lunes, 17 de marzo de 2014

El desarrollo evolutivo de la odontofanía vocacional


Se trata del título de una tesis. O, por mejor decir, de lo que habría sido una tesis doctoral en el difícil caso de haber sido aprobada por el tribunal competente. Cosa de la que estuvo muy alejada no tanto por la cualificación profesional del doctorando, que me consta era la máxima, ni siquiera por la extraordinaria excentricidad de su tema y argumento, sino simple y llanamente porque fue objeto de persecución; hecho éste no por sorprendente y extemporáneo menos comprensible. Al menos se puede explicar, y yo trataré de hacerlo. De su autor, Raimundo, ya he hablado en alguna ocasión, cuando me atreví a narrar las curiosas circunstancias que rodearon su muerte, si es que se puede llamar de ese modo a su desaparición. En cualquier caso, estoy persuadido de que se puede.

Hay muchos aspectos de la vida personal de Raimundo que todos nosotros desconocíamos y cuyo descubrimiento ha supuesto una verdadera sorpresa para mí, cuando no una auténtica conmoción. Aunque pueda parecer una redundancia ominosa, empleo conscientemente el término “vida personal” (¡coño, toda vida humana lo es!) en lugar de “vida íntima”, por ejemplo, porque ciertos detalles que yo he llegado a saber, que ordinariamente son los primeros que se nos revelan de cualquier persona y que de ningún modo pueden ser calificados de íntimos, habían sido celosamente ocultos por mi amigo. Y tan ocultos que yo, que fui su más cercano colaborador y heredero de todos sus cuantiosos bienes, he tardado años en averiguar, y lo hice por casualidad, sin buscarlos. Más bien vinieron a mí. En mi calidad de heredero supongo que mi obligación sería respetar la decisión de Raimundo y dejar en el olvido lo que con tanto afán quiso que se olvidara; pero, en parte porque ya no tiene importancia que se divulgue, y en parte porque albergo la certeza de que nadie pondrá los ojos sobre mis escritos (o, por ser más exactos, porque ya he perdido la esperanza de que alguien lo haga), me decido a consignarlos en estos cuatro papeles que, supongo, después dejaré arrinconados.

Me refiero, entre otras cosas y por poner un ejemplo elocuente, a su nacionalidad. Durante años traté a Raimundo con relativa familiaridad, y en sus últimos meses permanecimos realmente cerca uno del otro. Sin embargo nunca sospeché que no fuera español. En una ocasión me reveló que era de Mérida, y aunque es cierto que los extremeños no poseen el gracejo de un sevillano, la verdad es que siempre me pareció un extremeño atípico. Pero, por sorprendente que parezca, es indubitablemente cierto que no era español. Lo he sabido hace sólo unos meses y, repito, por casualidad, después de haber estado revisando durante años sus papeles. ¡Quién lo hubiera dicho de ese sujeto de dicción perfecta que lo pronunciaba todo salvo las haches! El más sobrio de los palentinos no hablaría con corrección tan extremada, tan llevada a su última consecuencia, tan fuera de sí. Ahora me lo imagino ensayando el acento, la entonación, despojando su habla de la última sombra de musicalidad. Cotejando fechas deduzco que lo debí de conocer al poco de llegar a España, y ya entonces me llamó la atención esa corrección afectada y concienzuda que recordaba el habla de un locutor de nodo, de ministro del Régimen que ha de llegar casi al histriónico gemido para fingir alguna emoción cuando anuncia a los españoles la muerte de Franco.

Creo que no se me podrá acusar de divagar demasiado si me entretengo un tiempo en aclarar cómo pude averiguar ese escondido detalle de la personalidad de mi amigo. Para hacerlo habré de superar cierto pudor que ustedes comprenderán enseguida. Yo podría cortocircuitar el relato, ahorrarme la molestia y concluir en dos palabras, pero temo no ser creído por nadie, aparte de que quedaría oscurecido un episodio que considero importante. No es que sea la causa de mis tribulaciones posteriores, pero las explica. La culpa de todo la tiene mi fobia a las escopetas. No me gustan, soy muy torpe con un trasto de esos en las manos. Y, sin embargo, me gusta la caza. Pero, claro, no la caza con arma de fuego (es demasiado facilón eso de apostarse el algún lugar, esperar que pase un bicho a distancia prudente y endilgarle un par de tiros; con una mira telescópica y un pulso medianamente superior al mío es cosa hecha). No, a mí me gusta cazar con la mano desnuda, a pelo, con paciencia o con ingenio, pero sin eludir la dificultad.

Adquirí la afición un día que, no sé cómo, se me coló un ratón en el piso. Como lo oyen. Yo ni siquiera sabía qué aspecto tienen las deyecciones de los roedores, así que ignoraba qué serían esas pequeñas cagarrutas que de pronto encontré en mi biblioteca. Parecía que se reproducían, porque por mucho que las limpiara siempre aparecían más. Lo primero que se me ocurrió fue que se trataría del algún tipo de insecto, o huevos de cucaracha (cuyo aspecto también desconozco, por cierto), o cualquier otra cosa por el estilo. En mi ignorancia, creí que un poco de insecticida resolvería el problema, pero no lo resolvió. Caí en la cuenta de quién podría ser el origen de tan repugnante rastro cuando descubrí que algún animalejo había roído el canto de uno de los volúmenes de mi vieja enciclopedia. La “R”, precisamente. No es que le tenga mucho apego (la verdad es que la desproporción entre el lugar que ocupa en las estanterías y el que ocupa en mi corazón es más que notable), pero como temía por la integridad del resto de mi exigua colección me pareció prudente exterminar la plaga.

Desde que supe que había un polizón en mi casa comencé a explicarme la procedencia de ciertos ruiditos que desde hacía algún tiempo habían comenzado a perturbar mi sueño. Los oía de noche, ya acostado y con las luces apagadas. Con ratonil astucia, el bichejo esperaba que todo se adormeciese para iniciar sus correrías. Pronto descubrí que, además de libros, roía muebles, el parquet, los papeles de mi escritorio... No sé de qué se alimentaría (prefiero no saberlo), porque nunca juzgué adecuado sospechar que se colara en el frigorífico. En cualquier caso, como me estaba fastidiando y no me dejaba dormir, en cuanto lo oía encendía la luz y me dedicaba a tratar de descubrir su escondrijo. No es que llegara nunca a verlo, hasta que conseguí cazarlo, pero en una ocasión creí percibir una fugaz sombra que se escondía tras el armario. Probé a matarlo con veneno, pero mi falta de paciencia o una evidente ineficacia del producto me impidieron alcanzar el éxito. La consecuencia colateral fue una creciente desconfianza hacia cualquier remedio al uso.

No voy a decir que el problema de eliminarlo se convirtiese en una obsesión, no hay por qué exagerar, pero es cierto que empleé bastante de mi tiempo libre en idear un modo de capturar el ratón. Al fin decidí que lo más justo era atraparlo con el mismo tomo de la enciclopedia que me había estropeado. En una bolsa de plástico coloqué un mendrugo de pan y un poco de queso, del más oloroso que encontré en el mercado. Puse la bolsa en el suelo de mi dormitorio sobre el dichoso tomo y ajusté el borde a dos de sus esquinas. Cogí otro tomo, lo coloqué sobre la bolsa y lo alcé por el extremo de modo que la bolsa quedase abierta entre ambos libros. Para que no se cerrase, calcé el tomo superior con un palito al que había atado un hilo. Para entonces ya no quedaba en la ciudad alma despierta salvo la mía y la del roedor. Necesitaba luz para ver la entrada de la bolsa sin asustar al animal, de modo que encendí un radiador eléctrico de manera que el piloto rojo alumbrase la zona que yo quería tener iluminada, y después me tendí en mi cama con el extremo del hilo en la mano.

No tuve que esperar mucho. Supongo que en un piso ningún ratón encuentra alimento abundante, de modo que el cebo fue un reclamo demasiado poderoso para ignorarlo. A la poca luz del radiador descubrí al ratón asomando la cabeza con cautela por detrás del armario. Yo no me moví ni para respirar. El bicho se acercó con sigilo a la trampa, giró a su alrededor un par de veces y, cuando su hambre superó sus recelos, se introdujo en ella. En ese momento, con el pulso a mil por hora, tiré del hilo, cayó el mamotreto alzado sobre el que estaba en el suelo, se cerró la bolsa y el pobre ratoncillo quedó atrapado. Recuerdo que grité alguna obscenidad saltando sobre la cama, presa de un salvaje júbilo que nunca he vuelto a sentir como entonces. Eran las dos de la madrugada, de seguro que algún vecino despertaría alertado por mis gritos, aunque no recibí quejas.

El éxito da alas. Con el corazón henchido por el gozo del triunfo nadie tiene en consideración los obstáculos que se le presentan, por grandes que sean. La euforia produce ceguera, causa una momentánea atrofia de la retina que impide calibrar correctamente la altura de las montañas, hasta verlas reducidas al tamaño de motas de polvo. Se trata de una afección diametralmente opuesta a la que padecen los cotillas durante sus ataques de mala leche, de donde se deduce que la adrenalina y el ácido nítrico son substancias diferentes. Quiero decir con esto que, como mi primera experiencia venatoria había resultado tan placentera, no quise privarme del gusto de repetirla siempre que pudiese; y en el jardín de Raimundo, plagado como estaba de topos y ratoncillos de campo, podía a menudo.

Mi táctica con los topos era sencilla, aunque un tanto enojosa. Lo que yo hacía era llenarles la madriguera de agua, para lo cual terminé usando la manguera. Al principio, no obstante, me servía de una botella de plástico. Sin duda, deben de excavar redes de galerías sumamente extensas, pues no tardé en percatarme no ya de que las botellas eran del todo insuficientes, sino de que incluso los enormes calderos que compré al efecto no llenaban sino las más recientes, aquéllas que los animales aún no habían tenido tiempo de perforar demasiado. Yo no tenía más que esperar a que, ante el riesgo inminente de perecer ahogados, los pobrecillos topos salieran de su escondrijo. A veces los capturaba con un saco, otras les daba muerte con un palo o una rama.

Los ratones exigían menos artificio. Bastaba con correr tras ellos, impedir a toda costa que permaneciesen en sus escondrijos el tiempo suficiente para recuperar el resuello y evitar en lo posible arrojar uno mismo las asaduras por la boca. El ratón es rápido y astuto, pero no tarda en extenuarse. Entonces se deja atrapar mansamente, o con la escasa resistencia de algún que otro conato de mordisco. ¡Qué placer observar la esbelta parábola que describían cuando los arrojaba aún vivos sobre la tapia que cierra el jardín! Caerían, supongo, al otro lado del camino que corre tras ella. En el peor de los casos, creo que nadie habrá tenido que soportar lluvia de roedores pues el camino está invadido de maleza y no lo transita nadie desde hace mucho tiempo.

Esta técnica tan pedestre resultó, a pesar de todo, sumamente eficaz. Tanto que la población de ratoncillos comenzó a declinar peligrosamente en el jardín. De cuando en cuando, en vez de dedicarlos a sus involuntarios ensayos de vuelo, los utilizaba en el laboratorio para mis experimentos. Pero su creciente escasez me forzó a diversificar las especies objeto de mis estudios. Mis siguientes víctimas fueron las lagartijas, las cuales, gracias a los documentales que a menudo veía en la tele durante el sopor digestivo, no tardaron en escasear. En efecto, en una ocasión el documental trataba de la fauna del archipiélago de las Galápagos. En la pantalla, unas iguanas marinas sesteaban indolentes al sol sobre un peñasco mientras un grupo de pinzones de Darwin las observaban golosos sin atreverse a abalanzarse sobre ellas para picotear su dura piel y alimentarse de su fresca sangre. Los reptiles esperaban a caldearse lo suficiente antes de arrojarse al mar en busca de su sustento, lo que me dio la idea que necesitaba para atrapar lagartijas. Muy simple: basta con arrojarles agua fría para que se queden acartonadas e, incapaces entonces de moverse, se resignen impotentes a ser capturadas. Sin embargo, como es fácil adivinar, antes de desarrollar tan ingenioso método me vi obligado durante un periodo bastante dilatado a darles caza a mano. Llegué a tener los dedos desollados de tanto frotarlos sobre las ásperas piedras de la tapia mientras corría tras los reptiles, sorteando como podía las marañas de zarzas y hortensias que aún crecen al pie del muro entrelazadas unas con otras, ligadas en una bestial amistad incómoda y difícil de entender. Ese descomunal esfuerzo se veía de cuando en cuando recompensado, toda vez que podía exhibir ante mí mismo una lagartija entre los colgantes jirones de piel de mi mano derecha y ciento cincuenta espinas incrustadas en cara, brazos, piernas y en los más insólitos rincones de mi anatomía. Así fue como encontré la llave.

