Dicen que en boca cerrada no entran moscas. Por mi parte, como no me gusta evocar imágenes desagradables, diré sólo que a quien habla demasiado finalmente terminan por alcanzarle sus propias palabras. Pues bien, algo parecido me ha ocurrido a mí al hilo de, al menos, dos de mis anteriores escritos. Me refiero a mi comentario sobre la novela de F. Dostoievski "Los hermanos Karamazov", al que titulé con el interrogante "¿De verdad está todo permitido?", y el que lleva por título un escueto "Vida". De la novela de Dostoievski yo destacaba la cuestión del ateísmo y algunas de sus implicaciones teológicas y morales. En "Vida" comentaba la limitación humana, el tiempo y el carácter fugaz de la vida. Ambas opiniones han suscitado -en otros lugares- comentarios que en algunos puntos convergen, a pesar de que sus argumentos se antojaban dispares. Estos comentarios, algunos de ellos de forma explícita, me instan a aclarar mi opinión acerca de cuestiones éticas y metafísicas en cuyos laberínticos recovecos es fácil terminar tanto mordiéndose la cola como dándose de bruces contra uno mismo, de manera que mi oscura verborrea encuentra así un merecido castigo.
Antes de hacer una síntesis de la discusión que -en ámbito distinto de éste- estos dos escritos míos han abierto entre algunos de sus lectores, me gustaría resumir brevemente lo que uno puede encontrar en los manuales de metafísica acerca del mal. De este modo, al tiempo que centro la cuestión, puedo tratar de justificar el giro que con el título que encabeza estas líneas voy a dar al tema que nos ocupa.
Pues bien, básicamente hay dos concepciones acerca del mal: una negativa que considera que el mal en sí mismo no existe sino que es carencia de algo (del bien), y otra positiva según la cual tendría entidad sustaniva propia. Según esta última concepción -y dicho en términos muy breves- el mal sería el signo del carácter creador del hombre, que no tiene por qué oponerse al designio divino pero que puede apuntar en dirección divergente. El mito de Prometeo o el episodio bíblico del pecado de Adán y Eva son dos buenas ilustraciones de la rebelión del hombre contra Dios y de la afirmación de sus capacidades creativas. Prometeo nos tae el fuego para que podamos sobreponernos a la indigencia que nos es consustancial; el fruto del Arbol Prohibido nos permite tomar conciencia de nuestra libertad. El castigo a Adán y Eva consiste en la obligación de ganarnos el pan con nuestro sudor. Es decir. la obligación de llenar la Tierra y de someterla con la sola ayuda de nuestras facultades. Cómo esta capacidad creativa humana puede transgredir los designios divinos y generar un mal ha sido un argumento que los románticos explotaron con alguna frecuencia. Así, al menos es como entiendo el relato de Mary Sheley "Frankenstein o el moderno Prometeo".
Aunque más adelante tendré que volver a incidir en el tema de la libertad humana, por ahora prefiero centrarme en la concepción negativa del mal. Se trata de la más antigua en la tradición occidental y su origen es ambiguo: por una parte la fatalidad clásica, por otro lado la idea de la inconmensurabilidad entre Dios y sus criaturas. Aunque se le suele atribuir al neoplatónico Proclo (siglo V d. de C.) el inicio de esta línea de pensamiento, yo prefiero retroceder varios siglos hasta el surgimiento de la filosofía griega. Antes incluso, el alma griega estaba impregnada de la creencia de que en los asuntos de tejas abajo nada quedaba completamente bajo control. Una ciega necesidad (desde luego, mucho más ciega que la justicia) pendía sobre el hombre y amenazaba con hacer inútiles todos sus afanes, de manera que, fuesen cuales fuesen los esfuerzos de los individuos para escapar de su destino, éste terminaba siempre por alcanzarles. Entre otras muchas cosas, los griegos son los inventores de la tragedia.
También son los inventores de la filosofía, y ésta nace con la creencia de que tras el carácter azaroso e impredecible de los asuntos mundanos subyace un "logos" oculto que lo explica y lo gobierna todo. Lo que se nos muestra -el mundo- es pura apariencia que no cesa de fluir, pero, bajo su caleidoscópica figura, algo eterno e inmutable que es lo verdaderamente ente se hace accesible a la razón humana. Toda la filosofía presocratica es, por una parte, el descubrimiento de lo permanente de todas las cosas, y en segundo lugar la remoción de esto permanente hasta el plano de lo virtual, lo ideal. Hay un autor -y mi flaca memoria no alcanza ahora para recordar quién- que hablaba de filosofía preplatónica, no presocrática.Y, en efecto, podemos considerar la filosofía previa a la del noble ateniense como su necesario preliminar. Para Platón, el mundo material es una copia inexacta del mundo ideal. La causa de la discrepancia entre ambos no es la torpeza del dios -el Demiurgo- que realiza el simulacro, sino el carácter irreductible a la razón ("logos") del componente material. La materia pura es pura carencia de idea, y todo el sistema de las ideas está regido por la idea suprema del Bien. De modo que el componente material se hace incapaz del albergar de modo perfecto el bien. La negatividad de la materia sería el origen del mal en el mundo, tanto del mal físico, como del producido por la acción humana (al fin y al cabo, "la carne es débil"). Este sería el punto de vista de Proclo.
Hecho esto, es hora de volver al primero de los artículos a los que hacía referencia más arriba. El lema que repite Dostoievski en "Los hermanos Karamazov", y del que toda la novela es comentario, es que si Dios no existe entonces todo está permitido, no nos es preciso justificar ninguna de nuestras acciones y el mal (me refiero ahora al que tiene su origen en las acciones humanas) campa por sus fueros. Algún lector comentó que la moral es autónoma y que no puede ser dictada por Dios, pero incurría en la flagrante contradicción de considerarla de carácter personal. "Cada cual se dicta su norma, venía a decir, y se fija sus límites", sin caer en la cuenta de que en ese caso ninguna conducta es reprobable. Precisamente, esta es la tesis de Ivan Karamazov. La consecuencia es la disolución de la frontera entre el bien y el mal. La única salida posible, aducía yo, es considerar una moral autónoma pero no individual, sino compartida. La moral es un producto de la sociedad, y los individuos la subscriben de modo ya explícito ya tácito. Añadía yo que aquéllo en lo que en primer lugar, y más generalmente, convenimos es un sistema de valores; que los valores no determinan ni la norma ni la conducta sino que sólo las orientan; y que están sujetos a cambios. Además proponía un modelo de cambio semejante al que T. Kuhn describe para los paradigmas científicos: sólo cuando el paradigma muestra determinadas carencias a la hora de explicar los hechos es cuando se proponen los cambios. En el terreno moral, unos pocos individuos aventajados detectan, o diagnostican, el olvido de valores obsoletos, en desuso, y señalan otros nuevos que de hecho ya los están substituyendo. Finalmente, ya sea por convencimiento o por la desaparición física de sus detractores, el nuevo sistema de valores se impone. El papel del individuo sobresaliente no es el de crear valores, sino el de reconocer los que la propia dinámica social va generando y el de proponerlos explícitamente. El papel que se reserva al resto es el acomodar su conducta a tales valores y a la norma que inspiren en su comunidad concreta. Si -como afirmaba mi lector- cada individuo se viese obligado a repensar todo el edificio de la moral, desde los valores a la adecuación a ellos de normas y conductas, entonces se condenaría a la inacción, porque resulta humanamente imposible (aunque sea idealmente posible hacerlo) reconstruir en una sola vida un producto de toda la sociedad que, además, sólo se explica históricamente. Es virtualmente imaginable que un hombre por sí solo reconstruya todo el cuerpo de conocimientos matemáticos, desde el primitivo inicio del cálculo con piedrecillas hasta las más abstrusas y abstractas realizaciones, pero precisaría de muchos siglos y mucho talento. En general, hay muchas más personas que ideas, de modo que ninguna idea pertenece a ninguna persona en concreto. También las ideas, gracias a nuestra capacidad para comunicarlas, son autónomas, no dependen de nosotros individualmente. (Esta es la única forma aceptable de platonismo).En definitiva, la historia de los robinsones es un mito, incluso en el campo de la moral.
