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domingo, 14 de junio de 2020

Naturaleza y totalitarismo


NATURALEZA Y TOTALITARISMO

        
             La naturaleza es despiadada, de eso no cabe duda. No es que peque de falta de piedad para con sus criaturas, que sea impía. Más bien, carece por completo de esa facultad. De hecho, es impropio atribuirle patrones personales de conducta o sentimientos humanos. Son las criaturas las que hacen, y las que, mucho más a menudo, padecen. Y la naturaleza no sería más que la suma de todas las criaturas, de sus pocas acciones y de la ingente cantidad de sus padecimientos.
           Sin embargo, panteístas y románticos de todo género han protagonizado una larga tradición de atribuciones personales a ese todo que en realidad no es nada. Desde cualidades maternales (la madre naturaleza) hasta sabiduría (la naturaleza es sabia); se le ha considerado desde prometedora cuna hasta acogedora mortaja (polvo somos y en polvo nos convertiremos), dadivosa fuente de vida o usurera cobradora de réditos. Como un dios, la naturaleza hace y deshace según criterios que nadie ha sido capaz de representarse y cuya ignorancia a menudo se ha racionalizado como inescrutabilidad. O ni siquiera eso: la naturaleza sería ciega como la justicia. De hecho, ostenta su propia justicia y hace valer sus propias leyes, las únicas que rigen para todos. Ambas poseen espada y balanza, y las usan asiduamente: son la misma cosa.
            Seamos más comedidos: hay una justicia en la naturaleza, peculiar e implacable, pero justicia a fin de cuentas: la ley de la vida. Esto, desde luego, no es más que otra atribución bien de caracteres personales, bien de caracteres divinos. O de ambos. Pero nos puede valer como metáfora. Cediendo a una analogía de carácter social, podemos llamar ley a cualquier imperativo del que no nos es posible zafarnos sin exponernos a sufrir determinadas consecuencias. Según Kant, que muestra en ello cierto cromatismo socrático, la transgresión del imperativo que concierne a todos -es decir, el imperativo categórico- arroja al infractor a un estado de penuria que procede de su incoherente pretensión de que las máximas de su conducta no lleguen a alcanzarle, de que no le sean de aplicación. Soy consciente de que el propio Kant formulaba su imperativo de varios modos y de que se puede interpretar de múltiples maneras. Y, a tenor de lo que voy a decir a continuación, la mía no sea probablemente la más adecuada. Pero es el caso que, considerándolo como acabo de hacerlo, el imperativo no alcanza a quien sea tan poderoso como para eludir las consecuencias de sus actos. Nosotros estamos todavía moviéndonos en un lado de la analogía y quizá nos sea lícito dudar de que haya nadie tan poderoso que quede a salvo de cualquier contingencia; pero si nos desplazamos al otro término, al de la naturaleza, podemos ver cómo el ser humano se ha provisto de medios para lograrlo al menos parcialmente. Al conjunto de estos medios les llamamos tecnología o, de manera más general, cultura. La cultura es, por tanto, el medio que separa al Hombre de la naturaleza, lo que le abriga de la despiadada desnudez que aflige al resto de las criaturas.
              El hombre vive en un mundo cuya inmediatez ha de someter en alguna medida. Si es el mundo el que domina, el hombre perece; si, por el contrario, es el hombre el que se impone, entonces es su mundo el que sucumbe. Muere en el sentido en que una cosa que cambia deja de ser lo que era y se transforma en otra. Ahora bien, al producir sus medios de vida, el hombre transforma su mundo de una manera ciega. No puede representarse las consecuencias de su acción más que cuando comienzan a suponer para él una amenaza. Y de la amenaza no puede defenderse sino por dos medios: o bien modifica o modera su actividad sin cambiarla sustancialmente antes de que la catástrofe sea irreversible (supongo que ése es el origen al menos de algunos  tabúes), o bien transforma por entero su modo de producción cuando ya no cabe una vuelta atrás. Entonces se requiere un salto tecnológico, se crea una cultura nueva, un nuevo modo de vida.
             En cualquier caso, la defensa del individuo contra la intemperie del mundo es de carácter social. El mito de Robinson no es más que un mito, y Robinson mismo no es más que un elegido de Dios (lo que explica que la novela de Defoe se parezca tanto a una larga digresión teológica). Para sobrevivir el hombre precisa de la cooperación de sus semejantes, sin la cual está irremisiblemente abocado a la perdición. Se comprende entonces el imperioso impulso de integrarse en un grupo y la importancia que el individuo le concede. El grupo tribal, tanto como la compleja sociedad moderna, es a la vez garantía de supervivencia personal y de supervivencia de la estirpe, de la familia. De manera que, toda vez que la mencionada defensa se perciba precaria, que se la represente el individuo como frágil e irremediablemente dependiente de los avatares del destino, acepte éste la prevalencia del grupo al que pertenece. Y, en contrapartida, cuando sea  el grupo social quien le amenace, reclamará el individuo sus derechos.
             Si me entretengo en repetir todas estas obviedades es porque no hace mucho cayó en mis manos un cuento de Jack London que me las ha sugerido. El relato, en su versión castellana, lleva por título “La ley de la vida”, y forma parte de una selección de historias del viejo oeste publicadas con ese mismo título en la Colección Joven de Bolsillo de la editorial Doncel en el año 1972, con selección, traducción y prólogo de Juan Tébar. No se trata propiamente de una historia del oeste, sino del norte; y lo  mismo podríamos situar la acción entre los inuit o entre los lapones. El autor nos narra las últimas horas de vida de un anciano que ya no puede seguir el ritmo de la tribu en su constante nomadeo por la tundra y es abandonado en el hielo junto a una hoguera y un montoncito de ramitas que lo mantendrán caliente y vivo hasta que se agoten.
             “Los hombres de la tribu tienen prisa -le dice su hijo al despedirse-. Llevan pesados fardos y tienen el vientre liso por falta de comida. El camino es largo y viajan con rapidez. Me voy. ¿Te parece bien?”.
             La pregunta no es retórica ni superflua, a pesar de que la respuesta no va a modificar una decisión previamente adoptada. Se trata de una costumbre establecida desde tiempo inmemorial y de la que depende la supervivencia del grupo. Ocurre sencillamente que el grupo no puede quedarse y el viejo no puede seguirle. Es la ley de la vida, nada más que eso. Pero la aprobación del anciano hará más soportable la brutalidad del hecho.
             “Sí -responde-. Soy como una hoja del último invierno, apenas sujeto a la rama. Al primer soplo me desprenderé. Mi voz es ya como la de una vieja. Mis ojos ya no ven el camino abierto a mis pies, y mis pies son pesados. Estoy cansado. Me parece bien”.
             El anciano habla con el laconismo y la viveza propios de los indígenas americanos. Sus palabras dejan traslucir una profunda tristeza, pero también su anuencia. O su resignación (¿quién puede conocer lo que bulle en el alma de los hombres?). Es la ley de la naturaleza, como él mismo reconoce para sus adentros un poco más tarde mientras  va consumiendo las ramitas de su parca provisión y se le acercan poco a poco los lobos, a cada instante más envalentonados. La naturaleza es cruel con sus criaturas  y no le interesa el individuo sino la especie, que es la destinada a pervivir, la que, en consecuencia,  goza de auténtica vida propia. El grupo posee antelación lógica y ontológica frente a cada uno de sus integrantes. Cada hombre, cada miembro, no es sino un instrumento para su supervivencia. Una pieza fungible a la que se le impone la misión de perpetuarse y luego morir. Y la propia vida de la tribu no consiste en otra cosa más allá de este juego de renovación y muerte. “Como el linaje de las hojas tal  es también el de los hombres -le responde Glauco a Diomedes en el canto VI de la Ilíada-. De las hojas, unas tira el viento, y otras el bosque hace brotar cuando florece, al llegar la sazón de la primavera”.
             Hermosas palabras las de ambos pasajes, y cargadas de sentido. ¿Qué importa el individuo si de todos modos nace condenado a perecer? Se cuenta entre los héroes a aquél que afronta su destino y no se aferra a la existencia más de lo que conviene. Y lo que conviene es función, en el caso de una sociedad primitiva, de las necesidades del grupo. Es sobresaliente el hombre que triunfa de sus tribulaciones y llega a la ancianidad, porque de su sabiduría y experiencia se beneficia toda la colectividad. Pero es héroe el que sabe entregar la vida en el momento oportuno.
            Ahora bien, si son las necesidades de supervivencia de la tribu las que subordinan el interés del individuo al interés colectivo, cuando cesan aquéllas, o dejan de ser perentorias, la prioridad de intereses ha de verse modificada. De la misma manera que un hombre peca contra su grupo, en primer caso, si no se sacrifica; en el segundo es el grupo el que se excede en sus atribuciones si no reconoce al individuo sus derechos.
            Voy a definir el sustantivo “totalitarismo” como la creencia de que el todo es superior a la suma de las partes que lo integran, y calificaré de totalitarista a todo sistema o estructura social que se fundamente, de manera explícita o no, sobre esa premisa. No voy a discutir si las sociedades primitivas son totalitarias en este sentido o si no lo son, aunque es claro que en ellas el todo suma exactamente lo mismo que las partes. Y tampoco voy a discutir si estaría justificado que estas sociedades lo fuesen. Lo que sí quiero señalar es que algunas de las modernas sí lo son, y que incluso en el seno de las que no lo son hay estructuras que se comportan como si lo fuesen. Un ejército puede sacrificar a la totalidad de sus soldados porque siempre puede ordenar nuevas levas; una empresa puede prescindir de todos sus trabajadores si se da el caso de que no tenga dificultad en contratar otros. En ambos ejemplos algo sobrevive a la extinción de las partes: en el primer caso, una estructura de mando incluso aunque esté desierta; en el segundo, el capital. Por fortuna, ni todos los ejércitos ni todas las empresas llegan a tales extremos.
            Tampoco es concebible que puedan llegar a ellos nuestras modernas sociedades supertecnificadas, supermasificadas y superdistantes de la naturaleza. La mera masificación anonada al individuo, lo que muestra ya a las claras que satisfacen mi criterio de totalitarismo. Por ello es tan importante que, a manera de contrapeso, al individuo se le convierta en ciudadano con derecho a participación en la vida colectiva, a beneficiarse de modo equilibrado de sus ventajas y a la crítica en libertad. El incumplimiento de todas, o alguna, de estas condiciones fuerza a la autoridad a aducir riesgo, a señalar un enemigo, a fin de justificarse. Y no faltan enemigos de la patria, de la clase, de las minorías, del partido, de la revolución, del pueblo, de la salud, del orden, de la tradición, de la religión, del progreso… de lo que sea.

           Con todo ello convertimos el conjunto de todas las sociedades en pura naturaleza.  Me pregunto si no es esto un exceso: lo único natural es la sociabilidad.
                     
            
            



jueves, 8 de febrero de 2018

¿INTELIGENCIA O CONSCIENCIA?

