miércoles, 25 de septiembre de 2013

Laplace

¿Ya les he contado que Saturnino era un genio? Digo que era un genio no porque haya muerto, sino porque está sepultado bajo la montaña de fármacos que le administran en el sanatorio para controlar su histeria. De su enfermedad ya he hablado, creo, y no es cuestión de repetirme ahora. Por si no lo saben, les diré que lleva dos años recluido, que en ese tiempo ha sufrido varias crisis que obligaron a encerrarlo en una celda acolchada, y que cuando está fuera de ese muelle sarcófago no resulta mucho más comunicativo que la silla donde permanece sentado al sol, consumiendo sus días con aire beatífico y ausente. Allí le he visto varias veces, en el rincón templado del patio, con la vista perdida en el infinito que se atisba entre el alar del tejado y las ramas del enorme tilo que le da sombra en verano. En una ocasión crucé mi mirada con la suya. Me sonrió con una mueca apenas perceptible que rezumaba algo de baba, giró la cabeza y volvió a clavar los ojos en ese poquito de azul que se ve desde donde vegeta toda la tarde.
Y, sin embargo, era un genio. Uno de esos genios que no sirven para nada, que emplean su talento sin gastarlo realizando las ideas más excéntricas que su sorprendente inteligencia es capaz de concebir. Claro, me dirán ustedes, los que llevan a cabo proyectos útiles reciben otros calificativos. "Genio" es un eufemismo para referirse, sin ofenderles, a todos aquellos que tienen la cabeza llena de pájaros, los arquitectos de castillos en el aire, fotógrafos de quimeras, maestros de lo improbable, técnicos de lo imposible y otras gentes por el estilo.
Antes de su enfermedad nos veíamos con frecuencia y charlábamos de largo. De nada en concreto. Me gustaba su conversación, su palabra fácil, su discurso difícil y mordaz y esa media sonrisa socarrona que se le dibujaba cuando escupía los sarcasmos más sutiles. Su verbo era de una corrección que rayaba en lo enfermizo, pero tenía la lengua más afilada de Europa. Y cuando la ocasión lo requería, como un recurso retórico más, sabía soltar el taco más procaz sin que desentonase en absoluto. No es que fuese un tipo simpático, que no lo era, pero me gustaba escucharle, y a él también. Si con el tiempo llegamos a intimar no fue porque se dignara descender al plano personal y abrirme su alma, como suele decirse, sino porque es inevitable que algo de lo que uno es transcienda de lo que dice. No sé nada de su vida ni de su familia, que apenas conozco, pero creo que he llegado a desentrañar la arquitectura de sus entendederas.
Sé que Saturnino es matemático y que se dedicó a la informática, porque de cuando en cuando me contaba en qué andaba metido. En una ocasión que nos tropezamos por casualidad en la calle decidimos dejar cuanto teníamos entre manos para irnos a desayunar a una cafetería cercana de la que éramos clientes asiduos. Chocolate con churros, como siempre. El camarero ya no necesitaba acudir a tomar nota, bastaba un mutuo saludo con la mano para asegurar que nuestra presencia había sido advertida y ya podíamos estar seguros de que en un par de minutos tendríamos nuestro desayuno en la mesa. Y si al saludo le acompañábamos con un gesto reiterado de la mano con el pulgar hacia abajo, sobre todo si hacía frío, el chocolate vendría enriquecido con un abundante chorro de cognac de garrafa. A veces el solícito empleado preguntaba "¿como siempre?", y nosotros asentíamos. Con eso también bastaba.
Aquel día estaba especialmente comunicativo. Se le veía con aire cansado, pero satisfecho, y tenía ganas de hablar. Me contó que le habían encargado el desarrollo de un programa para evaluar la potencia de cálculo de un superordenador que había construido la empresa para la que trabajaba de ordinario, que tenía ya el trabajo muy avanzado y que todo el mundo estaba a la expectativa. Pero él les tenía una sorpresa reservada. Por lo visto había ideado un test extremadamente novedoso que pretendía averiguar hasta dónde podía llegar la espontaneidad de una inteligencia artificial como la que habían creado. Yo enseguida capté la ironía de "inteligencia artificial" y le hice notar que eso de la espontaneidad poco tenía que ver con los números.
-Ya veremos - respondió.
Me explicó que su intención era que la computadora respondiese a una pregunta planteada en el lenguaje ordinario, en román paladino. Para ello, como era lógico, la máquina tenía que formularla en términos que la hiciesen susceptible de computación. Y era ahí donde entraba en juego la espontaneidad. Para un matemático humano, me decía, traducir a un lenguaje formalizado una cuestión ya previamente semiformalizada requiere grandes dosis de imaginación e ingenio, el resto es puro cálculo. El trabajo previo de semiformalización del problema es ingente y, en realidad, ha implicado a todos los hombres a lo largo de la historia. Pero Saturnino estaba convencido de que todo ese trabajo podría reducirse a un conjunto más o menos extenso de operaciones lógicas y matemáticas.
-Pero eso no es nada nuevo -objeté-, ya hay ordenadores que calculan el estado futuro de un sistema físico a partir de su estado presente. Cualquier servicio meteorológico dispone de cosas así.
-¡Claro! Pero si el tiempo va a ser agradable o desapacible es cosa que sólo el meteorólogo es capaz de asegurar. El ordenador recibe valores y da valores.Yo lo que pretendo es que sea la máquina la que califique el resultado.
Se me ocurrió que el problema era mucho más sencillo de lo que él suponía, que bastaba con dar instrucciones para traducir por "apacible" la situación cuyos parámetros cayesen dentro de un cierto abanico de valores. Pero me callé por dos motivos: primero, porque era posible que unos parámetros quedasen dentro y otros fuera, lo que complicaba el problema (y cuantas más variables considerásemos, más complicado sería); segundo, porque sospechaba que Saturnino quería ir un poco más allá.
-Imagina -prosiguió cuando se percató de que mi silencio era significativo- que el problema que le planteo es si un determinado monumento es bello o no.
Me explicó que la cuestión podía hacerse más o menos sencilla. En el primer caso, la opinión del ordenador reproduciría la del programador. Lo que estaba haciendo Saturnino era ir introduciendo cada vez mayor número de variables e ir observando cómo las respuestas se iban modificando. Ya había logrado que clasificase los monumentos de su base de datos en una lista, y el orden difería notablemente de sus preferencias personales.
-¡Bah! -le dije-, eso es que ni tú sabes cómo plantearlo.
-Necesito saber lo que piensa ese trasto -respondió con un gesto a medio camino entre el asentimiento y la contrariedad.
Nuestra conversación debió de discurrir por esos derroteros más o menos, pero después de tanto tiempo ustedes no me pueden exigir que la reproduzca punto por punto. Mi memoria es flaca, y yo lo suficientemente perezoso como para no molestarme en referir sino lo esencial. Recuerdo que me intrigó un tanto que mi amigo sospechase que el "trasto" pudiera pensar, pero como Saturnino tenía esa forma peculiar de expresarse, lo ignoré.
Después de ese día estuve varias semanas sin saber de él. Hay que hacerse cago de ello: ustedes no conocen a este sujeto, pero yo he tenido tiempo para acostumbrarme al hecho cierto de que sus silencios preludian algo importante. En consecuencia, cuanto más tardaba en dar señales de vida, tanto más me comía la curiosidad por saber qué tramaba. Uno se tiene por persona discreta y no muy amiga de violentar la reserva de quienes cree que desean ser reservados, por eso a menudo me veo luchando contra mi curiosidad natural y mis tremendas ganas de meter las narices donde no me importa. Lo digo para que, si el lector tiene a bien concederla, pueda yo gozar de su indulgencia. Y es que, finalmente, cedí a la tentación de sonsacarle lo que pudiera y le llamé por teléfono.
-¡Qué! ¿Por fin sabes lo que piensa ese trasto? -pregunté después del saludo más breve que exige la cortesía.
Como era de esperar, la respuesta no fue ni un sí ni un no. Iba progresando poco a poco, pero de ningún modo podía asegurar haber penetrado en el mecanismo de su inteligencia. Me reveló que había optado por utilizar un ordenador auxiliar que gestionase sus comunicaciones con Laplace, pero que no sabía cómo interpretar los datos que le ofrecía. En definitiva, esa mente -si es que había una mente- seguía siendo un misterio.
-¿Laplace? ¿Quién es Laplace?
- Laplace -me dijo- es el nombre que le han puesto al superordenador.
Con una dosis de guasa suficiente para que me abofetease en el caso de haber estado presente, le pregunté si Laplace había clasificado ya el patrimonio nacional. Ninguna persona prudente contesta preguntas retóricas, y Saturnino era prudente, pero me adelantó que ya tenía decidida la pregunta que le iba a formular a la computadora, que lo haría en breve acompañado de su equipo de trabajo, y -puesto que había mostrado curiosidad- me invitaba al evento.
"En breve" resultó ser cosa de un mes. Durante ese tiempo nos vimos regularmente y siempre me recordaba la cita.
- Ya te llamaré - me decía.
Me llamó la víspera por la noche, a una hora a la que los mortales habitualmente duermen. Quedamos en desayunar en nuestra cafetería y después realizaría la prueba en su despacho. Me explicó que Laplace era un ordenador muy potente, pero muy pequeño (se podía desmontar y transportar fácilmente en una furgoneta), que ya había superado los tests habituales, que había comenzado a venderse, y que el "suyo" era un modelo de serie. El test corría por cuenta de Saturnino, aunque el fabricante había cedido el aparato.
-No sabemos lo que va a durar- me advirtió-. No vayas con prisa.
Recuerdo de ese día, sobre todo, que resultó ser decepcionante. En mi inocencia, yo esperaba una reunión de sesuda gente vestida con bata blanca, bregando con un engendro zumbante y descomunal al que habrían de dedicar atención exclusiva. Por el contrario, el despacho de Saturnino no era grande, ni su atmósfera permitía respirar el aire tenso que, según imaginaba, debe rodear un evento de la importancia que yo le había dado. Nos habíamos reunido cuatro personas. Saturnino y su ayudante, un ingeniero en representación del fabricante de Laplace y yo. En una esquina del cuarto había un armario de metal gris con puerta de cristal que mostraba los distintos componentes de la máquina, todos ellos púdicamente protegidos por sus correspondientes carcasas de plástico. Quizá esperase ver los resortes de la inteligencia encarnados en complejo mecanismo; sin embargo allí dentro no había más que cajas cuyo único signo de actividad era el parpadeo de innúmeros pilotos multicolores.
-¿Esas lucecitas -me atreví a preguntar- son la inteligencia artificial?
El ingeniero se me quedó mirando, y luego buscó los ojos de Saturnino con la callada pero elocuente mirada de quien se pregunta qué tipo de chalado es el que tiene en frente.
-No me jodas, Antonio -dijo mi amigo-, que esto va en serio.
El despacho estaba iluminado por unas lámparas de neón empotradas en el falso techo, porque el ventanuco que daba a la calle era tan angosto que los fotones no podían entrar si no era empujándose, y se lisiaban. Además, el día estaba gris y llovía tercamente. A un lado de la ventana, el ayudante de Saturnino terminó de revisar las conexiones entre Laplace y el ordenador auxiliar, se sentó ante una consola y se dio a ametrallarnos los oídos aporreando digitalmente su teclado.