Con lo dicho quizá se explique el nacimiento de la moral (qué más quisiera yo), pero necesitamos justificarla. Es decir: dotarle de un fundamento, de una idea previa (y por lo tanto válida para todo sistema, universalmente válida) que le sirva de cimiento, que haga de ella algo asumible por las personas de modo que nos la podamos representar como no impuesta, sino libremente aceptada. Los términos de "universalidad" y "libertad" ( es decir: espontaneidad del entendimiento) evocan con mucha fuerza el lenguaje kantiano. La virtud del pensamiento de Kant, a mi juicio, es la de haber logrado universalizar los patrones que conforman a un sujeto que de otro modo quedaría condenado al solipsismo. Sabemos que existe un mundo independiente de nuestra voluntad y entendimiento porque cada uno de nosotros se concibe a sí mismo como un ser limitado y a merced de lo dado en la intuición sensible. Si el mundo no fuese más que un mero contenido de mi conciencia (que es autónoma y libre), ¿qué podría impedirme crearlo según la medida de mis necesidades y deseos? Como no puedo hacerlo, debo entender que es en absoluto ajeno a mí. Además, puedo reconocer la existencia de otros sujetos semejantes por la pura proyección hacia el exterior de la reflexión acerca del yo, es decir: de la conciencia. Lo dado, o al menos una parte de lo dado, se me manifiesta como sujeto. Por último, puedo hacer extensibles a los otros sujetos las prerrogativas que me concedo. Si yo me considero un "fin en sí mismo", no un medio para otros fines, entonces he de considerar a los demás del mismo modo. No me obliga a ello más que mi egocentrismo y cierto prurito de coherencia al que puedo llamar "razón". No deseo que se convierta en norma universal (es decir, aplicable contra mí) la siguiente máxima de conducta: "es lícito que un sujeto se sirva de otros sujetos como medios para lograr sus fines particulares". De modo que resulta de mi interés y -universalmente hablando- del interés de todos los sujetos racionales (valga la redundancia) el obrar siempre de manera que no tenga inconveniente en que la máxima que rige mi conducta particular se convierta en ley universal. Dicho en lenguaje llano y sencillo: tratar siempre a los demás como quisiera que me tratasen a mí. Y dicho en lenguaje cristiano: amar al prójimo como a mí mismo. Kant ha hecho del egoísmo un valor no sólo universal sino perfectamente universalizable, y de él emana una norma con la que a cualquiera le es imposible no convenir.
La desobediencia a esta norma es lo que le repugna a Ivan Karamazov del crimen que ha cometido Smerdiakov en la novela de Dostoievski. Smerdiakov ha cometido la estupidez de autorizar a los demás a obrar con él como él con su víctima. En el fondo, aún está viva la noción socrática de que el malechor obra el mal por ignorancia, o por estulticia. ¿Y no es esto lo que celebran los niños cuando en los cuentos que les narramos resulta que el malo es siempre también el más tonto? En resumidas cuentas, el delito es reprobable porque me expone (expone al delincuente) a males al menos tan grandes como los que quería evitar. Se trata de un cálculo errado. Una muestra más de la limitación y la falibilidad humanas.
Hay otra muestra de la finitud y la imperfección del ser humano que deseo comentar antes de abordar el resunen de la discusión en torno a la segunda de mis opiniones a que hacía referencia al principio. El hombre actúa en dos niveles al menos de facto inconexos: el plano moral y el político. Si desde el punto de vista moral nuestras acciones se resienten por nuestras limitaciones físicas e intelectuales -aparte de nuestras flaquezas-, en el terreno de la política vivimos en una indigencia casi absoluta. En algún lugar he leído que la política no es otra cosa más que el arte de optar por el mal menor, definición que podemos calificar de pesimista por partida doble. Por una parte, con ella renunciamos a la consecución del bien, salvo que ahora invirtamos lo que ha sido creencia universal y queramos considerar el bien como la mera carencia de mal. Por otro lado, la definición no nos dota de ningún baremo para calibrar males, de modo que el político desconoce qué opciones son preferibles e ignora las consecuencias futuras de su elección. Por ello un político nunca razona, sino que persuade. Todo ello, por supuesto, suponiendo que el gobernante gobierna en beneficio se los gobernados y no, por ejemplo, en el propio. En el peor de los casos, que el gobernante actúe por motivos espurios, supongo que cabe aplicar criterios morales.
Hecha esta observación, creo que podemos abordar ya metidos en harina la discusión acerca de mi escrito "Vida". Dicho en términos afines a nuestra discusión actual, el asunto que yo planteaba era el del mal físico ocasionado por el puro paso del tiempo, su impacto sobre la conciencia individual y el modo en que podemos observar que todo, por el hecho de existir, se marcha al garete. El contexto en que tiene lugar la marcha universal hacia el fin es el de la limitación del sujeto que lo contempla, el hombre.
Para mi sorpresa, la discusión derivó desde el principio hacia el plano moral. "Creo que es importante, comenta un lector, vivir, vivir siempre y todos los días. No permitir que la vida pase por nosotros, sino tomar caminos,decisiones, elegir". Frente al zarandeo a que nos somete todo cuanto no es yo, el comentarista propone la imperturbabilidad estoica junto con algún vestigio de responsabilidad expresado en lenguaje existencialista. Ahora bien, ¿elegir qué? me pregunto yo. Y es que el simple "carpe diem" que nos aconseja a continuación (es decir: el aprovechar la ocasión que se nos brinda sin buscarla) no parece otra cosa que someterse al zarandeo y permitir que la vida nos pase por encima sin más. La ocasión, en todo caso, habrá que buscarla, fabricarla, hacerse responsable de ella, poner en juego toda la capacidad creativa del ser humano. Y esta última frase mía reproduce intencionadamente los términos usados más arriba con ocasión de la concepción positiva del mal.
Otro lector califica de "plaga humana" al ser vivo que está llevando a cabo esta labor de creación, o de co-creación, que nos estamos exigiendo. E, inmediatamente, un tercero suscribe su deseo de que esta plaga sea erradicada cuanto antes de un edén que, de ese modo, quedará privado de toda conciencia que lo disfrute. Ha sido frecuente en el pasado que a esta plaga se le diese el nombre de "civilización" o "cultura", y no creo que haya mucha gente dispuesta a renunciar a ella y regresar a las cavernas, o más atrás, en nombre de la conservación de un jardín que de todos modos terminará también por sucumbir al paso del tiempo. Sólo la conciencia, y su secuela de civilización, puede erigirse en esperanza frente al final inexorable que nos aguarda.
La cuestión que nos estamos planteando es si merece la pena o no la cultura. Y como el hombre es un ser que vive inmerso en una cultura, nos preguntamos si merece la pena vivir o no. Todo ser vivo altera el medio ambiente. Al principio de los tiempos, una bacteria anaeróbica contaminó de oxígeno una rica y saludable atmósfera de dióxido de carbono, obligó con ello a todas las demás a adaptarse al cambio producido y, finalmente, propició que nosotros viniéramos al ser. Es cierto que la especie humana es la única que realiza estos cambios conscientemente (cuando lo hace, porque en muchas más ocasiones contamina con toda inocencia, y eso es lo que se le critica, supongo), la única que crea, la que se fabrica su propio entorno. Y lo cierto es que esta creación humana se asienta sobre aquella destrucción, la necesita, supone su condición sine qua non.