(Escribí este texto el 24 de febrero del 2011).



He estado buceando por aquí y por allá y he recalado en "2001, una odisea espacial", novela de A.C. Clarke paralela y estrictamente simultánea a la película homónima de S. Kubrick, sobre la  que hay escritos varias artículos, algunos de ellos muy antiguos y muy buenos. Y lo cierto es que me gustaría destacarlos aquí. Supongo que lo más adecuado sería escribir comentarios a estos artículos, pero no tiene mucho sentido después de tantos años. Quiero aclarar, en primer lugar, que mi intención no es comentar otros artículos. En segundo lugar, tampoco es mi intención opinar sobre la novela, por tres motivos. Primero, porque no me encuentro en condiciones de hacerlo, dado el tiempo que ha pasado desde que la leí. Segundo, porque lo que ya se ha escrito de ella es mucho y bueno. Y tercero, porque, además de que me voy a ceñir a un único aspecto de los muchos que se destacan, me referiré indistintamente al libro y a la película. 
El argumento de esta novela-película (en adelante adoptaré el término "relato") es complejo, tentacular, y, sin un esfuerzo notable por su parte, el receptor corre el riesgo de perderse en una maraña de sugerencias, de atisbos que entrecruzan sus implicaciones hasta conseguir desorientarlo completamente. Para quienes sufrimos el mal de la síntesis resulta indispensable localizar un punto de referencia en torno al cual podamos reconstruir la enorme variedad temática que se nos manifiesta. Necesitamos un tema central en torno al que graviten y del que emanen, como los rayos de un sol, los múltiples argumentos que se proponen. (Pido perdón por la metáfora).
De entre la variedad de estos temas, el más evidente es el de la evolución. El relato comienza mostrándonos una especie de homínido no del todo bípedo y concluye con una suerte de ángel intravitelino. La sugerencia es demasiado fuerte para ignorarla, a condición de que obviemos la evolución orgánica y nos centremos en la evolución cultural, en la evolución del espíritu. Una de las notas esenciales del ser humano es el uso y fabricación de herramientas, desde la primera -que, curiosamente, en el relato es un arma- hasta esas cosas tan sofisticadas que son las naves espaciales. La película destaca con toda la explicitud de una imagen la continuidad ideal de ambos momentos. Pues bien, considero de gran importancia esta continuidad. Este es el lugar exacto para hacer notar una confusión en la que solemos caer con toda inocencia: habría que distinguir entre el progreso técnico y otra índole de progreso que no sabría si calificar como espiritual o moral.
Por un malentendido que no hay por qué explicar ahora, siempre que hablamos de evolución hablamos también de progreso. Por eso nos sorprende tanto el hecho de que junto a los seres vivos que calificamos de "superiores" subsisten muchos de los que tildamos de "inferiores" y que, no obstante, son los verdaderos reyes de la creación. El gusano, en su rudimentaria simplicidad, no sólo es más abundante que el felino, o el humano, sino que lo mantiene bajo constante amenaza. En todos los episodios de extinciones en masa los organismos mejor parados han sido siempre los más simples. Es cosa fácil de entender: una bicicleta da menos averías que un ferrari.
Nuestra ciega fé en el progreso nos induce a proyectarnos en el futuro siempre hacia arriba. Esto nos enfrenta a la cuestión del límite. Ocurre que, aunque a nosotros mismos nos representamos como sujetos del progreso, no podemos dejar de considerarnos también unos seres lamentablemente limitados. En consecuencia, hemos de delegar en las generaciones futuras las excelencias del porvenir. Y como, en principio, el número de generaciones futuras es incontable, aunque tengamos plena consciencia de nuestro límite particular, individual, no hemos formado concepto de nuestro límite específico. Así es como ha venido a nosotros la idea de una "inteligencia superior". Este estadio superior de la inteligencia, por más avanzado o desarrollado que lo imaginemos, no deja de ser natural, de "tejas abajo". Sin embargo, como no concebimos el límite, tampoco nos privamos de asimilarlo a la divinidad. Por eso la ciencia-ficción está plagada de títulos y constantes referencias alusivos a los dioses. El simple hecho de navegar por el universo supone para nosotros cierta transgresión del orden natural. Las estrellas siguen estando más cerca de Dios. El concepto de "inteligencia avanzada" es candorosamente optimista. Nos representamos a nosotros mismos salvando el abismo que nos separa de la divinidad, pero entendida a la manera cristiana. Dios es infinitamente poderoso, pero también es infinitamente sabio y -sobre todo- infinitamente bondadoso.
Dios es el límite, el sentido. Al eliminarlo, eliminamos la idea de progreso. Un cosmólogo, como Hawking, que se haya decidido a prescindir de Dios se ve en la obligación de alertarnos de la posibilidad de que las inteligencias extratrerrestes que tanto buscamos no queden libres de los instintos depredadores que oscurecen la nuestra. Al fin y al cabo no sólo son inteligentes quienes hicieron y nos trajeron los monolitos, también lo es Alien, Terminator y ese híbrido de Induráin y gormiti que resultó ser Robocop. El "polvo de estrellas" del que Carl Sagan afirmaba estamos hechos también puede dar lugar a la escoria. En clara oposición, al menos algunos guionistas creen que es posible la inteligencia ayuna de moral.
Como dije antes, padezco el mal de la síntesis y necesito, para entender cualquier cosa, buscar la idea central que me permita hilvanar a partir de ella todas cuantas se vayan sugiriendo. Pues bien, el tema central del relato que nos ocupa lo encuentro en las problemáticas relaciones entre inteligencia y conciencia (o consciencia). El tema es de rabiosa actualidad. Hace ya cinco siglos que la política -que es una actividad supuestamente inteligente- no apunta en la misma dirección que la ética. En algún momento de la historia, la política se ha olvidado del individuo. Ayer mismo, hoy y probablemente también mañana, la economía -otra actividad inteligente- sigue los mismos pasos. "Estado", "empresa" y "mercado" son entidades que se anteponen a los individuos, a quienes deberían servir. La creencia de que el todo es superior a la suma de las partes se denomina totalitarismo.
Que me perdonen los psicólogos si, ahora que me propongo definir el término "inteligencia", opto por utilizar el diccionario de la RAE en vez de acudir a un glosario de términos psicológicos. Yo no soy psicólogo y no tengo por qué plegarme a los intereses del gremio. Dice el diccionario en su última edición:
INTELIGENCIA: 1º) Capacidad de entender o comprender. 2º) Capacidad de resolver problemas. 5º) Habilidad, destreza y experiencia.
Aquí transcribo sólo las acepciones que corresponden a facultades. Confieso que habría preferido encontrar esto:
INTELIGENCIA: 1º) Capacidad de entender o comprender. 2º) Capacidad de efectuar operaciones con éxito.
De todos modos, ambas definiciones son equivalentes. La ventaja de la mía es que, a pesar de la eleganca del número tres, proponer dos acepciones me permite establecer la dicotomía del significado del término a la que pretendía llegar. Inteligencia es, por una parte comprensión y por otra operación exitosa.
Desde el punto de vista de la segunda de mis acepciones, la inteligencia sólo requiere potencia de cálculo y de acción. Ni siquiera precisa una relación consciente entre ambas, como es el caso de la mera habilidad manual. No es difícil concluir sobre estas premisas la máxima de que el fin justifica los medios. Del cálculo a la acción, no tiene por qué mediar ninguna proporcionalidad entre los extremos del acto. Cualquier fin justificará entonces cualquier medio. Se me podrá objetar que por esta vía llegamos a la irracionalidad más estúpida, pero lo cierto es que se trata de la racionalidad de medios que impera en la guerra, en la política, en la economía, en la empresa y en muchas de nuestras relaciones personales. Es una racionalidad ajena a la moral, amoral.
Por lo que se refiere a la comprensión, prefiero acudir de nuevo al diccionario:
COMPRENDER: 3º) Entender, alcanzar, penetrar. 4º) Encontrar justificados o naturales los actos o sentimientos de otro.
Aquí se destaca el movimiento del sujeto que comprende hacia el objeto comprendido. Comprender es proyectarse uno mismo hacia lo comprendido, anticiparlo, ponerlo por delante. Comprender e interpretar son una y la misma cosa. Cuando comprendemos a otra persona, cuando "encontramos justificados o naturales sus actos o sentimientos", nos estamos poniendo en su lugar. Entonces vivimos sin vivir en nosotros para vivir en el otro, lo reconocemos como persona. Comprender a otro es comprenderse a sí mismo. "Conócete a tí mismo", le dijo el oráculo a Sócrates. La comprensión requiere autoconciencia, es reflexión, un volverse sobre sí mismo para salir de sí mismo. No otra es para Kant la fuente de la conciencia moral. El imperativo categórico lo formula así: obra como si la máxima de tu conducta pudiera convertirse en ley universal. Es decir: trata a los demás como te gustaría que te tratasen a tí. Toda moral y todo sentimiento humano supone autoconsciencia. Amo y comprendo a los demás porque me amo y me comprendo a mí mismo. Cuando Hal le dice a Dave que es imposible que se equivoque quizá no haya rebasado el nivel de inteligencia en su primera acepción, pero cuando, en la larga escena de la película en que el humano procede a desconectarlo (y que es una de las que más me gustan), le confiesa que tiene miedo, entonces podemos estar seguros de tener enfrente una persona. Hal le está pidiendo a Dave que comprenda su miedo, se está reivindicando como sujeto de derechos. A este respecto hay que hacer dos observaciones: primero, la regresión hacia la infancia del ordenador del Discovery a medida que Dave procede a desconectar sus funciones; segundo, el cariño con que el doctor Chandra le trata a Hal y a su gemelo en la Tierra en la segunda parte (yo sólo he visto, en este caso, la película). En Blade Runner (me refiero también a la película), el replicante, antes de morir, le dice al protagonista una frase que aunque no vaya tan lejos sí es tremendamente más explícita. El androide primero hace memoria de las maravillas que ha visto y después confiesa: "Todo esto se perderá en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir".
Al concebir la inteligencia como un producto natural emergente de la sensibilidad, podemos suponer que, como todo proceso natural, es susceptible de ser reproducida artificialmente. En pura lógica, todo cuanto no encierra contradicción es posible. Ahora bien, si persistimos en la idea de servirnos de nuestras producciones, de fabricar máquinas inteligentes que substituyan a los esclavos, difícilmente podrán alcanzar el grado de inteligencia que nosotros consideramos humano. Se precisa un padre como el doctor Chandra para eso.
Por cierto, no entiendo qué significa "inteligencia superior".

miércoles, 7 de febrero de 2018

Fútbol

Es importante tener en cuenta que este texto fue escrito el 10 de septiembre de 2011.

