa

de las vergüenzas. El caso no pasó desapercibido para nadie, menos aún

para hombres de ojos siempre abiertos como lo era el primer ministro

Minamoto-no-Taponada, el más cercano confidente del emperador y el

más celoso guardián del protocolo de la corte, quien no tardó en informar

del hecho en palacio. La consecuencia fue que Kagasawa perdiera

inmediatamente su cargo y su rango, y que -hecho inaudito- descendiese

de un golpe siete niveles en la nobleza cortesana. Así fue como entró al

servicio de la princesa Yo-no-Kago, y como maquinó su plan para

recuperar el estatus perdido.

Poco después, el buen conde Nado hizo su segunda entrada en la

capital.

Es evidente que el edicto imperial que obligaba a Nado a matrimoniar

con la princesa amenazaba con truncar las ambiciones de Kagasawa, a

quien ni se le ocurrió sospechar que el conde tuviera otras motivaciones

que no fuesen las suyas propias. De haber tenido el valor de preguntarle

habría sabido que nuestro protagonista no anhelaba más que huir, a ser

posible con las alforjas llenas, abandonar la capital, la isla y el imperio,

ganar de nuevo el continente y viajar hacia el oeste con la mayor premura


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posible para tomar venganza sobre su enemigo el presunto conde Cisión.

Es seguro que nada habría sucedido de distinto modo si ambos personajes

se hubieran explicado como convenía, pero sí habría ocurrido más

rápidamente y con menos molestias.

Así pues, Kagasawa se dedicó con todas sus fuerzas a desprestigiar en lo

posible al buen conde Nado ante la princesa y ante la corte con la

intención de que cayera su prestigio de extranjero y honrado caballero.

Primero trató de minar su fama de persona refinada y cultivada, cosa que

no le costó demasiado porque nunca supo -ni pudo- moverse en

ambientes cortesanos, ni en su tierra ni fuera de ella. Su empeño,

después, fue que la propia Yo-no-Kago comenzara a considerarlo como

hombre abyecto indigno de la excelsitud de su persona. Y tampoco en esta

tarea tuvo que esforzarse demasiado, a juzgar por lo poco que tardó la

princesa en mudar su primera fascinación y embeleso por un silencioso

desdén que le llevaba a evitar su compañía siempre que le era posible.

Pero muy pronto se hizo patente que el cambio de la hija del emperador

hacia la persona del conde era del agrado de este último. Por lo tanto,

Kagasawa cambió de estrategia, estrujó sus meninges, y pasó a urdir

cuanta calumnia se le ponía a tiro en lo tocante al rápido incremento de su

peculio. Y tampoco le llevó al cortesano mucho tiempo el logro de su

objetivo porque Nado nunca le hacía ascos a ningún saquito de polvo de

oro, ni a ninguna prebenda, viniera de donde viniera.

Nado no era ajeno a la acumulación de cargos contra su persona y

conocía sobradamente tanto lo insidioso de su origen como lo acertado se

su sustancia, de modo que decidió huir en secreto. Se hizo con una

montura y otros dos animales de añadidura que transportasen la pesada

impedimenta durante el viaje hasta el mar occidental. Una vez allí alquiló

un pequeño barco en una aldea de la costa donde pudo enrolar una

mermada tripulación y desde donde calculaba que podría hacerse a la mar

sin llamar la atención de los espías de la corte. Al cabo, zarpó con

intención de llegar a Busampo.

Es probable que llegara sin contratiempo, porque la época del año era

la adecuada para la navegación, aunque también queda dentro de lo

posible que la tripulación lo asesinara en plena mar, regresase a la costa y


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se repartiera allí los abundantes tesoros del conde. Lo cierto es que se le

perdió la pista, y tampoco se volvió a saber nada de los marineros. En

Busampo no dejó huella, ni tampoco a lo largo de la ruta que ya había

recorrido tres veces. En su pueblo no volvieron a verlo, el conde Cisión

terminó abandonando sus tierras y el señorío no tardó en pasar a otras

manos.

Sin embargo, poco tiempo después, a lo largo de la costa de China

comenzó a cobrar ominosa fama una pequeña banda de piratas que

amenazaban el comercio y asolaba tanto las ciudades como las aldeas de

pescadores, y a cuyo cabecilla se le atribuía una fabulosa fortuna, una

crueldad fuera de lo ordinario, una codicia sin límite, un oscuro origen en

las lejanas tierras del poniente y una extraña querencia a no acercarse a

menos de un mes a remo de las costas niponas. Se le atribuía también la

compañía de una campesina de la que siempre se dijo que podría haber

pasado por una princesa.

domingo, 22 de noviembre de 2020

 

EL CHUCHO DE CHUCHI

(Cuento aliterado)

 

            Chucha achucha al chucho de Chuchi cada vez que se encuentran en la calle. El can consiente complaciente las caricias de la chica pero parece preferir perderse en el parque, perseguir los pequeños patos que pululan por el prado y picotean el pan de los paseantes, pendiente al parecer de posibles porciones de pitanza propia, y ladrar lúdicamente liberado de la lerda ley que limita su libre albedrío. Entonces retoza risueño entre las ramas de los rosales, removiendo con el rabo los rojos pétalos arrancados de las rosas, que caen renuentes, retenidos por el aire aún húmedo de rocío. De los rosales corre a los romeros, cuyo aroma evoca recuerdos que ya no reconoce pero que  le agradan. Aromas rústicos -fue perro de arriero- de recuas que recorren las rudas rutas de su tierra.