También es condición necesaria el sufrimiento humano. Toda cultura se asienta sobre el dolor, aunque sólo sea por que precisa del trabajo y el esfuerzo de las gentes. Ni una sola realización humana, nada de cuanto consideramos valioso, se ha llevado a cabo sin dolor. Todo proyecto exige un coste en capital, en trabajo, en vidas consumidas o sacrificadas. Quizá haya quien pretenda comparar el beneficio obtenido con el daño ocasionado y decida que éste supera a aquel. Contra tales pensamientos nada se puede argüir (tampoco es posible hacerlo a favor), se trata de una cuestión de preferencias y no de razones. Lo único de puedo decir al respecto es que si estuviese a nuestra mano el preguntar a las miríadas de víctimas del progreso si, una vez sacrificados, prefieren que se mantenga el edificio de la cultura o que se venga abajo, dudo que eligiesen esto último. Otra cosa sería habérselo preguntado antes, pero ya no es posible hacerlo. Ocurre que el mundo que me he encontrado al nacer ya era así, y a mí me toca responder cuestiones tan pintorescas (cada cual ha de hacerlo por su cuenta). Y sucede también que me parece inmoral trabajar para que todo ese sufrimiento ya pasado venga a ser inútil, o pretender que lo es. Sea como fuere, resulta que en este mundo de fundamentalismos encontrados tal situación no es insólita y, ya sea idealmente o de hecho (como ocurrió con los talibanes y las gigantescas estatuas de Buda que destruyeron), se está procediendo a la destrucción de un legado que no nos pertenece, que pertenece sólo al universo de la consciencia, al conjunto de todos los seres conscientes habidos y por haber. Destruir la cultuya es el mayor atentado posible contra la vida humana, es el crimen de los crímenes, la más perfecta encarnación del mal.
Vivir es también proyectar el futuro. Pero como la civilización y la cultura son productos históricos, se sigue que el futuro nos encadena al pasado. Nosotros no podemos producir la utopía, incluso aunque construyéramos un mundo perfecto se asentaría sobre el dolor y la injusticia que ya no podremos redimir jamás. Podemos elegir un mundo con un entorno natural bien cuidado, pero como ya nos sabemos animales al margen de la naturaleza, ésta no dejará de ser un jardín para nuestro deleite y disfrute.Nuestras próximas fronteras ya no están aquí, y espero que los siglos venideros puedan decir lo mismo. Siempre que la humanidad se ha enfrentado a una situación sin salida, la solución ha sido un salto tecnológico, una nueva contribución a la cultura. Corresponde al cuerpo social plantear tales fronteras, y corresponde a los gobernantes sólo el arbitrar los medios para alcanzarlas. El mundo es, y debe seguir siendo, de quienes paren y conciben ideas.
viernes, 5 de julio de 2013
lunes, 24 de junio de 2013
Tragicomedia de urbano y Alfonsina
Cierto
día, cuando Alfonsina salió a la calle, se escoñó.
Fue justo en el momento de rebasar el umbral de la puerta, al apoyar
su pie izquierdo por primera vez sobre el pavimento de la acera,
cuando tropezó con el derecho en el quicio del portal.
Alfonsina tenía la costumbre, por no hablar de defectos, de
arrastrar de cuando en cuando su pie derecho. Apoyaba la punta sobre
el suelo y la deslizaba manteniendo la pierna rígida y
desequilibrando la cadera cuanto era menester. Se trataba a la sazón
de una tara de nacimiento que la disciplina había erradicado
casi por completo. La disciplina y la obcecación de su madre,
quien, en la creencia de que una hija coja quedaría soltera
para siempre, de niña le obligaba a caminar por el salón
de la casa paterna dando vueltas en torno a la gran mesa de pino, o
de chopo, o de lo que fuese, una y otra vez, con la Biblia por
montera, tiesa como el cadáver del Cid sobre Babieca, haciendo
equilibrios como una foca en el circo y absorta en el control de cada
uno de sus músculos. Alfonsinita cooperaba cuanto era de
esperar en una niña, pero al rato se cansaba vencida por el
tedio, con lo cual la Biblia rodaba sin remedio por la vieja
alfombra, ora perdiendo una página, ora doblando las esquinas
de las tapas. Sin duda la madre pecaba de excesivo optimismo, en
primer lugar porque es muy difícil extraer alguna gracia de
donde la naturaleza no ha puesto ninguna, y además porque todo
vicio encubierto por virtud de la costumbre tarde o temprano termina
por aflorar. No obstante todos sus desvelos, Alfonsina acusaba las
disimetrías de su osamenta toda vez que se descuidaba un
tanto.
Así
fue como tropezó ese día en el portal, con tal mala
suerte que fue a caer sobre la acera en el momento preciso en que un
motociclista se servía de la misma para escapar de un
inoportuno atasco. La máquina rodó sobre el pecho de la
fea, que vio todas sus costillas reducidas a daditos de hueso y
aplastadas las vísceras, y luego ya no vio más. El
motorista tuvo mejor fortuna porque, al volverse hacia atrás
para ver qué había ocurrido, dejó todos sus
dientes en un contenedor de basura. Y junto con sus dientes dejó
también la integridad de las vértebras dorsales, la
única de la que podía presumir. Ahora, postrado para
siempre en una silla de ruedas, perseveraba en el inútil
empeño de que su seguro le indemnizase por los daños
sufridos. Con razón o sin ella, la Compañía
afirmaba que la póliza no cubría los casos de
imprudencia y que era el motorista quien debía, además,
dar cuenta del festín de los gusanos que roían las
deslucidas carnes de Alfonsina.
Estoy
completamente seguro de que la buena mujer hubiera preferido que la
compañía cumpliese sus obligaciones contractuales
porque su instinto de solterona le inclinaba siempre a favor de los
jovencitos y porque su instinto de madre frustrada obraba en el mismo
sentido. Pero si las aseguradoras no paran mientes en los deseos de
los vivos mucho menos atenderán a los de los muertos, aunque
no sea más que por la dificultad que éstos tienen de
hacérselos saber.. Así pues, el motorista, a quien
podremos llamar urbano, se veía obligado a la perseverancia en
instar a que se cumpliera su contrato y, por ende, las leyes; él,
que no solía acatarlas y que nunca había perseverado en
nada.
Urbano
pertenecía a la clase de muchachos a quienes sus padres
compran un ciclomotor como premio, pero que es incapaz de aclarar qué
es lo que han premiado. En su descargo podremos añadir que
tampoco sus padres debían de tener una idea muy precisa al
respecto. Quizá le estuviesen agradecidos por haberse dignado
nacer (quién sabe, igual hasta le estaban pidiendo perdón).
O por haberles permitido disfrutar de su único vástago
durante todos los años que pudieron exhibirlo como una
figurilla de porcelana, niño transformado en imagen a la que
sólo las pecas le faltaban. O porque en el fondo le odiaban
demasiado como para molestarse en llevarle la contraria. Al fin y al
cabo los tiempos han cambiado y es preciso que los niños
tengan a toda costa aquéllas cosas de las que nosotros
carecimos –como si fuera posible no carecer de nada- y que no
molesten. ¿Cómo, pues, negarle aquella moto
fosforescente, verde y amarilla, que dañaba la vista con sólo
acordarse de ella, aquella máquina agresiva incluso en el
escaparate y que luego se mostró capaz de los más
atroces estruendos? Era preciso rescatar a urbano de los traumas que
sin duda le acarrearía el verse privado del prestigio de que
gozaría entre sus amigos cuando le vieran aparecer con la
rutilante moto y se reuniesen en torno a ella para venerarla como si
se tratase de las reliquias de un Padre de la Iglesia.