¡La dichosa llave! (¡La puta llave!) Aún no les he hablado de ella, y he de hacerlo en seguida. Pero antes tendré que hablar de la caja, supongo. Me refiero a la caja fuerte que por casualidad (¿se han fijado ustedes en que a mí todas las cosas me ocurren por casualidad, sin necesidad de que corra yo a buscarlas?) y por pura torpeza –todo hay que decirlo- encontré oculta en el laboratorio que fue de Raimundo y que nunca ha terminado de ser del todo mío, tras una corchera en la que colgaba sus notas y que yo derribé una tarde cuando tropecé con ella después de haberlo hecho antes con una inoportuna arruga de la alfombra (más bien una pobre jarapa) de su despacho. El despacho no era más que un rincón del laboratorio separado del resto por un biombo destartalado cuyos paños de madera todavía exhibían algunas raídas pinturas de factura industrial. Ahí estaba la caja, empotrada en el grueso muro de piedra, ofreciendo, impúdica, a mi vista el negro orificio de su cerradura desprovista de llave. Y volvemos a la llave sin salir de la cerradura. Incluso para un impasible tarugo como yo, una cerradura sin llave es una tentación demasiado poderosa para la curiosidad.

Ignoro por qué Raimundo me ocultó la existencia de la caja. Después de todos los secretos que me reveló antes de morir, y comparado con ellos, ése no era más que una minucia sin importancia. Sin embargo nada dijo nunca de ella, ni, por supuesto, de su contenido. Quizá quiso protegerme de su pasado, lo que presupone que él mismo se sentía amenazado. Pero en ese caso debía haber pensado antes que su solo trato ya me comprometía sin necesidad de leer su testamento. En efecto, yo soy el guardián de su propiedad intelectual y el dueño absoluto de todos sus bienes (salvo impuestos, claro está), lo que incluye la dichosa tesis y cuanto guardaba con ella la caja, ese estómago petrificado que conservó, en vez de digerir, la causa de mis tribulaciones. ¿Quién podría creer que desconocía su existencia? De hecho, ellos no lo creyeron. Creo que la propia inercia de ocultar sus cosas le obligó (¡qué curioso que la inercia obligue!) a postergar la revelación hasta que fue demasiado tarde. Para entonces, en el momento supremo, nada tiene de extraño que considerara antes otras prioridades, o que en la agitación de sus últimos minutos sencillamente se olvidara del asunto. Desde luego, si todo esto que yo he averiguado ahora me lo hubiera contado antes lo más probable es que se habría quedado sin colaborador. Prudencia obliga.

Pero volvamos a la caja. El día que la descubrí yo andaba cazando topillos en el jardín y entré apresuradamente en el laboratorio en busca de un cubo. No les he contado que allí sólo entraba yo. Jamás permití que entrase nadie más. Yo limpiaba, yo ensuciaba, yo ordenaba y yo desordenaba. Allí estudiaba y trabajaba en soledad total. Aquella mañana había estado fregando el suelo, después de lo cual salí de caza. Anduve rellenando de agua algunas huras y, en un momento determinado, no me importó importunar a los futuros cadáveres de topo con un poco de agua jabonosa. Así que entré, lo ensucié todo de barro, tropecé y derribé la corchera, todo antes de que pudiera llegar hasta el cubo que, en mi desidia, había dejado junto al biombo. Al tropezar juré en arameo y derramé el agua, lo que me obligó a escupir una ristra de tacos que habría hecho ruborizarse al macarra más empedernido. Cuando me levanté, completamente calado de agua sucia, puse los ojos en el lugar de la pared que un segundo antes ocultaba la corchera.

No puedo precisar la magnitud de la fracción de milisegundo que medió entre el hecho de ver la caja y el de desear la llave. Me puse inmediatamente a buscarla con tal denuedo que olvidé la caza por espacio de una semana. Hurgué primero en los cajones del escritorio, pero allí no estaba. Descolgué todos los cuadros de la casa, por si alguno ocultaba alguna hornacina , o por si la hubiera escondido tras algún marco, sin éxito. Moví armarios, levanté alfombras y colchones, desmonté las cisternas de los baños, tanteé todos los alicatados por si algún azulejo sonaba a hueco, sin que mi esfuerzo se viera recompensado. Revisé todos los libros de todos los estantes, pero no encontré ni llaves ni pistolas ni licores. Ni en la Biblia, ni en el Quijote, ni en un ejemplar del Quo Vadis que encontré en la biblioteca y que no sé para qué podría servir si no es para esconder algo. De hecho, en cuanto lo ví creí haber resuelto el misterio. Pero nada (la verdad es que de Raimundo se podía uno esperar hasta que lo hubiese leído).

¡Y mira que había libros! Encontré en el desván un arcón lleno de polvo y enterrado bajo un montón de trastos que albergaba, como momias del pasado, una colección bastante completa de vidas de santos. Y, entre tanta literatura edificante, un ejemplar de la Pasión Turca. Una edición trilingüe del año de la tarara del De Sensibus de Teofrasto, en latín, griego y portugués se pudría en una caja de cartón junto con otros veinticinco clásicos griegos y latinos de páginas amarillas, a punto muchas de ellas de desvanecerse en polvo. Allí las telarañas anidaban sobre Platones y Aristóteles, sobre Lucrecio, Aristófanes, Virgilio, Séneca y Marco Aurelio. Había huevos fósiles de insectos sobre los cadáveres acartonados de Dante y Beatriz, en los lomos de un Decamerón cuyas alegres historias ya no estimularían más que a las larvas antediluvianas que habían conseguido sobrevivir al abrigo de aquellas páginas marchitas. El Capital, que alimentaba a una numerosa colonia de negros exoesqueletos, albergaba también es torno a sí una floreciente variedad de inmundicias polvorientas y monocromas. Había ensayos, novelas, poesía y un montón de noveluchas que no habría leído ni el encargado de las pruebas de imprenta y cuyas tapas duras y multicolores exhibían en grandes caracteres, bajo años de mugre, el nombre de los caraduras que habían osado escribirlas.
Encontré una prolija colección de discos, apilados en columnas que llegaban hasta el cabrio del tejado. Discos viejos en sobres amarillentos que mostraban la sonrisa llena de glamour cutre de cantantes que debieron de ser famosos hace décadas, fotos de aspirantes a divas de lunarcito en algún lugar del rostro, rizo negro sobre la frente, brazos retorcidos como columnas salomónicas y bata de cola que cubría enormes masas sebosas y que al natural debía de mostrar otras tantas. Sólo con verlos se podían oír sus voces de pito lloriqueando amores o chillando a los cuatro vientos su orgullo de minero. Entre tanta morralla había jovencitas de hace cuarenta años que declaraban sus intenciones de dedicarse a la farándula con botas nuevas, o algo así; una robusta moza con los brazos abiertos ataviada con el vestido de la Barriguitas que debió de hacerse famosa por la profundidad de las letras de las canciones que componían para ella; el rostro de un macarra de barrio que presumía de haber sido capaz de extraer con ímprobo esfuerzo de la novena sinfonía de Beethoven, merced a un derroche de talento, la cancioncilla popular en la que se inspiró el ilustre sordo. En fin, toda esa gente que ahora exige tasas para proteger sus derechos.

El desván, para decirlo en pocas palabras, estaba lleno de todas las cosas y porquerías que uno espera encontrarse en un desván. Pero de la llave no había ni rastro.

Insisto en que, a pesar de la pereza de que en ocasiones hago gala, en muchas otras es imposible acusarme con asomo de razón de rendirme antes de tiempo. Pasé días encerrado en aquel antro polvoriento soplando con furia el precipitado del tiempo, limpiándome con la mano renegrida, o con la manga no mucho más limpia, las telarañas con que no cesaba de toparme y que amenazaban con obstruirme las ventanas de las narices. Y después pasé semanas cazando topillos en el jardín y escupiendo la basura acumulada en los más alejados alvéolos de mis pulmones. Y ocurrió que, cazando, descubría lugares que por algún capricho de mis circuitos neuronales juzgaba particularmente apropiados para enterrar cualquier cosa: un rincón de la tapia, un punto señalado junto al brocal del pozo, una pequeña elevación del terreno que no parecía del todo natural... Yo qué se. Y cavaba en busca de un cofrecillo, o de un paquete envuelto en tela vieja y podrida por la humedad, o de cualquier recipiente que pudiera contener el objeto de mis deseos. Todo en vano.

A menudo, en pleno ardor exhumatorio, descubría las madrigueras de ratones y topillos, y entonces me inflaba a matar roedores. A palazos o a pisotones, o corriendo tras ellos un minuto antes de que volaran por encima de la tapia un par de pares, o los que pudiera coger en la mano, y aterrizaran fuera de mis dominios supongo que escarmentados, maltrechos y con pocas ganas de volver a invadirlos. Gran éxito en la labor secundaria, pero ninguno en la que más me importaba entonces.

Debo confesar que, a medida de que los ratones se hacían más escasos, mi ánimo se desanimaba. Quiero decir que el desaliento fue haciendo presa en mi espíritu. Vaya, que una tarea pesada que finalmente no rinde fruto viene a ser insufrible, que ya no encontraba tanto placer en remover trastos viejos u horadar el césped, que la idea de ponerlo todo patas arriba me fatigaba moralmente. No es que desesperara de encontrar la llave, ni que desistiera de buscarla, ocurría sólo que la caza me procuraba más placeres y menos sinsabores. ¿Me explico?

Pensé, incluso, en comprarme un soldador de acetileno para reventar el acero de la caja; pero, como nunca he usado un trasto de esos, la sola idea me daba tremenda pereza. Tampoco me apetecía cargar a la espalda las dos bombonas que la cosa exige, y mucho menos guardarlas en casa. De modo que aún no había terminado de plantearme el proyecto cuando lo abandoné. Por otra parte, ni hablar de llamar a un cerrajero para que la abriese y de paso me friese a preguntas acerca del laboratorio, del instrumental y, sobre todo, de la campana extractora de pneuma. O abría yo solito la caja, o permanecería cerrada para siempre. A nadie extrañe, por lo tanto, que decidiese descansar de estas faenas dedicándome por una temporada a practicar de nuevo el deporte más antiguo de la humanidad.

Durante estos días de frenética actividad en el jardín me fui percatando de la creciente escasez de roedores, en tanto que bastó una ligera mirada a la tapia para caer en la cuenta del tamaño de la población de lagartijas que albergaba. Decidí dedicar dos largos días a la ardua tarea de conseguir que el césped dejase de recordar un campo minado por el que hubiese deambulado una legión de orcos, y cuando juzgué que lo había logrado en alguna medida comencé la caza de los reptilejos. Al principio, como he dicho, con la mano desnuda, dejando la piel hecha jirones en las asperezas de la tapia, antes de que el dolor me obligase a aguzar el ingenio; después usé medios más refinados que me reportaron un éxito sin precedentes.

Muchas veces ocurre con la fortuna lo mismo que con el resto de las mujeres: puedes correr tras ellas hasta escupir las entrañas de asfixia sin que tus requerimientos sean ni siquiera oídos, y cuando, ya harto de seguirlas, decides que las uvas están verdes, de improviso, van y te sonríen. Eso me ocurrió a mí con la fortuna. Sucedió un par de días después de reanudada la caza. Estaba yo corriendo tras una lagartija a lo largo de la tapia cuando, a punto ya de alcanzarla, se escondió en un hueco entre las piedras. Hasta entonces no había reparado en él pues estaba oculto tras una maraña de zarzas, pero en caso de haber estado a la vista nada tiene de extraño que me hubiese pasado desapercibido porque en nada se diferenciaba del resto de los agujeros que ostentaba la maltrecha pared. Allá se metió la lagartija y allá fue también mi mano sin necesidad de que le diera yo ninguna orden al respecto. Lo mismo podía haber encontrado un tesoro o el amable colmillo de una víbora que esperase paciente a verter su veneno en el torrente sanguíneo del primer incauto. Sin embargo, lo que encontré fue la llave que había estado buscando. Mis dedos tropezaron con ella poco antes de topar con el fondo de la diminuta cueva. Al instante olvidé la pieza y mis esfuerzos por cobrarla. Yo creo que antes de acariciar con mis desollados dedos su fría herrumbre ya sabía qué objeto era el que me aguardaba en aquel antrículo. Lo cogí y, sin pensar nada más, salí corriendo hacia el laboratorio.

No fue, por mi parte, ningún exceso de perspicacia: ¿de qué otra llave podía tratarse sino de la que llevaba semanas buscando? La introduje a toda prisa en la cerradura, giré la mano con fuerza y el resorte cedió con un ruido herrumbroso de mecanismo desvencijado. Los goznes de la portezuela chirriaron como si adentro habitasen hacinadas las doce legiones de fantasmas y un instante después quedó al descubierto la oscuridad del interior. Allí encontré un pasaporte a nombre de Raimundo, largo tiempo caducado, por el que pude averiguar su nacionalidad, varias cartas y diez cuadernos de folios ya amarillos mecanografiados supongo que por el dedo trémulo del propio Raimundo, a juzgar por la cantidad de erratas y correciones. De los diez cuadernos sólo los cuatro últimos (un total de cuatrocientos folios) llevaban el dudoso título que encabeza estas páginas.

¿Cómo describir mi sorpresa nate la evidencia de la nacionalidad de mi amigo y mentor? Raimundo era natural de cierta república bananera caribeña cuyo nombre me guardaré de citar, aunque no sea más que por tratar de olvidar la amable entrevista que me vi forzado a mantener con su vicecónsul en mi ciudad, entrevista que dejó como secuela alguna cicatriz que me costará corregir algo más de lo que le cueste a mi cirujano plástico (¡jodido matasanos, algo le debe quedar de ganancia, digo yo!) y la amenaza verosímil de lo que me puede ocurrir si denuncio los hechos. ¡Menudo tipejo el morenito ese de habla melosa y modales presuntamente refinados que al tercer lingotazo de ron ya daba manotazos en la mesa y exigía con evidentes aires de autoridad que le entregase los diez cuadernos, la documentación y la correspondencia que encontré en la caja!