            Ya no es joven, y jadea jubiloso tras el jaleo con los perros con los que se junta para el juego y la jarana, entre los jazmines de los setos y los jardines de jacintos que la jauría destroza con indócil desdén de las voces de sus dueños. Debe acudir a su llamada pero deliberadamente desobedece, deseoso de diferir la retirada. Le aguarda su cotidiana tarde tediosa, tiempo que transcurre con  ritmo tenue, tenaz aburrimiento, tendido sobre las patas traseras contemplando cómo transcurren las horas, tan calladas.

            Antes de morir su muerte mueren sus miembros, y muere también la memoria de la mañana de sus días mientras él, alma mustia, masculla gañidos guturales malamente moderados por la modorra. Y la vida, veloz, se desvanece en vespertinas veladas vaciadas de vivencias, viciadas de vacío, viudas de valor, desvaídas. La nada nadea entre los nudos desnudos de sus recuerdos, y nada nada ya en el mar de su memoria anonadada. Mientras, Chuchi bosteza y sueña con Chucha. Y el chucho sueña también con la caricia de Chucha y con el parque. Pero Chucha ya no está.

lunes, 17 de agosto de 2020


EL ESPIRITU DEL VINO


            No recuerdo cómo llegué allí, por dónde fui, qué ruta anduve. Si tuviera que volver no podría hacerlo, salvo por azar, como la primera vez. Había salido de casa, aún sin terminar de instalarme del todo, con el ánimo de recorrer a pie la ciudad, nueva para mí, y aprender a orientarme entre sus estrechas callejuelas a fuerza de transitarlas al albur una y otra vez, sin plan preconcebido, girando aleatoriamente en cada cruce, buscando hitos que pudiera recordar e ir ubicando en el plano ideal de la memoria. Una zona elevada, una torre, un edificio singular, un parque… Pero el plano ideal de mi memoria resultó ser una chapuza, una incoherencia geométrica, una blasfemia contra Euclides, un batiburrillo de elementos que no guardaban entre sí las relaciones espaciales que cabe esperar en estado de sobriedad.
            Sí recuerdo que la tarde estaba gris y ligeramente húmeda. Caía una leve llovizna que no habría alcanzado a calar las barbas de Matusalén aun cuando hubiera estado expuesto a ella durante toda su vida, y el Sol no era más que una conjetura que en ningún momento pude situar en el cielo. Las únicas pistas que tenía para orientarme eran las que la propia ciudad me concedía, y me perdí. Uno se pierde cuando lo advierte, no antes, y entonces ha de tomar una decisión. No considero que fuera torpeza por mi parte, ni que cayera en circunstancia alarmante alguna. En general, si te pierdes y puedes seguir caminando, si las condiciones exteriores hacen agradable la marcha, no debe uno preocuparse por nada. Basta con darse media vuelta y desandar el camino al menos hasta donde puedas recordarlo. Yo no era tan viejo como para cansarme enseguida -de hecho,  era bastante joven e imprudente, todo hay que decirlo-, y como además la lluvia en el rostro me refrescaba sin molestar, decidí seguir adelante.
            Poco a poco me fui metiendo en la zona más descascarillada del poblachón en que había caído. No voy a fatigarme revelando qué me había llevado allá porque carece de interés. Nada de particular, ya me entienden. De algo hay que vivir, cuestión de trabajo. En algún momento, supongo, la cábala del Sol tuvo que caer tras la teórica línea del horizonte y el paisaje urbano se fue haciendo progresivamente indistinto. Flotaba aún en el aire esa substancia que materializa el espacio pero de la que no se puede discernir a ciencia cierta si es niebla o lluvia, tan sutil que no alcanzaba a mojar el suelo. De manera imperceptible, sin advertir solución de continuidad, había entrado en una zona apartada de la ciudad, en un gueto podríamos decir. Con aceras más estrechas y descuidadas y la calzada -pavimenta de adoquín- tan llena de baches y socavones que parecía no haber sido reparada desde el último bombardeo, cuando la guerra. Las fachadas de los edificios, desconchadas y ennegrecidas por la humedad, los años y el descuido, se inclinaban a ojos vistas hacia afuera y cerraban el espacio por arriba. De súbito caí en la cuenta de que el alumbrado era sumamente deficiente. Apenas alguna lámpara en las esquinas, una pobre bombilla, algún brazo de farola que milagrosamente no se había desprendido de las enmohecidas paredes emitía una pobre luz que se extinguía a un par de metros del origen.
            Continué deambulando por aquellas ucrónicas callejuelas que parecían quedar fuera del cómputo de los años y de la vida de las gentes, sin cruzarme con nadie a pesar de que el barrio estaba evidentemente habitado. Se advertía luz tras los visillos de las ventanas y de cuando en cuando alcanzaba a oír el murmullo ininteligible de conversaciones apartadas, pero las calles permanecían obstinadamente desiertas como si pesara sobre ellas un tabú. Me sentí como un intruso que invade furtivamente un espacio que le está vedado, y caminaba lamentando incluso el sonido de mis pasos, pisando el suelo con la conciencia de estar profanando la morada de espíritus largo tiempo olvidados.