La
moto debía de ser de muy buena calidad, porque satisfizo todas
las expectativas de su dueño. De repente, su opinión
comenzó a tener algún peso entre sus iguales, y había
ocasiones en que incluso se le daba abiertamente la razón,
cosa que en los días anteriores a la moto nunca había
sucedido. Urbano disfrutaba cada momento que se sabía el
centro de atención. Se agitaba por dentro sacudido por oleadas
de euforia y hormonas, removido por un aluvión de sensaciones
nuevas que no hubiera acertado a expresar de otro modo que no fuera
dando brincos y gritando a pleno pulmón las burradas que más
hicieran al caso. Pero sus ojos se encontraban siempre, en los
momentos en que su gozo alcanzaba el clímax, con los de una
moza que tenía la carita de un ángel y una lengua que
habría obligado a santiguarse al mismísimo Barrabás.
Si ella hablaba, nada que fuese sagrado quedaba limpio. Ocurrió
entonces lo que debía ocurrir. A fuerza de cruzarse la vista y
de retirarla al punto para buscarla después furtivamente,
ambos se enamoraron. Urbano el conquistador, el Casanova urbano que
al crecer había perdido el encanto de los niños
rechonchos, pudo así doblegar la voluntad de la bella que a
los requerimientos de amor del resto de la pandilla solía
responder con una sarta de insultos y blasfemias, arisca beldad de
trato imposible que aunaba la altivez de su genio y la zafiedad de su
lengua con todo el encanto de una niña de quince años
que había permanecido inaccesible merced a la armadura de su
portentoso lenguaje.
Ambos
eran lo suficientemente torpes como para no saber cómo
declararse su amor, aunque de algún modo habían
establecido un compromiso tácito. Por las tardes, cuando se
reunía la pandilla para la adoración de la máquina,
después de unos pitillos y alguna que otra cerveza, urbano
anunciaba su intención de ir a darse una vuelta y buscaba los
ojos de su amada. Esta, si acaso presa de júbilo se sentía
inclinada a manifestar su alegría con algunos juramentos, se
los callaba con recato, ocupaba el lugar que tenía reservado
en la moto y se aferraba a su piloto como si se pasease al borde de
un abismo. Después se alejaban ambos dejando tras de sí
una estela de ruido y humo, y los rostros boquiabiertos y envidiosos
de los que se quedaban y de las que se quedaban con ellos.
Pero
no era el zagal persona que se mantuviese fiel a sus compromisos, y
menos aún si éstos no eran explícitos. Pronto
encontró Urbano con quién medir la eficacia de su moto,
y en consecuencia los paseos con la novia comenzaron a menguar en
beneficio de las carreras y los caballitos a toda velocidad por las
calles del barrio. La niña, que aunque deslenguada, no era
tonta, no tardó en percibir el cambio, calló durante un
tiempo y al cabo le manifestó al infiel mancebo su intención
de romper las relaciones. Urbano, que en sus dieciséis años
de existencia no había tenido nunca una ocurrencia aguda, fue
a tenerla cuando menos falta le hacía y respondió que
le parecía una decisión precipitada y tremendamente
injusta por lo desproporcionada, toda vez que él le había
descuidado sólo un par de meses en tanto que ella pretendía
pagarle con la misma moneda por toda la eternidad.
No
hacía falta nada más para destapar la caja de los
truenos.
-Me cago en
Dios, maricón, hijoputa. Me cago en tu puta madre –fue la
respuesta de la moza, a quien la rabia impidió expresarse de
modo más contundente.
Pasado
el primer momento y olvidados los improperios e injurias de que fue
objeto, urbano se encontró algo más libre pero menos
feliz. Descubrió que echaba de menos el abrazo de la muchacha
cuando le llevaba de paquete en la moto. Ella se aferraba a su novio
con todas sus fuerzas y aplastaba los senos en su espalda. El tacto
de aquel pecho tibio y de los brazos de la moza alrededor de su
cintura era una sensación que le gustaba y que le dolía
haber perdido. En vano buscaba ahora sus ojos cuando se reunía
con la pandilla, porque ella no le miraba y muchos días ni
siquiera acudía con los amigos, ofendida por las risas con que
fue acogida su indignación. El aprendiz de don Juan terminó,
no obstante, por acostumbrarse a su nueva situación y no tardó
en buscar otos ojos con los que encontrarse, otros brazos que lo
ciñeran, otros pechos y otras cosas que también le
agradaron. Había más de una cría en el grupo con
los oídos bien cerrados a los insultos y los ojos bien
abiertos para la moto. La moto era el fetiche, la piedra sagrada que
había que adorar, el talismán o el filtro que le
concedía a Urbano todo su atractivo. Era difícil
imaginar que tuviera otro mérito con que reclamar la atención
del sexo femenino. Lo cierto es que era descuidado de su persona y
poco atractivo, no tan gordo como para considerarlo obeso pero en
modo alguno un esbelto mozo. Llegaba a todas partes con la barriga
bastante antes que con la nariz, a pesar de que caminaba inclinado
hacia delante con andares de pato, cabeceando de un lado a otro como
un ciclista que no puede con la pendiente que ha de subir. Se
afeitaba de vez en cuando, de modo que junto a los pelos desordenados
de su incipiente barba lucía siempre algún corte nuevo
o antiguo, algún que otro grano y una nariz no del todo
desmesurada. Urbano era como todos los chicos de su banda, no poseía
virtudes reseñables ni defectos que no fuesen comunes, pero
era un poco más feo que la mayoría.
A
veces, ciertos objetos pueden cambiar por completo la vida de las
personas que los poseen. Quizá tengan un poder que se
transfiere a los espíritus y los impregnan, una suerte de halo
que se difunde como el color de la ropa cuando se lava con un
detergente agresivo. También es cierto que hay almas-bóveda
que precisan una pieza clave para sustentarse y en cuya ausencia se
derrumban como un castillo de naipes ante un mocoso, superficies que
encierran nada en ocasiones con tanto celo y secreto que parece
mentira, con tal perfección en el disimulo que parece que la
relación se invierte y que el objeto no es nada sin su dueño.
En resumidas cuentas, o poseemos las cosas o nos dejamos poseer por
ellas, y en estas cos categorías cabemos todos. Lo que ocurre
es que las notas que nos permitirían adscribir a los
individuos a una u otra están tan escondidas entre los
entresijos de la personalidad que ni siquiera uno mismo puede
juzgarse en este sentido sin riesgo de error. Yo hubiera jurado que
Urbano pertenecía a la segunda, pero la aparente facilidad con
que cambió de vida y el modo en que se adaptó a su
nueva circunstancia suscita la duda. Es posible que la misma moto en
manos de una monja se convirtiese en un objeto completamente
distinto, y nunca sabremos si esto se debería a alguna virtud
de la monja o de Urbano. El objeto, a fin de cuentas, no es más
que un objeto. Lo que sí sé a ciencia cierta es que,
desde que sus padres se la compraron, sólo se separaba de la
moto para dormir, y a veces soñaba con ella. En cuanto su
quehacer diario, que podemos considerar un lapso entre los periodos
de vida verdadera, se lo permitía, , el muchacho se adhería
a la máquina y se daba con entusiasmo a las carreritas por las
calles. Después, ya tarde, se reunía con sus amigos
como trámite necesario para cargar a su chica y exhibir ante
ella todas sus habilidades de piloto temerario, sorteando ancianitas
en los pasos de peatones y niños en los parques, madres con el
cochecito del bebé por las aceras, parejas que se arrullaban
en los bancos de la calle, viandantes que trataban de pasear
plácidamente por las plazas, los gatos que se atrevían
a asomar el hocico por las calles más desoladas de los
barrios.