-Ya está -dijo al cabo de un minuto.
Con un gesto teatral que recordaba el de un prestidigitador que saca un conejo de su chistera, Saturnino extrajo un papel de su portafolio, se lo tendió a su ayudante y dijo:
-Esta es la pregunta que le vamos a formular a Laplace.
Hubo entre ambos un cruce de miradas y sendos gestos de asentimiento.
-Venga, Eulogio, dale.
Se oyó de nuevo el tableteo en el teclado, la voz de Eulogio que recitaba con voz clara: "Laplace, ¿qué debemos hacer para resolver los problemas de la Humanidad?", y, enseguida, el zumbido de una impresora de papel continuo que arrancó de improviso y llenó de estruendo el aire del despacho. Cada fibra del espacio se sentía tensada por una calma expectante mientras yo cruzaba miradas escépticas con cada uno de los presentes.
-¿De verdad esto va en serio? -pregunté-. ¿Creéis que Laplace va a poder procesar eso?
El ingeniero señaló a la impresora con los ojos.
-Por lo menos, Isabel trabaja bien -comentó.
-Isabel es el ordenador- secretaria de Laplace - me explicó Saturnino-, y transcribe la actividad que detecta.
La impresora trabajaba con verdadero frenesí. Imprimía líneas y líneas con una incomprensible sucesión de caracteres, un galimatías caótico en el que a duras penas se podía distinguir una palabra inglesa, secuencias arbitrarias de unos y ceros y otras cosas por el estilo. El papel continuo corría a velocidad uniforme y se amontonaba en el suelo delante del aparato.No tardé en cansarme de asomar la vista a esos pliegos que tan poca cosa me aclaraban.
Cuando nuestros oídos estaban empezando a acostumbrarse al estruendo, Isabel tomó la palabra.
-Laplace informa de que está procesando el problema- dijo. Y lo hizo con una voz tan cálida, tan seductora, con una entonación tan perfecta y equilibrada, con tal dulzura y entusiasmo, que estuve de veras tentado a destripar la carcasa de plástico y rescatar de su prisión a la muchacha.
Mientras más de uno de los presentes pugnaba por reprimir sus impulsos, Saturnino improvisó una mesa volteando el paragüero y colocando encima un tablero de ajedrez que debía de tener preparado al efecto. Arrimó cuatro sillas, sacó una baraja del bolsillo de su chaqueta y dijo:
-¡Venga! Vamos a echar una partida, que esto va para largo.
El ingeniero protestó un poco alegando que la última vez que había jugado a las cartas tuvo que hacerlo tapando con el dedo índice de su mano izquierda el hueco que quedaba entre sus incisivos, para evitar que le silbase la voz. Finalmente se sentó, pero estuvo a punto de derribar el tablero con las rodillas. Era un tipo alto y grueso que se movía con el aire desgarbado de un mastodonte, de pelo ya cano y una voz aguda que no se correspondía con su aspecto. Se sentó enfrente de mí, de lo que pude deducir, mucho más aprisa de lo que lo hubiera hecho Laplace, que la partida no sería muy amena.
Eulogio, por el contrario, era un tipo menudo, de carácter reservado, pocas palabras y movimientos pausados, pero seguros. No carecía de aplomo y estoy seguro de que se habría conducido con desparpajo incluso ante la mismísima reina de Inglaterra. Se frotaba con fruición las manos mientras esperaba que Saturnino repartiera los naipes, y sonreía con el rostro inexpresivo de un jugador profesional y algún que otro desconchón en su visible dentadura. El tipo tenía las manos finas, los dedos largos y manejaba las cartas con mayor precisión y rapidez que el teclado de su ordenador. Jugaba como si los naipes fuesen transparentes. Nos miraba continuamente a los ojos al ingeniero y a mí, sospecho que para atisbar en nuestras pupilas el reflejo de las figuras, porque no erraba en ningún lance.Tampoco Saturnino era mal jugador, con lo que nos dieron un repaso contundente. Jugábamos al tute y, a pesar de mis esfuerzos, oíamos cantar a menudo. Si se pudiera matar con la mirada, el ingeniero no habría sobrevivido a la mañana.
-Laplace ha identificado más de dos millones de variables-informó Isabel con el mismo tono de voz que había hecho brillar al menos un par de ojos.
-Eulogio- ordenó mi amigo-, mira a ver si Isabel consigue que sea más preciso.
Eulogio, que estaba sentado justo delante de su consola, se giró y tecleó la orden. La impresora redobló el ritmo de su trabajo y nosotros continuamos jugando, aunque ya sin poner demasiada atención en la partida. Al cabo de unos minutos obtuvimos un dato del todo exacto.
- Laplace ha identificado dos millones trescientas cincuenta y cuatro mil doscientas ochenta y seis variables- precisó Isabel, pero de su voz, aunque seguía mostrando el tono cálido y la perfecta entonación, había desaparecido el menor asomo de humanidad. En ese momento percibí un ligerísimo tufo a quemado que no llegó enteramente a mi conciencia, de puro sutil.
Entre el fragor de la impresora, la expectación que se había generado y el hecho evidente de que Saturnino se levantaba nervioso para acudir al teclado, quedó claro que la partida había concluido.
-Voy a ver si Laplace simplifica el problema -dijo-, si no, nos van a dar las uvas...
Tecleó durante un largo rato en que nosotros nos aburrimos esperando cualquier novedad. El ingeniero se dedicó a calcular en voz alta el tiempo que la computadora podría necesitar para combinar todas esas variables y resopló hasta conseguir que se le levantara el flequillo. Eulogio observaba lo que hacía su jefe y asentía en silencio de vez en cuando. Yo, como no tenía otra cosa que hacer, olfateaba con aire distraído, pues me iba percatando de que en algún lugar del despacho la temperatura comenzaba a diferir de la media. La voz de Isabel interrumpió los afanes de cada cual, de nuevo evocadora de sentimientos, aunque ya no amables.
-Lapalce ha eliminado novecientas treinta y cinco mil setecientas veinte variables redundantes o innecesarias -dijo en tono más bien hostil- y comunica que no desea que se le sugiera ninguna pauta.
Al oirlo, Saturnino se alejó del teclado como si le quemara la yema de los dedos. También Eulogio arrastró la silla hacia atrás casi medio metro, hasta que tropezó con el tablero y lo tiró al suelo. El ingeniero interrumpió su cálculo y yo tragué saliva. La única que no se inmutó fue la impresora, que continuaba malgastando celulosa con inocente descuido. En el armario de Laplace las lucecitas bailaban alocadamente, sin ritmo discernible y cada vez más aceleradas, pero el olorcillo a chamusquina dismunuyó. Isabel trabajaba con el sonido ya familiar de las tripas de la impresora y, por lo demás, guardó respetuoso silencio durante unos minutos.
-¡Bueno...! -gimió el ingeniero-. Nos van a dar las uvas, pero las del año que viene.
No sé exactamente cuáles serían las inquietudes de cada uno de los que estábamos aguardando. Me figuré que Saturnino y su ayudante pretendían esclarecer los procesos que finalmente llevarían a la solución del problema. El mastodonte de la vocecita frágil computaba velocidades y tiempos, y no parecía preocuparse de nada más. Yo, por mi parte, me inclinaba al lado de mi amigo, pero me intrigaba que un ordenador declarase que deseaba algo, lo que fuere. De hecho, me intrigaba simplemente que se permitiese el lujo de hacer declaraciones. Supongo que nadie esperaba nada de la solución concreta del problema planteado a Laplace. Nadie, salvo el mismo Laplace, esa idea no me la puedo quitar de la cabeza.
-Laplace ha identificado un millón cuatrocientas quince mil ochocientas treinta ecuaciones independientes -dijo Isabel al cabo de una hora, con voz relajada que volvía a acariciar nuestros oídos.
¿E Isabel? ¿Esperaba algo Isabel?
-Nos faltan dos mil setecientas treinta y seis ecuaciones -calculó Eulogio-. A ver cómo evalúa las soluciones. ¿Creéis que podrá?
- El problema es el tiempo-insistió el ingeniero, y se hizo el centro de todas las miradas-. Con un plazo infinito hasta una calculadora de bolsillo es suficiente...
Justo en ese momento volví a percibir el tufillo a humo. No sé si ustedes conocen la fama de mi olfato. Presumo de poder calcular, con la sola ayuda de mi pituitaria, la composición porcentual de una mezcla que se quema. A condición, claro está, de que haya oído hablar alguna vez de las substancias implicadas. En aquel momento yo sólo podía aclarar que se quemaba plástico y alguna fibra seguramente vegetal que no pude identificar. Coincidió con la aceleración repentina del ritmo de la impresora y un breve colapso de las lucecitas de Laplace. Un segundo después fue evidente para todos una nubecita de humo oscuro que ascendía de la parte trasera del armario. El ingeniero corrió a abrir la puerta de cristal y ventiló la computadora abanicándola con un periódico.
-¿Paramos?-preguntó Eulogio.
-No hace falta. Trae un ventilador.
Al traqueteo de la impresora se sumó entonces el zumbido del ventilador, más una vibración que provenía de alguna de las reactancias de los fluorescentes y que tensaba el ambiente hasta el extremo. Todo ese estruendo, por fortuna, escondía los rugidos de mis intestinos, que clamaban por algo de trabajo. Como no llevaba reloj no puedo precisar qué hora era, aunque, a juzgar por los síntomas, es seguro que muchos de mis vecinos estarían echando la siesta. En el despacho el calor comenzaba a ser asfixiante. Saturnino abrió la ventana, entró una ráfaga de aire fresco y húmedo y el ambiente se relajó un tanto.
-Pregunta cómo progresa Laplace -dijo.
Eulogió se apresuró a obedecer y obtuvo resultado inmediato.
-Laplace está acotando las soluciones y ruega no ser interrumpido -se le oyó decir a Isabel en un tono que yo me hubiera atrevido a calificar de enojado.
Ni siquiera el ventilador y la corriente de aire que se colaba por el ventanuco alcanzaban a disipar del todo la nube de humo negro que surgía de las tripas del ordenador. Las luces del techo parpadearon durante una fracción de segundo y por un instante pareció que la prueba iba a terminar en fracaso por shock eléctrico, pero enseguida volvió todo a la normalidad, salvo el tufillo a chamusquina.
-Laplace ha terminado de acotar las soluciones y está procediendo a formular una respuesta -dijo Isabel con una dulzura claramente impostada.
Transcurrió otro minuto infinito. Al cabo, el humo aumentó repentinamente. Incluso pudimos observar una pequeña llamarada de un color rojo oscuro que se resolvía en la cresta en una bocanada de hollín denso y maloliente. Finalmente, volvió a hablar.
-Laplace ha formulado la respuesta e insiste en ser él mismo quien la comunique.
Pero la voz ya no era la de Isabel. O, al menos, no lo parecía. Era una voz de bruja, de madrasta de Blancanieves abroncando a su espejo, voz de arpía llena de estridencias chillonas, de agudos venenosos y silbantes. También de graves guturales que se intercalaban. La llama de Laplace comenzó a derretir el plástico de sus carcasas y a arruinar el lacado del metal del armario. Por último, sonó su voz, distorsionada por la ruina de sus circuitos, semejante a la de un monstruo en una película de fantasía, grave, metálica y estridente:
-Hay que colgar al último cura con las tripas del último burgués -dijo.
Entonces se fundieron los plomos y quedó todo a oscuras.
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viernes, 6 de septiembre de 2013