-Ahorita nos da lo que queremos y se me va para su casa, ¿me oyó?- decía con dulzura fingida-. Y mucho cuidadito con contarle a nadie, ¿ah?

No debería precipitarme en el relato, pero es el caso que aún me escuecen las bofetadas que me propinaron al alimón el vicecónsul y otro sujeto que le acompañaba, sujeto a quien en un principio creí ciego, a juzgar por sus gafas negras y su bastón, aunque el tino con que después me golpeaba me desengañó completamente.

Debo confesar que en un principio yo no sabía, ni podía imaginar, lo que esos señores pretendían de mí. Justo al día siguiente de abrir la caja me abordaron desde un cochazo negro dos individuos con pinta de chuloputas, ataviados con impecables trajes oscuros y cargados de oro hasta las orejas; el pelo negro, crespo, corto, engominado y con mechones teñidos de rubio que apuntaban hacia las alturas como alegoría, supongo, de sus almas tendentes a lo eterno. Detuvieron el haiga a la altura del escaparate que yo estaba contemplando y, sin apearse ni quitarse sus gafas oscuras, llamaron mi atención.

Repito que todo esto ocurrió al día siguiente de abrir la caja Ni siquiera había tenido tiempo de echar a su contenido un vistazo atento. Lo único que recordaba entonces era el pasaporte y la sorpresa que me llevé al constatar cuál era la república que lo había emitido. Las cartas ni las miré, y con respecto a los cuadernos lo único que podía recordar entonces era el escaso espacio de los márgenes y el más breve interlineado que he visto en mi vida. Amén de un montón de borrones, tachaduras y esquinas dobladas. Aquello, desde luego, no era más que un borrador mecanografiado.

También recuerdo el exótico acento con que esos dos macarras me invitaron a subir al vehículo. Sus culos medio negros chirriaron sobre la tapicería de reluciente cuero veige claro cuando se giraron para hablarme. Con toda amabilidad rechacé su ofrecimiento porque mi madre siempre me advirtió de que no debía hablar con desconocidos, y porque mi fino instinto de sabueso me prevenía contra el oro, las gafas oscuras y los cochazos cuando se presentan juntos. Sin embargo, uno de ellos me mostró con todo disimulo las cachas de lo que debía de ser una pistola, y como no tengo tan exigua imaginación que no pudiera representarme lo que venía a continuación de ellas, me vi obligado a cambiar de opinión. En consecuencia, el copiloto se apeó, me abrió la portezuela trasera y se sentó a mi lado para hacerme compañía.

Me llevaron al viceconsulado, un enorme piso de un edificio que debió de ser elegante en la época en que mi bisabuelo meaba pañales, pero que ahora aparecía medio destartalado y preso en una callejuela tan estrecha que no se podía cruzar a la carrera. Recuerdo que temblaba, pero si no dije nada no fue tanto por el susto que llevaba como por puro miedo de que el revestimiento de la fachada se desplomase sobre mí si abría la boca. Allí mantuvimos la entrevista a la que me he referido, en un cuarto sin ventilación que olía más a porquería que a humedad y que estaba iluminado con un flexo con cuyo pobre haz de luz quisieron intimidarme dirigiéndolo a mis ojos. La verdad, no hacía falta, porque ya estaba intimidado. De lo contrario me habría muerto de la risa y ellos se habrían visto en la obligación de saquear la casa de Raimundo. Para cuando me enteré de lo que querían ya me habían zurrado un poco; pero, entre el escozor de las bofetadas y el constante peligro de que mi miedo trascendiese por donde menos falta hacía, no acerté a decirles que lo había encontrado. Y para cuando ellos se enteraron de que yo estaba plenamente dispuesto a satisfacer sus deseos, ya era demasiado tarde.

-Pero no lo llevo encima -gemí.
-Claro -respondió el ciego con voz cantarina y cascada-, ya lo comprendemos.

No tuvieron los redaños suficientes para meterme de nuevo en el coche en el que me habían traído. Me pusieron de patitas en la calle con el encargo de ir a casa y hacer un paquete con los papeles de Raimundo y se citaron a primera hora de la mañana para recogerlo a domicilio. Tampoco yo tuve el valor de coger un taxi, un elemental pudor me lo impedía. Regresé andando por las calles que creí menos transitadas, aunque a esa hora la precaución era ya inútil, con los cinco sentidos puestos en el empeño de caminar erguido y en línea recta. Y cuando llegué hice lo que cualquier persona habría hecho en mi lugar: asearme y tratar por todos los medios de que dejase de sangrarme la nariz y los dos cortes que la vara del ciego me había hecho en las mejillas. Después empaqueté todos los papeles y me senté a esperar que llegase la visita, incapaz de dormir tanto por los nervios que me atenazaban el estómago como por la imposibilidad material de cerrar el ojo izquierdo.

Llegaron antes del amanecer, en la hora más silenciosa, cuando las almas de los muertos ya no se atreven a deambular por las calles y las de los vivos aún no han despertado. No les permití entrar en casa; en cuanto oí su llamada me precipité a la puerta con el paquete en la mano y se lo entregué en silencio. Eran los dos matones que me habían secuestrado la tarde anterior a quienes acompañaba el falso ciego, aunque su aspecto había venido un tanto a menos. Ellos, en cuanto tuvieron los papeles en la mano, los revisaron bastante por encima, después los rociaron con un líquido que olía a aguarrás y finalmente les prendieron fuego a medio metro de mi inmaculada puerta. Con una vara atizaban de cuando en cuando el hato para que ardiese por completo, y mostraban sus dientes entre muecas que podían pasar por sonrisas. Por último se fueron y no les he vuelto a ver, de donde deduzco que son tontos y que quedaron satisfechos.

A mí me quedó la tarea de limpiar los restos de la fogata, la ceniza que aún no había dispersado el viento y el hollín de la entrada. Después me preparé un desayuno desangelado, cogí mi bicicleta y fui a dar un paseo. A escasa distancia de mi casa la carretera describe una curva pronunciada a la izquierda, en fuerte descenso, con una profunda cuneta y un tupido zarzal detrás; una zona húmeda donde el sol sólo entra a mediodía y en verano, un magnífico escoñadero que me venía ni que pintado. Mi intención no era otra que salirme por la tangente y proveerme de ese modo de una causa más o menos verosímil que explicase mis heridas. Desde luego, no tenía intención de denunciar lo ocurrido; cualquier cosa antes que exponerme a otro episodio como el que acababa de vivir.

Tal como lo planeé, lo lleve a cabo con notable éxito. Tuve la suerte de que en el momento en que yo bajaba por la endemoniada cuesta subía en sentido contrario un coche patrulla de la policía municipal. Mi actuación debió de resultar convincente, pues los agentes me atendieron, avisaron a una ambulancia y mientras llegaba estuvimos comentando el peligro de la curva. Ni se les pasó por la cabeza que el accidente pudiera ser intencionado. Tampoco en el centro de salud al que me llevaron, y donde limpiaron y cosieron mis heridas, hicieron demasiadas preguntas, a pesar de que los cortes de la cara no se correspondían del todo con el tipo de accidente sufrido. Mediaba el testimonio de la policía, y por lo visto la gente no tiene una imaginación lo suficientemente retorcida como para sospechar la verdad.

-Ya es mala suerte, esas heridas -dijo el enfermero encargado de coserlas-. Quedará cicatriz.
-Algo se podrá hacer -objeté pensando en esos cirujanos capaces de dejar a una octogenaria como la reproducción en cera de una jovencita de veinte años.

Debo confesar que de ese día guardo sobre todo el recuerdo de un extraordinario remordimineto de conciencia, y no tanto por la comedia desplegada como por la buena voluntad con que fue recompensado mi engaño. Aquella mañana me reconcilié con mis impuestos a pesar de los costurones, que aún están pendientes de tratamiento. El personal sanitario se deshizo en atenciones conmigo, y los agentes que me atendieron aguardaron en el centro de salud hasta que terminaron conmigo. Además rescataron los restos de la bicicleta y se ofrecieron para acercarme a casa en el coche patrulla, lo que me evitó cargar con la bici a cuestas durante media hora larga. Quizá se pueda pedir más de los servicios públicos, pero hasta el momento a mí no se me ha ocurrido qué.

Recuerdo también la prisa que tenía por llegar a casa. Y no tanto por descansar de las últimas dieciocho horas, que fueron y aún son las más difíciles de mi vida, como por la comezón, la curiosidad por saber qué contenían los papeles de Raimundo, la causa, razón o motivo por los que me habían acarreado semejantes tribulaciones. Me proponía encerrarme el tiempo que hiciera falta para leerlos, para estudiarlos con toda la atención de que fuera capaz. Desde luego, me intrigaba el interés de los mafiosos del viceconsulado por los escritos de un científico chiflado; pero entiéndanme: mi curiosidad se dirigía sobre todo a los escritos mismos. El autor ya me había mostrado durante años la calidad de lo que podía albergar en la mollera; nadie que haya vivido lo que he vivido yo podría quedar indiferente en mi situación.

¿Que cómo podía, y puedo aún, leer documentos que fueron destruidos ante mis narices? Pues muy sencillo: los papeles fueron quemados como he descrito, pero no sus copias. Desde que murió Raimundo, una de mis tareas ha sido la de poner en orden todos los apuntes y las notas que me dejó. Lo reviso y lo transcribo todo, depuro la gramática y la ortografía, clasifico los documentos... De otro modo me hubiera sido imposible penetrar en ellos. Y para mayor comodidad, tomé la precaución de fotocopiarlos todos según me iban llegando. Por fortuna, la misma tarde en que pude abrir la caja me vino a la mano proceder de igual modo con su contenido. Así pues, conservo las copias y cualquiera puede verlas.

¿Que cómo no se les ocurrió a los botarates del viceconsulado que pudiera haber copias de los documentos que destruyeron? Pues verán, eso habrán de preguntárselo a ellos. De todos modos, yo les ruego a ustedes que se abstengan de hacerlo, no sea que se repita el episodio.

En cuanto al contenido de las cartas, poco hay que decir. Se trata de correspondencia antigua que cruzaba Raimundo con profesores y amigos en su época de estudiante, en su mayor parte sin interés, pero donde esboza ya su novedoso plan de clasificación de los animales. El conjunto abarca un lapso de tiempo considerable, pero siempre escribe desde Mérida. Sólo hay correspondencia emitida por mi amigo, ninguna respuesta a sus planteamientos. La verdad es que las esperanzas de novedad que infundía la tercera que leí ya me compensaron en un periquete por lo sufrido. Se trata de una de las más antiguas, del año seseintaitantos, y por el contenido y el tono creo que está dirigida a un compañero de estudios, no a un profesor. Pero no puedo estar seguro, ya que todo el manojo lo componen o borradores o copias apresuradas. Me da la impresión de que Raimundo primero escribía la carta y luego decidía a quién la enviaba, aunque ello le obligara a reescribirla. Gracias a ello, supongo, han podido llegar hasta mis manos, pues no me imagino a Raimundo conservando metódicamente nada.

En ella, en una observación marginal, mi amigo manifiesta su intención de elaborar una clasificación del reino animal atendiendo a la “conducta observada de las especies”. No aclara más, y el resto son cuestiones personales sin interés (sin interés, ¿me entienden?, nada de faldas). La verdad es que mis escasos conocimientos de la historia de la ciencia no me alcanzan para decidir si Raimundo ya había podido oír hablar de ella, o si, por el contrario, la etología no era aún más que la larva de un sueño en la mente inquieta de algún sociobiólogo locuaz. Tampoco sé cuál era el alcance de sus intenciones. Quiero decir que no lo sé ni siquiera ahora, después de haber leído y releído los diez cuadernos que encontré. Ignoro qué quería decir con el término “especie”, pues si lo que pretendía era una nueva clasificación dicho concepto debería ser redefinido radicalmente. Desconozco también la referencia de “clasificación”, y la sospecha de que lo único que consigue con ella es un catálogo de conductas animales distintas enturbia de vez en cuando la admiración que siempre he sentido por mi amigo. La cuestión no carece de importancia, pues, en contra de la opinión que los hechos que he revelado aquí me indujeron, la exclusión de la profesión de un individuo de innegable talento pudo deberse más a un error metodológico que a la persecución de que fue objeto posteriormente.

En cualquier caso, Raimundo cayó en la cuenta de que determinados rasgos conductuales podían corresponderse unívocamente a las peculiaridades anatómicas de los individuos. Si, por ejemplo, nunca vemos a las vacas golpearse el pecho como hacen los gorilas quizá no sea tanto por un rechazo específico a ese tipo de conducta como por la distinta configuración de las articulaciones de los cuartos delanteros de los ungulados en comparación con las de los miembros superiores de los primates. De modo que la presunta clasificación conductual de mi amigo sería paralela a la tradicional, pero lastrada con múltiples dificultades derivadas de la novedad. Todo el que esté familiarizado con la figura de Raimundo advertirá la coherencia de estas cuestiones tempranas con su trabajo posterior.