En algún pasaje de la Iliada -permitidme el lujo de no tener que recordar precisamente cuál (hay varios, de todos modos)- uno de los contendientes, antes de dar muerte en la batalla a un héroe rival al que ha derrotado, le dice: "Gracias, me has dado inmensa gloria". Y acto seguido le mata. Hay que adverir que este hecho de dispensar la muerte, y el agradecimiento que previamente se manifiesta, es un acto de supremo amor y reconocimiento hacia el rival. Es un insulto dejar vivir al adversario, supone arrojarlo a una vida llena de oprobio y vergüenza. Con la muerte de uno de ellos, ambos contendientes participan de la misma gloria e inmortalidad. El homicida parece decirle a su víctima: "Has sido un digno rival. Sólo uno de los dos podía continuar con vida, y los dioses han decidido que sea yo. Desde ahora tu nombre y el mío quedarán eternamente unidos". Hay una verdadera comunión, una indudable hermandad entre ambos.
En otro pasaje (éste sí lo tengo localizado, pertenece al canto VI), Diomedes, el hijo de Tideo, y Glauco, hijo del troyano Hipóloco, se encuentran en la batalla. No se conocen, pero sus respectivos padres habían mantenido una estrecha amistad en el pasado. Glauco es apenas un muchacho y Diomedes le pregunta: "¡Sobresaliente guerrero! ¿Quién eres tú de los mortales? Nunca antes te he visto en la luha, que otorga gloria a los hombres,. Sin embago, ahora estás muy por delante de todos y tienes la osadía de aguardar mi pica, de luenga sombra." El pasaje es de una belleza conmovedora. Glauco responde que no importa quién sea, que las generaciones de los hombres se suceden como las hojas de los árboles: en otoño caen y mueren, pero renacen nuevas en primavera. Sin embargo, después ambos se comunican su nombre y su patronímico, rememoran la vieja amistad de sus padres y acuerdan eludirse en la batalla para honrarles cumplidamente.
Desgraciadamente, estos gestos de caballerosidad desaparecen de las crónicas de guerra en cuanto los registros escritos comienzan a llegarnos en número suficiente (la información es el mayor enemigo de la literatura). Desde Homero hasta las canciones de gesta medievales la épica desaparece casi por completo. A pesar de La Eneida, Virgilio no es un poeta épico y aún así es el mayor representante del género en toda la literatura romana. Como norma general,en la historia de la literatura, la lírica y el drama suceden siempre a la épica. Sin embargo, yo estoy en la idea de que el espíritu humano es básicamente épico y agónico. Al hombre, desde luego, le gusta vencer, pero ama sobre todo la lucha. No cualquier lucha, sino aquélla que pone de realce al individuo. Con esto podemos explicar la evolución de la literatura. El momento en que el grupo humano se emancipa de las condiciones naturales de la vida puramente animal y su supervivencia no queda inminentemente determinada por el entorno, y el momento en que surge la civilización y la cultura, coinciden. Pues bien, el intervalo histórico que media entre ese momento y otro posterior en el que la organización social se hace lo suficientemente compleja para que el individuo deje de ser un elemento socialmente relevante es el propio de la épica. A partir de ese instante, el único espacio socialmente relevante para el individuo -dejando aparte, por supuesto, a las autoridades políticas, religiosas, científicas o culturales- es el juego y el deporte. Y esto, sólo en aquellas sociedades en las que el valor individual siga siendo considerado un valor social. En el entorno del Mediterráneo, y una vez transcurrido el primer cuarto del primer milenio antes de Cristo, es la civilización griega la que reúne tales condiciones. Los griegos son los inventores de la república, la democracia y el deporte. Los griegos, que a sí mismos se veían como ciudadanos de su polis en clara contraposición con el súbdito persa, egipcio o babilonio.
Llegaron, incluso, a sacralizar sus juegos poniéndolos siempre bajo la protección de los dioses. Todas las sociedades santifican lo que valoran, y la de los griegos no queda al margen de la norma. El griego ama sus juegos, glorifica a los atletas -no sólo a los vencedores, lo que justifica el dicho de que lo importante es participar- y de su gloria participa la polis de la que son ciudadanos. Había algo de ceremonia religiosa en esas competiciones, con su ritual y su culto. Algo que perdieron los romanos cuando las transformaron en espectáculo, cuando las vulgarizaron convirtiéndolas en objeto de consumo para la masa. El púgil ya no es un atleta en el estadio, sino un gladiador en el anfiteatro, que puede gozar del favor de las gentes, pero que se ha degradado hasta la categoría de obrero que produce entretenimiento. Ha cambiado la gloria por la fama, el laurel por el éxito. Se ha profesionalizado.
Quiero pedir disculpas por el salto de dieciséis siglos que voy a ejecutar ahora. Se da la circunstancia de que vivimos rodeados de deporte profesional. Incluso el ámbito que hasta hace unos años había quedado al margen, el olimpismo moderno, se ha abierto ya a deportistas profesionales. No obstante, aunque las "ceremonias" de inauguración de los juegos se han convertido en ruidosos y vistosos espectáculos, aún permanece en las competiciones de los deportes minoritarios cierto aire solemne y recatadamente silencioso. El mejor ejemplo que se me ocurre es el pausado ritmo de una competición atlética, a pesar de que de vez en cuando se altere por el pregón de vendedor de feria de los locutores cuando cantan a voz en grito los récords que se superan (definición de "locutor", que debería incluirse en el diccionario: "persona que transforma un evento cualquiera en su imagen, para traficar con ella").
Hablaba hace poco de deportes minoritarios, pero debo hacer una correción: el fútbol no es un deporte minoritario. Las competiciones olímpicas de futbol no parecen tan frenéticas, tan desaforadas, tan fuera del buen tono como cualquier otra. Quizá sea por un prurito de decoro, quizá porque no se trata de una competición del máximo nivel. En efecto, la FIFA no considera adecuado que ningún torneo le haga sombra a su ínclito Campeonato Mundial de Selecciones, que, por cierto, se celebra con periodicidad olímpica. Si ello se debiera la la burda defensa de intereses económicos, como sospecha mucha gente, los dirigentes de la Federación Internacional de Fútbol no podrían librarse de la acusación de mercadear con el deporte de cuyos asuntos son gestores. Es decir, de cosificarlo, de transformarlo en producto apto para el consumo. Desde luego, ésta no sería de ningún modo la mayor demostración de amor. Al contario, al tratar al fútbol como mercancía, lo desprecian, le restan valor, lo deprecian.
Sostengo que ésta no es una afirmación ni arbitraria ni baladí. En primer lugar, el deporte es una actividad noble, en tanto que ninguna mercancía lo es. En segundo lugar, la pérdida de respeto por parte de los dirigentes ha tenido mucho tiempo para ir calando hasta los estratos más bajos. Por lo que puedo apreciar, la mayor parte de los niños que se inicia en las categorías inferiores vive ya en la nube del endiosamiento que es propia de los rufianes que juegan en equipos profesionales. Entre ellos, el puro malabarismo es seña de distinción y promesa de éxito, como la imitación del peinado o el tatuaje del ídolo. Los chicos de diez años quieren ser estrellas, jugar al fútbol es sólo el medio para lograrlo.
Y una vez que llegan al estrellato de ningún modo desean perder su status. Jugar bien al fútbol es, de nuevo, sólo un medio para conseguirlo, y no el único. Un profesional debe recurrir a todos los medios a su alcance para ganar los partidos. Por desgracia, desde mayo hasta hace muy poco hemos tenido en este país al menos cuatro ocasiones de comprobar hasta dónde son capaces de llegar algunos sinvergüenzas para alcanzar sus objetivos. Desde la trampa y el engaño hasta el insulto o la agresión. Y, cuando la ocasión lo requiera, borrón y cuenta nueva, todo queda olvidado. No creo ni necesario ni conveniente ser más explícito. Se puede ilustrar esta conducta con ejemplos extraídos de cualquier parte.
Con todo, lo peror es el comportamiento de los espectadores. También el espectador desprecia su deporte. Para él no es más que un medio para lograr fines, lo mismo que para los protagonistas del espectáculo que contempla. Para el espectador sólo tiene importancia la afirmación del grupo al que pertenece y en el que se disuelve. Para este fin, cuanto menos objetivo sea el juicio que emite sobre lo que contempla, tanto mejor. Aullar durante dos horas le sirve, de paso, para liberar tensiones, frustraciones y tedios acumulados durante la semana: la versión moderna de la catarsis que, según Aristóteles, producía la tragedia entre quienes acudían al teatro. La tragedia, por cierto, era la otra vía por la que los griegos encauzaban su espíritu agónico.



La masa


(Texto escrito el 16 de diciembre del 2011)