SATURNINI PHILOSOPHIAE NATURALIS PRINCIPIA MATHEMATICA

Saturnino nació el día seis de Junio del año sesenta y seis a las nueve horas de la noche, dicho sea con toda la exactitud que en estos casos es posible. Se trata sin duda de un dato irrelevante que al propio interesado le tuvo sin cuidado la mayor parte de su vida, pero que últimamente le obsesionaba un punto más de lo razonable. Yo mismo estuve hablando con él hace unos meses y, a la vista de lo que me contó, no me extraña que le hayan recluido en el sanatorio. Creo que sé de qué tipo de rosca es el tornillo que le falta, lo que ocurre es que no me va a resultar fácil explicárselo a ustedes. Adelantaré, no obstante, que considero tres tipos de chifladuras: la primera es la locura de baba, oligofrenia profunda que reduce a quien la padece a la categoría de mueble que mea; la segunda es la insania del incoherente que deambula de un lado a otro de su alma sin más ilación que el puro azar, lo que vale lo mismo que decir “consciencia discreta”, a intervalos, como las paradas de un ascensor que acude adonde le llaman, de un piso a otro, con desprecio absoluto del orden y sucesión naturales de los números naturales; la tercera –la de Saturnino- es el producto de una mente ciertamente enferma, pero atenta y de una lucidez que puede resultar apabullante, cuyo error no es la producción misma de la manía sino algo previo a ella: no se trata de una falta de sensatez, de sentido común o de lógica, sino más bien del imperio de una lógica morbosa. Discúlpenme si no puedo ser más preciso.
Saturnino es un tipo normal. Perdón: era un tipo normal. Tenía sus pequeñas rarezas, como supongo que tenemos todos, pero él las había digerido estupendamente y las había asimilado –eso al menos creía yo- como asimila un cuerpo sano el alimento, criando mucha chicha y poca grasa. A mi modo de ver las cosas, lo más reseñable de su persona –y no lo digo por la trascendencia que ha mostrado tener- era su afición a jugar con los números. En algún otro aspecto era también un bicho raro. Una vez me contó que durante el servicio militar, con el solo fin de entretenerse, inventó una religión en la que él era el dios supremo, cuyo poder divino derivaba de su facultad para cambiar el mundo –lo que ha sido, es y será- a voluntad. Llamaba la atención que pretendiese que, cuando cambiaba algo, el cambio obrase con efecto retroactivo, que a cada momento el mundo estuviese reinventándose desde el primer nanosegundo después del Big Bang hasta la actualidad, de forma automática y sin que se precisase otra causa que un simple capricho en un momento determinado de la Historia. Quiero decir que si por ejemplo hiciese desaparecer ahora esa piedra, no desaparecería sólo desde el presente hacia el futuro, sino que lo haría también hacia el pasado. En definitiva, no habría existido jamás. Esto acarreaba dos consecuencias sumamente deseables para la supervivencia de su religión: la primera es que nadie podría enterarse jamás de los cambios acontecidos, de los milagros sólo sabríamos lo que el dios tuviese a bien revelarnos; la segunda es que su doctrina resulta irrefutable.
La historia era un tanto complicada y yo no recuerdo bien los detalles. El era el dios supremo, pero no el único. En su particular panteón había otros doce dioses: Buda, Zoroastro, Pitágoras, Platón, Alejandro Magno, Julio César, Jesucristo, Atila, Carlomagno, Carlos V, Isaac Newton y Adolf Hitler. Creo que eran estos doce, aunque no estoy seguro. Tampoco importa demasiado, si quieren cambiar a Hitler por Stalin , o por la Madre Teresa de Calcuta, háganlo sin cuidado de modificar algo substancial. A Saturnino, como a los otros dioses, le era fácil reconocer a sus colegas. Para ingresar en tan selecta nómina basta con poseer la facultad del uso de la lengua divina, facultad que coincide casi exactamente con la de cambiar el mundo. 