Pero el hecho de que se haya percatado explícitamente de esta dificultad no bastó para apartarle de su idea. Primeramente trató de definir rasgos conductuales básicos que no se correlacionasen con los morfológicos, aunque con posterioridad, y quizá de modo inadvertido, fue abandonando tales precauciones. Así, cuando define la odontofanía no le preocupa que sólo pudiese aplicarse propiamente a animales con dientes, sino que, obstinado en su empeño, clasifica a todos los animales sin dientes como no odontofánticos. Taxon que, a la sazón, comparten los protozoos y buena parte de los vertebrados.

Si me entretengo en estas cuestiones un tanto áridas y, finalmente, estériles es porque constituyen el tema de los diez cuadernos. Desde que los descubrí y los salvé de las llamas los he leído muchas veces, primero por la simple curiosidad por lo escrito, y después, no sin perplejidad, por si podía, a través de ellos, descubrir la causa por la que fueron objeto de tan enconada persecución. Debo suponer que la persecución fue ardua porque se prolongó mucho en el tiempo. Raimundo los debió de escribir en su país de origen, y habrá que imaginar que hablaría del tema con alguien (o profesor o estudiante, quizá un alumno suyo). Y teniendo en cuenta sus dotes para elegir confidentes, es evidente que se los dió a leer a quien menos convenía. No es una suposición descabellada. Las leyes naturales están llenas de constantes: la de la gravitación, la de la atracción electrostática, la velocidad de la luz, la proporción constante de cretinos en las sociedades humanas... El que en todas partes hay un porcentaje mínimo de imbéciles es una ley natural de rango superior, y el encontrarse a menudo con alguno de ellos es algo que a todo el mundo le ha de ocurrir.

Esto lo tengo por cierto: alguien, de seguro muy celoso de la integridad del régimen político recién estrenado, leyó los cuadernos y denunció su contenido presuntamente subversivo. La verdad es que en determinadas circunstancias políticas fáciles de imaginar basta una simple denuncia para convertirse en objeto de persecución, es algo que observamos con frecuencia y que incluso hemos padecido en propia carne no hace tanto tiempo. Hasta aquí mi suposición es plausible. Lo que desconozco, o al menos no conozco a ciencia cierta es qué texto de Raimundo ha podido ser considerado como subversivo. Al respecto sólo puedo aventurar hipótesis más o menos inverosímiles.

Los diez cuadernos, aunque tratan todos ellos de temas íntimamente relacionados, forman dos grupos bien diferenciados. Los seis primeros, los más antiguos, describen de manera detallada y excesivamente prolija el conato de clasificación animal atendiendo a la conducta de los individuos. En ellos hay harto más historia que teoría y de su contenido he emitido un juicio sucinto y suficiente hace muy poco. Aparte de lo dicho, se encuentra muy poco más que un conjunto arbitrario de tipos básicos de conducta, que no me cansaré en enumerar, ilustrados con abundante copia de ejemplos de todo tipo y procedencia.

Para nosotros, los más interesantes son los cuatro últimos, que hablan todos ellos de una de las formas básicas de conducta animal: la odontofanía. De ella distingue dos modalidades, a saber: la natural y la cultural que, sabe Dios por qué, Raimundo denomina “odontofanía vocacional”. La odontofanía es el rasgo conductual “propio de los animales que enseñan los dientes” (cuaderno séptimo, pag. 16). A la odontofanía natural no le dedica más que un puñado de páginas destinadas sólo a destacar varios ejemplos (el más significativo es el de los lobos). La odontofanía vocacional, ejemplificada sobre todo con los primates, es el tema único del inmenso resto, en el que estudia sus causas y consecuencias y la somete a un análisis más exhaustivo que riguroso. Estos cuatro últimos cuadernos tienen toda la pinta de ser una tesis abortada, y como tal los considero. Ignoro de ellos la fecha de redacción, pero son con toda seguridad los más recientes. Todos los cuadernos están numerados, pero el tono escasamente amarillento de los cuatro últimos no permite suponer que se remonten más allá de los años noventa, de donde se colige que al menos su transcripción no es muy anterior a su llegada a españa.

Repito que yo no veo en ellos nada que pueda considerarse subversivo, salvo, claro está, que se empeñe uno en encontrarlo. Ya se sabe que toda interpretación tiene algo de intencional, pero en este caso se necesita también una dosis de mala leche. Como muestra vale un botón; consideremos el siguiente párrafo extraído del cuaderno octavo, página 78:

Algunos primates del Nuevo Mundo utilizan este peculiar rasgo conductual para situarse en la cúspide de la jerarquía social y, una vez allí, conservar el status. Por tal motivo carece de sentido hablar de castas dominantes entre estos simios, muy al contrario de la creencia popular arraigada según la cual la prole del macho dominante heredará de su padre una posición de privilegio. Esto quizá sea cierto entre los grandes antropiodes del Viejo Mundo, que ascienden a la jerarquía merced a demostraciones efectivas de fuerza, si se confirma que la descendencia de los dominantes recibe más y mejor alimento que el resto. Pero, entre nosotros, es la amenaza dirigida hacia los miembros del grupo, más que la represión (que es poco frecuente, aunque no del todo carente de importancia) la que determina la posición del individuo. Bien entendido que la amenaza ha de ser verosímil. En consecuencia, cualquiera puede acceder al liderazgo.”

Hay que adimitir, puestos en la piel de un dictador celoso o de un colaborador suyo, que este texto se presta a cierto tipo de interpretaciones interesadas que, a mi juicio, se alejan muchísimo de su verdadero sentido. Concedo que es fácil hacer aparecer aquí una doble intención entre líneas, y es aún más fácil si consideramos que el subrayado es de Raimundo. Y si, además, prestamos oídos a una humorada fuera de lugar, pero inocente, que podemos leer sólo unas líneas más abajo en la que el autor compara las hordas de simios arborícolas del Amazonas con las repúblicas iberoamericanas surgidas tras la revolución de Bolívar, y a las monarquías europeas con la posible herencia del status entre los gorilas y los chimpancés del Congo, entonces
tal interpretación es menos arbitraria. Esta tonta broma puede muy bien ser considerada como un ataque ad hominem contra el dictador de turno. Añádase el uso del “cualquiera”, que se puede hacer pasar por “un cualquiera” (en el sentido que tiene “una cualquiera”) y compárese con el gusto morboso de los gerifaltes de las repúblicas bananeras por destacar sus humildes ascendencias incluso con la austeridad de la propia indumentaria a fin de presentarse al pueblo como uno más. Yo no afirmo que Raimundo no pensase las democracias populistas iberoamericanas como el gobierno del más vulgar, del más vocinglero, del que mejor enseña los dientes, sólo digo que no se trasluce en sus escritos.

Hay otro pasaje en el cuaderno séptimo, página 13, en el que se puede sospechar una alusión personal más evidente. Raimundo no restringe el patrón odontofántico a los monos antropomorfos, pero sí asegura que es en este grupo donde cobra una importancia decisiva, “y tanto es así -afirma- que si alguien me pidiese que adivinara la especie de un individuo que, a fin de llegar a la cumbre de la jerarquía del grupo o para mantenerse en ella, se viese obligado constantemente a la ostentación de fuerza, a la amenaza y a la intimidación, yo diría al punto que se trata de un gorila”. Y prácticamente a renglón seguido concluye que “el recelo y el miedo a perder el status es el rasgo conductual más característico de los machos dominantes entre las hordas de los simios antropomorfos”.

Insisto en que es preciso un esfuerzo plenamente consciente para malinterpretar estos escritos hasta el punto de considerarlos subversivos, aunque no ignoro que todo tirano es algo paranoico. Además, ahora que conozco la tribu de la que procedía mi amigo, no me sorprende que su macho dominante se haya sentido molesto. La verdad es que, visto lo que hay por el mundo, lo extraño sería que nadie se hubiera dado por aludido. Naturaleza obliga.



martes, 18 de febrero de 2014

Diseño Inteligente


He tenido la desgracia de estar estos últimos días en contacto con la enfermedad. No personalmente, por fortuna, pero me he visto obligado a visitar con frecuencia el hospital y contemplar los daños que ocasiona. Hay pocos lugares en que se le aparezca a uno de forma tan patente la degradación humana, no sólo por el hecho evidente de la ruina de los cuerpos sino, sobre todo, por la impudicia con que los males se nos muestran. En cualquier otro lugar nos encontramos al abrigo de su vista y podemos vivir en una inocente ignorancia de sus estragos. Pero , a poco que abramos allí los ojos, se nos irán revelando en vertiginosa sucesión todas esas enfermedades a las que un aséptico olvido nos ha mantenido ajenos. Es abrumadora la extensión del catálogo de males que pueden afectarnos, y tanto la dimensión como la estructura de nuestras instalaciones hospitalarias dan buena fé de ello.

Ahora que lo contemplo todo mirando hacia atrás me resulta difícil despertar la memoria. Quizá una inconsciente y oportuna defensa se ocupa de tender sus velos y ocultar a nuestros ojos despiertos lo que un ominoso sueño se empeña en evocar. Recuerdo, no obstante, que tuve que oír los gañidos de dolor o angustia de los moribundos, contemplar sus rostros cetrinos cuando los transladaban, sus pieles amarillentas y apergaminadas bajo las que se dejaba adivinar una osamenta torturada, sus miradas perdidas, ensimismadas y ya ausentes. Eludiendo la frágil privacidad de los boxes me llegaban retazos de conversaciones que no tenía más remedio que escuchar. Una doctora que tranquiliza a un paciente: “¿Ha tomado la medicación? No se preocupe, es una reacción normal”. Dos compañeros de desdichas que se cuentan mutuamente sus males y que, incluso, parecen rivalizar a ver quién sufre los más graves. Un quejido que parece desgarrar el alma de quien lo emite. Acá y allá palabras de consuelo que no se sabe si son sinceras o si se pronuncian para llenar un silencio elocuente. Otro quejido exhalado como si fuera el último, pero no, porque al cabo de un instante se repite aprovechando el esfuerzo de una espiración dificultosa, y luego otra. Y otra más, ya más tranquila, que distiende la tensión acumulada y nos permite un segundo de sosiego. Y siempre el tono estridente de las alarmas, de los monitores que registran las constantes de los pacientes, y esas gráficas que uno nunca sabe cómo interpretar. Cuanto se oye es el sonido del tiempo que se arrastra furtivo y barre las esperanzas. Yo lo sé, y supongo que lo saben todos.

A mi alrededor sólo hay enfermos. Uno sufre quizá una isquemia, un infarto, un ictus, una trombosis; aquél una estenosis. “Cardiopatía severa”, oigo decir. O una obstrucción arterial, o un derrame, una inoportuna hemorragia que te manda al garete. El vecino de al lado tiene suerte: tras la cortina que arruina su privacidad el médico le informa de que lo suyo es sólo de un ataque de epilepsia. Hay uno que simplemente tiene muchos años; otro, una infección que probablemente no pueda superar. A un tercero se lo llevan porque es preciso mantenerlo aislado. El de más allá sufre de un tumor en el estómago, o en el colon, o en el páncreas, o el hígado, y si no se deshace en alaridos de dolor es porque está tan atiborrado de morfina que es como si ya hubiera muerto hace un rato. El de acá tiene leucemia, el de allá un cáncer de pulmón o de laringe (“maldito tabaco”, dice alguien, y una presencia que sólo se intuye asiente con un silencioso movimiento de cabeza). Hay uno con una grave insuficiencia renal, otro con cirrosis terminal y sin posibilidad de transplante, el de más allá tiene los pulmones encharcados y cada nueva inspiración es a la vez un triunfo y una tortura. A un paciente se lo tienen que llevar de urgencia al quirófano, antes incluso de que se haga efectivo su ingreso hospitalario. Y, pienso, estoy sólo en la sala de observación de urgencias.

La planta del hospital es más silenciosa. Allí los males se ocultan con recato tras una gruesa capa de trasiego rutinario, pero siempre asoman las narices. Una mujer con demencia senil y la cadera rota llama a su hijo y, como éste no aparece, pretende arrojarse de la cama para ir a buscarlo. Seguramente, ni siquiera conoce la situación en que ella misma se encuentra y vive en una realidad virtual construida con los retazos de los pocos recuerdos que le quedan. Hay un enfermo que se pasea constantemente por los pasillos arrastrando los pies, vestido sólo con un fino pijama de todo punto incapaz de ocultar sus vergüenzas octogenarias. A todas horas, las enfermeras acuden acá y allá con bacinillas para los internos, o con pañales, o con ropa limpia para vestir de nuevo una cama. A uno hay que tomarle la tensión, a otro es preciso vigilarle para que tome la pastilla, al de más allá hay que asistirle en la ducha. Hay un enfermo del corazón cuya dolencia se complica con una infección que puede ser tuberculosis. Hay suerte: a ése lo aíslan y ya no tendremos que oír sus constante tos. Después lo aislarán más aún y doy por seguro que ya no lo volveremos a ver.