Ayer por la tarde me fue impuesta la pena de pasear por mi ciudad. Era preciso que los niños contemplaran las calles adornadas con la iluminación navideña recién estrenada y se fueran impregnando de ese espíritu bobalicón y excesivo que se difunde en la atmósfera con el nacimiento de cada invierno. Una vez olvidada la estación precedente de bañador y ombligo al sol, de exhibición de carnes, de cervecita fresca a la sombra de las terrazas y de aventuras de plástico, era preciso tomar conciencia del nuevo tiempo litúrgico que inauguramos estos días: el adviento de la felicidad de plástico, de la fraternidad de plástico, de la bondad de plástico y de las luces de neón.
La gente se apretaba en las calles y se movía, como es habitual en estos casos, con absoluta ignorancia del vecino. En las aglomeraciones a nadie parece importarle el empujón, el codazo, quizá un pisotón, o que el que circula por delante se detenga de improviso para curiosear un escaparate. Esquivamos el obstáculo sin rehuir del todo el contacto, ejecutando unos pasitos escorados e inciertos, abriéndonos paso entre la multitud como un tronco que una corriente arrastra por un cauce demasiado estrecho, posando nuestros ojos sobre todo lo que reluce sin hacernos realmente conscientes de lo que vemos. Hay luces en lo alto que remedan el frío brillo de las estrellas que nos impiden ver, y hay luces en las tiendas que pugnan por atraer nuestra atención. La ciudad es una impúdica exposición de mercaderías, de ofertas, de promesas no expresadas sino impresas en las imágenes y que sabemos de antemano falsas, de seducciones falseadas, de reclamos engañosos y sólo sugeridos, de brillos insustanciales pero que perduran. (No se trata tanto de fuegos fatuos como de llamas de soplete. Hay algo industrial en el engaño, algo sumamente artificioso). La ciudad es como la hoguera ante la que se reúne la tribu: no permite ver nada de la oscuridad que se extiende más allá. La luz proyecta sombras en la pared de su cueva, y sólo vemos las sombras.
Emana un tufillo soez, artero e insidioso de nuestras fiestas navideñas, algo seguramente pequeño, como un piojo, algo que nos pasa desapercibido y de lo que sólo percibimos sus efectos. Quizá no sea más que un error de concepto. A lo mejor no es más que haber tomado por confetti los copos de nieve, o haber confundido los destellos de las varitas de las hadas con las burbujas del champán, y las mismas hadas con bailarinas de larga pierna. O menos aún, quizá sólo nuestra idea previa de que ha de haber copos de nieve, destellos mágicos y bailarinas. O ni siquiera eso: ¡quién sabe si no es sólo el hecho de que haya una idea previa, aunque no nuestra, la que sea!
Las ideas las podemos compartir de dos modos. Podemos pensarlas o podemos simplemente recibirlas. En el primer caso nos las apropiamos al reconstruirlas, las hacemos nuestras en el sentido más personal del posesivo, las interiorizamos, las subjetivamos. En el segundo caso nuestro papel es mucho más pasivo, simplemente las reflejamos como refleja una pantalla la imagen del proyector. La idea queda así depreciada en pura imagen, ha sido covertida en su propia imagen y se identifica no consigo misma sino nada más que con su apariencia.
Es la publicidad la encargada de transformar cada cosa, cada idea, en su propia imagen. Su objeto no es presentarnos u ofrecernos un producto, sino su consumo. No se nos muestra nada material, lo que vemos en el anuncio es un fantasma, una premonición, una quimera. De puro externa a la cosa, la imagen ni siquiera le pertenece, está ya fuera de su frontera, no es más que luz reflejada que nos ciega y nos impide penetrar en ella. Nos impide comprenderla, nos oculta su individualidad de cosa. Lo mismo ocurre con quien se oculta tras su imagen. El que alguien, o algo, se identifique con su imagen excluye de hecho la posibilidad de que sea algo más que eso: un reflejo, nada. Paradójicamente, nuestra imagen nos ha privado de nuestra individualidad, de nuestra personalidad, lo mismo que a la cosa le birlaba su "reidad". El que recibe la imagen no piensa la cosa, o la piensa de un modo estandarizado y superficial, como quien confunde un volumen con su superficie externa y olvida cuanto ésta encierra. Por este camino, la publicidad se ha convertido en el modo de pensamiento de la masa.
La masa es un puro agregado de átomos básicamente iguales y que pueden reproducirse industrialmente. Justamente, el proceso de producción de los átomos es la publicidad. La forma universal de un anuncio publicitario es la de un arquetipo humano en el acto de consumir un producto y su fuerza persuasiva no consiste en mostrar sus cualidades, que siempre se ocultan, sino en forzar al individuo, al átomo humano, a adscribirse al arquetipo, a asimilarse a él. Se sobreentiende que entre las notas que definen el arquetipo figura en lugar preeminente el propio consumo del producto, y de este modo se ve claro que el anunciante logra sus objetivos de venta de un modo indirecto y avieso. El anuncio no califica al producto sino al consumidor. (El sistema no deja de tener sus ventajas: como no se habla del artículo en venta resulta imposible la publicidad engañosa).
Los pilares sobre los que se apoya la industria publicitaria para crear sus arquetipos son el cine, la televisión, la música industrializada y el deporte. Todos ellos tienen en común una innegable componente industrial en sus actividades. Para la masa no cabe otro modo de producción sino el industrial. Incluso la personalización de productos en serie es prueba de ello, porque la misma personalización está ya pautada (hay empresas que se especializan en ello). Del mismo modo que un fundamentalista busca el fundamento de su sistema de creencias y valores porque ya lo ha perdido -de otro modo no necesitaría buscarlo-, así también el que busca personalizar sus propiedades es que ya ha perdido su personalidad y trata de recuperarla en el objeto. Y lo mismo vale decir para quien pretende personalizar su imagen: la pauta la extraemos de nuestro héroe de la pantalla, de la tribu a la que pertenezca nuestro cantante favorito, o del peculiar peinado de nuestro atleta de moda. Que la industria cultural ofrece tales pautas queda claro observando el innegable parecido entre la inmensa mayoría de las cantantes y actrices ( y también los cantantes y actores, no vaya a ser que alguien pretenda acusarme de usar un lenguaje políticamente incorrecto). El hecho de que exista un lenguaje políticamente correcto es ya un síntoma de estandarización.
No hay escapatoria. Ya hemos aprendido a ser réplicas y no podemos dejar de reproducir la imagen que recibimos, del mismo modo que un calamar no puede dejar de mimetizarse con el lecho marino en el que vive. En el fondo nos aterra la libertad y nuestras únicas elecciones se reducen a lo insustancial, a lo externo a nosotros. Y como somos básicamente iguales, somos también intercambiables. Hemos asumido nuestro papel de piezas fungibles y estamos listos para ser substituídos en cualquier momento. Desde el punto de vista político, nuestro voto sólo tiene valor como sumando de una extensa suma, su presencia -o ausencia- como voto individual, como opinión expresada, pasa desapercibida. El voto mismo se decide en función de la potencia de reclamo de los eslóganes que eligen los partidos para publicitarse. Desde el punto de vista económico, hemos sido capturados por la mercadotecnia y estamos a merced de otros poderes. Gozamos de las dos libertades que de manera eminente dan sentido a una vida humana: la libertad de pensamiento y la libertad de expresión. Pero ni pensamos auténticamente ni sabemos qué decir.
En resumidas cuentas, no sabemos qué hacer con la libertad, estamos prescindiendo de ella. Podemos distinguir entre una bicicleta, por ejemplo, y el uso de una bicicleta. Pero la libertad y el uso de la libertad son indiscernibles, son la misma cosa. Nuestra libertad es meramente negativa (estamos "libres de..."), pero aún hemos de conquistar la libertad positiva (hemos de ser "libres para..."). Con qué rellenemos estos puntos suspensivos es cosa de cada cual, si es que tiene redaños para ello. En caso contrario habrá de conformarse con seguir dando codazos al vecino (algo de espacio se necesita para respirar). Eso es lo único que nos diferencia de ellos: podemos estar cerca, pero aún ocupamos volúmenes distintos.

martes, 6 de febrero de 2018

El campo de los milagros


(Texto escrito el 6 de abril de 2012)