            Atraído por un sonido evidentemente humano que evocaba el ambiente tabernario y acogedor de un bar, giré a la izquierda y me metí por una callejuela que parecía no existir de puro estrecha y que finalmente reveló ser un callejón sin salida.  La caminata me había abierto el apetito y un olorcillo a fritanga reciente me suscitó la gana de una caña y un bocadillo de rabas. Al fondo, media docena de toneles apilados cerraban el paso y apuntalaban un murete que en su ausencia se habría derrumbado irremisiblemente en un tiempo remoto. A dos metros escasos de los toneles una puerta entreabierta exhalaba el tufillo grasiento y acogedor de una cocina a mitad de camino entre casera e industrial.
            La luz estaba algo más que muy menguada en aquella callejuela que mostraba con toda evidencia no haber sido transitada en meses ni siquiera para limpiarla. No es que estuviera llena de basura -que no lo estaba, ni mucho menos- pero sí había ido acumulando polvo en los rincones, en las abundantes y nada disimuladas grietas del pavimento, allá donde el viento pudiera amontonarlo las escasas ocasiones en que se diera el caso, porque allí ni el viento entraba. Y como la luz del sol no llegaría hasta el suelo más que algún que otro minutejo al mediodía y en verano, jamás lo haría con intensidad suficiente para disipar la humedad de los largos períodos de umbría. En consecuencia, crecía por doquier esa miserable vegetación que nace en los lugares abandonados, musgo, yerbajos inmundos que jamás llegarían a florecer, algún que otro helecho raquítico o un conato de zarza. Toda esa flora parietal que crece en los muros que se mantienen en pie más por la cohesión con que las raíces premian a su deleznable substancia que por la consistencia de los cimientos. A esa inefable resistencia de lo viejo yo la denomino “Selección Natural de Elementos Arquitectónicos”, expresión cuya referencia alude al conjunto de todas las cosas que se mantienen en pie no por decisión humana, sino inhumana.
             Quedaba claro que no tenía nada que hacer en aquel lugar. Si quería mi refrigerio tendría que acceder a la tasca por la puerta por la que habitualmente lo hacen los clientes y no a través de la trastienda y la cocina, entre toneles viejos y cubos de basura.
            No por increíble lo que sucedió a continuación fue menos cierto; así pues, ni yo mismo doy un ardite por su verosimilitud. Ahora bien, no es la verosimilitud lo que me interesa en este caso, sino la verdad, y si pretendo ser creído es precisamente porque sé que en nada me beneficia ni me descarga que se me crea o no. De hecho, oficialmente nadie puso en duda mis palabras, por mucho que personalmente tampoco las creyera nadie. Y fue así, sencillamente, porque no hacía ninguna falta su descrédito. Ocurrió incluso que cuanto declaré entonces pudo ser considerado una confesión y obró en mi contra. Lo que explica suficientemente la a duras penas disimulada sonrisa de la acusación y el evidente gesto de impaciencia, o resignación, de mi defensor, el cual puso los ojos en blanco al tiempo que dirigía la mirada a algún lugar indeterminado entre el techo de la sala y lo más profundo del firmamento mientras se mesaba el recuerdo del flequillo que otrora poblara su ahora despejada frente, exiguo testigo de una juventud que le había abandonado mucho tiempo atrás.
            Todavía hoy, después de haberlo repetido tantas veces de viva voz, para continuar mi relato tengo que superar un natural recelo, alimentado seguramente por la nada perspicaz observación de muchos dedos índice que se acercaban con un característico movimiento a sus respectivas sienes, o de algunos pulgares que se dirigían significativamente a sus correspondientes bocas. Mejor así, prefiero ser tildado de loco o de beodo que de embustero. Lo cierto, no obstante, es que cuando fui a dar la vuelta con intención de desandar mis pasos, o quizá un instante después (¿quién puede ahora precisarlo?), me percaté de que, oculto al pie de los toneles, había un pequeño objeto brillante. No quiero decir que brillara con luz propia, nada de eso, pero sí que reflejaba un rayito de la escasa luz que conseguía superar la grasienta atmósfera de la cocina y salía a oxigenarse en la angostura del callejón en que me encontraba.
            Es cosa curiosa y digna de meditada atención el hecho de que muchos de nuestros actos más insignificantes, de los cuales nadie podría decir que sean involuntarios, no respondan tampoco a deliberación consciente. Por ser voluntarios, son libres; por inconscientes, no lo son. Decidan, por tanto, ustedes si el hecho de que yo me molestara en volverme a sacar de su escondite aquella cosa fue producto de mi libre albedrío o consecuencia ineludible de la curiosidad que despertó su insospechada presencia.
            Resultó ser el dichoso objeto un híbrido entre tetera chata y lámpara de aceite, tan mediado de ambos extremos que resultaba imposible decidirse por una u otra opción. Era de bronce, o de latón, imposible distinguirlo a la escasa luz de la calle, y no estaba precisamente muy limpia. A saber cuánto tiempo llevaba acumulando polvo. Una pequeña costra de barro que comenzaba a no estar seca merced a la lluvia impedía discernir con certeza si las muescas que mostraba en su panza eran simples rayones o quizá algún tipo de escritura. Cuando la acerqué a la cara para tratar de decidirlo, el hedor de vino rancio mezclado con el de la cochambre se me hizo insoportable.