Y yo permanezco allí observando tanto los males que me atañen como los ajenos. Cómo a una mujer hay que darle la papilla en la boca, bebé de cincuenta quilos que de seguro no va a progresar, esperando que un golpe de suerte le permita deglutir el contenido de la cuchara antes de que termine por derramarse entre las comisuras de sus labios; o cómo a otra es preciso ayudarle a incorporarse en la cama porque es de todo punto incapaz de hacerlo sola, y se angustia por permanecer siempre en la misma postura. Y no tengo más remedio que preguntarme si es verdad eso que nos cuentan, que el cuerpo humano es la máquina más perfectamente construida de entre toda la creación, que es el esplendoroso resultado de una providencia amante e inteligente que ha diseñado el mejor de los mundos posibles. Y, considerando el modo en que falla el mecanismo, me pregunto qué clase de relojero tuvo los redaños de construirlo tan defectuoso. Claro que se me responderá que el mecanismo se corresponde con la totalidad de la creación, no con las criaturas particulares, y que, eventualmente, será preciso reemplazar las piezas ajadas por otras nuevas para que el conjunto continúe en estado óptimo. Una ruedecilla nueva, un engranaje nuevo, un nuevo resorte para que todo siga en perfecto estado.

Pero quien responde de este modo cae constantemente en las mismas incongruencias. Nos cuentan que tanto la pieza como la máquina son, simultáneamente, de naturaleza perfectísima. Y, como podemos observar a diario, esta simultaneidad está en flagrante desacuerdo con la realidad. Más aún: parece que el diseñador ya ha concebido los modos en que las piezas podrían ir regenerándose solas. Por lo menos, alguna de ellas. Por ello, y sólo por ello (no olvidemos que, como decía F. Bacon, a la Naturaleza sólo se la domina obedeciéndola), es posible el desarrollo de especialidades como la medicina regenerativa. Digo que ha parece haber concebido el modo de hacerlo, pero no se decide a ponerlo en práctica. Recientemente he leído en la prensa (E. Ortega, ABC 03-12-2013, “Las células cardíacas pueden ser engañadas para regenerarse”) que, según ciertas investigaciones, se pueden desarrollar métodos para restaurar daños hasta ahora considerados irreversibles. El artículo al que me refiero alude sólo a dolencias cardíacas, pero no debemos olvidar que ya existen técnicas susceptibles de ser utilizadas para regenerar cualquier órgano.

En este momento, lo único que debe intersesarnos, al margen del grado de desarrollo actual de estas técnicas, es su mera existencia, el hecho de que sea posible forzar a la Naturaleza a invertir el proceso de degeneración que sufren constantemente sus criaturas. Se sabe que hay especies animales capaces de regenerar miembros amputados. El artículo al que antes hacía mención afirma que algunas son capaces de regenerar daños cardíacos graves y que “se cree que esta capacidad se perdió en el transcurso de la evolución”. Esta afirmación ilustra muy bien la esencia del proceso evolutivo.

Si nos empeñásemos en continuar asiéndonos a la doctrina del diseño inteligente tendríamos que aceptar varias tesis. En primer lugar, sería preciso no cerrar los ojos a la evidencia disponible y considerar que en el desarrollo histórico del Diseño constantemente se adquieren y se pierden capacidades. Es fuerza aceptar también que existe un hipotético estado de la creación, más o menos lejano en el futuro, en que ésta adquiera el máximo de su desarrollo. O, lo que es lo mismo: que al final aguarda el Paraíso. Si nos negásemos a aceptar esto último se nos arruinaría el concepto de diseño. Si no hay un fin al que tienda y al que se aproxime paulatinamente, entonces no hay plan. Y, no lo olvidemos, un plan en un diseño cuyos elementos se suceden en el tiempo. En tercer lugar, es preciso que reconozcamos que todo cuanto acontece forma parte del plan, tanto los progresos como los aparentes retrocesos. Y, de modo particularísimo, todo el sufrimiento, todo el dolor, todas las tribulaciones de las criaturas. Si hubiese un solo mal gratuito, uno sólo por pequeño que fuese, o un bien (pero claro, esto ya nos importa menos), entonces la idea del diseño se va al garete porque quien la concibe no podrá distinguir lo necesario de lo innecesario y, en consecuencia, quedará autorizado a suponer que todo es innecesario y que no hay ningún plan.

Sin embargo, lo que a mí me resultaría insufrible, paradójicamente, es que todo fuese necesario, que todo cuanto acontece a las criaturas -y las criaturas mismas- no fuesen sino medios para lograr un fin más alto. Medios para un fin, simples herramientas, cosas. No puedo aceptar que yo no exista para mí, sino para otro. No quiero ser siervo de ningún señor, por grande que éste sea o por mucho que resida por encima de las nubes. Se me ha enseñado que todos los hombres son fines en sí mismos. Así pues, ¿qué derecho asiste al Diseñador a crearme primero libre y someterme después a sus planes? ¿Acaso, con el mismo derecho, no puedo yo arrogarme sus privilegios y exigirle que sea él quien se someta a los míos? Claro que semejante pretensión no vendría avalada por ningún poder que la respaldase, salvo la fuerza de la razón. El hecho de que el Diseñador, según todos los indicios, se niegue de manera tan evidente a respetar mis derechos indica a las claras que puede ser un diseñador astuto, pero no inteligente, toda vez que nos hemos empeñado en que la razón y la inteligencia vayan de la mano.



                   A fin de atemperar ésta, y de evitar en lo posible posteriores blasfemias, será conveniente que desechemos esta intrigante idea del Diseño Inteligente. Es más fácil representarse el mundo si prescindimos de ella y como, por lo visto, no podemos evitar el representárnoslo de algún modo, más nos vale usar la famosa herramienta de Occam y cortar por lo sano. Personalmente, prefiero pensar todo el proceso del despliegue del supuesto plan, toda la historia desde el primer instante del big-bang hasta el presente, como una sucesión de azares. Algo así como una casa antigua que, a través de los siglos, ha ido acumulando reconstrucciones y reformas dependiendo de cuáles fuesen las necesidades del momento. El resultado será un edificio con múltiples facetas, complejo, abundante en dependencias cuyas funciones han ido variando de época en época, llena de rincones, de esquinas, incluso de cámaras ciegas cuando resulte más fácil condenar una que derribar un tabique. Vista desde afuera quizá haya perdido ya su original forma poliédrica y se nos aparezca como un amasijo de añadidos, de construcciones anexas o adosadas. Si en un muro podemos abrir una puerta, también podemos levantar una nueva estancia a la que ésta nos franquee el paso. El conjunto no se puede entender de manera sincrónica porque no responde a un proyecto decidido de antemano. Ni siquiera tiene sentido plantearse si hubo un proyecto inicial, el primitivo edificio prismático, porque, de haberlo habido, respondería también él a una necesidad del momento, idénticamente análoga a cada una de sus modificaciones. Que no vengan luego los arquitectos snobs a construirnos chalecitos que no son otra cosa que pastiches de casas con verdadera historia.

lunes, 16 de diciembre de 2013

Caperucita la Roja

(Esta historia es pura ficción. Cualquier parecido con la realidad se debe únicamente al azar)


Si ustedes lo desean podría contarles la vida entera de Caperucita tal como yo la conozco, desde su nacimiento hasta hace tan sólo unos meses, pero supongo que no será necesario. Por otra parte, como sólo algunos detalles los conozco de primera mano, preferiría no tener que hacerlo. En efecto, pocas veces he tenido ocasión de hablar con ella, y menos aún son los datos de interés que me ha ido revelando. Por ella no sabré más porque la he visto cada vez menos dispuesta a sincerarse con extraños, señal inequívoca de que va adquiriendo algo de cordura. Lo poco que sé procede mayormente de terceras personas, y mi escasa capacidad deductiva me ha ido permitiendo atar algunos cabos sueltos de entre la maraña de hilos que se me ofrece. De todos modos, para escarnio y escarmiento de panolis – cuyo número crece sin tregua -, como refutación de la ortodoxia política – cada día menos dispuesta a tolerar discrepancias – y, finalmente, para satisfacer el legítimo derecho a la información de los curiosos, les referiré a ustedes lo que juzgo de interés de los avatares y desventuras de Dolores, alias Caperucita la Roja.

Sinceramente, y les ruego que me crean, yo no soy hombre dado al vano chismorreo. De cada asunto refiero sólo lo estrictamente necesario para comprenderlo, y lo hago del modo más escueto y directo que mi romo ingenio me permite. Aspiro a que, si digo menos, no se me entienda, y si digo más, algo esté de sobra. Pero ahora, aunque no viene del todo al caso, no me resisto a hablarles del origen del sobrenombre de Dolores. Ya saben ustedes que no hay nada más difícil que averiguar la procedencia de un mote y los motivos que lo ocasionaron. Con frecuencia los hijos los heredan de sus padres y de este modo se convierten en los más seguros gentilicios, en los patronímicos más exactos, en un segundo apellido que sustituye al primero y lo desplaza. Inútil indagar su causa. El caso de Caperucita es distinto, porque el suyo es un mote de primera asignación, pero a pesar de que quienes la motejaron aún viven, no hay dos personas que coincidan en señalar su origen. Lo cierto es que desde muy niña Dolores ha preferido el color rojo para su indumentaria, y siempre que se le concedió el derecho de elegir terminó decantándose por él. Con ocho años ya nadie la conocía por su nombre, con dieciséis coqueteaba con un capuchón corto de su color preferido y una minifalda que mostraba unas larguísimas y esbeltas piernas que trastornaron a más de un degustador de los encantos femeninos. A los veinticuatro todo el mundo la conocía como Caperucita la Roja porque a nadie dejaba de confesarle su fe y su ideología. Sabido es que la fe y la ideología van de la mano, por eso los dictadores se creen en el derecho de suponer que quienes no están de su lado están contra ellos, y se defienden.

Desde siempre fue Caperucita de natural confiado. No recelaba daños ni veía peligros, ni siquiera los que derivan de la omnipresente gravedad de los graves. Tuvo suerte no obstante: dos o tres fracturas no consiguieron afear ni un ápice el perfecto trazado de su grácil esqueleto. Con trece años y el carácter aun no del todo moderado era una guapa niña cuyo cuerpo mostraba exultante los cambios que afectan a las mujeres de su edad. Por aquél entonces se acostumbraba a inculcar en las niñas el deber de ayudar en las faenas domésticas, y su madre le mandaba con frecuencia hacer la compra en la tienda de la esquina. Caperucita obedecía a regañadientes quejándose de la ociosidad en que se le permitía permanecer a su hermano, se colgaba del brazo una cesta de mimbre y olvidaba enseguida su enojo. Como resulta que el hombre, más que animal racional, es animal de costumbres (lo que a veces explica el equívoco), quiso la casualidad que a menudo las salidas de la niña coincidiesen con el momento en que el vecino le abría la puerta a su perro para que diese su paseo cotidiano. Era este hombre un cuarentón, haragán como pocos, que había dado con el modo de que su perrazo saliese solo y volviese después, solo también, tras haber sembrado las calles con todas las inmundicias con que los canes obsequian a los humanos. Gozaba el perro de mejor talante que su dueño, y la niña le prodigaba mimos y caricias. Sin embargo, en una ocasión, el exceso de la carantoña molestó al chucho, que respondió con una descortés dentellada en el muslo izquierdo de la chiquilla. La cosa no tuvo más importancia que un poco de sangre, algún dolor y una pequeña cicatriz que la cirugía ni siquiera consideró conveniente corregir y que la afectada exhibe con inocencia todavía hoy, para deleite de oyentes y mirones. El incidente acarreó además el sacrificio del animal, sobre quien cayó la desgracia de que su dueño se hartase de sus responsabilidades a la primera ocasión que tuvo de ejercerlas, y el chascarrillo que circuló enseguida de que a Caperucita se le había comido el lobo.

Yo no sé si lo dicho aclarará algo la cuestión que trataba de resolver, si pertenece a la categoría de las causas o permanece aún en la de los efectos. Quizá haya que retrotraerse a la más tierna infancia de la zagala para averiguar algo más cierto, pero no estoy dispuesto a hacerlo. No he venido al mundo para contar historias, y si me avengo a hacerlo habrá de ser del modo que más me plazca. Nadie puede pretender que conozca a Caperucita mejor de lo que se conoce ella misma, que reconstruya la ilación de sus pensamientos, los motivos de cada uno de sus actos, los pretextos de quienes la rodean para juzgarla de un modo u otro. ¡Qué sé yo de todo eso! Yo sólo expongo hechos, y no todos: nada más que los que creo oportunos. Y un hecho no sólo oportuno, sino de importancia capital, es el que a continuación señalo: Dolores trabajaba como asistenta social para el ayuntamiento de su municipio. Comprenderán ustedes que tampoco cite el nombre del municipio. Puedo decir el pecado, pero me callo el nombre del pecador. Tampoco Dolores se llama Dolores, y si acudo a este artificio es por mantener el secreto de la identidad de la protagonista.

Como dije, Dolores trabajaba de asistenta social y tenía a su cargo la parte de los menores descarriados a quienes el puro azar quería usar como conejillos de indias en los experimentos sociales de integración de que tan orgullosos se sentían los próceres políticos de su ciudad, que en realidad no eran más que burdas tentativas de disciplinamiento suavizadas a base de eufemismos, lugares comunes, sonrisas a la prensa y mucha desidia a la hora de afrontar los problemas. Precisamente, fue en el desempeño de sus funciones como conocí a Caperucita. Yo era conserje de un colegio público adonde Dolores acudía para acompañar a los chavales que juzgaba preparados para la difícil experiencia de la vida escolar, y allí, en los ratos muertos de espera, a veces me contaba gentilmente su vida y sus problemas. Otras veces no, se entretenía charlando con los padres de otros alumnos mientras yo rabiaba de celos porque –fuerza es confesarlo- ninguna mujer tan guapa se había acercado nunca a menos de diez metros de mi centro de gravedad, es decir: a nueve del perímetro exterior de mi barriga.