Las
cosas estuvieron en ese punto hasta que sobrevino el atropello de
Alfonsina. Pasó el tiempo, no creció ninguno de los
amigos y la pandilla menguó. Prudencia, la antigua novia de
urbano, cambió de domicilio y no volvieron a saber de ella. En
cuanto al resto, no hubo cambio de perspectivas. Unos comenzaron a
trabajar y fueron espaciando sus apariciones, otros optaron por
continuar los estudios y la consecuencia fue la misma. Urbano terminó
por quedarse sólo con Vanesa, la novia a la que paseaba a
diario en la moto, y también a ella la perdió. La moza
corrió al hospital en cuanto tuvo noticia del accidente y
encontró a su novio hecho un amasijo de huesos y carne fofa
envuelto en escayola, convertido en presunto homicida y custodiado
por orden judicial por dos agentes de policía, seguramente
para evitar que los vecinos de Alfonsina –muy indignados con lo
sucedido- lo linchasen. Allí lloró un tiempo
impresionada por la estampa, y prometió volver al día
siguiente. No obstante, volvió al cabo de una semana a rendir
visita al enfermo y después ya no se vieron más.
Semejante
desenlace era de esperar y harto comprensible.¿Cómo una
muchacha joven y bonita iba a atarse a un mueble cuya única
esperanza en la vida era cobrar el medio puñado de millones
que, según él, le adeudaba la Compañía?
Había que preguntarse cuál era el vínculo que
les unía: ninguno, en realidad. ¿Y qué
compromiso podía esperarse de la moza, dadas las
circunstancias? Urbano lo comprendía y se mostró en
ello razonable, seguramente porque no le cabía otra opción.
Si no se está seguro de poder cumplir una promesa es mejor no
reclamarla, ni hacerla, al contrario de lo que acostumbran las
compañías de seguros, que te prometen el oro y el moro
y luego te dan sólo el moro, una vez que han dejado el oro
bien guardado.
Esto
no lo supo Urbano hasta después de haber dejado el hospital.
Sólo un par de días antes había alcanzado la
mayoría de edad, así que pensó que ya podía
representarse a sí mismo y que a él no se atreverían
a darle la respuesta que le dieron a su padre cuando fue a reclamar
la indemnización. El caso había sido comentado en la
prensa local y había merecido algún espacio en otros
medios gracias al revuelo que armaron los vecinos de Alfonsina. En
consecuencia, el director de la oficina local de la aseguradora
conocía bien los detalles del suceso y se creyó en la
obligación de aleccionar a sus subordinados acerca del modo de
tratar el asunto. La denegación del pago era cosa que no
requería mayor atención. Lo importante, según el
director, era el modo en que había que tratar al cliente que
osara presentar reclamaciones.
-El público
–decía- debe presentarse ante nosotros como un místico
ante una teofanía. Nosotros somos la nube de la que llueve su
maná. Nos necesitan, les prestamos un servicio sin el cual
ellos no pueden pasar. Todo lo que son, lo que hacen, nos lo deben a
nosotros. Nosotros les hemos creado. Somos los pilares de la
civilización. Les alimentamos, les vestimos, les
proporcionamos vivienda y ocio, y además les damos trabajo con
el que sufragar sus gastos. Sin nosotros no existirían. Somos
su Dios y ellos lo saben, por eso aceptarán incluso que les
vejemos si es por un buen fin, en beneficio de la empresa. Lo que la
empresa dictamina como bueno, como justo, eso debe ser para ellos el
Bien al que deben supeditar todos sus fines particulares.
De
poco sirvió que uno de quienes le escuchaban alegase la
inoportunidad de tratar a los clientes del mismo modo que a los
empleados, amén del error de identificar los intereses de la
Empresa con el Bien. El jefe respondió que si ha habido
teólogos capaces de identificar el bien con la voluntad de
Dios, por qué no habría de haber empresarios que lo
identificasen con el interés de su empresa. Y tan serio lo
dijo que no hubo modo de contradecirle sin riesgo.
-Sin
nosotros no saben ni mear –concluyó, y con esta frase tan
lacónica resumió toda su arenga, del mismo modo que
Clint Eastwood cuando le pregunta a Willy si está cansado de
vivir.
Pero,
en realidad, o mentía o se equivocaba. La empresa es
caprichosa como un niño, como urbano, como todo el mundo.
Quizá Dios pueda conocer cuáles son sus intereses
absolutos y ordenar después todos sus fines con vistas a su
satisfacción. La Empresa, en cambio, los desconoce; y aunque
los conociera no podría orientar su acción de forma
unívoca hacia su consecución. Muy al contrario, sólo
considera su beneficio inmediato, lo mismo que los párvulos el
caramelo, el pelotazo. Vive tan falta de espíritu como sus
clientes. En el fondo no hay mucha diferencia entre un imbécil
y un banquero: el imbécil confunde el Bien con su bien, el
banquero hace lo mismo.
En
estas circunstancias se presentó Urbano en la oficina
acompañado por su padre, que conducía la silla de
ruedas con no mucha eficiencia. Los empleados hicieron un alarde de
su capacidad para poner en práctica las instrucciones
recibidas en la prédica del jefe y no se dieron por enterados
de su llegada. Por azar o por lo que fuera, Urbano y su padre se
dirigieron hacia uno cualquiera de ellos, quien en otro alarde de
tacto, sin levantar siquiera la vista de unos legajos que tenía
sobre su escritorio, les rogó que se sentaran, les oyó
sin escucharles demasiado y les despidió sin grandes
contemplaciones después de haberles recitado de memoria no sé
qué artículo del contrato. Todo derecho ofendido
provoca indignación, aunque tal derecho solamente se presuma;
por consiguiente, el que se indigna puede indignarse por cualquier
cosa. Urbano quedó dolido y en estado de indignación
crónica, pero se marchó sin atreverse a decir palabra.
Ninguna había entendido de cuanto le dijera el empleado. Sólo
comprendió que su vida había cambiado de súbito.
La impunidad de que gozaba cuando cabalgaba sobre su moto, el
desparpajo con que pisoteaba el derecho ajeno, le confería
cierto poder. Pero ahora el pisoteado era él. Su integridad
moral, que era cosa de cilindrada, se desmoronó ante la
prepotencia y la soberbia de los poderosos. Por primera vez en su
vida se sintió indefenso entre una manada de cuervos ávidos
de dinero, rápidos a la hora de cobrar e insufriblemente
lentos cuando tocaba aflojar la panocha.
La
consecuencia fue no sólo de orden moral, sino también
fisiológico: sus uñas decrecieron al mismo ritmo con
que medraba su desesperanza y su tedio. Las primeras semanas después
de salir del hospital las empleó en olvidar penas y dolores
durmiendo todo el tiempo que su espalda le consintió
permanecer acostado. Al cabo, por casualidad, se miró al
espejo y descubrió que la mitad de su ser era vientre y que la
otra mitad no le servía para nada. Entonces blasfemó y
encendió la tele. ¿Qué otra cosa podía
hacer?
Por
lo demás, y considerando las cosas con la debida sangre fría,
su vida no había cambiado tanto, y en algunos aspectos era aún
mejor. Podía sustituir la moto por un videojuego: ganaba en
seguridad y se ahorraba la gasolina y las multas; no tardó en
darse cuenta de que no echaba de menos la compañía
femenina porque se le había chafado la fuente de las hormonas;
y para colmo se había librado de la disciplina y de toda
responsabilidad porque ni podía ir a la escuela, ni podía
ir a la mili, ni podía ir al trabajo. En suma, tenía
ante sí una larga vida de pachá. Además, por
mediación de un familiar que le recomendó hasta donde
llegaban sus influencias, había conseguido una pequeña
pensioncilla que por aquel entonces colmaba todas sus aspiraciones
económicas.