Nunca antes había estado en Pisa. Llegué allí el día 5 de abril, en una tarde en la que, de haber estado despejado, habría alcanzado a atisbar los últimos rayos de sol sobre el cielo de poniente. Justo hacia allá se abría la ventana de mi habitación. Nos alojamos en el Hotel Roma, en un pequeño edificio de aspecto un tanto avejentado situado ante la muralla oeste de la Piazza del Duomo, de modo que, para llegar a la trattoría donde nuestro particular guía había previsto que cenáramos, nos veíamos obligados a atravesar el Campo de los Milagros.
Para entonces ya había caído la noche, aunque la tarde aún no decaía. Antes incluso de haber franqueado la magnífica puerta de la muralla ya se advertía el gentío que llenaba la plaza y el resplandor de los focos sobre el mármol de las fachadas. Una multitud de adolescentes, una papelera que poco antes sin duda llameaba pero que ahora exhalaba sólo un humo pestilente, una pareja de policías locales que trataban de sofocar el fuego y una manifestación -o procesión, que ambas cosas podría ser- a favor de la canonización de no sé qué beato local, no alcanzaban ni de lejos a empañar la vista que se ofrecía a nuestros ojos. Nada mejor que la oscuridad nocturna para contemplar un monumento bello, bien iluminado y abstraído, como por encantamiento, del resto del mundo.
Si supiera con exactitud la distancia que media entre paseo pavimentado sobre el que transitábamos y el eje de la nave central de Duomo, podría calcular con igual precisión la velocidad angular con la que mi cabeza giraba sobre el cuello a medida que pasaba por delante. Algún físico tendrá que explicar la atracción magnética que ejerce un haz de fotones al chocar contra una superficie de mármol. El efecto inmediato de unos potentes focos hábilmente dirigidos es el de destacar el monumento sobre las tinieblas que lo envuelven y dirigir imperiosamente hacia él la atención de todo el mundo. Es un verdadero espectáculo contemplar cómo esos espléndidos volúmenes de piedra se recortan sobre la noche: el Duomo, el Baptisterio, la pertinaz divergencia de la Torre y el suave reflejo reservado y silencioso del Camposanto que se atisba por detrás.
Todo lo que la vista tiene de espectáculo por la noche lo tiene de hermosura por la mañana, sobre todo si se le concede a uno la dicha de que luzca el sol. El día se estrenó con un intenso aunque breve aguacero, pero enseguida quedó claro que el cielo azul conquistaría el espacio en que se habían asentado los nubarrones. Yo no soy muy dado a dejarme llevar por el entusiasmo, al contrario que otras personas a quienes vi saltar de gozo ( no exagero) ante cuanto se nos ofrecía a los ojos. Los milagros del Campo de los Milagros son de una belleza deslumbrante, conmovedora, incluso dolorosa, una especie de teofanía, de transfiguración de la piedra en cuerpo glorioso y refulgente hecho arquitectura. Lo primero que se me pasó por la cabeza fue construir tres tiendas: una para los arquitectos Buscheto, los Pisano y el maestro Diotosalvi; otra para mi admirado Galileo, para que, cuando menos, pueda poner a buen recaudo las bolas de plomo con las que se dice que descubrió la ley de la caída de los graves; y, por supuesto, una tercera para nosotros.
Mi visita comenzó con la catedral. Se trata de un edificio del siglo XI que no se parece en nada al románico que yo había visto hasta entonces. Ya sé que no puedo presumir de mucha ciencia en materia de arte, pero, dejando de lado la Catedral Vieja de Salamanca o San Isidoro de León, el románico que yo conocía era de índole más bien rural. Oscuro, macizo pequeño y telúrico. Inmediatamente me recordó a Nôtre Dame de Poitiers, aunque Pisa es incomparablemente más grande. Es sencillamente descomunal. Sorprende su altura y su luz, su revestimiento de mármol de Carrara con la alternancia de colores tan peculiar de la Toscana y lo soberbio de su decoración. La fachada presenta un primer nivel, que tiene continuidad en todo el perímetro del edificio, con tres arcos ciegos y tres entradas que se alternan. Los tímpanos de las puertas están decorados con mosaicos de vivísimo color. Sobre estos seis arcos se han construido cuatro galerías cerradas por sus correspondientes arcadas. El conjunto ofrece una armoniosa sensación de estabilidad que contrasta con la remoción del ánimo que se suscita en su contemplación.
Si el color que predomina en el campo es el blanco brillante del mármol sobre el verde del césped, al franquear la puerta ingresamos, sin más preámbulo que el que nos ofrece el umbral, en un universo profusamente policromado. Nada más entrar, dos cosas llaman poderosamente la atención: la primera, que la altura de la nave central se corresponde casi exactamente con la de la fachada, lo que sitúa el rico artesonado que la corona muy lejos del suelo; la segunda es que no sabe uno dónde dejar descansar la mirada, tal es la prolija decoración que encontramos. Del interior destacaré sólo los magníficos relieves del púlpito del Pisano, que por lo visto está construido en una sola pieza, y el impresionante mosaico en cuarto de esfera del ábside principal. En Italia hay que acostumbrarse a la presencia de mosaicos . Los frescos son un sustituto más barato, pero las ciudades rivalizaban en ostentación de riqueza, para regocijo de todo turista. Por todas partes se advierte la influencia de Bizancio, del Imperio romano de Oriente. Aquí, en la catedral de Pisa, aunque la planta es de cruz latina y falta la sobriedad de los templos paleocristianos, tenemos la impresión de hallarnos en una basílica, con sus cinco amplias naves que esconden más que muestran un transepto de tres. Justo en el momento de salir reparo en la lámpara de cuelga de lo alto de la nave central, muy cerca de la cúpula que corona el crucero, y fantaseo con que habría de ser la que contemplaba mi venerado Galileo cuando, de joven, descubrió la ley de la isocronía del péndulo, de ningún modo la menor o menos útil de sus contribuciones a la ciencia de la mecánica. O yo estoy muy sugestionado o me ronda su fantasma por todas partes. O ambas cosas al tiempo.
Nuestra intención es visitar la Torre Inclinada para llegar a tiempo a la demostración de acústica que se le lleva a cabo en el baptisterio, y hacia ella nos dirigimos. Se trata del campanario exento, detalle frecuente en Italia, de la catedral. La torre, también de estilo románico, es algo posterior pero, al igual que el baptisterio, el diseño se corresponde perfectamente con el revestimiento de mármol del duomo, de modo que los tres edificios componen un conjunto singular. El primer tambor, ligeramente hundido en el terreno, es una sucesión de elevados arcos ciegos entre los que uno cobija la entrada. Desde allí se aprecia el vertiginoso declive, acentuado al mirar a lo alto por el correr de las nubes. Está claro que la Tierra se mueve, no es necesaria ninguna otra prueba experimental para demostrarlo. Hasta los casi sesenta metros de altura de este prodigio, se suceden otros seis tambores con galerías cerradas por arcos de medio punto, además del superior, de diámetro algo más reducido y que trata de compensar la inclinación que se hacía ya evidente incluso antes de haber concluido la construcción. Superar los trescientos ocho peldaños de la ascensión es lo más parecido que conozco a caminar sobre la rosca de un tornillo, y conviene tener en cuenta los veinte grados que se inclina el eje para no marearse ni golpearse la cabeza contra el muro. Desde allá arriba se puede contemplar toda la ciudad y los campos vecinos hasta muy lejos, pero sobre todo se nos ofrece una magnífica e insólita vista de las maravillas gemelas que son la catedral y el baptisterio.
Este último es un cilindro de casi treinta y cinco metros de diámetro cerrado por una cúpula que es casi tan grande como la de la catedral de Florencia. El edificio es primero románico -se comenzó su construcción unos años antes que la del campanile-, aunque se concluyó en estilo gótico un siglo más tarde. Todo lo que tiene de hermoso en el exterior lo tiene de sobrio el interior, en brutal contraste con la catedral. En el interior destaca un púlpito de Pisano, padre, empequeñecido por las colosales dimensiones del templo. Hay dos escalinatas de piedra, inteligentemente distribuidas en el interior del muro para no debilitarlo en exceso, que conducen a la galería superior. Desde allí escuchamos la demostración de las condiciones acústicas del edificio. La llevó a cabo un guía situado junto a la piscina bautismal del centro y que emitió unos sonidos -no cantaba- que dejaron de relieve el cuidado en el cálculo de las dimensiones y lo hermosa que puede llegar a ser una voz humana cuando se emite en las circunstancias adecuadas y en estricta observancia de ciertos requisitos que no me molestaré en detallar.
Nos quedaba el tiempo justo, en nuestro viaje de tiempo tasado, para visitar el camposanto. Se trata de un lugar al que, por regla general, no me gusta ir ni de visita (no digamos ya como inquilino), pero con el que era preceptiva una excepción. Preceptiva y sumamente interesante. El cementerio consta de una galería construida en estilo gótico en torno a un patio rectangular a la que se han añadido algunas capillas. En el interior, los muros estaban cubiertos de frescos, frescos que aún están en proceso de restauración después de haber sido destruidos en buena parte tras un bombardeo en la segunda guerra mundial. En particular, me llamó la atención, en la esquina de las galerías norte y oeste, una representación del universo que, por las fechas presumibles de su confección, debe referirse al sistema aristotélico (no al ptolemaico) de esferas cristalinas. Dios todopoderoso sostiene en sus manos un panel que contiene todos los orbes celestes, con la Tierra en el centro, en torno a la cual giran el resto de los astros. Tras la bóveda de las estrellas fijas se podían ver las legiones de ángeles. Quiero suponer que Galileo habrá contemplado esa misma pintura en más de una ocasión, antes y después de llegar a ser el más ilustre defensor del heliocentrismo. Bien mirado, la pintura podría representar también, salvando las fechas, el sistema copernicano, el cual, en su concepción básica, era todavía medieval. El cielo de Copérnico también está construido con esferas cristalinas, con la única diferencia de haber colocado al Sol -y no a la Tierra- en el centro. El suyo es un universo todavía cerrado en el que la esfera de las estrellas fijas se ha colocado a la distancia estrictamente necesaria para poder obviar la ausencia observada de paralaje. El universo que defiende Galileo es ya un universo abierto en el que los satélites de Júpiter, que descubrió con su rudimentario telescopio, podían girar en torno a su planeta sin el estorbo de las esferas cristalinas. Ante esta pintura tuve la sensación de encontrarme en la bisagra que articula el mundo antiguo y el moderno, justo en la ciudad donde nació y vivió el genial físico toscano.