Pero, con todo, esos breves ratitos de penuria emocional, de abandono en una mísera soledad que sólo podían romper las ondas de sebo que recorrían mi cuerpo de arriba abajo cuando, por no caer en el soez vicio de mascullar tacos, sacudía las piernas con impaciencia, no fueron nada comparados con la desolación de su primera semana de ausencia. A ésta siguieron otras, cada vez más largas y frecuentes, en tanto que sus entrevistas conmigo se iban haciendo más breves, más frías, más convencionales. Me creí morir un día que sólo hablamos del tiempo. Yo sudaba grasa, que es tanto como decir que Cristo sudó sangre, y sin embargo hice cuanto estuvo en mi mano por evitar que mis ojos traicionaran las convulsiones que anudaban mis intestinos y amenazaban con paralizar todas mis vísceras. ¡Malditas sean mis dotes de interpretación, pues estoy seguro de que ni el más pequeño átomo de mis emociones logró atravesar el grueso manto de tocino que llevo bajo la piel!

Ustedes sabrán disculpar estas digresiones que a nadie interesan. Al menos a mí me sirven de desahogo. Quizá sí interese decir que, al tiempo que su trato conmigo se hacía más distante, el trato con sus pupilos se resentía del mismo modo. Su solicitud para con ellos tornó en breve en simple corrección, después en una corrección distante y, por último, ni siquiera eso. Ni es necesario ni quiero detenerme más en estos detalles que sin duda afeaban su espléndida belleza y que precedieron por muy corto espacio de tiempo a su desaparición definitiva.

No creo que sean ustedes capaces de hacerse cargo del estado de ánimo que me fue invadiendo día tras día, a medida de que la constatación de que no volvería a verla se iba convirtiendo en una sentencia irrefutable. Un día me decidí a preguntar por ella a uno de sus contertulios habituales, un sujeto ya maduro que debía de tener alguna amistad con el padre de Caperucita. Como respuesta recibí un codazo de complicidad.

- ¿Qué? ¿Está buena, eh, canalla? –me dijo. Después me refirió la historia que a continuación repito.

Como todo progresista que se precie, Caperucita presumía de utilizar siempre los transportes públicos, aunque la realidad distaba un tanto de la presunción. A la hora de la verdad todo eran excusas: que si el horario no le convenía, que si había perdido el tren, que si no tenía buena combinación… Creo que se le veía menos por la estación que a un borracho en las asambleas del Ejército de Salvación. Pero sería faltar a la verdad afirmar que nunca acudía. En efecto, en una ocasión –y no trae cuenta precisar cuándo- se vio forzada a viajar en tren, a pesar de no tener buena combinación. Si he de ser sincero, no creo que toda la culpa del olvido del transporte público sea de Caperucita: en los países subdesarrollados los viajes llevan mucho tiempo por culpa de la escasa velocidad; sin embargo, en las repúblicas bananeras, como la nuestra, donde reina la desidia y la caradura, y el interés general se olvida a veces simplemente por nada, los viajeros deben soportar esperas descomunales en los transbordos. Concluyan ustedes lo que se sigue de esto.

Sea como fuere, lo cierto es que Caperucita hubo de esperar en cierta estación durante un par de horas a que llegase un tren que le devolviese a su casa. La espera en una estación puede deparar cualquier cosa, desde un feliz suceso hasta el más desgraciado de los incidentes. Allí todos los contrarios son posibles incluso al mismo tiempo, supongo que por eso la gente encuentra algo divino en el hecho de viajar. Dos personas pueden estar sentadas una al lado de otra esperando su tren, y sin embargo correr suertes diametralmente opuestas. No es esto exactamente lo que ocurrió con Dolores en aquella ocasión, puesto que se encontraba completamente sola en la sala de espera, pero su suerte dependía de que el sujeto que entró al cabo de unos minutos de estar ella allí aburrida tuviese dos dedos de frente o no más de uno y medio. El punto crítico es exactamente dos dedos de frente. Con eso o más, cualquiera que entrase daría los buenos días y se sentaría a una distancia prudente, porque por muy buena que esté nuestra interlocutora debe primar el respeto a su intimidad y su espacio vital. Con menos de dos dedos las cosas ocurren de un modo bien diferente: el que entra pide un cigarro, se sienta a tu lado y con total falta de pudor te cuenta su vida, tanto si te interesa como si no. Después todo parece incierto.

Pues bien, no sé cuál sería el número de sombrero que calzaba el tipejo que entró, porque yo no estaba allí para calcularlo, pero por lo visto se comportaba como si tuviera las facultades mermadas. Vestía pantalón tejano y una camiseta que se había saltado tres lavados, no parecía sentir el frío de la mañana y todo él evidenciaba haberse dedicado recientemente a frecuentes y abundantes libaciones. A juzgar por una cosilla sucia que le colgaba entre los dedos de la mano derecha, debía de estar bajo los efectos de las inhalaciones del humo de cierto narcótico que consumen a menudo los porreros. En suma, era un vitola del uno. El rostro se le habría quedado tan chupado como lo tenía sin duda por el esfuerzo de arrancarle al canuto hasta la última voluta de humo. Los ojos rojos, la tez grasienta, los cabellos despeinados, todo indicaba que no había dormido en toda la noche, no al menos como suelen hacerlo los cristianos.

Permítaseme ahora afirmar que el mundo está lleno de pesados, que su número crece en proporción geométrica en tanto que la paciencia del resto lo hace como mucho en proporción aritmética y que, a pesar de ello, disponemos de una variedad muy limitada de pelmas. Básicamente, sólo hay tres tipos. A pesar de mi resistencia y aunque sea sólo por estar haciendo lo que ahora hago, la honradez me obliga a incluirme a mí en el primero. Al menos me cabe el consuelo y el descargo de pertenecer al grupo de culpa más leve: el de los cuentistas. Sin duda un cuentista puede llegar a ser molesto, pero a poco que la Naturaleza le haya provisto de talento puede estar seguro no ya de no aburrir, sino incluso de agradar. Y si sabe condimentar sus guisos con astucia verá cómo la parroquia afloja la panocha sólo por oírle, cosa que nunca viene mal del todo.

El segundo grupo lo componen esos impúdicos de lengua suelta, capaces de contarte sus glorias o sus desventuras, quizá con la intención de sonsacarte alguna noticia comentable, o por obtener de ti algún otro beneficio. Este es el grupo más nutrido y el más insidioso, pues no está nada claro el desinterés de quienes lo integran. Además es el que con más encono abusa de la paciencia de sus víctimas. Y que nadie venga rebuznando que la caridad de la gente ha caído en picado, que ya no hay quien sepa escuchar, u otras zarandajas de ese pelo, porque la verdad está más cerca de lo contrario. No hay más que ver lo que con jobiana o vacuna indiferencia nos dejamos hacer a diario. Valga como ejemplo el de los publicitarios, esos mercachifles vocingleros buenos para nada, mucho más arteros que honrados, capaces de pregonar con el mayor entusiasmo y desdén por los buenos modos los artículos más inútiles, si son vendedores, o los candidatos más estrafalarios, si se dedican a la política. Y si a éstos, que de fijo son interesados, los aguantamos, cuánto no aguantaremos a quienes presumimos no lo son.

El sujeto que entró aquel día en la sala de espera debía de pertenecer al tercer tipo. Es curioso lo que ocurre con éstos: no son los peores, pero sí los más desagradables. Y yo tengo para mí que, dejando aparte sus aspecto, ello se debe a que, aunque no piden nada en concreto, sí que están pidiendo algo que nosotros podemos dar a manos llenas y que sin embargo atesoramos como si temiéramos gastarlo demasiado pronto. Quizá nos pidan compasión, o quizá algo que nos cuesta mucho menos y que valoramos mucho más que la compasión. Lo que pretenden de nosotros, creo, es que consideremos que el despilfarro de su vida no ha sido en vano, que valen o han valido para algo. De otro modo no nos narrarían tan abiertamente sus desdichas. Si Caperucita no pensó esto mismo que digo ahora, o algo similar, entonces me declaro incapaz de entender lo que hizo a continuación.

Este hombre, según parece no merecía ya el apelativo de “muchacho”, dijo llamarse Leopoldo Zurbarán.

- Yo soy descendiente de Zurbarán, el pintor, ¿sabes? –declaró con esa voz nasal y algo arrastrada que es propia y peculiar de la canalla-. Soy pintor, como mi padre y mi abuelo, y toda la familia. Ahora me dedico a pintar pisos, ¿sabes lo que te digo? Mi padre me enseñó muchos truquillos de puta madre, y como necesito algunas pelillas, pues pinto pisos que te cagas.

Supongo que Dolores no sería tan boba de no recelar alguna fantasía en lo que Leopoldo contaba, porque, como se verá, algunos detalles hedían a exageración. Por lo que a mí respecta, dejaré en suspenso la labor de separar lo verídico de lo fingido, puesto que ni siquiera soy capaz de distinguir a ciencia cierta lo verosímil. Leopoldo dijo haber pintado recientemente el piso de un amigo. Dio detalles: el techo blanco, la habitación del crío en azul claro, la de la cría rosa o color salmón. El salón de puta madre, con un rodapié que pintó de negro y sobre el que imitó las vetas del mármol pintando sobre el fondo negro unas manchas blancas con ayuda de una pluma de gallina. Esta técnica, que debía de ser tradición familiar con varias generaciones de antigüedad, le había sido muy útil para otros tipos de trabajos, como el pintado de barras de bares y discotecas. Yo no conozco a Leopoldo más que de oídas, pero por el modo en que recibo la historia me da la sensación de que este tipo de detalles se aducen para dar un poco de brillo al currículum. Y que nadie se engañe en lo tocante al conocimiento del oficio: él mismo se hace las mezclas de colores según una técnica infalible que también es tradición de familia.
En lo que atañe a la cuestión crematística, Leopoldo asegura que quien contrate sus servicios puede ahorrarse hasta mil euros en comparación con lo que le pediría un pintor profesional. El a su amigo le pidió mil doscientos, pero quedó tan contento que le dio una propina de trescientos. Leopoldo tiene suerte: en el suministro de materiales le hacen descuento como si comprara al por mayor. En todas partes le conocen, por eso puede bajar los precios. Asegura que tiene apalabrado otro trabajo para el hermano de un amigo, y cree que también recibirá alguna propina.

Ustedes me perdonarán ahora que no pueda yo esclarecer completamente cuál era la ilación del discurso del yonqui, comprendan que refiero su historia de tercera mano. Probablemente no había ninguna y Leopoldo simplemente hablaba de sí mismo con la coherencia de un borracho, sin permitir que Caperucita interrumpiese su monólogo. Sea como fuere, de la cuestión del dinero pasó a la cuestión familiar. Por lo visto no está casado, pero tiene dos hijos. Al mayor, que ya tiene veinticinco años y que por decisión de la madre no lo ha reconocido, lo ve muy poco porque vive en el extranjero. Ahora se va a casar el muy cabrón, hay que ver cómo pasa el tiempo. Vive con la madre de la novia, y siempre que va a visitarlo le invitan a quedarse una semana o dos, o todo el tiempo que quiera. Me da la sensación de que Leopoldo confunde la hospitalidad con el cariño, de lo contrario prefiero no imaginar cómo será la futura consuegra, la nuera, el hijo, y qué diablos hace el muchacho en esa casa. Ya sé que pensarán ustedes que me estoy convirtiendo en un deslenguado, pero háganse cargo: de tal palo, tal astilla. Yo sólo conozco de la misa la media, y entre la curiosidad y mi afición a hacer cábalas… Ustedes comprenden.

Nuestro locuaz yonqui tiene otra hija reconocida, una muchacha de trece años a la que casi no conoce porque se ha pasado ocho en la cárcel. Injusticias de la vida: total, unos radiocasetes y una máquina recreativa, pero le trincaron. Noto que según me cuentan la historia me hago más suspicaz. Una de dos: o Leopoldo es el único chorizo que ha dado con un juez justiciero o sus hurtos han ido acompañados de alguna otra calaverada. También es posible que le hayan ido trincando una y otra vez hasta sumar ocho años, pero tanta eficacia me parece impropia de una república bananera. Hasta ahora, por lo que cuenta mi amigo, no da la impresión de ser Leopoldo un sujeto violento, pero todavía no he escuchado toda la historia.

El primer atisbo del rencor que lleva dentro lo dejó ver cuando le contó a Caperucita que en los ocho años que pasó en la trena sólo le concedieron seis días de permiso. Prácticamente, como quien dice, acaba de salir de prisión, asegura, pero a mí no me cuadran las cuentas. Lo primero que hizo nada más salir fue tratar de visitar a su hija. Sin embargo topó con la oposición tajante del abuelo, que prefiere que la chiquilla ignore la existencia de su padre. Por lo que me cuentan, la primera vez Leopoldo se marchó decepcionado y con el rabo entre las piernas, pero volvió al día siguiente dispuesto a todo. Como no le abrían la puerta, de una patada la echó abajo y se lió a hostias con el abuelo. Le dio a placer en la cara hasta romperle los morros y sentir el tacto tibio y viscoso de la sangre en ambos puños. Quinientos euros de multa por la puerta y tres meses de arresto por la agresión, de los que sólo cumplió veinte días (cómo puede pretender después de decir esto que le cayeron ocho años por unos radiocasetes).