Ocurre,
no obstante, con las aspiraciones lo mismo que con el vientre: ambos
crecen por un proceso de retroalimentación. Tanto comes, tanto
engordas; tanto engordas, tanto más necesitas comer para
alimentar tu creciente humanidad. En resumidas cuentas, la mísera
pensión llegó a no alcanzarle para costearse los
discos, los videojuegos piratas y esa suerte de caprichos
gastronómicos que sirven a domicilio, más parecidos a
un vómito sobre una torta que a cualquier otra cosa, a los que
dan el nombre de “pizza”. De los videojuegos pasó a los
naipes y, como no había modo de conseguir compañero de
juego, cayó en la costumbre de hacer solitarios.. Sin embargo,
como tampoco era capaz de ganar sin hacerse trampas, pronto se
aburrió de ellos. De esta suerte, repitiendo merienda y
entretenimiento, acuciado por el hastío tanto o más que
por su penuria económica, Urbano dio en la idea, un tanto
estrafalaria aunque eficaz, de reclamar al ayuntamiento una modesta
cantidad, en concepto de daños y perjuicios, por la deficiente
colocación de los contenedores de basura. Su madre, mujer dada
a satisfacer los deseos del inválido, se avino a conducirle al
consistorio una triste mañana de junio en que llovía
porque sí y hacía un frío que habría
hecho jurar en lenguas muertas a los operarios municipales cualquier
día de febrero.
Allá
se personaron ambos, la madre empujando la silla de ruedas, el hijo
protestando a voz en grito con el mayor escándalo de que era
capaz por la profusión de barreras arquitectónicas que
un ciudadano debía superar para hacer uso de sus derechos de
contribuyente.
-Si es que
vosotros, los maderos, -le decía a uno de los dos guardias
jurados que le ayudaron a subir la escalinata que daba acceso a la
casa consistorial- sois unos dejaos. ¿Por qué no dais
cuenta de esto?
El
pobre hombre, incapaz de determinar si los improperios de Urbano se
dirigían o no a él, se encogía de hombros.
-Presente
usted una reclamación –respondió insistiendo en el
“usted”.
-No, si a
eso vengo, jefe…
Después
de algunas idas y venidas le condujeron a una ventanilla donde, más
por dejar de oírle que por otra cosa, admitieron su demanda.
El empleado que le atendió extendió un impreso que
Urbano rellenó con la mejor letra que pudo, pero sin
preocuparse de la gramática. El papel fue a parar al cajón
de los asuntos pendientes u olvidados y allí se abandonó
a la inercia, esa fuerza pasiva cuya única virtud es lograr
que todas las cosas sigan adelante por mucho que sea su lastre. No
encuentro otra explicación a lo sucedido. El papel siguió
su curso probablemente por casualidad, llegó a manos de algún
funcionario municipal con autoridad suficiente que debió de
considerar, sin informarse del asunto, más razonable y menos
dado a salir en los papeles atender la reclamación del
hemipléjico antes que desestimarla. En consecuencia, decidió
subvencionarle la molicie con una discreta suma, algo inferior a la
solicitada, y estampó el licet en el escrito.
Todos
quedaron contentos, y alguno, incluso, muy contento. A la madre de
Urbano no le cabía el corazón en el pecho de puro gozo
cuando le comunicaron la resolución de la demanda, y cuando su
padre supo la noticia le felicitó calurosamente.
-Si es que
tú tenías que haber estudiao pa abogado –le dijo.
Urbano
no estaba acostumbrado a recibir parabienes paternos, lo que explica
el estado de euforia en que cayó por aquella época. De
todos modos, ponerse a estudiar la carrera de derecho, como le
sugería su padre, se le hizo una tarea lo suficientemente
larga y penosa como para no planteársela en serio, y, como
quiso la casualidad que por aquel entonces cayese en sus manos un
panfleto que anunciaba cursos de electrónica por
correspondencia, confiando ciegamente en su talento, decidió
matricularse en uno de ellos. El curso en cuestión no era tal,
sino que se reducía a una serie de instrucciones prácticas
para construir unos cuantos aparatos de uso presuntamente cotidiano.
El monitor, cuyo rostro de científico loco aparecía
fotografiado en el panfleto, proponía en primer lugar un
sintonizador de radio muy fácil de montar y tan eficaz que
permitía captar emisiones de las regiones más remotas
de la Tierra, tanto que no habría modo de entender lo que se
oyese, artefacto –según afirmaba el sujeto- muy apto para
acometer el estudio siempre útil de lenguas exóticas e,
incluso, para rastrear vestigios de civilizaciones extraterrestres.
Ese charlatán de feria con aires de Arquímedes
postmoderno proponía también la construcción de
un termómetro ambiente cuya precisión podía ser
de centésimas de grado, encendedores con mando a distancia,
televisores portátiles con un peso inferior a la arroba, un
robot-despertador alimentado con energía solar que daba las
buenas noches con la voz casi del todo humana de una señorita
cibernética, una máquina tragaperras para uso
doméstico, una hucha que avisaba de la cantidad de dinero
introducida siempre que se hiciese constar el valor de las monedas, y
algunos otros artefactos de curioso funcionamiento y de montaje, a
juzgar por los resultados, bastante más difícil de lo
prometido.
Urbano
llenó su cuarto de cables, resistencias y transistores, de
diodos, de triodos. Hasta de pentodos, si los hubiese, se habría
provisto. De pantallitas de cuarzo, de circuitos impresos y de
multitud de componentes cuyo nombre ni él mismo sabía
pronunciar. Y se lanzó con entusiasmo y nulo éxito a la
fabricación de los chismes. Uno de los aparatos que más
tiempo le mantuvo ocupado fue un cuentakilómetros para
bicicletas. Hay que decir que parte del dinero con que el
ayuntamiento recompensó su inutilidad lo invirtió el
inválido en liberar a sus familiares de la ingrata labor de
acémila y comprar una flamante silla eléctrica para
minusválidos. Ya dueño de su nuevo vehículo,
quiso Urbano dotarlo del famoso velocímetro del profesor
Comosellamase y se puso manos a la obra con denuedo. Tuvo que emplear
una montaña de estaño y desbaratar una docena de
soldadores antes de pergeñar un engendro de más de dos
kilos de peso cuya pantalla de cuarzo líquido fue incapaz de
mostrar un solo dígito. Lejos de perder la paciencia, Urbano
repasó los circuitos, las conexiones, las resistencias, los
esquemas de construcción, las facturas de los materiales, el
impreso de la matrícula y la cara de Einstein despistado del
monitor en la foto del panfleto, y marchó a comprar un aparato
convencional cincuenta veces más barato y ligero al primer
centro comercial de gran superficie que le vino a la memoria.