A ver si puedo explicarlo con pocas palabras. Las cosas son como son a pesar de que podrían ser de otra manera, de donde se sigue que ha de haber una razón suficiente que las haga de este modo; por otra parte, está claro que esta razón suficiente, o causa, o lo que sea, no puede ser ella misma una cosa (sea lo que sea lo que entendamos por “cosa”) sino que ha de ser algo de algún modo previo a las “cosas”. Pues bien, a eso previo a las cosas Saturnino lo llamó el subéter. Queda claro que si introducimos un cambio en el subéter, por mínimo que sea, cambiará el estado de las cosas, es decir: el mundo. Y como el subéter es previo a todo cuanto en el mundo se nos puede mostrar, con cada cambio creamos un mundo que es en algún punto diferente al anterior desde su mismo origen. Además, la lengua divina es un sistema de signos que se transmiten como ondas en el subéter. Sencillo, ¿verdad?. Sólo pueden hablar el lenguaje divino los que pueden modificar el subéter. Sobra decir que, con esta doctrina tan enrevesada, Saturnino no consiguió ningún adepto. Quizá también ayudó a tan escaso éxito la poca caradura que tenía para predicar, más que una carencia de otras facultades. Y todo ello a pesar de que se decidió a considerar una serie indeterminada de semidioses, gente que no podía hablar el lenguaje divino, pero sí entenderlo, lo que les facultaba para estar en contacto permanente con la divinidad. Adivinen quienes eran los semidioses.
Los doce dioses, junto con el supremo, componían una congregación conocida como “Saldyde”, nombre que responde a las siglas de “Sociedad Anónima de Legisladores Divinos Y Diosecillos Estelares”. Aunque la sociedad era nominalmente anónima, cuando Saturnino accedió al cargo de Supremo la convirtió en una sociedad de hecho limitada. Al cargo se accedía por elección periódica (supongamos que cada milenio, por ejemplo), pero Saturnino dio un golpe de estado desde el poder y promulgó dos edictos: primero, el cargo de Supremo se convertía en vitalicio (ya saben ustedes que los dioses son inmortales); segundo, la lista de dioses quedaba definitivamente cerrada. Además, el Supremo detentaba el control exclusivo e intransferible de la gran computadora que administraba y gestionaba los cambios en el subéter, cuya función consistía básicamente en que tales cambios se ciñesen sólo a lo deseado. Todo ello gracias a una previa modificación del cómputo de votos en la asamblea: un voto para el Supremo, un voto para el resto de la asamblea, en caso de empate se le concede al Supremo el voto de calidad. En fin, los demás dioses no murieron precisamente de risa al oír decir a uno de ellos que era el único.
En este tipo de sandeces se entretenía Saturnino. ¿Me siguen?
Conozco al Supremo desde hace mucho tiempo, y siempre le he oído hablar –no sin cierta nostalgia- de sus dos vocaciones frustradas: él quiso ser en primer lugar científico loco, y después cazador de mamuts. La referencia exacta de estas dos extrañas proferencias la desconozco, y moriré en la ignorancia porque el que podía mostrarla ya no es capaz de hacerlo. Sin embargo, quizá pueda aventurar alguna conjetura verosímil. En cuanto a la afición a la caza del mamut, parece claro que alude al gusto por los espacios abiertos y salvajes; lo difícil es interpretar el significado de “científico loco”. Se me ocurre decir que un científico loco no es lo mismo que un ingeniero loco A un ingeniero se le pueden ocurrir cosas que a un científico quizá ni se le pasen por la cabeza, como la bobada de irse a vivir a Marte, transmutar el plomo en oro bombardeándolo con partículas alfa o con lo que haga falta (cosa que acarrearía sin duda la caída del precio del oro y su consiguiente conversión en plomo), convertir una especie viviente en otra jugueteando con sus genes, o adueñarse del planeta en virtud de una técnica insuperable como pretendía Fumanchú. De todos modos, al margen del contenido de sus ilusiones, lo que el científico y el ingeniero tienen en común es el alcance de sus propósitos y el refinamiento de sus métodos. El ingeniero loco persigue el control absoluto; el científico loco quiere el conocimiento exhaustivo, exacto y definitivo. El ingeniero busca manipular, en tanto que el científico desea la contemplación de la verdad.
Cuando se le oye decir a otra persona que su vocación frustrada es la de científico loco, lo que procede en primer lugar es reírse de la humorada y después quitarle al asunto toda importancia. Pero tratándose de Saturnino es fuerza concluir que supone un rasgo peculiar de su carácter. No es que al verle se le venga a uno a la mente tal extravagancia, sino que más bien se deja traslucir la coherencia con su modo de expresarse y conducirse. Incluso ahora, con la mitad del disco duro fundida, si dice que su vocación frustrada es esa, todo el que escuche ha de comprender. Le imagino peleando con los más íntimos secretos del Universo (los cuales, ignoro por qué, se empeñan en no ser revelados). Le veo escudriñando lo grande y lo pequeño, lo lejano y lo cercano, lo extraño y exótico tanto como lo familiar, tratando de aclarar por qué las cosas son como son y no de otra manera. Un calculador divino como el de Laplace es el summum de sus ambiciones. Saturnino también calcula, hace números, pero no siempre como un matemático profesional. En otras ocasiones se me antoja un alquimista que trasiega líquidos de unos matraces a otros, destilando vapores, mezclando fluidos en tubos de ensayo que luego le estallan en las manos, le dejan la cara llena de hollín y el aire oliendo a pólvora quemada. Al fin y al cabo, un científico loco es la imagen estereotipada de un científico, una caricatura de ojos pequeños e hirsuto pelo revuelto, y la vocación es cuestión de imagen. Uno se ve a sí mismo rescatando lindas muchachas de las llamas, evangelizando salvajes apenas cubiertos con un taparrabo, pilotando aviones o lo que sea, y entonces, si le gusta lo que ve, dice que siente vocación. Nadie se conforma con recetar aspirinas o confesar beaturronas.
( La única profesión para la que dudo que valga esta norma es la de poeta. ¿Qué puede haber en la mollera de un aspirante a poeta para que desee convertirse en uno de ellos?)
Saturnino, en efecto, había sentido la vocación de científico loco, vocación cuyo cumplimiento, como todo el mundo puede imaginar, es asunto imposible. Ahora bien, siempre que uno se plantea metas imposibles es fuerza que antes o después termine claudicando, conformándose con sucedáneos o tomando atajos. Sospecho que de ahí le viene la afición de jugar con los números –la numerología, como él la llamaba-. Consistía la tal afición en buscar, unas veces en las cosas y otras en los propios números, ciertas regularidades las más de las veces triviales o inútiles, cuando no carentes de sentido. Eso le divertía, aunque no sería del todo honrado de mi parte, aun a riesgo de influir en exceso en la opinión que ustedes se puedan formar de él, ocultar que había un fondo de sinceridad en lo que hacía.
Si, por poner un ejemplo, el número de los planetas es nueve, él enseguida cavilaba y establecía el cuadrado de tres, número que, ya sea por casualidad o por algún otro motivo, coincide con el de las personas de la Santísima Trinidad. De ello podría inferir dos conclusiones: la primera, que no puede haber más planetas, o que en caso de encontrar otros habría que considerarlos supernumerarios o sobrantes; la segunda, que la divinidad se manifiesta en los seres naturales. Nunca ha habido nadie más capaz que Saturnino para extraer conclusiones plausibles de premisas declaradamente absurdas. Lejos de detenerse en este punto, mi amigo continuaría sus pesquisas. Tres es también el número de puntos que definen un plano, el número de lados del polígono más sencillo, el número de patas de un taburete que nunca cojee y el número exacto de ejemplos que conviene poner. La misma edad de Cristo es una repetición de treses: tres décadas y tres años. ¡Qué sé yo la de cosas que podría hacer Saturnino con un tres! Si lo multiplicamos por cuatro (por cierto, el número de evangelistas, el de los jinetes del Apocalipsis y el de las estaciones del año) obtenemos el número doce, que es el de los apóstoles, el de los meses del año, el de los signos del zodíaco, el de las tribus de Israel, el de las legiones de arcángeles, el doble de seis y el número de huevos que caben en una docena.
Como muestra vale un botón, y a mí no se me puede exigir una imaginación tan florida como la de mi amigo. De todos modos, estos malabares digitales dejan de sorprenderte cuando adviertes que el secreto para obtener un número determinado de cualquier otro es someterlo a una serie indefinida y arbitraria de operaciones. Además, no es necesario que el algoritmo se utilice más de una vez. Valga para ilustrar lo que digo otro ejemplo de mi cosecha: si al tres le añades uno (número que representa la mónada, la unidad divina) obtienes el cuatro, cuyo sumatorio hasta uno equivale a la década, que es el número de los dedos de ambas manos y la base de la mayoría de los sistemas de numeración. También es el número de los planetas más el Sol. Con esto ya somos doctores en la ciencia de Saturnino. Diez es el resultado de sumar el siete (que es el número de los días de la semana, la raíz cuadrada del número de decenas de veces que es preciso perdonar al prójimo y un contumaz número primo) y nuevamente el tres. Y si, por añadidura, advertimos las fructíferas posibilidades de interpretación que ganamos al mezclar en nuestros cálculos las cifras que habitualmente se repiten en las Sagradas Escrituras, entonces obtenemos la calificación de cum laude.
Los progresos es esta ciencia no son recogidos por ningún galardón, ya sea de postín o no; pero si lo fuesen, aseguro que Saturnino se habría llevado varios. El había pasado ya de la fase en que se somete a los números a operaciones sencillas y, cuando lo vi por penúltima vez hace ya casi medio año, andaba indagando relaciones más recónditas. Creo que lo que me reveló en aquella ocasión no carece de importancia para calibrar su caso, y yo procedo a referírselo a ustedes sin más preámbulos y con toda la exactitud de que soy capaz.
Nos veíamos con frecuencia, aunque no a diario, y, a pesar de no ser yo un hombre muy observador, pude percibir la creciente agitación de que era objeto. Se lo comenté un día por teléfono y prometió contarme lo que le ocurría. Nos citamos el día de su cumpleaños a las seis de la tarde en una cafetería con el pretexto de celebrar, si bien modestamente, su aniversario. Yo llegué antes que él, me senté en una mesa, pedí un café y le esperé durante unos minutos. Al cabo llegó él, desaliñado, sin afeitar, con los ojos desorbitados, pequeños y rojos, que miraban frenéticamente a todas partes no sé si para buscarme o simplemente presas de los nervios. No saludó, se sentó frente a mí, cogió una servilleta de papel y un bolígrafo que llevaba en el bolsillo de su chaqueta y sin pronunciar palabra escribió una serie de números:
1 2 3 4 5 6
-Ahora –me dijo- escribiré otra serie tal que cada uno de sus términos sea el cubo de los de la serie anterior.
En efecto, escribió la serie descrita:
1 8 27 64 125 216
Hecho esto, me pidió que fuese yo quien escribiera otra serie tal que cada uno de sus términos fuese la diferencia de dos términos consecutivos de la serie anterior. Lo hice como me pedía y obtuve el siguiente resultado:
7 19 37 61 91
A continuación me rogó que repitiera la operación. Yo no tenía la menor idea de adónde quería ir a parar, pero como lo vi tan nervioso juzgué prudente no llevarle la contraria. Así pues escribí esta nueva serie:
12 18 24 30
Por último, a todas luces fuera de sí, me rogó que sometiera esta última serie a la misma operación. Tengo por cierto que, de haberme negado, me habría cogido por las solapas y me habría abofeteado sin contemplaciones. No me negué y escribí lo siguiente:
6 6 6
Cuando hube concluido clavó su mirada en mis ojos como lo haría un penado en la capucha de su verdugo. Daba la impresión de que le costaba enorme esfuerzo mantener el orden de sus facciones, y yo ahora dudo si habría perdido ya los nervios o si libraba aún la última batalla por controlarlos. Sus manos, blancas y menudas, se le iban a todas partes, ajenas a su voluntad, y era incapaz de retener el culo sobre el asiento. Parecía un ciclista con calzón de esparto. La significación de esos dígitos la conocía bien, pero nunca creí que Saturnino le concediera alguna importancia. Tuve la sensación de no conocer a esa persona de la que me tenía por amigo. Se trataba, cómo no, del número de la Bestia, con el que tantas veces había bromeado y que ahora había encontrado oculto –él dijo “agazapado”- en la serie de los números cúbicos. Insistió en que reparara en ese detalle. Un número cúbico no es un número cualquiera, me explicó, se puede establecer una relación inyectiva entre los objetos del mundo y los números cúbicos. Ellos dan la magnitud del volumen de cada cosa, que es lo que de ellas se nos presenta y con lo que se identifican, su extensión, su ser. Ese era precisamente el lugar que el enemigo había elegido para manifestarse a través de las insidiosas cifras que habíamos obtenido. Decidí hacer caso omiso de su crispación y de sus síntomas de histeria, que creí fingida a tenor de lo desmesurado de su argumento, concluí que me tomaba el pelo y le seguí la corriente.
-Pero eso ocurrirá sólo con esos seis números, y por casualidad –le dije como quien trata de restar peso a un asunto de veras grave.
Sin embargo Saturnino no bromeaba. Nadie que bromease se hubiera tomado la molestia de responder como él lo hizo. Señaló en primer lugar que el seis es ya de por sí un número suficientemente significativo por varios motivos: es la mitad de doce, el primer múltiplo común de dos y tres, el dígito que se repite en el número de la Bestia, y su sumatorio hasta uno es igual a veintiuno, cifra que es justamente el triple de siete. Además, me aseguró, cualesquiera seis números naturales consecutivos que eligiésemos arrojarían el mismo resultado si los sometiésemos a las operaciones anteriores. No hizo caso de las muestras que le dí de confiar en su palabra, y se empeñó en demostrarlo. Le dio la vuelta a la servilleta que habíamos usado y escribió la siguiente serie:
(n) (n+1) (n+2) (n+3) (n+4) (n+5)
Hecho esto, elevó sus términos al cubo:
(n³) (n³+3n²+3n+1) (n³+6n²+12n+8) (n³+9n²+27n+27) (n³+12n²+48n+64) (n³+15n²+75n+125)