            Al apartarla con un involuntario gesto de asco desprendí inadvertidamente la costra con la manga de la chaqueta. Entonces ocurrió algo cuya verdad queda garantizada por el hecho de que yo lo cuente, pues jamás me atrevería a intentar hacer pasar por cierto suceso tan alejado del sentido común. Y es que, al rozar con la manga el susodicho objeto, el pitón de la tetera comenzó a exhalar un vapor verdoso y fosforescente que no se disipaba ante mí, sino que se concentraba en una densa nubecilla apenas más alta que la talla de una persona. De puro susto di un saltito como el que ejecutan los niños cuando les estalla un globo delante de las narices, y no sé si solté la lámpara o si se me cayó de las manos, porque por un instante mi atención se distrajo de cualquier asunto ajeno a mi seguridad personal.
-¡Eh, eh, den güidado,  gue me abollas! -dijo entonces una voz vinosa y arrastrada como la de un borracho, que provenía del lugar exacto en que yo calculaba que debía de estar flotando la nube.
            En efecto, durante el microsegundo en que dejé de ser consciente de ella, la nubecilla se había disipado y había aparecido no sé de dónde un hombrecillo vestido tan estrafalariamente como un artista de circo, o quizá como la imagen estereotipada de un sultán, ataviado como estaba con un chalequillo negro bordado con motivos florales  de vivos colores sobre un blusón blanco y unos calzones de seda púrpura, amplios y  ajustados a los tobillos. A pesar de lo sucio e irregular del pavimento llevaba los pies descalzos, aunque, a decir verdad, más parecía flotar a un centímetro del suelo que descansar su peso sobre él. Con el tiempo llegué a la seguridad de que no pesaba en absoluto, pero eso ahora ya no tiene importancia y, además, entorpece la verosimilitud de mi relato.
            Recuerdo estar tan asustado que apenas si podía articular palabra, pero me repuse en el instante mismo en que me di a tratar de averiguar en qué consistía el truco de la aparición. No creo que sea muy difícil hacerse cargo de mi perplejidad en aquellos momentos, así que supongo que se me disculpará si acaso mis pesquisas se redujeron a una sola pregunta, por otra parte obvia.
-¡Goño!- dijo en respuesta- . ¿De dónde  voy a salir? ¡Bues de ahí dentro!
            Y señaló con el brazo el lugar donde había ido a parar la lámpara, que, por pura casualidad, era el mismo de donde yo la había recogido. Se estiró con toda desvergüenza, se tambaleó ligeramente como llama que agita una brisilla y acertó después a poner los brazos en jarras.
-Menos mal gue me has llamado- prosiguió-, borgue ya me estaba guedando anguilosado ahí adentro. ¡Y además me moría de sed!
            Dicho lo cual, agarró el tonel que le quedaba más a mano como si no tuviera ningún peso, rompió la espita de un certero golpe con la mano y se lo llevó a la boca como para beber su contenido. Se le oyó largamente deglutir un líquido, pero maldita la gota que podrían contener aquellas cuatro duelas mal avenidas y peor ajustadas que muy a duras penas conservaban aún la apariencia de una barrica. Y cuando se hubo saciado lo dejó caer con descuido, aunque milagrosamente fue a parar al lugar exacto en que estaba antes. Se limpió la boca con la manga sin que quedara en ella ningún rastro, se tambaleó ahora como una hoguera que azota un vendaval, pudo guardar el equilibrio trastabillando sobre el aire con sus ingrávidos piesecillos, se me encaró exhalando sobre mi rostro el vaho más etílico que recuerdo y dijo:
-Así gue de voy a gonceder un deseo.
            No obstante, sin darme tiempo alguno para para solicitarlo, o para manifestar mi elección, levantó los brazos en un gesto sumamente teatral y de alguna manera consiguió que saliera de sus manos una centella, o una bola de fuego, que fue a estrellarse a mis pies.  Estoy seguro de que si no me hubiera apartado a tiempo aquella insospechada deflagración, que dejó en el aire un característico olor a pólvora quemada, me habría chamuscado los pantalones. De puro susto, no sé si dejé escapar medio taco o una blasfemia entera, y ya iba a dar media vuelta para escapar a la carrera cuando me retuvo con un imperioso movimiento de la mano.
-Dranguilo, golega, gue yo gondrolo.
            Pronunciaba de manera peculiar, como la canalla en sus momentos de máximo desenfreno, con una entonación que alcanzó el punto más agudo con un gallo en la segunda sílaba y fue decayendo después hasta un grave casi inaudible al final. Trató de repetir sin éxito su magia de gestos y, cuando se convenció de que en su estado ya no podría logarlo, añadió:
-¡Bueno, bues uno facilito! ¡Gada vez gue metas la mano en el bolsillo sagarás un euro!