Tuvimos que ver de pasada la abundante escultura de las tumbas y el resto de los frescos de las galerías. Nuestra intención era llegar esa tarde a Florencia, y habíamos decidido visitar antes la ciudad de Luca, que nos recibió con una bonita y muy toscana multa por invadir la zona de tráfico restringido. No fue la única, pero esa es otra historia.

De rezos, zumbidos y otras monsergas

Comienzo a escribir estas líneas exactamente al mediodía del primero de noviembre del año 2012. Es la festividad de Todos los Santos y mi suegra, convaleciente aún de su fractura de tibia, asiste como puede a la misa preceptiva que retransmiten por televisión. En su situación, ha recurrido a este frío artificio en otras ocasiones. Ya ha comenzado a caminar, pero ha de hacerlo aún con muchas más reservas de las que está dispuesta a asumir. Afortunadamente no es tan insensata como para pretender salir a la calle, y menos aún en un día lluvioso que le trae a la memoria el aciago resbalón sobre el pavimento del garaje, que un infausto charquito de agua convirtió en pista de patinaje. Escucho la misa a distancia (yo no soy lo que se dice un hombre piadoso) y doy en pensar que está bien el servicio que ofrece la televisión pública a personas impedidas. Incluso he tenido la ocasión de oír de boca de un oficiante alguna referencia al respecto.
Fue justo el domingo pasado, y quedó grabada en mi memoria. Me llamó la atención porque desencadenó un conflicto de valoraciones. Por una parte, no pude dejar de reconocer lo oportuno del comentario. Por otra, había algo difícil de verbalizar -y aún ahora no sé cómo hacerlo- que incluso podría decir que me repugnaba. Hay algo radicalmente insincero en el hecho de retransmitir una misa. Por mi condición de persona formada en una férrea (en definitiva, el adjetivo es un poco exagerado) tradición católica, he tenido ocasión de asistir a muchas y muy variopintas. Desde la cateta rigidez cuasimenonista que imperaba en mi pueblo y que obligaba a la segregación de hombres y mujeres, hasta la informalidad de una misa campestre en la que el altar podría haber sido improvisado sobre la bala de paja que luego, en el otoño, habría de usarse para cultivar setas (es un decir). Desde la sencillez de la celebración en una parroquia de barrio hasta la pesada solemnidad de los templos más encopetados. He asistido a misas de todos los colores, pero en ninguna he advertido la sensación de estar contemplando una parodia, salvo en las que he visto por la tele. Probablemente hay demasiada distancia entre el espectador y lo que contempla, el espectáculo.
Claro que, por otro lado, no puedo dejar de considerar la caritativa intención del promotor de tales retransmisiones, que acerca la celebración de la misa -aunque no la eucaristía- a quienes no pueden acudir al templo. Me acuerdo, de manera especial, de mi abuela paterna, mujer aquejada desde joven de una diabetes que le provocó una obesidad extrema que le tenía recluida en casa. Recuerdo haberla encontrado un domingo tras otro recostada en el sofá de su casa escuchando y viendo la misa en blanco y negro. No es que tal rutina marcase definitivamente mi infancia, pero la recuerdo y basta. Nunca pude dejar de comparar lo retransmitido con lo presenciado en vivo en la parroquia.
Y me acuerdo también de las bodas reales...
La que estoy oyendo hoy, cuyos retazos me llegan a través de las paredes y de las puertas abiertas, no tiene nada de especial si la comparo con las pasadas, salvo el hecho de estar retransmitida desde Bélgica y, por supuesto, en francés. Y ahí está mi suegra, que aunque ha vivido cinco años en Francia no entiende el idioma, escuchando ávidamente lo que sale del aparato. Pienso en ella y en el resto de personas que en su misma circunstancia -y aún peor, tanto más cuanto más desconocida sea la lengua- están pegadas al televisor absorbiendo como pueden la dosis de espiritualidad que les proporcionan los medios. Seguramente muchos serán capaces de doblar las palabras del celebrante a su idioma porque, por lo que escucho, una misa en francés no difiere gran cosa de una misa en castellano. Además, una voz en "off" está resumiendo la homilía en nuestra amada lengua vernácula.
Está visto que Dios es políglota y ama la proliferación de lenguas. Tampoco supone un mérito excesivo porque, si nos abstraemos del idioma en que son celebradas, todas las misas parecen sonar del mismo modo. "Nôtre père, qui est aux cieux, que ton nom soit santifié, que ta parole vienne...", etc. No soy hombre muy viajado pero, dado que en nuestra tradición occidental buena parte del arte es religioso, he tenido ocasión de escuchar fragmentos de misas en portugués, castellano, francés e italiano, incluso en euskera, y siempre me han resultado sorprendentemente familiares. La explicación, de puro fácil, podría ser obviada, y sin embargo el hecho no deja de llamarme la atención. La misa responde a una liturgia previamente fijada, a una rutina establecida de modo universal por la jerarquía eclesiástica. Con un poco de malicia (y en algunos asuntos yo soy extremadamente malicioso) podríamos hablar de rezos en serie, despersonalizados, estereotipados, fordistas. Siempre he creído que, cuando Jesucristo nos enseña el Padre Nuestro, está abogando por la oración y no por el rito, por el diálogo con un Padre cercano. (Yo nunca me he definido como ateo, pero está claro que, si lo fuese, sería un ateo católico, como Dios manda). Hay algo de farisaico -el término no es peyorativo- en todo ritual, algo radicalmente ajeno al sujeto y, en consecuencia, a la fe. Algo descarnado y empedernido que hemos de situar en las antípodas de la caridad. Parece que eso de "prier" es cosa más cercana a las formas que al sentido, más de continente que de contenido.
Pero, si aguzamos la atención, percibimos que el canon no es excesivamente rígido. Hay misas solemnes, dolidas, festivas, misas para niños, misas para "la juventud" ("esto mola, Santidad, esto mola cantidad"), misas en latín y de espaldas a la feligresía, misas largas o breves, con sermón o sin él, con una, con dos o con tres lecturas, y toda una colección de ritos que se pueden añadir o de los que se puede prescindir, según las circunstancias. Sin embargo, pese a toda esta variedad, sigo encontrando una pesada monotonía. A ello contribuye el tonillo afectado de los oficiantes, la teatralidad de sus gestos rituales y, sobre todo, los cánticos de los fieles.
He tenido ocasión de ver beatas de las de rostro velado, vestido negro y reclinatorio, cantar con júbilo exultante y acordes arrastrados el "¡Qué alegría cuando nos dijeron 'vamos a la casa del Señor', ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalém". Y con la misma cara de póker que tenían en las procesiones de Semana Santa, o en los funerales, cuando entonaban el "Tú nos dijiste que la muerte no es el final del camino". No recuerdo nada más monótono que los cánticos de iglesia. Hubo un tiempo en que estaba convencido de que eran ejecutados con desidia, inmersos los fieles en un sublime aburrimiento. Falta de fe, en definitiva, y de fervor. Pero ahora me parece poco probable que todos los fieles sean tan infieles, que en todas partes el sonido de las preces comunitarias ostente un tono tan estable, que todos los orantes muestren semejante desgana. Quizá sea, pienso ahora, precisamente ése el sonido de la fe, o de la religión.
Me puso sobre la pista una "boutade" acerca de una canción de Estopa. Sabido es que la música actual es por lo menos tan plana como la de iglesia, aunque , con el santo fin de vender cuantos más discos se pueda, se ameniza adecuadamente con profusos movimientos de cadera o escotes que dejarían escasa la mirada de Ozil. El cantante repite una y otra vez que oye el runrún de su corazón. Y, cogida la frase en su descarnada literalidad, resulta ser el reconocimiento explícito de que su vida interior se reduce a un zumbido. Para pasar de un ámbito a otro no me quedaba más que definir la oración como una confesión ante Dios, sin intermedio de sacerdote. La explicitación ante Dios y ante uno mismo de la propia vida interior. Es decir, del espíritu. Y el espíritu de muchos zumba.
Desde luego, ésta es una idea demasiado traída por los pelos. Lo suficiente, al menos, para repasar de nuevo su génesis. No creo que cuando Jesús nos enseñó a rezar estuviese dictando una oración canónica. Más bien mostraba el modo adecuado de hacerlo, como el de un niño que se dirige con toda familiaridad a su padre. Jesús predica una cercanía entre Dios y las criaturas que seguramente escandalizaba a los judíos. Si interpretásemos el resto del Evangelio del modo en que la Iglesia lo hace con este pasaje, todo él se reduciría a un conjunto absurdo de cuentecillos. Y lo mismo vale decir del resto de la Sagrada Escritura. Precisamente, lo que hace de la tradición judaica una escritura sagrada es que de ella podemos extraer una enseñanza general. Lo mismo que, cuando un sacerdote egipcio explica a un novicio el teorema de Pitágoras, recurre a mostrarlo en ejemplos concretos porque desconoce la idea general de "demostración". Entendida la oración de esta manera, se identifica con una explanación del alma del orante. Esto es autorreflexión, conciencia. Sócrates diría "conócete a tí mismo". Jesucristo dice: "ora".
Siguiendo el hilo de este rocambolesco (tengo que reconocerlo) argumento, resulta que la liturgia, el rezo canónico, estereotipado, es impersonal, no dice nada de quien lo lleva a cabo. Tanto vale para el más sesudo de los mortales como para el más simple. No refleja el contenido del espíritu, la vida interior, sino la pertenencia a la comunidad, al grupo para el que rige el canon. Por lo visto, el término "religión" alude al lazo que mantiene cohesionada a una iglesia, a una comunidad. En consecuencia, la confusión, que todas las iglesias alimentan celosamente, entre fé y religión mediante el concurso de una piedad esclerotizada resulta ser un asunto más político que espiritual. La religión concierne sólo al grupo e inaugura su conversión en masa.
Si, para desgracia de la humanidad, pudiésemos reconocer en otras religiones el mismo patrón embrutecedor que en la nuestra, quizá habríamos identificado la clave de muchos de los males que nos aquejan. Supongo que no es tarea fácil ni apta para ser despachada en cuatro líneas, y es seguro que queda fuera de mi alcance. Para abordarla sería preciso conocer con cierto detalle un buen número de civilizaciones vivas y extintas, y abordar el difícil estudio de su religiosidad y no sólo de sus religiones. Y sería también preciso esclarecer qué es eso de la fé. Lo más lejos que he podido llegar al respecto (no me refiero al concepto de la fé, sino al estudio comparativo de las religiones) es que nuestros cánticos y letanías no difieren gran cosa del recitado de los versículos del Corán en las mezquitas, ni del murmullo introspectivo de derviches y budistas. Y eso es algo tremendamente descorazonador.