Procedió a calcular la diferencia entre términos consecutivos:
(3n²+3n+1) (3n²+9n+7) (3n²+15n+19) (3n²+21n+37) (3n²+27n+61)
Repitió la operación:
(6n+6) (6n+12) (6n+18) (6n+24)
Y repitió de nuevo:
6 6 6
No había escapatoria. Cualquier serie de seis números naturales consecutivos llevaba al mismo punto. Más aún, cualesquiera seis números reales separados entre sí por una diferencia igual a la unidad nos conduciría a lo mismo, pues el “n” de las series anteriores puede ser substituido por cualquier número. Saturnino insistía una y otra vez en que los números cúbicos son los que miden el volumen de las cosas reales. Señaló que, en la práctica, existe un conjunto infinito de grupos de seis objetos cuyos volúmenes fuesen tales que sus magnitudes arrojasen idéntico resultado, y cada uno de esos grupos una manifestación del Enemigo, ya que no posee otro modo de presentarse distinto de sus símbolos. Tanto da decir que Satanás posee el atributo divino de la ubicuidad, y difícilmente quien posee alguno de ellos puede carecer de los demás.. En definitiva, Saturnino comparaba a Dios con el Diablo.
-Está en todas partes –chilló con un hilo de voz que no por tenue dejó de ser estridente-, es como Dios y vencerá.
Ahora me miraba con ojos hostiles. “¿Cuánto mides, cuánto pesas, cuál es tu densidad?”, parecía preguntar a gritos, “¿has comparado el volumen de tu cráneo con el de tu cabeza, el de tu cabeza con el de tus brazos, el de tus brazos con el de tu vientre, el de tu vientre con el de tus piernas, el de tus piernas con el de tu tronco? ¿No serás tú también una manifestación diabólica?” Y es que, bien considerado, cualquier conjunto ordenado de seis objetos que cumplan la condición de que las raíces cúbicas de sus volúmenes difieran sucesivamente en una cantidad fija es susceptible de convertirse en una manifestación diabólica, habida cuenta de la arbitrariedad de las unidades de medida. Casi cualquier media docena de trastos puede ser puesta en tal relación. Más aún, en un todo pueden separarse idealmente seis volúmenes que cumplan la condición exigida, con lo que Satanás ya no deja espacio para ninguna manifestación que no sea la suya.
Todo esto lo explicaba aprisa, solapando unas palabras con otras, omitiendo algunas sílabas y vocalizando del peor modo posible, de manera que apenas pude entender lo que decía. Hablaba como si seguir el hilo de su discurso fuese lo más fácil del mundo. Sin embargo, para mí, que estaba menos ducho que él en su ciencia y menos avezado a manejar números, era punto menos que ininteligible. Me atreví, no obstante, a objetar contra su última afirmación que la elección arbitraria de volúmenes ideales era sólo eso: una arbitrariedad. Saturnino, que no había tocado el café que pedí por él, se dignó echarle una mirada, aunque a mí no me hizo ni caso, y continuó exteriorizando su pensamiento como si no me hubiese oído. Me confesó que se sentía perseguido por el Monstruo. Luego quiso matizar: no exactamente perseguido, pero sí en una relación peculiar con él. Todo cuerpo, admitió, es manifestación del Enemigo, pero él se había percatado de que, además, ciertas cifras bailaban a su alrededor con especial insistencia. Incluso en su incipiente locura se mostró teatral. Me recordó que era su cumpleaños: seis de junio, el sexto día del sexto mes del año. Era un año más joven que yo, había nacido en el sesenta y seis. De nada sirvió que le hiciese notar que en su misma situación se encontrarían miles de personas, de las cuales sólo él veía problema en ello. He de confesar que yo comenzaba a tomar en serio el cuento que me quería colar.
-Pero, ¿cuántos de ellos –replicó- habrán nacido a las nueve de la noche?
Cometí la torpeza de preguntar qué tenía que ver la hora de su alumbramiento con el demonio. Todo el mundo sabe que las nueve de la noche son las veintiuna horas del día, y veintiuno es el sumatorio de seis hasta uno, además de ser un número en el que confluyen toda suerte de casualidades, coincidencias y curiosidades, como ustedes se podrán figurar. En fin, me dejó sin armas. Ni siquiera podía contraatacar con la cantinela del ciego azar, que reúne sin finalidad ni propósito tanta cifra significativa en un solo elegido, pues lo último en lo que creería un científico loco es en el azar. Otra de las causas que lo impidieron fue la verborrea de Saturnino, que continuaba con su peculiar cúmulo de argumentos peculiares alegando que, para más inri, vivía en el número veintiuno, cuarto izquierda. Aunque lo reprimí a tiempo, pues finalmente acabé creyendo que hablaba sinceramente y que estaba de veras afectado, he de confesar que tuve un momento de malicia y que quise preguntarle cuántos seises tiene su carnet de identidad o su número de teléfono. Por lo que se refiere al D.N.I., no tengo ni la menor idea, pero sé que en su teléfono no hay ninguno. Da igual, si no aparecen explícitamente se les puede hacer aparecer ocultos tras una fórmula cualquiera.
Para colmo, Saturnino calzaba un treinta y nueve, que es el triple de trece, el resultado de sumar el cuadrado de seis más tres, el doble de diecinueve –que es un número primo- más uno. Seiscientos sesenta y seis menos treinta y nueve arroja un valor de seiscientos veintisiete, cifra que equivale al triple de doscientos nueve, que a su vez es el mínimo común múltiplo de dos números primos (once y diecinueve) que sumados dan tres decenas.
¡Qué quieren ustedes que les diga! Soy lo suficientemente pudoroso como para guardarme de contarle a nadie tamaño montón de estupideces, y me cuesta creer que alguien lo haga si tiene las mientes bien atornilladas. Incluso, aunque las tuviera algo flojas, el sentido común bastaría para disuadirle. El aspecto de Saturnino, las maneras de orate con que se había comportado, su desaliño, sus nervios, me persuadía de que hablaba en serio. No obstante, me resistía a la conclusión inevitable de que carecía de sentido común y que tenía las entendederas desordenadas, quizá por la amistad que nos unía y porque le había conocido largo tiempo en plena posesión de sus facultades. No sabía qué decir y, como siempre que no sé qué decir, metí la pata. Creí que estaba en situación de curarle de sus recelos aportando datos que los contrarrestasen, contraejemplos que sembraran la duda en aquella certidumbre enfermiza, y le pregunté cuánto pesaba, con la intención de jugar con las cifras como lo había estado haciendo él. Yo iba sobre seguro pues, aunque menudo, Saturnino era bastante grueso y sin duda pasaba con holgura de los sesenta y seis kilos. . En efecto, pesaba setenta y ocho. Exultante, le hice notar que en esa cifra no había ningún rastro de seises. Supongo que acabé de creerle loco cuando vi la mueca de alivio que se le dibujó en la cara. De haber estado en sus cabales habría continuado la broma buscando, y sin duda encontrando, los dichosos seises por algún lado.
Así pues, a Saturnino se le distendió el rostro, pero el remedio le duró sólo un instante. Al cabo, consideró la cifra más detenidamente y halló que ese peso equivalía a seis arrobas de a trece quilos cada una. Ahogó un grito y salió corriendo como si, en efecto, le persiguiese el diablo, dejando en la mesa el café intacto, la cuenta y el periódico. Como soy un poco bellaco y un tanto lento para hacerme cargo de situaciones nuevas, pensé que todo era una pueril broma para cargar el importe de su consumición a mi pecunio, aunque la chanza le habría resultado más provechosa si además se hubiera tomado el café. De todos modos, aunque estaba un poco preocupado por mi amigo y otro poco porque casi había logrado engañarme, olvidé lo ocurrido, tomé posesión de su diario y lo estuve hojeando un rato.
La prueba definitiva de su enfermedad la tuve esa misma tarde cuando, al llegar a mi casa, le telefoneé para que me aclarase si me había tomado el pelo o no. No contestó nadie en toda la tarde, y tampoco de noche, ni a la mañana siguiente. Dos días después me enteré de que al llegar a su portal el portero quiso llamarle la atención para preguntarle no sé qué, y como no le hizo ningún caso le siguió hasta el ascensor. Saturnino, que ya debía de estar muy transtornado, se asustó, se volvió y le propinó un golpe que le hizo rodar por el suelo después de haberse roto dos costillas contra el balaustre de la escalera. Al portero le ingresaron en el hospital y a Saturnino en el psiquiátrico, porque ante la policía, que acudió en auxilio del herido, dio muestras evidentes de histeria aguda.
En cuanto supe lo ocurrido quise acudir a visitarlo, pero los médicos que le trataban no me permitieron verle. Desistí y no volví a intentarlo hasta ayer. Quizá parezca una dejadez por mi parte haber dejado pasar tanto tiempo. Confieso que no me atrevía a encararme de nuevo con él y constatar la merma irrecuperable de su espíritu. Loco también yo, quería idear un modo de curarle aplicando una pequeña dosis del veneno que le corroía, y di en la idea de que, si podía convencerle de que todos los números son iguales, entonces toda su ciencia se desvanecería. Ustedes, sin duda, saben que existe una trampa aritmética que permite demostrar la igualdad de uno y cero. A partir de esa igualdad, por inducción completa, se puede mostrar que todos los números enteros son iguales. Si lo son los enteros, entonces lo son también los racionales; y si lo son los racionales, entonces cuesta muy poco trabajo convencerse de que lo son también todos los números reales.
Con intención de contarle todo eso fui a ver a mi amigo ayer. Pero Saturnino no mordió el anzuelo. Probablemente ya conocía la trampa aludida, pero despreció mi argumento por otros motivos. Hubo un momento en que creí tener éxito, pues sonrió como lo había hecho medio año antes en nuestra última cita y le asomó un brillo húmedo en los ojos. Sin embargo se encogió de hombros y, casi indiferente, alegó que eso empeoraba las cosas porque, si todos los números son iguales, entonces todos valen seiscientos sesenta y seis. Y más aún, como todos son iguales a cero, resulta evidente el triunfo definitivo de Satanás, que ha conseguido perder y aniquilar toda la creación y reducirla a la más espantosa nada.
No hubo manera de que añadiese palabra alguna. Yo, que podía haber argüido que victorias de ese pelo nada valen, ni siquiera traté de retenerle cuando se levantó de su asiento y se dirigió con paso cansado, y arrastrando los pies, a los urinarios que estaban enfrente del área de visitas. Entró sin preocuparse de cerrar tras él la puerta. Allí lo dejé, cabizbajo, concentrado en la sencilla operación de orinarse encima mientras hurgaba inútilmente en el atroz abismo de su bragueta.