            Entonces se desmaterializó, imagino que de modo análogo a como se había materializado, sólo que a la inversa. Y acto seguido, ya convertido en ese humillo fosforescente que había visto antes, fue aspirado por el pitorro de la tetera. Digo que fue aspirado porque el que un vapor se meta espontáneamente en un recipiente, por muy tetera que sea, es cosa que a los físicos no les hace mucha gracia. Y líbreme el Cielo de llevarles la contraria aun en el asunto más baladí.
            Presa de la mayor perplejidad, yo continuaba inmóvil y boquiabierto, forzándome a negar la realidad y a considerar fruto y resultado de un ingenioso truco cuanto había visto, obligándome a tratar de desentrañar el artificio. Pero no daba con ninguna explicación satisfactoria. Tampoco insatisfactoria. Lo cierto es que no encontraba explicación alguna. No fue ni alucinación ni delirium tremens, porque ese tipo de cosas no dejan manchas de hollín en el suelo, y juro que ante mí había una que no estaba cuando llegué. Y, como la alternativa tampoco me parecía de recibo, decidí no darle más vueltas y salir pitando. Decisión, por cierto, que, a día de hoy, aún suscribo obstinadamente.
            Para entender sin riesgo de engañarse lo que ocurrió después es preciso interpretar correctamente el gesto que realiza una persona cuando mete las manos en los bolsillos y deja caer levemente los hombros. Hay quien, acto seguido, babea, aunque yo no llegué a tal extremo. Veamos: se trata de un movimiento involuntario, y si nos empeñamos en encontrarle una causa deberemos conformarnos con la estrictamente material. A saber: una serie de impulsos eléctricos que estimulan el correspondiente conjunto de músculos cuya operación, al concluir, da con las manos dentro de los bolsillos. Cualquiera que considere una causa distinta de la aducida se condena a no comprender lo ocurrido.  En consecuencia, no cabe pensar que hubiera ninguna intención en el hecho de que yo metiera allí las manos.
            Lo que sí había era un euro. Uno en cada bolsillo. Nuevecitos, relucientes como recién salidos de la fábrica de moneda. En la corona exterior la aleación lucía dorada y brillante cual oro recién bruñido, las estrellas en relieve parecían soles diminutos y las estrías del canto, distribuidas en sus tres grupos regularmente repartidos, se veían tan huérfanas de cualquier cosa que no fuera el metal de que se componían que se dirían de origen sobrenatural y no de factura humana.  El interior parecía neodimio recién pulido, más limpio que la plata de una patena, a la efigie del rey no le faltaba otra cosa sino cobrar vida y el mapa del anverso se leía con tal nitidez que no se precisaría otro para desplazarse por Europa. Yo jamás había tenido en las manos monedas tan desprovistas de máculas, tan perfectas, tan esmeradamente pulcras, tan gloriosamente fulgurantes.
            Creo que al punto me volví avaro, y no por cicatería sino por la pena que me provocaba la mera idea de desprenderme de objetos tan hermosos. Fue precisamente ese novedoso cariño numismático lo que me forzó a llevarme una y otra vez ambas manos a los bolsillos, siempre con el mismo resultado. Cuantas veces probé hallé en el fondo las consabidas monedas, hasta el punto de llegar a la imposibilidad material de repetir la operación por la dificultad del transporte. Sólo entonces comencé a vislumbrar la necesidad de deshacerme de algunas y recordé el apetito que me había llevado al dichoso callejón. Así pues, ejecuté con alivio, ahora sí, la media vuelta que ya había proyectado antes en dos ocasiones y busqué la entrada a la tasca en la calle paralela al otro lado de la manzana.
-¡Coño, qué nuevas! -dijo el dueño cuando le pagué la consumición con las cinco primeras monedas que saqué del bolsillo. Recuerdo que le contesté con un gruñido y un gesto de asentimiento, un tanto molesto por el comentario.
            Al salir, frente a la puerta, había una parada de taxi. Yo ya estaba bastante cansado y me fatigaba moralmente la necesidad de repetir la caminata hasta mi casa, así que crucé la calle en busca de un coche. Se trataba de una avenida  ancha, y más si la comparamos con las paupérrimas rúas que había estado recorriendo toda la tarde. Tenía una alameda central bien poblada cuyos árboles y jardines parecían ensancharla aún más, alejando con su fronda la acera de enfrente y dividiendo el mundo en dos mitades. El desastrado barrio que fantasmeaba al otro lado se reducía desde allí a un recuerdo lejano, como si se tratase de dos ciudades distintas y ajenas la una a la otra. La gente paseaba por las aceras, o caminaba entre los árboles, a pesar de la lluvia y la hora ya avanzada. En la calzada circulaba un tráfico abundante y ruidoso.
            El taxista me llevó a casa en un pispás porque, por lo visto, yo estaba tan desorientado que no advertí que vivía cerca. El muy ladino no me dijo nada, pero no me importó en absoluto, tal era mi dolor de pies y la necesidad de aliviar un tanto el peso de los bolsillos. Le pagué en monedas de euro, ni media docena, pero también él se percató de su brillo y no se privó de emitir un juicio al respecto.
-Recién salidas del banco -mentí cayendo en la cuenta de que me sería difícil explicar su origen.