martes, 26 de diciembre de 2017

ANIMALES, DEMASIADO ANIMALES

ANIMALES, DEMASIADO ANIMALES

Nuestro uso del término “revolución” es siempre retrospectivo y lo aplicamos sólo en el caso de que haya tenido éxito. Si fracasa, en el ámbito político podemos hablar de rebelión, de revuelta, motín, asonada, algarada, de disturbios, desórdenes, altercados, alteraciones del orden público, o como nos apetezca calificar el hecho en cuestión. Sólo es revolución la que triunfa, ya que si no lo hace no se revuelve nada, nada se da la vuelta, sólo se agita. En el ámbito científico (por supuesto, no voy a hablar de revolución cultural) ocurre otro tanto. Cuando T.S. Kuhn acuñó el término “revolución científica” lo ilustró, como caso paradigmático, con un ejemplo cuyo desarrollo se había iniciado cuatro siglos antes, con Copérnico, y que no se dio por concluido hasta Newton. Supongo que con el mismo derecho podríamos hablar hoy de otra revolución en la física contemporánea que culminaría con el paradigma relativista y el nacimiento de la física cuántica.
No sé si por la misma aceleración de los tiempos en que vivimos o por el afán de anticipación, de invadir una época que aún no nos corresponde, a que nos induce la morbosa búsqueda de titulares escandalosos que nos domina, lo cierto es que últimamente se ha creado la conciencia -falsa o no- de estar asistiendo a otra revolución. Pero ésta aportaría, como novedad y rasgo característico, el ser enormemente inclusiva. De repente, en un plazo no muy superior a un cuarto de siglo, de la mano de un asombroso desarrollo de las distintas tecnologías, se ha abierto ante nosotros tal cúmulo de expectativas que no acierta uno a destacar de entre la maraña de todas ellas el cabo que nos ayude a presentarlas de un modo adecuado y nos facilite sacudirnos la perplejidad que nos embarga. De un tiempo a esta parte todo parece ocurrir demasiado aprisa. Cada nuevo progreso en medicina, biología o biotecnología, anunciado profusamente a bombo y platillo, es eclipsado enseguida por otro aún más novedoso. Hasta tal punto que sorprende comprobar que todavía hay quien se muere, extravagante estridencia en un mundo que se empeña en ignorar todos los males. Entre las ciencias físicas ocurre algo parecido. No está a mi alcance decidir si se ha producido algún avance teórico que pueda considerarse definitivo, pero cualquiera puede constatar el constante afloramiento de propuestas. Y en el campo experimental, sobre un portentoso fundamento tecnológico, la producción de novedades es casi cotidiana.
Con todo, lo que llama mi atención es el nacimiento de nuevos campos de investigación, a menudo híbridos de disciplinas preexistentes en los que la colaboración multidisciplinar está en el orden del día. Ecología y economía aúnan esfuerzos.  Psicología, antropología y etología conviven en numerosas investigaciones. También medicina regenerativa y cibernética, neurología e informática.  Esto ya no es ciencia ficción, ni fantasías de cyborgs. La colaboración entre genética y paleoantropología está revolucionando el estudio de la evolución, y análisis genéticos de parecida índole zanjan viejos -y abren nuevos- interrogantes en distintas ciencias humanas. La vieja astronomía se desdobla primero en astrofísica y después en la nueva cosmología, y ésta, en grácil bucle, vierte buena parte de sus esfuerzos en la astrobiología.
Cuál sea, finalmente, el alcance de todos estos logros es cosa que sólo nos dirá el tiempo. Y cuáles son las expectativas que abren, es cosa que sólo los especialistas pueden calibrar. El resto de los mortales debemos conformarnos con asistir como espectadores en este proceso y, si podemos, tratar de evitar que los titulares nos confundan demasiado, pues es en la prensa donde los que no tenemos habilidad para bucear demasiado nos informamos habitualmente. Con todo, de vez en cuando aparecen noticias reveladoras no tanto por su contenido sino más bien por el reconocimiento implícito de que, a pesar de que haya muchos caminos trazados, es poco lo que se ha avanzado por ellos.
Hay uno que recientemente, y por varios motivos, me ha llamado la atención. El titular en cuestión encabeza una entrevista al búlgaro Dimitar Sasselov, que es catedrático de astronomía en Harvard, publicada en la sección de Ciencia del ABC el pasado 24 de octubre. “Podríamos encontrar formas de vida fuera de la Tierra y no reconocerlas”, dice destacando una de las respuestas del astrónomo. En realidad, Sasselov se hace eco de un importante problema al que se enfrenta la astrobiología, y es que nuestro conocimiento de las formas de vida es extremadamente doméstico. Sólo conocemos una -la nuestra- basada en la química del carbono y en la información genética contenida en el ADN, y quizá también en el ARN. Sin embargo, el ancho universo es demasiado ancho como para concluir sin más que no hay otra forma posible de vida.
Isaac Asimov, el célebre divulgador, se percataba a principios de los años 70 de este dilema. En el año 1973 publicó una colección de ensayos bajo el título The tragedy of the Moon, traducida al castellano y publicada por Alianza Editorial en 1979 con el mismo título (La tragedia de la Luna). En la sección tercera se ocupa de la química del carbono y trata de aclarar por qué la naturaleza ha elegido este elemento como la base de la vida. Se puede entender que se refiere únicamente a la vida en la Tierra porque, un año antes, había publicado una muy imaginativa novela cuya lectura mi hijo recomienda y que en su versión castellana se tituló Los propios dioses. En ella, entre otras cosas, se describe una forma de vida tan exótica que no hay modo humano de asimilarla a ningún patrón conocido. Y se trata, además, de vida inteligente, de modo que con poco esfuerzo hemos duplicado el problema. Podemos ignorar nuevas formas de vida, y podemos ignorar formas de vida inteligente.
Bien mirado, lo que se nos puede escapar a varios años luz de distancia nos puede pasar desapercibido aquí mismo, en nuestra querida, empequeñecida y sobreexplotada Tierra. Como no me gusta fantasear tanto como le gustaba a mi admirado Asimov, me conformaré con observar que, al menos por lo que se refiere a la inteligencia, todo apunta a que algo se nos ha pasado por alto. En efecto, basta con fijarnos en algunos insectos sociales para atribuirles la misma inteligencia que nos gusta reconocerles a ciertas máquinas. Por otra parte, los etólogos han ido descubriendo en la conducta de algunos animales superiores ciertos atributos que nosotros creíamos exclusivamente humanos. De sobra son conocidos los experimentos con chimpancés y gorilas en los que se les enseñaba el lenguaje gestual de los sordomudos y que arrojaron el sorprendente resultado de que, según comenta Marvin Harris en su célebre manual de antropología general, algunos de ellos llegaron a adquirir vocabularios más extensos de lo que es la norma en los suburbios de nuestras grandes ciudades. Y no sólo eso, sino que, además, daban muestras de manejarlo con alguna capacidad de abstracción y de poseer conciencia de sí mismos. Y cada vez hay más naturalistas que interpretan la conducta de muchos mamíferos en el sentido de constatar sentimientos, capacidad de empatía e incluso una rudimentaria cultura. Pero, después de haber convivido con ellos durante milenios, sólo ahora comenzamos a percatarnos de que se parecen a nosotros más de lo que creíamos y a reconocerles algunos derechos.
En realidad, no se trata de un fenómeno tan novedoso. Desde siempre nos hemos visto reflejados en los animales y hemos fabulado con ellos. Lo que ocurre es que había una clara voluntad de distinguirse aunque no fuese más que por la facultad de extraer alguna moraleja, alguna enseñanza que aplicar en la relación con nuestros semejantes. Bien entendido que nuestros semejantes son aquéllos con los que nos identificamos, los que tenemos cerca, el prójimo. Nos hemos tomado muchas molestias para encontrar, con respecto al resto de los seres que pueblan la Tierra, el hecho diferencial que nos sirva como criterio de demarcación entre unos y otros. Bípedo implume, animal racional, homo sapiens… Tolkien, por ejemplo, quiso que el pueblo de los Elfos se conociese a sí mismo como los Quendi, es decir: el pueblo que habla. Pero esto, que no es más que pura ficción, en el fondo supone el reconocimiento de un hecho que a nuestros ojos nos distingue de manera esencial de los animales y que nos ha permitido vivir en la fantasía de no pertenecer al mundo natural. Puesto que hablamos, somos ángeles. Ángeles que orinan, es cierto, pero en cualquier caso mucho más cerca de los ángeles que cualquier otro animal. Sin embargo, a pesar de que la civilización es un esfuerzo por alejarse de la animalidad, nuestra certidumbre en la legitimidad que nos asiste a la hora de dominar la creación no es demasiado diferente de la certeza con que un depredador se siente con derecho a dar muerte a su presa.  ¿Han tenido ustedes la ocasión de sostener la mirada de una rapaz cuando captura a un ratón? ¿Han visto en ella la mínima sombra de duda acerca de su derecho a matar? Para el águila, la culebra, o el ratón, no son más que un medio de asegurarse la subsistencia, lo mismo que la res para un matarife, lo mismo que el solomillo para el pacífico urbanita que se lo come con cuchillo y tenedor y que no ha visto ni la sangre ni ha sentido los espasmos de su víctima antes de exhalar su último suspiro. De un modo consciente o no, el águila siente la diferencia entre el medio que es su presa, y el fin que es ella misma. De la misma manera, la distinción esencial entre ser animal y ser humano es la posibilidad de nuestra supervivencia tanto individual como específica. En el fondo, somos animales, demasiado animales.
En otro orden de cosas, la misma distinción afecta también a otros grupos humanos, a la horda vecina como a la lejana. Sabido es que los inuit se denominan a sí mismos seres humanos, lo que presupone que a quienes no pertenecen a su comunidad los consideran quizá sólo un poco por encima del estatus de las focas o los renos. ¿Y acaso los godos no se decían “los buenos”, es decir: los nobles? Evidentemente, se trata de idéntica manera de juzgar al extraño. Los griegos antiguos ponían todo su ingenio en distinguirse de los persas, a quienes consideraban súbditos sometidos a un déspota, en tanto que ellos se veían como ciudadanos libres. A los extranjeros, que no conocían su lengua, les llamaban bárbaros, y con los romanos el término comenzó a adquirir un matiz peyorativo. Si Roma es la civilización, entonces el bárbaro es un incivilizado con el que a duras penas puede uno entenderse, por mucho que proceda, quizá, de las inmediaciones de la otra orilla del Rin. El bárbaro no puede optar a la ciudadanía ni a los derechos que ésta confiere.
Hasta no hace mucho, en nuestra etnocéntrica Europa se consideraba a los negros como animales y a los no europeos como individuos de segunda clase. Robinson Crusoe, tras veinte años de soledad en su isla, esclaviza con toda naturalidad a Viernes, el primer hombre con quien puede hablar desde su naufragio, sencillamente porque es un salvaje cuya tribu se dedica a la antropofagia ritual y quién sabe a qué otras prácticas diabólicas o inhumanas. Dos décadas de reflexiones teológicas no le infunden la caridad suficiente para considerarle su igual. En mayor o menor medida, en todas partes el extranjero es un hombre que vive privado de derechos, lo mismo que en todas partes, hablando ya de animales no humanos, se rechaza al congénere que no pertenece a la horda. Hasta no hace mucho, los mocosos de mi pueblo recibían a pedradas a los de los pueblos vecinos, y viceversa.
Así las cosas, no es extraño que los individuos busquen en sus compatriotas -y en sí mismos- el hecho diferencial que les distinga del resto. Y, si no se encuentra fácilmente, los hijos de Eva tenderán a hacer gala de su capacidad inventiva. O a exagerar. Pero el hecho diferencial es el criterio de demarcación, la frontera insalvable que separa a propios y extraños. No se trata de algo que una la nación, sino precisamente de lo que la distingue de las demás naciones. No es un elemento aglutinante sino disgregador, y una vez que hemos aprendido la técnica de identificar uno podemos seguir aplicándola hasta extremos ridículos. Lo hemos hecho en alguna ocasión. Cabe preguntarse si el hecho de buscarlos es ya un síntoma de que no los tenemos a la mano…

En definitiva, parece que nuestra valoración del extraño depende de nuestra capacidad de comprenderlo, y cuanto menor sea ésta menores serán también las fronteras que nos tracemos. En el extremo, serán tan pequeñas y nuestra comprensión del mundo será tan limitada que seremos incapaces de construirnos un mundo que no sea meramente animal. Si nos alienamos del vecino por su religión, por su lengua, por su cultura, por el color de su piel o lo anchas que tenga las narices, nos será imposible culminar el proceso de globalización y nos atascaremos en su peor versión. Pero si alguien pretende llegar a lo universal ignorando alguna de las partes -y suele ser la más cercana- debería caer en la cuenta de que un todo al que le falta un elemento no es un todo y que una vez que hemos aprendido a ejecutar una operación podemos repetirla hasta el infinito. Por eso, volviendo al punto en el que habíamos comenzado, carece completamente de sentido que andemos buscando una comunidad biológica o intelectual en el ancho universo (no puede ser que estemos solos, ¿verdad?) sin haber  construido previamente la doméstica. Para ser capaces de reconocer a sus integrantes, antes deberemos aprender a mirar tan sólo unos milímetros más allá de nuestro propio ombligo.