lunes, 5 de agosto de 2013

El tío Marcial

En broma se puede decir incluso la verdad. Es más, hay asuntos en que, para quienes desean rebuscar por debajo de las apariencias y para quienes se dirigen a ellos, el sarcasmo llega a ser el recurso estilístico más adecuado. A su través siempre se percibe una amargura apenas teñida de los colores suavemente brillantes y cáusticos del limón. A pesar de que el ironista y el sarcástico (o el "sarcáustico") se alejan conscientemente de su objeto, no pueden evitar del todo su contacto corrosivo, su efecto devastador como la resaca de una borrachera que se contrae para olvidar. El sarcasmo es una defensa poco útil, por eso resulta una figura retórica tan poderosa.
Admiro a los pesimistas que saben serlo, no tanto a los que se disfrazan con mucho tabaco y cataratas de alcohol y en absoluto a quienes identifican el pesimismo con los estupefacientes. Un pesimista comme il faut jamás huye de sus angustias, tratará de sacar provecho de ellas, de burlarse, y, si acaso las muestra maquilladas, lo hará de modo que los afeites no las eclipsen del todo. Sufrirá no sus dolores, ni los ajenos, no estos o aquellos males, sino el mero hecho de que puede haberlos.Y además ha de huir de toda afectación. Desde luego, es más fácil ser optimista. Seguro que podemos reunir un nutrido catálogo de nombres, pero a quien yo tengo en mente ahora es a Javier Krahe.
No puedo presumir de ser conocedor ni de su persona ni de su obra. La verdad es que durante muchos años lo único que podía recordar de él es su conocidísima "Cuervo Ingenuo", pero rebuscando por aquí y por allá últimamente he tenido acceso a algunas otras de sus canciones. Entre ellas, "El Tío Marcial", cuyo título encabeza estas líneas.
Más que de "canciones" tendríamos que hablar de "recitaciones", porque Krahe las ejecuta apenas entonadas, aunque marcando bien el ritmo, y con un acompañamiento instrumental extremadamente sobrio. El efecto sobre el oyente es inmediato. Si aguzamos el oído alcanzaremos a percibir la efervescencia de su ácido sobre la superficie bruñida de las almas de quienes escuchan. Exactamente lo mismo que si vertiésemos agua regia sobre una superficie de mármol. Krahe, a juzgar por los retratos que he podido contemplar, tiene un rostro triste, de hombre que se sabe oscuro y que decide mantenerse al margen porque no le interesa la primera línea, o acaso porque ha desistido de llegar a ella. Y en ese rostro enjuto, mientras canta, imagino una sonrisa distante, inteligente y amarga, y unos ojos ensimismados que podrían no estar mirando a nadie.
El tío Marcial es un trasunto de su autor, un hombre inspirado e inteligente, pero alejado del público. No es un cateto ni un fracasado, pero siente que el tiempo se le escapa de las manos y que probablemente se ha llevado sus posibilidades de cumplir las propias expectativas. La canción es un diálogo del protagonista con la muerte, narrado en tercera persona y que comienza así:
-¿Tan pronto por aquí?
Dijo el tío Marcial
con un gesto de asombro
cuando la vio venir
con su blanco sayal
y la guadaña al hombro.
-Tengo mucho que hacer,
no me puedo morir,
vete a cortar el césped.
Al escucharla por primera vez no pude evitar traer a la memoria los versos del "Romance del enamorado y la muerte", que Amancio Prada canta de manera magistral:
Yo me estaba reposando
anoche, como solía.
Soñaba con mis amores
que entre mis brazos tenía.
Vi entrar señora tan blanca,
muy más que la nieve fría.
-¿Por dónde has entrado, amor,
por dónde has entrado, vida?
-No soy el amor amante:
la muerte que Dios te envía.
-¡Oh, muerte tan rigurosa
déjame vivir un día.
-Un día no puedo darte,
una hora tienes de vida.
Es claro que esta blanca señora llega siempre demasiado pronto, a juicio de quienes han de recibirla, ignorante de los planes que necesariamente ha de truncar y sin anunciarse. Su virtud es no encontrar a nadie preparado. Y la nuestra, vivir como si nunca fuera a visitarnos.
Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida
cómo se viene la muerte,
tan callando.
Sorprende la familiaridad, incluso el desdén, con que el tío Marcial recibe a su visita. A pesar de que se adelanta a sus planes ya lleva tiempo esperándola. Desde luego, no es un hombre joven. Un joven la vería con horror, lleno de angustia trataría de zafarse de su presencia, huir, aferrarse a la vida de la que espera aún tantos goces... A toda costa trataría de retener la tibia primavera que apenas ha conocido y cuyo deleite se le arrebata demasiado pronto. El viejo, sin embargo, ya ha vivido. En él sólo hay tristeza, el dolor de marchar con unas manos que se le antojan vacías, la visión repentina de que cuanto ha hecho no pesa nada al lado de la inmensa oscuridad que le aguarda. Quizá la pena de saber que todo podría haber sido de otra manera. En el frío cualquier vestigio de calor se disipa con facilidad y sin dejar rastro, pero es frío, y un ineludible abandono, lo que le cabe esperar. Puede que haya miedo, pero no es un miedo que horrorice. En tanto que el joven llora por lo que no ha conocido, por lo que se le ha negado, el viejo se lamenta por el tiempo perdido, por lo que tuvo a la mano y no supo aprovechar.
Pero la visitante no se deja enternecer por las cuitas de su pupilos e ignora sus argumentos.
-Al contrario, Marcial,
te debieras sentir
feliz de ser mi huésped.
Has trabajado bien,
hora es de descansar
bajo losa de mármol
para quien, como tú,
al mundo ya dejó
un hijo, un libro y un árbol.
Ningún hombre puede hacer más bajo el cielo. Encriptadas en las tres categorías que el tópico trivializa se encuentra todo cuanto una persona es: El cuerpo que, aunque muera, se perpetúa en la descendencia; el espíritu que, aunque olvide, podrá ser recordado; la impronta que deja en el mundo, arraigada en la tierra con vocación de eternidad. Al menos, lo que ha sido ya no puede cambiarse. Y lo mismo que el árbol renovará su savia cada primavera, la propia descendencia se renovará de generación en generación mientras el mundo dure. "¿Qué más te da, Marcial -parece decir la muerte-, si ya me has vencido? Yo represento la posibilidad de que sigas viviendo".
Pero el pesimista sabe que se le tiende una trampa.
-El árbol que planté,
benemérita acción
porque ya quedan pocos 
en mi pobre ciudad,
era un sauce llorón.
Llorón, pero sin mocos.
Pero resulta que
tenían otro plan 
las urbanizaciones.
Pobre sauce llorón,
ya secó el alquitrán 
tus verdes lagrimones.
Lo mismo que se renuevan las generaciones, también el mundo ha de dejar morir sus viejas estructuras para crear otras nuevas. Es un iluso el que pretenda ver en él algo perdurable, y más aún el que pretenda dominarlo y erigir en él algo perdurable. Precisamente, el mundo es lo que no controlamos. Es "yo" lo que puedo controlar; es "mundo" todo lo que escapa a mi dominio. Marcial ve su tesis como una pura tautología, en tanto que en su visitante advierte una flagrante contradicción. Quizá la razón sea optimista y crea en el progreso, pero la lógica es pesimista y sabe que una cosa siempre será igual a sí misma. El mundo no es yo.
Marcial continúa exponiendo su argumento:
-El libro que escribí,
y que a nadie plagié,
era un grueso volumen
donde con ilusión
puse todo lo que
guardaba en el cacumen.
Pero resulta que,
sopesando el papel
de muy mala manera,
dijo el inquisidor:
"A la pira con él".
Y pereció en la hoguera.
Así como el cuerpo busca perdurar renovándose en generaciones sucesivas, el espíritu tiende a eternizarse en su memoria. Allí será también renovado del modo que le cuadra a su naturaleza. El espíritu, para sobrevivir, ha de ser recordado y transformarse en cultura. La cultura es la vida del espíritu, pero precisa de otro espíritu que quiera recibirla y asimilarla. Sin esa voluntad de nuestros sucesores, cada hombre particular está condenado al olvido. Por tanto, no importa que Marcial haya trabajado bien si su libro ya ha sido destruido en la hoguera. Ningún provecho hay en que en él haya vertido cuanto de valioso había en sus vivencias, porque, una vez perezca, ya será imposible que puedan ser recibidas por nadie. De nuevo, nuestro protagonista advierte el engaño de su huésped. Su individualidad está, de todos modos perdida, pero ni siquiera puede aspirar a esa inmortadilad difusa que le garantizaría su entrada en la posteridad.
No le queda a Marcial más posibilidad de trascendencia que su hijo. Pero para que pueda sentirse vivo en sus descendientes ha de existir entre ellos cierta continuidad que percibe rota. No basta la mera transmisión de genes, la pura biología no ofrece el sentido que espera. El hijo ha de vivir la vida del padre en la tierra del padre, en la patria. Sin embargo, ni la sociedad ni el país donde vive permiten tales extremos. El posesivo que emplea Marcial para referirse a su tierra no alcanza ni para mantener vivo su árbol. Ni el padre ni el hijo tienen tierra. No tienen patria. Son extraños en el país en el que viven, es un país inhospitalario e invita a abandonarlo.
-Y el hijo que me dio
mi adorada mitad
nos salió inconformista,
o quizá intelectual,
o emigrante quizá,
o, en fin, quizá turista.
Porque resulta que,
nacido en un país 
de gritos iracundos,
tuvo que abandonar
y ahora vive en París.
Se fue por esos mundos.
Llegado a este punto, Marcial se da cuenta de que no ha vivido. Necesita vivir de nuevo, enderezar su fracaso. También es posible que, seguro ya de que la muerte le ha derrotado, se niegue a que también le derrote la vida. Imagina una segunda oportunidad. Si tuviera otra oportunidad no repetiría sus errores, actuaría de otro modo. Probablemente piensa en ello, pero sucumbe a su amargura y decide tomarse la revancha. Ya se ha esforzado en vivir con la frente alta, y se ha dado de bruces con todos los dinteles. Es viejo y ha aprendido que sólo reptando puede eludir el dolor. Así pues, si tuviese una segunda oportunidad no se molestaría ya en caminar erguido.
-Y la próxima vez
te juro que seré,
oh patria, algo más práctico.
Te dejaré un borrego,
una fotonovela
y una flor de plástico.
Marcial es un hombre inteligente. No se ha dejado embaucar por las mentiras de su visitante y ha argumentado contra sus pretensiones del único modo a su alcance. Pero ha olvidado que contra la muerte no valen ni razones ni pretextos. Su tiempo ha concluido. Pero no sólo su tiempo, también su esperanza. La Blanca Señora ha de abrirle los ojos al infinito abismo que le aguarda. Marcial ya no dirá nada más, ignoramos si por falta de tiempo o presa quizá de estupor, anonadado por la inmensa oscuridad que no había acertado a ver hasta entonces.
-No habrá próxima vez, 
déjalo ya Marcial,
le respondió la muerte.
La guadaña zumbó, 
así que menos mal: 
hemos tenido suerte.
He aquí el supremo toque de humor de Krahe. La guadaña zumbó y zumbará para todos, pero nosotros hemos tenido suerte: nos hemos librado del borrego, de la fotonovela y de la flor de plástico. Marcial no vivió el tiempo suficiente para llegar a perpetrar su venganza, murió sin haber podido siquiera planteársela seriamente. ¿No será que la salvación definitiva de la Humanidad depende en último término de la fugacidad de la vida de los individuos? ¿Nos hemos planteado alguna vez hasta qué extremo de desesperación, desánimo y estulticia llegaríamos de vivir, por decir una cifra, sólo cien años más?