-¡Déjale, Poldo –le decían-, que le vas a matar!
- A estos hijoputas habría que matarlos de pequeños.

Cuando se lo contaba a Caperucita, Leopoldo juraba por su libertad que, si le hubieran dejado, le habría inflado la cara a hostias al abuelo hasta matarlo. Incluso de tercera mano, el relato es tan vivo en este punto que yo le concedo todo mi crédito. Como resultas del episodio, desde entonces no tiene problemas cuando quiere visitar a su hija. Los tiene el abuelo, que considera más prudente ausentarse. Eso fue, al menos, lo que ocurrió un día que el dolido progenitor acudió a visitar a su niña y a llevarle un regalo que compró con el fruto de su trabajo. El abuelo hizo mutis por el foro del modo más digno posible, probablemente siguiendo órdenes o instrucciones de la familia, y dejó el terreno expedito para el triunfal avance del pintor. Me lo imagino tan sólo un momento antes devanándose la roída sesera para elegir no un regalo adecuado, sino uno que le permitiera conquistar a la cría de un plumazo. Finalmente le entregó una camiseta de esas que llaman de Chenoa, ceñida al cuerpo y lo suficientemente corta como para que la niña pudiese lucir su virginal ombligo. Además, le largó cincuenta euros para que se comprase lo que quisiera. No hago otra cosa que imaginarme la cara de la madre al ver que a su hija le vestían de furcia, aunque no sé que se quejara por ello. Un regalo es un regalo, y lo que cuenta es la intención, debió de pensar. El caso es que, a la hora de despedirse, la chiquilla se negó a agradecer el regalo de su padre con el correspondiente beso. Figúrense: no quiso darle un beso a su padre, quien, como viera que era imposible ganarse el amor filial con halagos, decidió hacerlo a voz en grito. Leopoldo se sulfuró, montó en cólera, se subió por las paredes y le ladró a su hija que en lo sucesivo prefería darle regalos a cualquiera antes que a ella. Por lo visto, la madre de la niña le recriminó su terca negativa (en esto insistió Leopoldo varias veces), pero la hermana de la madre, al ver que el yonqui perdía los estribos, corrió a llamar a su tío –es decir: el hermano del abuelo hostiado- quien acudió enseguida amenazando con una cachaba.

- ¡No te tengo miedo, cabrón! –le gritó Leopoldo-. Si es que de los tres hermanos sólo el difunto Tinín valía…

Deduzco que el abuelo de la criatura tenía dos hermanos, de los cuales uno –Tinín- le debía de tener en vida alguna simpatía al furibundo expresidiario. Deduzco también que toda la familia vivía junta, porque las hijas y la viuda del finado llegaron tras el tío alarmadas por el escándalo.

-Pero dejadle –decían enternecidas, según Leopoldo, por la espontánea declaración de estima hacia su padre y esposo muerto-, si sólo viene a ver a su hija y a traerle un regalo.

¡Qué cabrona! Trece años y no quiere darle un beso a su padre… Pero la camiseta y el dinero sí que lo aceptó. Leopoldo juró no darle nunca nada más.

- ¡Que no sabe lo que hace, con trece años! –se quejó a Caperucita-. ¡Pero si los niños ahora con cinco años ya te torean!

No podía ser de otro modo. Caperucita reconoció en Leopoldo el género de desgraciados con los que estaba acostumbrada a trabajar. Pero no vio ningún muchacho irresponsable y despreocupado de su futuro, sino un pobre hombre casi de fijo perdido irremisiblemente a quien la vida le negaba todas las alegrías y no le ofrecía a cambio más que amarguras. El mismo Poldo se percata de que nadie le quiere: su hija se niega a besarlo y probablemente mira con asco su tez grasienta y oscura, sus ropas sucias, su voz cascada de drogadicto; tampoco sabemos que su hijo le haya invitado a la boda, y es seguro que ese detalle no lo habría pasado por alto. ¿No es éste un perfecto ejemplo de marginado, de víctima de una sociedad que no perdona el fracaso, la demostración viviente y evidentísima de que el sistema penal, lejos de lograr la reinserción social de los reos a quienes supuestamente trata de recuperar, no consigue sino su desahucio absoluto? Ojo, que yo no afirmo categóricamente que Caperucita no viera más que eso, es probable que también sintiera lástima del pobre Leopoldo, pero su instinto profesional le avisaba de que no se hallaba en situación de resolver sus problemas afectivos, mientras que seguramente sí podría hacer alguna cosa con respecto a su situación social.

Fue pensado y hecho, es decir: cosa poco meditada, supongo. Dolores se las arregló para meter baza en el interminable monólogo de Leopoldo y desviar la conversación de nuevo hacia su incipiente actividad profesional.

-Pues yo necesito pintar el piso –dijo como si de repente se acordara del asunto.

¡Habráse visto semejante estupidez! ¿Pero es que no estaba viendo que el tío es un yonqui de tres al cuarto, un expresidiario, un chorizo que tiene arrebatos violentos y de cuya competencia profesional no posee más referencias que las propias? ¿Cómo vas a meter a un sujeto así en tu casa? Se ve que los asistentes sociales, además de saber tratar los problemas personales de sus pupilos, disfrutan también de vista aguda a la hora de calcular el montante de sus impuestos. Quién sabe, quizá Caperucita pensó que a la vez que le echaba un cable a Leopoldo podría ahorrarse un piquillo mediante una pequeña y trivial trampa con el IVA. Para colmo de desgracia, todo cuadraba bien porque el pintorzuelo esperaba el mismo tren que la hermosa y resultó que eran casi vecinos, hay que ver lo que es la suerte. Unas pocas y eficaces preguntas acerca de las dimensiones y el reparto de la vivienda le permitieron a Leopoldo ajustar un buen precio para su cliente y, al tiempo, hacer gala de su pericia profesional tanto como de su falta de memoria, toda vez que pareció olvidar por entero el compromiso con el hermano de su amigo, aquél de quien también esperaba una propinilla.

Hicieron el viaje juntos y Caperucita tuvo que soportar la interminable cháchara del pintor, que no dejó de hablar –ni dejó hablar- en todo el tiempo. La conversación consistió en un enorme acopio de detalles acerca de cómo iba a quedar la obra. Oyéndole se podría creer que ya estaba idealmente finalizada, que no quedaba sino el pequeño trámite de ejecutarla y que ya se podría disfrutar, siquiera virtualmente, de la recién estrenada decoración del hogar. Les juro a ustedes que eso habría bastado para despertar todos mis recelos acerca de la voluntad del pícaro, porque con toda seguridad el ejercicio que estaba llevando a cabo es a la satisfacción por el trabajo bien hecho lo mismo que el cuento de la lechera es a la economía doméstica. Leopoldo estaba consumiendo ya todo el goce, pero aún no había probado el bocado amargo.

Sin embargo, ahora debía de estar eufórico. Se sintió generoso e invitó a su cliente a tomar un café en el bar de a bordo. Caperucita dio las gracias y se excusó alegando que ya había tomado uno en la estación y que un segundo habría rebasado con creces los límites de la dosis que su sistema nervioso puede recibir sin alterarse. Supongo que al menos una de ambas alegaciones era falsa, que no le apetecía tomar café con él y que estaría clamando al cielo para que el viaje concluyese cuanto antes.

-Bueno, pues tona un cigarro –dijo-. Te lo fumas luego, que aquí no se puede.

Leopoldo rebuscó en una cajetilla arrugada que sacó de su bolsillo y le tendió a Caperucita uno que tenía la boquilla rota, seguramente el último que le quedaba. No le cabía en la cabeza que no hubiese adquirido la costumbre de fumar, una más de sus hermosuras. Entretanto, el viaje tocaba a su fin, demasiado largo para la una y supongo que demasiado corto para el otro. Le veo sentado enfrente de su cliente, tratando de deslizar la vista sobre su escote, o muslos arriba hasta tropezar con la minifalda roja que de fijo llevaba, seguramente buscando una fórmula mágica que detuviera el tiempo en aquel instante. A saber lo que pensaba el pobre desgraciado en esos momentos. Cada uno imagina el cielo según Dios le da a entender, y no soporto que nadie lo entienda como yo. Finalmente el tren se estacionó en el andén de destino, y ambos viajeros descendieron, la una con prisa, el otro abriéndole las puertas y lamentando que no llevara equipaje para permitirse la galantería de cargar con él hasta donde fuera posible. Antes de despedirse concertaron una cita para ultimar los detalles de su negocio, y después se separaron ambos.

-Cuando quieras empiezo, y si quieres otra cosa también te la hago –dijo Leopoldo, y lo dijo de tal modo que Caperucita se arrepintió al punto de haberlo contratado.

Pero claro, no podía volverse atrás tan pronto. Al fin y al cabo no tenía en su contra más que una interpretación seguramente injusta. No se rompe un trato sólo porque la entonación de una frase no te haya gustado, se necesita una causa proporcionada. Por ejemplo, que tú digas “verde” y él, de su mano mayor, ponga azul; o que deje más pintura en el suelo que en las paredes. Eso sí, se dio prisa para acabar cuanto antes.

Se vieron en el piso de Caperucita un par de días después. Concretaron colores y texturas con toda rapidez porque Dolores tenía al respecto las ideas muy claras y porque Leopoldo no puso objeciones a sus argumentos. Se limitó a unos cuantos comentarios que él debió de considerar pertinentes, pero que en realidad sobraban, y a asentir en todo lo demás.

-Se ve que sabes –dijo con su modo peculiar de decir.

No era necesario desalojar la vivienda de muebles. El propio Leopoldo se encargaría de ir desplazándolos según conviniera, y prometió hacerlo con todo cuidado. Los cubriría con una lona que tenía a esos efectos, después de terminada la obra volvería a colocarlos en su sitio, y no habría viviente alguno que pudiera encontrar después en ellos rastros de haber sufrido tales operaciones. Caperucita no tendría que ocuparse de nada. Eso sí, él siempre pedía un anticipo para comprar los materiales y necesitaba una semana antes de comenzar la faena para que se los sirvieran. Como el anticipo era pequeño y el plazo razonable, ambas partes se pusieron de acuerdo enseguida. Caperucita le dejaría un juego de llaves al comenzar, para que no tuviera que estar pendiente de sus salidas y entradas, y con ello toda cuestión quedó zanjada.

Leopoldo fue puntual. Se presentó el día fijado ataviado con un mono de trabajo que en tiempos había sido blanco y que le quedaba un tanto demasiado grande. La hora era la convenida. Caperucita salía a trabajar entonces, le entregó las llaves, le ayudó a meter en casa los cubos de pintura que había traído, un manojo de brochas y rodillos y una escalera de tijera de tamaño proporcionado a la altura del piso. Después salieron ambos, pues el pintor aún tenía que subir el pesado fardo de lona para proteger los muebles, la máquina para mezclar los colores y alguna que otra cosilla.
-Menos mal que hay ascensor, que si no…

Qué más quieren ustedes que les cuente. Pasó lo que tenía que pasar. Miren, yo me niego a interpretar la conducta de Leopoldo. Se podrá decir que acudió a trabajar con toda la buena voluntad del mundo –de hecho, comenzó el trabajo-, que su intención era buena pero que le falló la voluntad. Lo que ustedes prefieran. También cabe pensar que llevaba la fechoría premeditada, que en principio cubrió las apariencias para prevenir una reaparición repentina de la víctima y que se dedicó después a sus anchas al saqueo doméstico sin que nadie le pudiera acusar de allanamiento. Un simple hurto, con eso ni le detienen a uno. Lo cierto es que cuando Caperucita regresó a casa lo encontró todo patas arriba. Ninguno de sus muebles estaba en su sitio. Algunos estaban amontonados en un rincón, las paredes desnudas esperando recibir su mano de pintura, pero el único lugar sobre el que la habían extendido en cantidad apreciable era el suelo. De la lona que debía proteger los muebles no había ni rastro, y alguno de los enseres había sufrido la carencia. Había algunos cajones tirados por el suelo, con su contenido revuelto o disperso por doquier, papeles que habían volado y consiguieron aterrizar donde Dios les dio a entender, notas escritas a mano sucias de pintura seca y pegadas sobre el tapizado del sofá, el teléfono descalabrado mostraba impúdicamente sus entrañas electrónicas, la ropa de los armarios llenaba los pocos espacios que se habían librado de la pringue, la cajita de caudales donde guardaba las pocas joyas que poseía –nada más que baratijas sólo un poco más caras que las ordinarias- y el dinerillo para los gastos corrientes había sido forzada con un destornillador y yacía en medio de su dormitorio como una boca que pidiese auxilio o clamase venganza. El microondas, el televisor, el vídeo, el estéreo y el ordenador habían desaparecido, así como alguna otra bagatela que no merece la pena recordar. Un par de pinturas al óleo y media docena de grabados de mediano valor habían sido despreciados por el caco, pero se salvaron, quizá de milagro, del estropicio general. Ningún libro había sido movido de los estantes, que debieron de ser desplazados con todo su peso, pero faltaba algún que otro disco. En fin, si desean un balance pormenorizado y más exacto, pregunten ustedes mismos a la interesada. Y si además pueden darle alguna noticia del ladrón, supongo que les quedará muy reconocida.