El
vendedor que le atendió se mostró sumamente solícito,
siempre con una sonrisa en los labios que en ocasiones juzgó
Urbano un tanto socarrona, y le instaló el velocímetro
en la silla dándole a cada momento lujo de detalles y
explicaciones sobre el manejo del aparato. Acto seguido, el nuevo
piloto se lanzó por los rectos pasillos del centro para
estrenar su nueva adquisición y comprobar la velocidad que era
capaz de alcanzar la silla. Frunciendo el ceño y entrecerrando
los ojos para protegerlos del viento observó con perplejidad
que el velocímetro no marcaba más de cinco kilómetros
a la hora. Parecía evidente que ese valor no podía ser
verdadero, así que regresó al establecimiento para
asegurarse de que no había ninguna avería. El vendedor
le atendió de nuevo con amabilidad, aunque con menos sonrisas,
programó por segunda vez el velocímetro y despidió
al cliente. Comoquiera que el artilugio se empeñaba en no
alterar su dictamen a pesar de los desvelos del comerciante y de la
desazón del cliente, Urbano se decidió a programar él
mismo el aparato. Finalmente consiguió que arrojase un valor
tres veces superior al inicial, lo que casi le satisfizo del todo, y
volvió a convertirse en el terror de los corredores, inclinado
hacia delante con los ojos achinados, llorando más por la
emoción que por el vértigo y pidiendo paso a los
atónitos viandantes que le miraban sin creerse demasiado lo
que estaban viendo. No obstante, de habérsele ocurrido también
colocar un retrovisor habría podido admirar el esfuerzo
titánico de la gente que se apelotonaba tras él para
adelantarle a la mínima oportunidad que se les ofreciese,
gente que cruzaba miradas de enojo, de conmiseración o de
burla, y que si no se llevaba el dedo índice a la sien era por
no caer en la ordinariez de expresar de modo explícito lo que
implícitamente declaraban todos aquellos ojos.
Este
espléndido éxito lo achacó Urbano a sus
conocimientos de electrónica, con lo que cobró nuevo
brío su afición. Se armó de nuevo de soldador y
de estaño y se lanzó a la construcción de otros
aparatos. Como ya estaba harto de matar marcianos y como la idea de
fabricarse un despertador no le seducía lo más mínimo,
decidió abordar la difícil tarea de montar un detector
de mentiras, trasto que proponía el monitor como cenit y
colofón del curso, a la vez que como ejercicio de
autoevaluación. Superar esta prueba equivalía a un “cum
laude”, y quien lo lograse podría parangonarse con el más
excelso técnico de la Nasa, o de la Cía, la KGB, las
SS, o quien fuera.
Consistía
el artilugio en una suerte de relojito que, colocado en la muñeca,
contaba los latidos del corazón. Su principio de
funcionamiento era bien sencillo: un incremento del ritmo cardíaco
se consideraba efecto del complejo de emociones liberadas al decir
conscientemente cualquier cosa que no se correspondiese con la
realidad. En tal caso, el cacharro emitía un pitido agudo y
prolongado. La confianza del ilustre profesor en su invento era tal
que llegaba a considerar como definición del concepto de
“mentira” el sonido del aparatejo, con lo que resultaba ser
infalible.
Como
he dicho, Urbano se lanzó a su construcción, y
consiguió que todas las piezas cupiesen en la breve carcasa
que le había sido proporcionada. Una vez concluida la tarea,
como no tenía conejillos en quien probar la eficacia del
detector ni esperanza de lograrlos, se designó a sí
mismo como el pionero que habría de inaugurar la nueva era de
la humanidad; edad en la que, por fin, la mendacidad sería
erradicada. Ponerse el relojito en la muñeca y comenzar éste
a pitar fue todo uno. El sonido que emitía era de veras
insidioso, penetraba en el oído y su persistencia dolía
como un pinchazo en el tímpano. Ni siquiera al quitarse el
aparato cesó aquel estruendo y Urbano, convencido de que no
funcionaba correctamente, lo desbarató de un martillazo. De
este modo puso fin a su aprendizaje y a su actividad.
Cuando
digo que puso fin a su actividad no me refiero sólo a su
efímera afición por las nuevas tecnologías. Lo
que quiero decir es que, convertido ya definitiva e irremediablemente
en sujeto pasivo, comenzó a padecer frecuentes ataques de
histeria. Comenzaron éstos en forma de breves periodos de
melancolía, quizá provocados por el aburrimiento, o
quizá por ese error tan común que consiste en confundir
el arrepentimiento con los remordimientos de conciencia, o por el
insufrible bochorno de las noches de verano. Fuese lo que fuese, lo
cierto es que muchas tardes se encerraba en su cuarto, rápidamente
mudado de taller de electrónica en celda de recluso. Pedía
que le ayudaran a acostarse y después de hacerlo se pasaba las
horas muertas con la vista fija en una esquina del techo, o mucho más
allá, papando moscas o fantasmas con la boca abierta como si
fuese lerdo y con un hilo de salivilla que le brillaba en la comisura
de los labios a la tenue luz que se colaba por los orificios de la
persiana.
La
madre, que como todas las madres no le quitaba a su hijo la vista de
encima, advirtió enseguida el cambio de costumbres del
hemipléjico, y era una sola cosa encerrarse Urbano y poner
ella la oreja en la puerta de su cuarto por si le oía roncar o
quejarse, o pedir lo que fuera.
-¡Jesús,
cómo duerme este chico! –decía.
Pero
Urbano no dormía. Desde su cama oía cómo su
madre, en un torpe empeño por no hacer ruido, arrastraba los
pies sobre la alfombra del pasillo y se adosaba a la puerta. Urbano
oía pero no escuchaba, ajeno a los desvelos de la mujer y
absorto en sus propios pensamientos.
Tampoco
es para exagerar. El inválido no gozaba, por hablar en
términos exactos, de la facultad del pensamiento abstracto. Su
pensamiento, por el contrario, era sumamente concreto. En definitiva,
Urbano no pensaba, sólo imaginaba. Y así fue como se le
apareció la imagen de Alfonsina, supongo. Por supuesto, no la
conocía de nada y la única vez que pudo verle la cara
resultó que estaba demasiado ocupado contando los crujidos de
sus vértebras cuando se estampanó contra el dichoso
contenedor de basura. Lo que Urbano veía era un montón
de carne pocha sobre el que pululaba un enjambre de animáculos
vermiformes y fosforescentes empeñados en reciclar toda la
energía vital de la difunta.
Al
principio la visión era sólo una visión, un
producto de la fantasía sobre las facultades de la percepción,
y como tal debía de ser considerada. Pero después se
transformó en verdadera aparición, en ectoplasma. Los
jirones del karma de la solterona comenzaron a pasearse de una
esquina a otra de la habitación con un ritmo ora pausado, ora
frenético e indescriptible. El fantasma unas veces arrastraba
cadenas, otras gemía o reía –que ese particular nunca
se puede discernir a ciencia cierta en los fantasmas- y otras
amenazaba con llevar al homicida a aquellos lugares de los que las
visiones pugnan por escaparse. Si en vez de beber cerveza hubiera
leído a Dante, el pobre muchacho se habría visto metido
de cabeza en una enorme tinaja puesta al fuego. Urbano, horrorizado,
sufría en silencio, pero algunas veces se golpeaba el pecho
con el puño, como si tuviera el costillar oprimido por un
peso. Por fin, cuando su madre le oyó una tarde chillar de
espanto, llamaron a un médico.
Los
médicos confían en la alquimia. Un brebaje, una poción,
un filtro, una pócima e incluso una ponzoña –si viene
al caso- son los remedios que aplican a todos los males. El que
visitó a Urbano no era distinto de los demás, así
que atiborró de tranquilizantes al enfermo y lo tuvo sumido en
un largo sueño sin sueños durante más de dos
semanas, al cabo de las cuales recobró la consciencia olvidado
de sus pesares pero con un terrible dolor de cabeza. El dolor duró
lo que tardaron las vísceras del pobre inválido en
filtrar los restos de la medicina, lapso que empleó la madre
en orear la habitación. Cuando por fin la buena mujer abrió
la ventana, los rayos de un sol que ya no era mañanero
entraron a raudales pugnando entre sí por ocupar el espacio
que les había sido vedado durante dieciséis días.