            Confieso que, una vez en casa, pasé buena parte de la noche ejercitando la musculatura a la que aludí antes. Se amontonaban en mis entendederas por una parte la novedad del caso, su extraordinaria improbabilidad, lo radicalmente inexplicable de lo ocurrido, su carácter eminentemente fantástico e irreal, la evidencia con que me representaba la imposibilidad de revelarlo a nadie, la conciencia insoslayable de que el único modo de evocar el episodio y exteriorizarlo no podía sino repetir constantemente su consecuencia material. Por otro lado, ya había comprobado la ventaja puramente crematística, pecuniaria, de lo que ya había comenzado a llamar “mi regalo”, y empezaba a erosionar mi buen juicio la dificultad que ya entreveía de aplicar mi don fuera del ámbito de las compras menudas. Además, no dejaba de fascinarme la apariencia angélica de las monedas que iba sacando, a ratos con verdadera avidez, del fondo de mis bolsillos.
            A la mañana siguiente ya había juntado un par de arrobas de monedas y, visto lo fácil que me resultaba, aún seguía tentado de acumular alguna que otra docena más. No se precisaba mucha perspicacia para darse cuenta de que, aunque mi caudal fuese virtualmente ilimitado, la renta diaria que podía obtener de ese modo dependía de la velocidad con que pudiera llevarme las manos a los bolsillos. Veamos: si me fuera posible superar el tedio de repetir la operación durante diez horas al día, con los descansos pertinentes, a razón de dos monedas cada cinco segundos, obtendría dos docenas por minuto, que, tras realizar la multiplicación correspondiente, arrojan la bonita suma de catorce mil cuatrocientos euros diarios. Evidentemente, mis más alocados caprichos quedarían cubiertos con una cantidad menor, incluso mucho menor. Y para colmo, como resulta que nuestra civilizada y urbanita vida actual es prácticamente imposible sin la mediación de un banco, quedaba claro que sólo podría beneficiarme de mi regalo ingresando su producto en mi cuenta.
            Lo que ocurre es que, hoy en día, el cajero te mira mal si ingresas un fajo de billetes, ¡cuánto más si llevas una carretilla de euros! ¡Y todos impecablemente nuevos!
            Durante un par de semanas utilicé las monedas sólo para las pequeñas compras diarias, siempre con el consabido comentario de los dependientes, y continué acudiendo a la oficina con normalidad. Sin embargo, esa presunta normalidad duró lo que tardé en comparar el rendimiento neto de mi trabajo con el de mi capital mobiliario (es decir: mis pantalones). Mientras tanto, y por supuesto en mis ratos libres, continué produciendo monedas a ritmo nada desdeñable. El resultado de todo ello, como no podía ser de otro modo, fue que perdí la motivación para seguir trabajando. Me lo hizo notar en primer lugar mi superior inmediato, unos días después el jefe de Recursos Humanos, y al cabo de un mes me vi con la carta de despido en la mano.
            No es que importara mucho. En aquel momento mis preocupaciones iban por otros derroteros. En efecto, guardaba en casa ya un par de toneladas de monedas, seguía produciendo más de las que necesitaba y se me hacía urgente darles alguna salida. Se me ocurrió ir por las tiendas, los quioscos, por locales comerciales de pequeño tamaño, pidiendo que me cambiaran cantidades muy modestas por billetes pequeños que luego ingresaba en mi cuenta al amparo del anonimato de un cajero electrónico. A los tenderos les venía bien porque se hacían con cambio inmediato, pero ninguno de ellos dejaba de admirarse del brillo de las piezas. Como resulta que yo no estaba por la labor de dar  demasiadas explicaciones sobre su procedencia, decidí no repetir el cambio con frecuencia en ningún local del barrio. Sin embargo, al poco tiempo me percaté de que ya se me señalaba como “el tío de las moneditas”. Se lo oí decir a un cajero del supermercado que no tuvo la prudencia de esperar que me alejara lo suficiente y que hablaba con un tonillo nada simpático.
            Podría perfectamente haber hecho oídos sordos y continuar con las compras y los cambios al menos mientras lo aceptaran, pero un recelo harto comprensible y mi manifiesta vocación de anonimato me aconsejaron buscar en barrios aledaños primero, y después por todas partes. Pensé incluso en contactar con algún hampón local para que me blanquease el dinero, pero la sola idea me producía verdadero pánico. Uno puede ir a Marte si lo desea porque más o menos sabe lo que va a encontrar allí, y la compañía será escasa y manejable. Pero meterse en un mundillo del que no se sabe nada excepto la ralea de la gente que te vas a encontrar es una locura manifiesta.
            Se me ocurrió también, por no cargar yo solo con el sambenito, repartir generosas limosnas entre los mendigos que encontraba. Pero, a pesar de todas las precauciones, mi fama de monedero pulcro me perseguía de tienda en tienda por toda la ciudad. Y después también por los pueblos vecinos. En consecuencia, un día me presenté en una sucursal de mi banco para cambiar de un golpe un centenar de euros. El cajero realizó el cambio sin decir palabra, pero no pudo disimular un gesto elocuente ante el brillo inusitado de unas monedas en las que más bien cabía esperar lo contrario.
-¡Caramba, qué nuevecitas! -me dijo el empleado de la segunda sucursal a la que acudí, supongo que sin ninguna intención.- ¿De dónde las ha sacado?
- De la máquina tragaperras del bar -fue la primera mentira que se me ocurrió.
            Como había hecho en las tiendas, adopté en los bancos la precaución de no acudir a ninguno dos veces seguidas. Y, como a pesar de algún que otro comentario, yo iba colocando mi producto sin mayores dificultades, me fui envalentonando y aumenté las cantidades paulatinamente. No obstante, tarde o temprano me sería preciso retornar a alguna de ellas, y lo hice. Y no pareció que ello me causara perjuicio alguno.
            No cabe duda de que los bancos prestan un gran servicio a la comunidad, aunque su solicitud presenta algunos inconvenientes. Pertenece al folklore popular la creencia de que, durante el auge del Liberalismo, el Estado llegó a convertirse en esclavo de los bancos. Pero es indudablemente cierto que, en nuestras modernas socialdemocracias, son los bancos los que se han puesto al servicio del Estado. No pretendo aburrirles a ustedes, pobres oyentes, con detalles que no aportan nada y de los que cualquiera puede hacerse una idea necesariamente vaga pero suficiente. Ocurrió, no obstante el éxito en deshacerme de mi exceso de monedas, lo que estaba escrito que debería ocurrir. En algún lugar, y no importa exactamente en cuál, alguien debió de caer en la cuenta de lo extraordinariamente improbable del hecho de que el beneficiario de un subsidio de desempleo tan escaso como el que me pagaban viera crecer su cuenta corriente de un modo tan escandaloso como lo hacía la mía.  La autoridad competente me exigió que justificase el origen de mis ingresos, y yo no podía hacerlo. Por tanto, se abrió un expediente, y se inició contra mí un proceso por delito fiscal. Y, como consecuencia del proceso, a resultas de un registro policial en mi domicilio -en el que, por cierto, la policía encontró ingentes cantidades de monedas de un euro que por lo visto permanecían a la espera de ser puestas en circulación- se me acusó también del delito  de falsificación de moneda. Aunque, finalmente, sólo pudieron condenarme por poner en circulación moneda no acuñada por el Estado.
            En fin, no tengo ninguna necesidad, ni ustedes se merecen tamaño castigo, de extenderme refiriendo hechos que en realidad no aportan nada al relato de mis cuitas pero que, a buen seguro, causarán fatiga. Lo que sí me interesa decir, porque veo que algunos de ustedes ya lo han notado, es que la maldición que cayó sobre mí el día que un mago borracho, o genio de la lámpara, o lo que fuera, quiso recompensarme con el dudoso beneficio de sacar un euro del bolsillo cada vez que metiera allí la mano sigue en pleno vigor. Por ello, a día de hoy, soy el único varón del planeta que no tiene bolsillos en los pantalones, o los lleva cosidos. ¿Queda satisfecha su curiosidad?