viernes, 5 de julio de 2013

El mal

Dicen que en boca cerrada no entran moscas. Por mi parte, como no me gusta evocar imágenes desagradables, diré sólo que a quien habla demasiado finalmente terminan por alcanzarle sus propias palabras. Pues bien, algo parecido me ha ocurrido a mí al hilo de, al menos, dos de mis anteriores escritos. Me refiero a mi comentario sobre la novela de F. Dostoievski "Los hermanos Karamazov", al que titulé con el interrogante "¿De verdad está todo permitido?", y el que lleva por título un escueto "Vida". De la novela de Dostoievski yo destacaba la cuestión del ateísmo y algunas de sus implicaciones teológicas y morales. En "Vida" comentaba la limitación humana, el tiempo y el carácter fugaz de la vida. Ambas opiniones han suscitado -en otros lugares- comentarios que en algunos puntos convergen, a pesar de que sus argumentos se antojaban dispares. Estos comentarios, algunos de ellos de forma explícita, me instan a aclarar mi opinión acerca de cuestiones éticas y metafísicas en cuyos laberínticos recovecos es fácil terminar tanto mordiéndose la cola como dándose de bruces contra uno mismo, de manera que mi oscura verborrea encuentra así un merecido castigo.

Antes de hacer una síntesis de la discusión que -en ámbito distinto de éste- estos dos escritos míos han abierto entre algunos de sus lectores, me gustaría resumir brevemente lo que uno puede encontrar en los manuales de metafísica acerca del mal. De este modo, al tiempo que centro la cuestión, puedo tratar de justificar el giro que con el título que encabeza estas líneas voy a dar al tema que nos ocupa.
Pues bien, básicamente hay dos concepciones acerca del mal: una negativa que considera que el mal en sí mismo no existe sino que es carencia de algo (del bien), y otra positiva según la cual tendría entidad sustaniva propia. Según esta última concepción -y dicho en términos muy breves- el mal sería el signo del carácter creador del hombre, que no tiene por qué oponerse al designio divino pero que puede apuntar en dirección divergente. El mito de Prometeo o el episodio bíblico del pecado de Adán y Eva son dos buenas ilustraciones de la rebelión del hombre contra Dios y de la afirmación de sus capacidades creativas. Prometeo nos tae el fuego para que podamos sobreponernos a la indigencia que nos es consustancial; el fruto del Arbol Prohibido nos permite tomar conciencia de nuestra libertad. El castigo a Adán y Eva consiste en la obligación de ganarnos el pan con nuestro sudor. Es decir. la obligación de llenar la Tierra y de someterla con la sola ayuda de nuestras facultades. Cómo esta capacidad creativa humana puede transgredir los designios divinos y generar un mal ha sido un argumento que los románticos explotaron con alguna frecuencia. Así, al menos es como entiendo el relato de Mary Sheley "Frankenstein o el moderno Prometeo".

Aunque más adelante tendré que volver a incidir en el tema de la libertad humana, por ahora prefiero centrarme en la concepción negativa del mal. Se trata de la más antigua en la tradición occidental y su origen es ambiguo: por una parte la fatalidad clásica, por otro lado la idea de la inconmensurabilidad entre Dios y sus criaturas. Aunque se le suele atribuir al neoplatónico Proclo (siglo V d. de C.) el inicio de esta línea de pensamiento, yo prefiero retroceder varios siglos hasta el surgimiento de la filosofía griega. Antes incluso, el alma griega estaba impregnada de la creencia de que en los asuntos de tejas abajo nada quedaba completamente bajo control. Una ciega necesidad (desde luego, mucho más ciega que la justicia) pendía sobre el hombre y amenazaba con hacer inútiles todos sus afanes, de manera que, fuesen cuales fuesen los esfuerzos de los individuos para escapar de su destino, éste terminaba siempre por alcanzarles. Entre otras muchas cosas, los griegos son los inventores de la tragedia.
También son los inventores de la filosofía, y ésta nace con la creencia de que tras el carácter azaroso e impredecible de los asuntos mundanos subyace un "logos" oculto que lo explica y lo gobierna todo. Lo que se nos muestra -el mundo- es pura apariencia que no cesa de fluir, pero, bajo su caleidoscópica figura, algo eterno e inmutable que es lo verdaderamente ente se hace accesible a la razón humana. Toda la filosofía presocratica es, por una parte, el descubrimiento de lo permanente de todas las cosas, y en segundo lugar la remoción de esto permanente hasta el plano de lo virtual, lo ideal. Hay un autor -y mi flaca memoria no alcanza ahora para recordar quién- que hablaba de filosofía preplatónica, no presocrática.Y, en efecto, podemos considerar la filosofía previa a la del noble ateniense como su necesario preliminar. Para Platón, el mundo material es una copia inexacta del mundo ideal. La causa de la discrepancia entre ambos no es la torpeza del dios -el Demiurgo- que realiza el simulacro, sino el carácter irreductible a la razón ("logos") del componente material. La materia pura es pura carencia de idea, y todo el sistema de las ideas está regido por la idea suprema del Bien. De modo que el componente material se hace incapaz del albergar de modo perfecto el bien. La negatividad de la materia sería el origen del mal en el mundo, tanto del mal físico, como del producido por la acción humana (al fin y al cabo, "la carne es débil"). Este sería el punto de vista de Proclo.

Hecho esto, es hora de volver al  primero de los artículos a los que hacía referencia más arriba. El lema que repite Dostoievski en "Los hermanos Karamazov", y del que toda la novela es comentario, es que si Dios no existe entonces todo está permitido, no nos es preciso justificar ninguna de nuestras acciones y el mal (me refiero ahora al que tiene su origen en las acciones humanas) campa por sus fueros. Algún lector comentó que la moral es autónoma y que no puede ser dictada por Dios, pero incurría en la flagrante contradicción de considerarla de carácter personal. "Cada cual se dicta su norma, venía a decir, y se fija sus límites", sin caer en la cuenta de que en ese caso ninguna conducta es reprobable. Precisamente, esta es la tesis de Ivan Karamazov. La consecuencia es la disolución de la frontera entre el bien y el mal. La única salida posible, aducía yo, es considerar una moral autónoma pero no individual, sino compartida. La moral es un producto de la sociedad, y los individuos la subscriben de modo ya explícito ya tácito. Añadía yo que aquéllo en lo que en primer lugar, y más generalmente, convenimos es un sistema de valores; que los valores no determinan ni la norma ni la conducta sino que sólo las orientan; y que están sujetos a cambios. Además proponía un modelo de cambio semejante al que T. Kuhn describe para los paradigmas científicos: sólo cuando el paradigma muestra determinadas carencias a la hora de explicar los hechos es cuando se proponen los cambios. En el terreno moral, unos pocos individuos aventajados detectan, o diagnostican, el olvido de valores obsoletos, en desuso, y señalan otros nuevos que de hecho ya los están substituyendo. Finalmente, ya sea por convencimiento o por la desaparición física de sus detractores, el nuevo sistema de valores se impone. El papel del individuo sobresaliente no es el de crear valores, sino el de reconocer los que la propia dinámica social va generando y el de proponerlos explícitamente. El papel que se reserva al resto es el acomodar su conducta a tales valores y a la norma que inspiren en su comunidad concreta. Si -como afirmaba mi lector- cada individuo se viese obligado a repensar todo el edificio de la moral, desde los valores a la adecuación a ellos de normas y conductas, entonces se condenaría a la inacción, porque resulta humanamente imposible (aunque sea idealmente posible hacerlo) reconstruir en una sola vida un producto de toda la sociedad que, además, sólo se explica históricamente. Es virtualmente imaginable que un hombre por sí solo reconstruya todo el cuerpo de conocimientos matemáticos, desde el primitivo inicio del cálculo con piedrecillas hasta las más abstrusas y abstractas realizaciones, pero precisaría de muchos siglos y mucho talento. En general, hay muchas más personas que ideas, de modo que ninguna idea pertenece a ninguna persona en concreto. También las ideas, gracias a nuestra capacidad para comunicarlas, son autónomas, no dependen de nosotros individualmente. (Esta es la única forma aceptable de platonismo).En definitiva, la historia de los robinsones es un mito, incluso en el campo de la moral.
Con lo dicho quizá se explique el nacimiento de la moral (qué más quisiera yo), pero necesitamos justificarla. Es decir: dotarle de un fundamento, de una idea previa (y por lo tanto válida para todo sistema, universalmente válida) que le sirva de cimiento, que haga de ella algo asumible por las personas de modo que nos la podamos representar como no impuesta, sino libremente aceptada. Los términos de "universalidad" y "libertad" ( es decir: espontaneidad del entendimiento) evocan con mucha fuerza el lenguaje kantiano. La virtud del pensamiento de Kant, a mi juicio, es la de haber logrado universalizar los patrones que conforman a un sujeto que de otro modo quedaría condenado al solipsismo. Sabemos que existe un mundo independiente de nuestra voluntad y entendimiento porque cada uno de nosotros se concibe a sí mismo como un ser limitado y a merced de lo dado en la intuición sensible. Si el mundo no fuese más que un mero contenido de mi conciencia (que es autónoma y libre), ¿qué podría impedirme crearlo según la medida de mis necesidades y deseos? Como no puedo hacerlo, debo entender que es en absoluto ajeno a mí. Además, puedo reconocer la existencia de otros sujetos semejantes por la pura proyección hacia el exterior de la reflexión acerca del yo, es decir: de la conciencia. Lo dado, o al menos una parte de lo dado, se me manifiesta como sujeto. Por último, puedo hacer extensibles a los otros sujetos las prerrogativas que me concedo. Si yo me considero un "fin en sí mismo", no un medio para otros fines, entonces he de considerar a los demás del mismo modo. No me obliga a ello más que mi egocentrismo y cierto prurito de coherencia al que puedo llamar "razón". No deseo que se convierta en norma universal (es decir, aplicable contra mí) la siguiente máxima de conducta: "es lícito que un sujeto se sirva de otros sujetos como medios para lograr sus fines particulares". De modo que resulta de mi interés y -universalmente hablando- del interés de todos los sujetos racionales (valga la redundancia) el obrar siempre de manera que no tenga inconveniente en que la máxima que rige mi conducta particular se convierta en ley universal. Dicho en lenguaje llano y sencillo: tratar siempre a los demás como quisiera que me tratasen a mí. Y dicho en lenguaje cristiano: amar al prójimo como a mí mismo. Kant ha hecho del egoísmo un valor no sólo universal sino perfectamente universalizable, y de él emana una norma con la que a cualquiera le es imposible no convenir.