Del sinvergüenza de Leopoldo ella no volvió a tener noticia a pesar de los desvelos de la policía, cuyos efectivos se volcaron con toda la fuerza de su espíritu en el inútil empeño de localizarlo. Sé de buena tinta que Caperucita lloró su ausencia harto más de lo que ya había llorado por su presencia, y que si, por alguna de esas casualidades de la vida, su gaznate hubiera ido a caer entre sus manos, no quedaría mucho más arreglado de lo que le dejó el nido. Repito que las últimas veces que tuve la dicha de verla apenas si hablé con ella, pero es claro que el desguace de su domicilio coincidió en el tiempo, y precedió por poco a su desaparición. Es curioso: bastó este episodio para que se hartase de la canalla. Me he enterado también de que abandonó la militancia en cierto partido político al que se sentía muy vinculada emocionalmente, que se convirtió voluntariamente en una funcionaria al uso y que ya no quiere saber nada de proyectos de reinserción. Por lo que sé, ahora sella legajos e instancias del modo más mecánico de que es capaz y, para colmo, ha cambiado su minifalda escandalosamente bermellona por unos vaqueros en los que podría entrar por duplicado. Maldito sea por siempre el rufián de Leopoldo.



sábado, 23 de noviembre de 2013

Telepatía


Hay muchos mitos acerca del progreso que sólo se pueden explicar por un malentendido. Uno de ellos deriva de confundir el progreso técnico con el progreso moral. Otro puede muy bien provenir del peso excesivo que en el progreso moral se le concede a la empatía. Al menos en mi opinión -y supongo que esto no es decir mucho- el progreso moral se inclina más al lado de la razón que se sabe a sí misma, de la autoconsciencia. El espíritu no es sentimiento sino reflexión. (No es que el espíritu no albergue sentimientos: los posee, pero de un modo consciente, y en consecuencia también es reflexión). Por eso creo pertinente aclarar las consecuencias a que la tesis contraria podría dar lugar. Y, como para muestra vale un botón, he elegido la telepatía como mi conejillo de indias.
No se trata de una elección enteramente al azar. En efecto, hay al menos dos ámbitos desde los que la adquisición de esta supuesta facultad se nos propone como un paso que la humanidad ha de completar de camino hacia una equívoca y mal definida perfección. Me refiero, en primer lugar, al campo de las ciencias ocultas, los fenómenos paranormales y el esoterismo en general. En segundo lugar, la ciencia-ficción incluídos sus subgéneros satélites. Hay un tercero que reptaría entre ambos aprovechando sus resquicios y alimentándose de los jirones que ondean en los costados de una religión y una ciencia cuyas disciplinas -como toda disciplina- es aborrecida por la inmensa mayoría.
Siempre es útil comenzar con una definición, pero el nuestro es un término de definición bífida.Su etimología es ambigua y su sentido demasiado amplio. "Tele-patía" es sensación (o sentimiento) a distancia, aunque generalmente se considera que la distancia no tiene ninguna importancia y "sensación" incluye cualquier contenido psíquico, tanto sensaciones como emociones o pensamientos. Con la raiz griega "tele" se pretende aludir a la vía de transmisión de los contenidos psíquicos. Mejor dicho: se alude a la ignorancia de dicha vía, pues sólo se aclara que no se verifica a través de ningún sentido corporal. Por esta razón la telepatía se incluye entre los fenómenos de percepción extrasensorial, expresión que constituye una flagrante contradicción en términos.
No es mi intención discutir el status científico de los estudios que se han realizado acerca de estos supuestos fenómenos, sólo quiero hacer constar mi profunda perplejidad por el hecho de que tales investigaciones se hayan llevado a cabo. En ciencia, normalmente, se estudia un fenómeno cuando se tiene constancia de él (cuando se ha manifestado, cuando viene a ser fenómeno).  Toda la evidencia empírica ha de ser universalmente observable y reproducible, y se estudia sobre la base de una teoría previa. Sin embargo, las investigaciones acerca de los fenómenos de percepción extrasensorial, que se dilatan ya por espacio de un siglo y medio, tienen como fin primero establecer la existencia del fenómeno, sin que hasta el momento hayan tenido éxito alguno. Por lo que yo sé, la ciencia trata de explicar los hechos observados, no de inventarlos. Es cierto que el propio desarrollo científico, en ocasiones, da lugar a fenómenos no observados con anterioridad, bien por descubrimiento casual o por que su existencia se deduzca de alguna teoría que se quiere someter a prueba. Pero también lo es que la percepción extrasensorial no se ajusta a ninguno de los procediemientos habituales en ciencia. Así pues, no hay fenómeno para estudiar más allá de ciertos testimonios personales que no hay por qué tener en cuenta, ni teoría que permita sospechar su existencia más allá de las fantasías infundadas de algunos parapsicólogos locuaces. No comprendo que se desvíen fondos (públicos o privados) a este tipo de investigaciones. Este sí que es un fenómeno a estudiar...
Desde ciertas instancias se nos han presentado los fenómenos de percepción extrasensorial como una serie de facultades latentes en el ser humano, cuyo desarrollo -o recuperación- no puede ser considerado sino como progreso. Supongo que habrá quien crea en una supuesta forma superior de comunicación libre de las barreras materiales a que el lenguaje ordinario se ve sometido. Sin malentendidos, sin falsas interpretaciones, sin posibilidad alguna de mentiras. Y, en consecuencia, también en una hermandad de espíritus que vivan en perfecta armonía, unidos todos por un sentimiento común. Ahora bien, el lexema "patheia", que aparece tanto en "telepatía" como en "simpatía" o en "empatía" alude, según dije, en general a contenidos psíquicos tales como sentimientos, estados de ánimo, emociones o pensamientos. El fenómeno telepático se muestra en este punto extremadamente ambiguo. Hay una insuperable diferencia (que no es de grado, sino esencial) entre los pensamientos y otros contenidos psíquicos. Desde luego, nosotros podemos racionalizar los sentimientos, podemos hablar de ellos y estudiarlos, pero entonces estamos produciendo pensamientos acerca de ellos. De este modo los hacemos plenamente conscientes, pero ello no obsta para que la transmisión telepática de sentimientos sea radicalmente distinta de la transmisión telepática de pensamientos. En esto hay una confusión de charlatán. Yo puedo transmitir sentimientos a gritos, bramando como una bestia, arrancándome mechones de cabello o emprendiéndola a golpes con todo cuanto tenga a mano. Pero nunca podré comunicar pensamientos, o ideas complejas, de este modo. Para ello necesito un lenguaje articulado, o un código suficientemente rico y preciso que me permita verbalizarlos.
Sucede, no obstante, que tal cosa no se plantea en los experimentos sobre percepción extrasensorial. Los testimonios personales suelen referirse a la comunicación de puros estados de ánimo absolutamente descontextualizados; los experimentos se ciñen a la transmisión de ideogramas, de figuras sencillas estampadas en naipes (las famosas cartas Zener). La verdad es que los experimentos con cartas nunca han tenido éxito: habrá que concluir que la transmisión de ideas, por sencillas que sean, no es posible. En cuanto a la transmisión de estados de ánimo, caso de que se probara, de ningún modo podría considerarse como un progreso. En efecto, esta forma de comunicación no supera la comunicación animal mediante bramidos, por ejemplo. El ser humano ha evolucionado en el sentido de afinar extremadamente sus medios de comunicación entre individuos, movimiento en el que se cifra su éxito evolutivo. Desde luego que el lazo afectivo entre hablante y oyente facilita la comprensión, pero la comprensión misma no es cuestión de sentimiento, sino de reflexión: el oyente anticipa el sentido de lo que se le dice porque supone que quien le habla es un sujeto semejante a él. Se pone, pues, en su lugar; vuelve sobre sí mismo para salir idealmente de sí mismo. Por el contrario, la telepatía es intuición inmediata de un sentimiento que, en el mejor de los casos, podemos atribuir a otra persona. En el supuesto de que haya sido una capacidad perdida a lo largo de nuestra historia específica, habrá sido en aras de una capacidad superior. Su readquisición será, por tanto, un paso atrás, una regresión, nunca un progreso. Lo mismo que lo sería el retorno a la locomoción cuadrúpeda, a pesar de que nos permita una velocidad superior.
A menudo, la ciencia-ficción nos presenta lo que podríamos denominar como "la versión fuerte" de la telepatía. Todos conocemos esos seres bípedos y cabezones que hablan entre ellos de modo silencioso. Y no sólo hablan, sino que pueden intervenir, manipular, la mente de los demás. Con frecuencia, nuestro extraterrestre megacéfalo es una "inteligencia superior" provista también de otros poderes paranormales como la telequinesis, de modo que sus facultades han de ser consideradas asímismo como superiores. Adquirirlas supone, en consecuencia, un progreso. Por supuesto, nunca nos hacemos cuestión del hecho de que tales facultades vengan siempre acompañadas de una tecnología sumamente avanzada (seres así dotados no necesitan para nada la tecnología).
Por mi parte, yo no dejo de preguntarme cómo será la sociedad de estos alienígenas. Con sus necesidades materiales satisfechas con largueza por la potencia de su tecnología, hermanados todos por la conciencia de un espíritu común. Puro averroísmo astral. Cualquier idea nueva, cualquier descubrimiento, será compartido por todos sin ninguna dilación, y su paternidad no podrá atribuirse sino a la especie entera. Allí no puede haber individualidades, hay un solo sujeto: el todo. Supongo que se puede envidiar una sociedad como esa arguyendo la extremada solidaridad que une a los semejantes, pero yo no entiendo cómo de semejante estado puede derivar ningún progreso. Por lo que podemos observar en nuestro planeta, las especies perseveran, a menudo sin éxito, en el empeño de seguir siendo ellas mismas. Por lo tanto, no hay nada más alejado de la vida específica que el progreso. Desde hace muchos millones de años las moscas siguen siendo moscas porque no hay entre ellas ninguna que pueda hacer valer su individualidad sobre la ingente masa de la que ha venido a ser insignificante miembro. La "mosquidad" es eterna porque no hay nada que la obligue a cambiar y porque produce muchos huevos. La eternidad es pura indiferencia. Es ausencia de movimiento: muerte (del individuo).
Es cosa segura que la ciencia ficción habrá parido muchas más, pero ahora yo tengo en mente dos sociedades "eternas". La primera -por reciente- es la que se nos muestra en la película "Avatar". En el rico y exuberante planeta de Pandora la comunicación telepática, como corresponde en la era de internet, se verifica merced a las conexiones USB con la Gran Madre Naturaleza de que todo ser dispone por nacimiento. Allí, como en los más rancios mitos terrícolas, Naturaleza y divinidad se identifican. En sí mismo el mito no tiene nada de malo, el problema es que en la película se nos ofrece degradado bajo una explícita identificación informática y barnizado de moralina. De este modo, naturalismo, primitivismo mecánico, totalitarismo y moral aparecen aunadas. Gracias a su fuerza moral de nativos estelares y explotados, que emana del ser uno con la madre Tierra, su rudimentario armamento se impone a la avaricia de los invasores y a la más asombrosa y devastadora tecnología.
La segunda se la debemos al genio de Isaac Asimov. En la cuarta entrega del Ciclo de la Fundación, "Los límites de la Fundación", el autor nos presenta una supermente originada por la unión telepática de todos los habitantes del planeta Gaia, no sólo los humanos, cuya finalidad es trabajar por el bien común. Gaia propone la constitución de una entidad mucho más vasta que incluya toda la galaxia, con lo que el imperio galáctico quedaría restaurado. "Yo-nosotros-gaia" es el lema que constantemente repite Bliss, la coprotagonista natural del planeta que junto con unos miembros de la Fundación se lanza a la búsqueda de la Tierra en la última entrega.
El Bien Común es un concepto lo suficientemente esquivo para desconfiar de él. Lo usan los demagogos para hacerse con el favor de las gentes, los dictadores y los magnates que desean justificar despidos masivos. Pero, hasta el momento, no he conocido a nadie que sepa calcularlo. En su nombre se han cometido las mayores tropelías y los crímenes más atroces y, en definitiva, resulta llamativo el hecho de que algo que de tal modo interesa a todo hombre suscite en ellos los desacuerdos que provoca. Trabajar por el bien común siginica, de manera inequívoca, luchar contra el interés de las personas, precisamente porque con ninguno de los intereses particulares puede identificarse. El bien común de la especie "Cebra" incluye el que muchos de sus individuos caigan bajo las fauces de sus depredadores, porque de este modo se garantiza la supervivencia de los especímenes más sanos. Vivir bajo la égida del bien común supone desaparecer como individuos.
Es cosa clara que el verdadero progreso de una sociedad no consiste en hacerse uno con los demás, sino en dividirse, en diferenciarse, y armonizar los propios intereses con los del resto. La salvación no está en el todo sino en el yo. "Amad al prójimo como a vosotros mismos" nos ordena el mandamiento. Esto es: que el amor que profesáis a los demás no sea superior al que sentís por vosotros y que éste sea el modelo de aquél. Kant lo formulaba de este modo: "obra siempre de manera que la máxima de tu conducta pueda convertirse en una ley universal". O, lo que es lo mismo: trata a los demás como te gustaría que te tratasen a tí. No hay aquí ningún gregarismo. La razón es lo diameltralmente opuesto al totalitarismo.