           
           
             
           
           
           

domingo, 14 de junio de 2020

Naturaleza y totalitarismo


NATURALEZA Y TOTALITARISMO

        
             La naturaleza es despiadada, de eso no cabe duda. No es que peque de falta de piedad para con sus criaturas, que sea impía. Más bien, carece por completo de esa facultad. De hecho, es impropio atribuirle patrones personales de conducta o sentimientos humanos. Son las criaturas las que hacen, y las que, mucho más a menudo, padecen. Y la naturaleza no sería más que la suma de todas las criaturas, de sus pocas acciones y de la ingente cantidad de sus padecimientos.
           Sin embargo, panteístas y románticos de todo género han protagonizado una larga tradición de atribuciones personales a ese todo que en realidad no es nada. Desde cualidades maternales (la madre naturaleza) hasta sabiduría (la naturaleza es sabia); se le ha considerado desde prometedora cuna hasta acogedora mortaja (polvo somos y en polvo nos convertiremos), dadivosa fuente de vida o usurera cobradora de réditos. Como un dios, la naturaleza hace y deshace según criterios que nadie ha sido capaz de representarse y cuya ignorancia a menudo se ha racionalizado como inescrutabilidad. O ni siquiera eso: la naturaleza sería ciega como la justicia. De hecho, ostenta su propia justicia y hace valer sus propias leyes, las únicas que rigen para todos. Ambas poseen espada y balanza, y las usan asiduamente: son la misma cosa.
            Seamos más comedidos: hay una justicia en la naturaleza, peculiar e implacable, pero justicia a fin de cuentas: la ley de la vida. Esto, desde luego, no es más que otra atribución bien de caracteres personales, bien de caracteres divinos. O de ambos. Pero nos puede valer como metáfora. Cediendo a una analogía de carácter social, podemos llamar ley a cualquier imperativo del que no nos es posible zafarnos sin exponernos a sufrir determinadas consecuencias. Según Kant, que muestra en ello cierto cromatismo socrático, la transgresión del imperativo que concierne a todos -es decir, el imperativo categórico- arroja al infractor a un estado de penuria que procede de su incoherente pretensión de que las máximas de su conducta no lleguen a alcanzarle, de que no le sean de aplicación. Soy consciente de que el propio Kant formulaba su imperativo de varios modos y de que se puede interpretar de múltiples maneras. Y, a tenor de lo que voy a decir a continuación, la mía no sea probablemente la más adecuada. Pero es el caso que, considerándolo como acabo de hacerlo, el imperativo no alcanza a quien sea tan poderoso como para eludir las consecuencias de sus actos. Nosotros estamos todavía moviéndonos en un lado de la analogía y quizá nos sea lícito dudar de que haya nadie tan poderoso que quede a salvo de cualquier contingencia; pero si nos desplazamos al otro término, al de la naturaleza, podemos ver cómo el ser humano se ha provisto de medios para lograrlo al menos parcialmente. Al conjunto de estos medios les llamamos tecnología o, de manera más general, cultura. La cultura es, por tanto, el medio que separa al Hombre de la naturaleza, lo que le abriga de la despiadada desnudez que aflige al resto de las criaturas.
              El hombre vive en un mundo cuya inmediatez ha de someter en alguna medida. Si es el mundo el que domina, el hombre perece; si, por el contrario, es el hombre el que se impone, entonces es su mundo el que sucumbe. Muere en el sentido en que una cosa que cambia deja de ser lo que era y se transforma en otra. Ahora bien, al producir sus medios de vida, el hombre transforma su mundo de una manera ciega. No puede representarse las consecuencias de su acción más que cuando comienzan a suponer para él una amenaza. Y de la amenaza no puede defenderse sino por dos medios: o bien modifica o modera su actividad sin cambiarla sustancialmente antes de que la catástrofe sea irreversible (supongo que ése es el origen al menos de algunos  tabúes), o bien transforma por entero su modo de producción cuando ya no cabe una vuelta atrás. Entonces se requiere un salto tecnológico, se crea una cultura nueva, un nuevo modo de vida.
             En cualquier caso, la defensa del individuo contra la intemperie del mundo es de carácter social. El mito de Robinson no es más que un mito, y Robinson mismo no es más que un elegido de Dios (lo que explica que la novela de Defoe se parezca tanto a una larga digresión teológica). Para sobrevivir el hombre precisa de la cooperación de sus semejantes, sin la cual está irremisiblemente abocado a la perdición. Se comprende entonces el imperioso impulso de integrarse en un grupo y la importancia que el individuo le concede. El grupo tribal, tanto como la compleja sociedad moderna, es a la vez garantía de supervivencia personal y de supervivencia de la estirpe, de la familia. De manera que, toda vez que la mencionada defensa se perciba precaria, que se la represente el individuo como frágil e irremediablemente dependiente de los avatares del destino, acepte éste la prevalencia del grupo al que pertenece. Y, en contrapartida, cuando sea  el grupo social quien le amenace, reclamará el individuo sus derechos.
             Si me entretengo en repetir todas estas obviedades es porque no hace mucho cayó en mis manos un cuento de Jack London que me las ha sugerido. El relato, en su versión castellana, lleva por título “La ley de la vida”, y forma parte de una selección de historias del viejo oeste publicadas con ese mismo título en la Colección Joven de Bolsillo de la editorial Doncel en el año 1972, con selección, traducción y prólogo de Juan Tébar. No se trata propiamente de una historia del oeste, sino del norte; y lo  mismo podríamos situar la acción entre los inuit o entre los lapones. El autor nos narra las últimas horas de vida de un anciano que ya no puede seguir el ritmo de la tribu en su constante nomadeo por la tundra y es abandonado en el hielo junto a una hoguera y un montoncito de ramitas que lo mantendrán caliente y vivo hasta que se agoten.