La desobediencia a esta norma es lo que le repugna a Ivan Karamazov del crimen que ha cometido Smerdiakov en la novela de Dostoievski. Smerdiakov ha cometido la estupidez de autorizar a los demás a obrar con él como él con su víctima. En el fondo, aún está viva la noción socrática de que el malechor obra el mal por ignorancia, o por estulticia. ¿Y no es esto lo que celebran los niños cuando en los cuentos que les narramos resulta que el malo es siempre también el más tonto? En resumidas cuentas, el delito es reprobable porque me expone (expone al delincuente) a males al menos tan grandes como los que quería evitar. Se trata de un cálculo errado. Una muestra más de la limitación y la falibilidad humanas.
Hay otra muestra de la finitud y la imperfección del ser humano que deseo comentar antes de abordar el resunen de la discusión en torno a la segunda de mis opiniones a que hacía referencia al principio. El hombre actúa en dos niveles al menos de facto inconexos: el plano moral y el político. Si desde el punto de vista moral nuestras acciones se resienten por nuestras limitaciones físicas e intelectuales -aparte de nuestras flaquezas-, en el terreno de la política vivimos en una indigencia casi absoluta. En algún lugar he leído que la política no es otra cosa más que el arte de optar por el mal menor, definición que podemos calificar de pesimista por partida doble. Por una parte, con ella renunciamos a la consecución del bien, salvo que ahora invirtamos lo que ha sido creencia universal y queramos considerar el bien como la mera carencia de mal. Por otro lado, la definición no nos dota de ningún baremo para calibrar males, de modo que el político desconoce qué opciones son preferibles e ignora las consecuencias futuras de su elección. Por ello un político nunca razona, sino que persuade. Todo ello, por supuesto, suponiendo que el gobernante gobierna en beneficio se los gobernados y no, por ejemplo, en el propio. En el peor de los casos, que el gobernante actúe por motivos espurios, supongo que cabe aplicar criterios morales.

Hecha esta observación, creo que podemos abordar ya metidos en harina la discusión acerca de mi escrito "Vida". Dicho en términos afines a nuestra discusión actual, el asunto que yo planteaba era el del mal físico ocasionado por el puro paso del tiempo, su impacto sobre la conciencia individual y el modo en que podemos observar que todo, por el hecho de existir, se marcha al garete. El contexto en que tiene lugar la marcha universal hacia el fin es el de la limitación del sujeto que lo contempla, el hombre.
Para mi sorpresa, la discusión derivó desde el principio hacia el plano moral. "Creo que es importante, comenta un lector, vivir, vivir siempre y todos los días. No permitir que la vida pase por nosotros, sino tomar caminos,decisiones, elegir". Frente al zarandeo a que nos somete todo cuanto no es yo, el comentarista propone la imperturbabilidad estoica junto con algún vestigio de responsabilidad expresado en lenguaje existencialista. Ahora bien, ¿elegir qué? me pregunto yo. Y es que el simple "carpe diem" que nos aconseja a continuación (es decir: el aprovechar la ocasión que se nos brinda sin buscarla) no parece otra cosa que someterse al zarandeo y permitir que la vida nos pase por encima sin más. La ocasión, en todo caso, habrá que buscarla, fabricarla, hacerse responsable de ella, poner en juego toda la capacidad creativa del ser humano. Y esta última frase mía reproduce intencionadamente los términos usados más arriba con ocasión de la concepción positiva del mal.

Otro lector califica de "plaga humana" al ser vivo que está llevando a cabo esta labor de creación, o de co-creación, que nos estamos exigiendo. E, inmediatamente, un tercero suscribe su deseo de que esta plaga sea erradicada cuanto antes de un edén que, de ese modo, quedará privado de toda conciencia que lo disfrute. Ha sido frecuente en el pasado que a esta plaga se le diese el nombre de "civilización" o "cultura", y no creo que haya mucha gente dispuesta a renunciar a ella y regresar a las cavernas, o más atrás, en nombre de la conservación de un jardín que de todos modos terminará también por sucumbir al paso del tiempo. Sólo la conciencia, y su secuela de civilización, puede erigirse en esperanza frente al final inexorable que nos aguarda.
La cuestión que nos estamos planteando es si merece la pena o no la cultura. Y como el hombre es un ser que vive inmerso en una cultura, nos preguntamos si merece la pena vivir o no. Todo ser vivo altera el medio ambiente. Al principio de los tiempos, una bacteria anaeróbica contaminó de oxígeno una rica y saludable atmósfera de dióxido de carbono, obligó con ello a todas las demás a adaptarse al cambio producido y, finalmente, propició que nosotros viniéramos al ser. Es cierto que la especie humana es la única que realiza estos cambios conscientemente (cuando lo hace, porque en muchas más ocasiones contamina con toda inocencia, y eso es lo que se le critica, supongo), la única que crea, la que se fabrica su propio entorno. Y lo cierto es que esta creación humana se asienta sobre aquella destrucción, la necesita, supone su condición sine qua non.

También es condición necesaria el sufrimiento humano. Toda cultura se asienta sobre el dolor, aunque sólo sea por que precisa del trabajo y el esfuerzo de las gentes. Ni una sola realización humana, nada de cuanto consideramos valioso, se ha llevado a cabo sin dolor. Todo proyecto exige un coste en capital, en trabajo, en vidas consumidas o sacrificadas. Quizá haya quien pretenda comparar el beneficio obtenido con el daño ocasionado y decida que éste supera a aquel. Contra tales pensamientos nada se puede argüir (tampoco es posible hacerlo a favor), se trata de una cuestión de preferencias y no de razones. Lo único de puedo decir al respecto es que si estuviese a nuestra mano el preguntar a las miríadas de víctimas del progreso si, una vez sacrificados, prefieren que se mantenga el edificio de la cultura o que se venga abajo, dudo que eligiesen esto último. Otra cosa sería habérselo preguntado antes, pero ya no es posible hacerlo. Ocurre que el mundo que me he encontrado al nacer ya era así, y a mí me toca responder cuestiones tan pintorescas (cada cual ha de hacerlo por su cuenta). Y sucede también que me parece inmoral trabajar para que todo ese sufrimiento ya pasado venga a ser inútil, o pretender que lo es. Sea como fuere, resulta que en este mundo de fundamentalismos encontrados tal situación no es insólita y, ya sea idealmente o de hecho (como ocurrió con los talibanes y las gigantescas estatuas de Buda que destruyeron), se está procediendo a la destrucción de un legado que no nos pertenece, que pertenece sólo al universo de la consciencia, al conjunto de todos los seres conscientes habidos y por haber. Destruir la cultuya es el mayor atentado posible contra la vida humana, es el crimen de los crímenes, la más perfecta encarnación del mal.
Vivir es también proyectar el futuro. Pero como la civilización y la cultura son productos históricos, se sigue que el futuro nos encadena al pasado. Nosotros no podemos producir la utopía, incluso aunque construyéramos un mundo perfecto se asentaría sobre el dolor y la injusticia que ya no podremos redimir jamás. Podemos elegir un mundo con un entorno natural bien cuidado, pero como ya nos sabemos animales al margen de la naturaleza, ésta no dejará de ser un jardín para nuestro deleite y disfrute.Nuestras próximas fronteras ya no están aquí, y espero que los siglos venideros puedan decir lo mismo. Siempre que la humanidad se ha enfrentado a una situación sin salida, la solución ha sido un salto tecnológico, una nueva contribución a la cultura. Corresponde al cuerpo social plantear tales fronteras, y corresponde a los gobernantes sólo el arbitrar los medios para alcanzarlas. El mundo es, y debe seguir siendo, de quienes paren y conciben ideas.