miércoles, 22 de febrero de 2017

Visitar a mamá

VISITAR A MAMÁ


Hay una frase que, de puro estar en boca de todos, se ha convertido casi en un proverbio. “La historia se repite”, decimos una y otra vez siempre que caemos en la cuenta de algún paralelismo entre nuestra época y las pretéritas. Pero, en realidad, la acumulación de coincidencias se produce al azar y sin respetar el orden en que nos representamos su sucesión. La historia no se repite, simplemente captamos semejanzas, incluso sin poder precisar en qué consisten exactamente hasta que nos decidimos a reflexionar sobre ellas.
Hay una de la que no puedo desembarazarme del todo desde hace un tiempo, y la voy a exorcizar escribiendo sobre ella. Veamos: hace algo más de veinticuatro siglos la intelectualidad griega se percató de que la investigación sobre la naturaleza que hasta entonces había ocupado la mayor parte de la actividad filosófica se estaba agotando sin que se pudiera afirmar que había llegado a dar sus frutos. En gran medida la cuestión era averiguar el origen, el principio a que todo, en definitiva, se reducía; pero cada filósofo desmentía al anterior, proponía el suyo y trataba de reconstruir toda la realidad a partir de él. Esta escandalosa diversidad de opiniones indujo en Gorgias su extremo escepticismo y contribuyó en buena medida al giro antropológico que ejecuta la filosofía a partir de Sócrates y los sofistas. “El hombre es la medida de todas las cosas”, sentenció Protágoras; y su frase marcó tendencia. Quedaba claro que algo se había quebrado, a pesar de que el genio de Aristóteles pudo extraer determinadas consecuencias del aparente caos. En efecto, se hacía evidente que el principio no podía ser una cosa entre las que podemos encontrar en el mundo porque de otro modo algo quedaría sin explicar. Tenía que ser algo cuya verdadera naturaleza permanecía oculta, velada, desconocida. La investigación acerca de la naturaleza continuó, por supuesto, pero de un modo más especializado. El primero de los hijos de la madre Filosofía estaba comenzando a emanciparse.
Pues bien, este fracaso de la cosmología filosófica en tiempo de Sócrates es recurrente desde entonces. La filosofía ha ido pariendo más hijos, y éstos han terminado por marcharse de casa, dejando en el viejo hogar una anciana chocha que vive de los recuerdos y los esplendores del pasado y que se empeña en continuar rumiando frases carentes de sentido. “Sin sentido”, ése es el lema de los positivistas. Primero la astronomía, después la física, las ciencias naturales, la medicina, la psicología, las ciencias del Hombre… todas se han ido por esos mundos y han dejado a su madre en compañía de sus borregos, añorando una fotonovela y contemplando su flor de plástico. No queda sino certificar la muerte de la enferma de alzheimer.
Pero los humanos ávidos de racionalidad no dejan morir a una madre sin conquistar antes una suegra. En los albores de la modernidad decidieron cotejar sus teorías con sus observaciones e inventaron la ciencia. Tuvieron el suficiente tino para no considerar más causas que las naturales y el ingenio suficiente para ir cuantificando sus conceptos, aunque olvidaron consignar de dónde procedían. Querían un saber autónomo, es decir: un saber tal que siempre pudieran dar razón de sus hallazgos. Así pues, para asuntos concernientes a la naturaleza, establecieron como juez último a la experiencia; y para asuntos de otra índole se las apañaron para adquirir certezas indubitables. Lo que ocurrió, no obstante, fue que sus certezas indubitables sustentaban algunos de sus conceptos, de manera que fracasaron en su empeño de someter toda su ciencia a la observación. Al mismo tiempo ocurrió también que algunas de las conclusiones que extrajeron de sus certezas indubitables no lo eran tanto.
Así fue como en su racionalísima y empíricamente demostrable ciencia natural se les colaron nociones tan poco demostrables empíricamente como las de causa y efecto, por citar un ejemplo sonoro; pero también principios como los de conservación, que no son sino exigencias a priori destinadas a que cuadren las cuentas y que dos y dos sigan siendo cuatro. Podemos considerar las leyes de Newton como la expresión cuantitativa de estas nociones aplicadas a la mecánica. Nadie en su sano juicio afirmaría con otro sentido el principio de conservación de la energía, porque nadie puede llevar a cabo ni siquiera una vez el cómputo de toda la energía que hay. Sin embargo, es preciso hacerlo al menos en dos ocasiones. Y en la totalidad del universo, porque, aunque el principio afirma sólo que la energía ha de conservarse en un sistema cerrado, es fuerza conceder que el sistema cerrado más grande que podemos encontrar es el universo entero. En definitiva, hay sistemas cerrados para los que el principio de conservación de la energía es de todo punto inverificable. Baste esta breve y trivial reflexión para percatarse de la naturaleza de tales aseveraciones.
A pesar de todo, como modelo de racionalidad, la ciencia ha triunfado plenamente. Y los motivos que se pueden aducir para explicar el éxito son tan poderosos que muchos los toman por razones. En efecto, en cuatro siglos hemos pasado de vivir en el centro de un universo pequeñito, cerrado y en el que unas esferas cristalinas llenaban todo el espacio, a vivir en otro descomunal, en expansión y básicamente vacío. Entonces nos creíamos en centro, prácticamente la causa final de la creación, y ahora nos sabemos perdidos en el espacio y producto de una feliz, pero azarosa, serie de acontecimientos que se puede repetir en cualquier otro lugar o momento. Y esta nueva concepción está sustentada por una ingente cantidad de observaciones de toda índole. Creo que será difícil encontrar otra época en la que en tan breve plazo se haya revolucionado de tal modo nuestra concepción del cosmos.
Pero el argumento realmente potente en favor de la racionalidad de la ciencia, el más convincente y persuasivo, es el innegable éxito tecnológico que ha generado. Es innegable que nuestra ciencia ha generado un dominio sobre la naturaleza que continúa en progreso acelerado y que ha llegado ya a proporciones astronómicas. Incluso aunque no fuese más que un mito, nuestros actuales temores de un cambio climático irreversible en todo el planeta, nuestros recientes y aún no olvidados temores a una destrucción nuclear, la certeza más que palmaria de que hemos comenzado a contaminar el espacio cercano con un montón de basura  procedente de satélites artificiales, nuestros recelos en la colonización de la Luna o de Marte derivados de la contaminación biológica que pueden ocasionar, aparecen ante nuestros ojos como el imparable triunfo de nuestra tecnología. Está claro que nos creemos capaces de reformar la creación, también de mandarla al carajo, de humanizarla, de dominarla en todo caso.
Pero del mismo modo que nuestra tecnología es un producto de nuestra ciencia, también debemos caer en la cuenta de que nuestra ciencia es, en muy gran medida, un producto tecnológico. Nuestras teorías no sólo muestran una notable coherencia entre ellas, coherencia que las refuerza a todas, no sólo han sido contrastadas experimentalmente en multitud de ocasiones y de mil maneras diferentes, sino que sobre todo, han sido puestas a prueba por la potentísima y omnipresente tecnología que han hecho posible. Nuestros motores funcionan merced a los progresos de la termodinámica, nuestros aviones vuelan gracias a los avances de la aerodinámica, nuestros medios de comunicación funcionan gracias a la electrónica. Si hemos conseguido llegar a la Luna, a Marte y el resto de los planetas, ha sido por el extraordinario refinamiento en los métodos de la mecánica y la dinámica. También, por supuesto, por el desarrollo de los cohetes necesarios; pero ningún sistema de propulsión sirve de nada si no somos capaces de apuntar correctamente y jugar al billar con Júpiter y Saturno para poner una sonda fuera del sistema solar. ¿Acaso no es una prueba de la relatividad general el hecho de que tengamos que ajustar los relojes de nuestros satélites a los efectos gravitatorios para que funcione nuestro sistema de posicionamiento global? A nuestros ojos, el que funcione el GPS es una prueba de la verdad de la ciencia; como lo es también el que yo esté utilizando este ordenador para escribir.
Por otra parte, el propio desarrollo tecnológico está posibilitando una buena cantidad de descubrimientos científicos. La astronomía, la cosmología, la física, las distintas especialidades de la biología, la medicina, incluso las ciencias humanas han hecho depender alguno de sus progresos de la aplicación de tecnologías novedosas. Pensemos, por ejemplo, en los distintos medios de datación o en la secuenciación del genoma. Incluso la arqueología es dependiente de la técnica.
Sin embargo, a pesar de toda esta ingente potencia de prueba, la ciencia no puede evitar caer en algunos de los defectos con los que se certifica la muerte de la filosofía. Y no voy a referirme, por no caer en redundancias y por no meterme en camisas de once varas, al origen de los conceptos. Tampoco al hecho evidente de que ninguna ciencia puede argumentar sobre la filosofía, ni a favor ni en contra, porque -por decirlo así- los contextos intelectuales en que se mueven son demasiado dispares. Lo cierto es que son determinados filósofos quienes han certificado la muerte de la filosofía. O, en todo caso, personas que no siendo filósofos han adoptado temporalmente el oficio. Cosa, por otra parte, a la que todo el mundo tiene derecho con tal de que esté dispuesto a atenerse a razones.
Lo que, por abreviar, llama mi atención es que las ciencias también caen en ese supuesto vicio de la filosofía que consiste en andar revoloteando siempre en torno a una cuestión sin llegar nunca a resolverla. Veinticuatro siglos de actividad filosófica, dicen, no han sido suficientes para alcanzar un acuerdo y fundar un cuerpo de doctrina en el que todos convengan. Ahora, como en tiempos de los presocráticos, los filósofos no se ponen de acuerdo en nada. Pero, si repasamos no más que someramente la historia de las ciencias, nos daremos cuenta de que en muchos casos los científicos no sólo han discrepado notablemente con alguno de sus colegas, sino que también han caído, no sé si insospechadamente, en nociones descartadas en el pasado por obsoletas o incluso por irracionales.
Un estudio siquiera mínimamente pormenorizado de la cuestión escapa a mis posibilidades. Ni a mí me es posible abordarlo, ni es éste lugar para ello. Pero no quisiera terminar sin aducir algunos ejemplos que tengo en mente y que quizá contribuyan a aclarar lo que pretendo exponer. Sin ir más lejos, en la disputa entre geocentristas y heliocentristas durante los siglos XVI y XVII ambos bandos esgrimían argumentos que nada tenían que ver con la ciencia junto con otros más pertinentes, y cabe preguntarse hasta qué punto la decisión final fue influida por consideraciones puramente ideológicas. Es más: ¿cómo explicamos el hecho de que dos teorías tan opuestas puedan ambas aducir apoyo experimental? Lo mismo puede decirse en el caso de la polémica que Newton y Huygens sostuvieron acerca de la naturaleza de la luz. Cuando Newton publicó su teoría de la gravitación universal fue acusado de resucitar las acciones a distancia, que con tanto esfuerzo habían sido desterradas de la filosofía natural un siglo antes. Por no hablar del estado de perplejidad en que se movían los estudiosos de la electricidad y el magnetismo hasta principios del siglo XIX. Parece que el escandaloso desacuerdo entre filósofos se repite también entre los científicos. Y no sólo en la astronomía o la física: también en biología, y en geología, y en todas las ciencias.
Pero la cuestión del acuerdo entre científicos no es en mi opinión la más importante. Al fin y al cabo, algunas disciplinas pueden presumir de haber alcanzado consensos, aunque sean temporales y terminen por caducar. Queda un asunto más sutil y más perentorio que atañe más bien a la interpretación de las teorías. Y es que hay teorías que de puro difíciles de interpretar son prácticamente ininteligibles. Es conocida la anécdota atribuida a Arthur Stanley Eddington: le preguntaron si era cierto, como había comentado Einstein, que sólo tres personas entendían la teoría general de la relatividad, y él respondió preguntando a su vez quién era el tercero. Y parece que era Feynman quien aseguraba que no había modo de entender la mecánica cuántica. Decía que si crees que la entiendes entonces no la entiendes. Pues bien, ambas teorías -la relatividad y la mecánica cuántica- son los pilares de la física contemporánea, y ambas han superado las pruebas experimentales. Sobre todo la mecánica cuántica, que pasa por ser la teoría que mejor concuerda con los datos del laboratorio. Pues resulta que no sólo son ininteligibles, absurdas desde el punto de vista del sentido común, sino que además son mutuamente incompatibles.
Desde luego, en el sentido habitual del verbo “funcionar”, ambas teorías funcionan, son útiles. Con ellas se han formulado predicciones que más tarde han sido comprobadas. Ambas sustentan tecnologías que todavía consideran milagrosas nuestros abuelos. Pero, ¿cuál es su contenido de verdad? ¿Acaso tienen, éstas o cualquier otra teoría científica, algún criterio de verdad que no sea el puro acuerdo con los datos experimentales? ¿Qué relación existe entre los conceptos que nos explica el científico y el mundo real? Perdonen ustedes esta catarata de interrogantes, pero ¿podemos afirmar que la ciencia -en general o particularizando cada una de ellas- es coherente? ¿Hay algún físico relativista, por la pereza de buscar otro ejemplo, que se atreva a aclararnos qué es lo que se deforma cuando nos asegura que la materia deforma el continuo espacio-tiempo? Si es cierto que el experimento de Michelson-Morley demuestra que no hay éter, entonces ¿qué es lo que se deforma?  Parece que la ciencia, en su constante progreso está continuamente resucitando conceptos muertos y enterrados, cuando no cae en arbitrariedades de origen ideológico. Nunca podremos saber lo que corría por la cabeza de Lemaître o de Darwin, pero al primero le podemos acusar de traer a consideración el concepto religioso de creación, y al segundo de haber cedido a determinadas doctrinas de Malthus.

No tengo ningún inconveniente en reconocer que la filosofía, la madre de todas las ciencias, como actividad intelectual, está sumida en una profunda crisis de la que nadie sabe si podrá salir. Entre otras cosas porque también como disciplina académica está en serio peligro. Pero si tenemos que preguntarle a las ciencias, sus hijas, por la verdad que contienen, por su coherencia, por su capacidad de describir el mundo, por su pertinencia -o impertinencia- a la hora de colaborar en la construcción de una imagen del mundo que nos permita llevar una vida razonablemente humana, entonces, hijas pródigas, entonces habrá que visitar de vez en cuando a mamá.