             “Los hombres de la tribu tienen prisa -le dice su hijo al despedirse-. Llevan pesados fardos y tienen el vientre liso por falta de comida. El camino es largo y viajan con rapidez. Me voy. ¿Te parece bien?”.
             La pregunta no es retórica ni superflua, a pesar de que la respuesta no va a modificar una decisión previamente adoptada. Se trata de una costumbre establecida desde tiempo inmemorial y de la que depende la supervivencia del grupo. Ocurre sencillamente que el grupo no puede quedarse y el viejo no puede seguirle. Es la ley de la vida, nada más que eso. Pero la aprobación del anciano hará más soportable la brutalidad del hecho.
             “Sí -responde-. Soy como una hoja del último invierno, apenas sujeto a la rama. Al primer soplo me desprenderé. Mi voz es ya como la de una vieja. Mis ojos ya no ven el camino abierto a mis pies, y mis pies son pesados. Estoy cansado. Me parece bien”.
             El anciano habla con el laconismo y la viveza propios de los indígenas americanos. Sus palabras dejan traslucir una profunda tristeza, pero también su anuencia. O su resignación (¿quién puede conocer lo que bulle en el alma de los hombres?). Es la ley de la naturaleza, como él mismo reconoce para sus adentros un poco más tarde mientras  va consumiendo las ramitas de su parca provisión y se le acercan poco a poco los lobos, a cada instante más envalentonados. La naturaleza es cruel con sus criaturas  y no le interesa el individuo sino la especie, que es la destinada a pervivir, la que, en consecuencia,  goza de auténtica vida propia. El grupo posee antelación lógica y ontológica frente a cada uno de sus integrantes. Cada hombre, cada miembro, no es sino un instrumento para su supervivencia. Una pieza fungible a la que se le impone la misión de perpetuarse y luego morir. Y la propia vida de la tribu no consiste en otra cosa más allá de este juego de renovación y muerte. “Como el linaje de las hojas tal  es también el de los hombres -le responde Glauco a Diomedes en el canto VI de la Ilíada-. De las hojas, unas tira el viento, y otras el bosque hace brotar cuando florece, al llegar la sazón de la primavera”.
             Hermosas palabras las de ambos pasajes, y cargadas de sentido. ¿Qué importa el individuo si de todos modos nace condenado a perecer? Se cuenta entre los héroes a aquél que afronta su destino y no se aferra a la existencia más de lo que conviene. Y lo que conviene es función, en el caso de una sociedad primitiva, de las necesidades del grupo. Es sobresaliente el hombre que triunfa de sus tribulaciones y llega a la ancianidad, porque de su sabiduría y experiencia se beneficia toda la colectividad. Pero es héroe el que sabe entregar la vida en el momento oportuno.
            Ahora bien, si son las necesidades de supervivencia de la tribu las que subordinan el interés del individuo al interés colectivo, cuando cesan aquéllas, o dejan de ser perentorias, la prioridad de intereses ha de verse modificada. De la misma manera que un hombre peca contra su grupo, en primer caso, si no se sacrifica; en el segundo es el grupo el que se excede en sus atribuciones si no reconoce al individuo sus derechos.
            Voy a definir el sustantivo “totalitarismo” como la creencia de que el todo es superior a la suma de las partes que lo integran, y calificaré de totalitarista a todo sistema o estructura social que se fundamente, de manera explícita o no, sobre esa premisa. No voy a discutir si las sociedades primitivas son totalitarias en este sentido o si no lo son, aunque es claro que en ellas el todo suma exactamente lo mismo que las partes. Y tampoco voy a discutir si estaría justificado que estas sociedades lo fuesen. Lo que sí quiero señalar es que algunas de las modernas sí lo son, y que incluso en el seno de las que no lo son hay estructuras que se comportan como si lo fuesen. Un ejército puede sacrificar a la totalidad de sus soldados porque siempre puede ordenar nuevas levas; una empresa puede prescindir de todos sus trabajadores si se da el caso de que no tenga dificultad en contratar otros. En ambos ejemplos algo sobrevive a la extinción de las partes: en el primer caso, una estructura de mando incluso aunque esté desierta; en el segundo, el capital. Por fortuna, ni todos los ejércitos ni todas las empresas llegan a tales extremos.
            Tampoco es concebible que puedan llegar a ellos nuestras modernas sociedades supertecnificadas, supermasificadas y superdistantes de la naturaleza. La mera masificación anonada al individuo, lo que muestra ya a las claras que satisfacen mi criterio de totalitarismo. Por ello es tan importante que, a manera de contrapeso, al individuo se le convierta en ciudadano con derecho a participación en la vida colectiva, a beneficiarse de modo equilibrado de sus ventajas y a la crítica en libertad. El incumplimiento de todas, o alguna, de estas condiciones fuerza a la autoridad a aducir riesgo, a señalar un enemigo, a fin de justificarse. Y no faltan enemigos de la patria, de la clase, de las minorías, del partido, de la revolución, del pueblo, de la salud, del orden, de la tradición, de la religión, del progreso… de lo que sea.

           Con todo ello convertimos el conjunto de todas las sociedades en pura naturaleza.  Me pregunto si no es esto un exceso: lo único natural es la sociabilidad.