Urbano oyó el estrépito de su choque contra las
paredes, la reverberación en cada una de las esquinas, incluso
su reflejo sobre los restos de estaño que habían
escapado de las sigilosas limpiezas que su madre había
practicado a oscuras con poco éxito y algún que otro
golpe contra los muebles, restos que perlaban la alfombra de una
suerte de rocío metálico de brillo levemente apagado
por la pátina de óxido del metal. Urbano cerró
los ojos y pudo ver al trasluz la circulación de la sangre en
los capilares de los párpados. Incluso esa pobre luz le
cegaba, aunque sus pupilas no tardaron en acostumbrarse y, merced a
esa eficacia, su único momento de sensibilidad exacerbada se
diluyó en el tiempo como si nunca hubiera existido.
Urbano
perdió esa sensibilidad propia de los místicos, pero
recobró otra a la vez más grosera y más
perentoria. Sintió hambre, pidió de comer y cuando se
hubo saciado comenzó de nuevo a aburrirse. La madre, feliz por
el restablecimiento de su vástago, porque se acercaba ya la
Navidad y porque el bajo sol otoñal invadía toda la
casa, decidió amenizar la siesta del convaleciente con unos
villancicos. En cualquier otra circunstancia el destinatario de tales
atenciones habría rechazado esas cancioncillas dulzonas e
infantiles y quizá hubiera pedido otra música más
acorde con sus preferencias, pero no se sintió con ánimo
para protestar. Escuchó, por tanto, más resignado que
adormecido el sonido un tanto estridente que emitía la pequeña
radio de transistores de su madre, y no tardó en encontrarle
el ritmo a las coplillas.
Dicen
que el Diablo, cuando se aburre, espanta las moscas con el rabo.
Urbano, a la fuerza mucho menos malo, sólo podía
tararear un villancico que sabe dios por qué se le había
quedado grabado en la memoria. En la radio, un coro de niños
lo cantaba con candoroso entusiasmo, pero él ya había
imaginado un solo de batería que entre los peces del río
aporreaba un melenudo de rostro chupado mientras hacía volar
al viento todo lo que el viento podía hacer volar su grasienta
cabellera. Ya he dicho antes que urbano no podía concebir
ideas, sin embargo, cuando se le fijaba una imagen se diría
que pensaba. A él le bastaba con eso para ponerse en acción.
Por tanto, no encontró descanso hasta que halló el modo
de materializarla.
No
tenía batería ni facultades para tocarla, pero se le
ocurrió que el traqueteo de un tren que circulase a toda
velocidad bien podía suplir sus carencias. Si además
había suerte y la locomotora silbaba, entonces quedaba
completo el cuadro. Con el proyecto en las mientes no tuvo paciencia
para agotar el periodo de convalecencia que le había
aconsejado su médico, se armó de grabadora y se marchó
al punto más cercano a la vía del tren al que pudo
llegar.
Urbano
no vivía lejos de la estación y conocía bien la
zona. Sobre la playa de las vías, en un lugar lo
suficientemente aislado del resto de la ciudad, una vieja pasarela de
hormigón permitía el paso de los peatones sobre los
raíles. Allá se acomodó bajo un tibio sol de
diciembre una mañana en que los empleados del ferrocarril
realizaban las maniobras a salvo ya de la helada. De cuando en
cuando, un vagón lanzado se deslizaba silenciosamente sobre la
vía por debajo de la pasarela y corría a reunirse con
su lote. Otras veces era un corte de varios vagones el que pasaba
traqueteando con suavidad hasta detenerse. Pero no era ése el
sonido que buscaba. En otros tiempos, cuando podía valerse de
sus piernas, el muchacho había visto a las locomotoras
arrastrar enormes trenes de carbón o de chatarra, o de otras
mercancías, y a su paso bajo la pasarela, cuando las ruedas
lastradas por la pesada carga pisaban los cambios de agujas, el mundo
temblaba de miedo ante la potencia que se estaba desplegando. Los
trenes allí ya llevaban velocidad suficiente para obligar a
los incautos a taparse las orejas, víctimas del zumbido de los
motores eléctricos, del chirrido de las ruedas sobre las
agujas, los topetazos de los vagones cada vez que la locomotora
aceleraba, los silbidos y el traqueteo, todo ello entremezclado y
concentrado en los pocos segundos, apenas un minuto, que tardaba el
tren en rebasar el miradero.
Hubo
de esperar al filo del mediodía no a que saliera, sino a que
entrara uno largísimo. Y tuvo suerte, porque a todos esos
estruendos pudo añadir la estridencia de las zapatas en la
frenada. Urbano lo vio llegar desde lejos, preparó la
grabadora y esperó a que comenzaran a vibrarle las tripas para
ponerla en marcha. Después, con su medio minuto de grabación,
regresó a casa. Y una vez en su cuarto se dio a la tarea de
mezclar en su flamante aparato estéreo los villancicos que
escuchaba su madre con lo que había logrado grabar.
El
producto de tantos afanes le plugo en grado sumo. Lo escuchó
varias veces sacudiendo la cabellera como si fuera una centrifugadora
de piojos, acompasando su movimiento frenético con el ritmo
desbocado de la canción tal y como había visto que
hacían los distintos componentes de las hordas de músicos.
Se imaginó a sí mismo, o les imaginó a ellos,
sobre un enorme escenario ante una descomunal multitud que rugía
y repetía el movimiento de los rockeros. Pudo sentir la
extraña sensación de poder ilimitado que se debe de
experimentar cuando toda aquella masa se convulsiona ante cada
llamada de atención, ante cada gesto obsceno, cada aullido del
cantante o cada vez que la batería aporrea el bombo; esa
especie de magia de gestos que embruja de un solo golpe a tanto
incauto. Toda la humanidad pendiente de la más pequeña
pequeñez, remotamente consciente de depender absolutamente del
paria que les maneja desde el tablado y sin cuya presencia se verían
reducidos a la nada. No sorprende que el rockero se endiose; él,
que no es más que un títere en manos de otros, que le
crean incluso físicamente, y que restringe su concurso a
ejercer de soporte material de tanta mentira.
Como
digo, Urbano quedó satisfecho del resultado de su experimento.
O, por mejor decir, habría quedado satisfecho de no haber
caído en la cuenta de que un tema tan duro y tan marchoso como
el que había compuesto en su último trabajo merecía
una letra acorde con su talante, en vez de esa cancioncilla de
borriquitos camino de Belén o de los calzones viejos de san
José. Así pues, fiel a los hábitos de bricoleur
que había adquirido en los últimos tiempos, decidió
suplir él mismo sus carencias y se lanzó con renovado
entusiasmo a la tarea de letrista. O sea, que se hizo poeta y cantor
del sentimiento popular y urbano, voz y eco del sentir de la masa, de
su angustia interior, de la esencia misma de su mismidad esencial.
Quiso, además, solidarizarse con todo lo que se mueve y
respira, lo que en teoría y práctica equivale a no
solidarizarse con nada, y pretendió hacerlo colocando el
adjetivo preciso y revelador en el lugar exacto, palabra abierta al
sentido que iluminase de un golpe al oyente como lo que, en el clímax
de la excitación poética, se le revela al genio. Y por
cierto que debió de quedar anonadado por la revelación,
porque nunca supe que llegara a concluir este trabajo, como ningún
otro, y tengo por seguro que andará aún devanándose
la sesera tratando de componer algo que parezca digno, o al menos que
concuerde bien sintácticamente, y que pueda adaptarse a su
canción.
Hace
tiempo que no sé de Urbano, y nada puedo decir acerca de qué
anda haciendo ahora, si es que hace algo. Pero me le imagino sumido
en un universo de barones rojos entusiasmados por el estallido de
unas piezas de artillería cuyas detonaciones hacen rodar
magras piedras que ponen en un serio peligro a unos escarabajos que
de todas formas se ahogarían en un líquido rosa que
mana a borbotones de los cráteres que dejan al explosionar
las bombas volantes de von Braun.
Bromas
aparte, si alguno de ustedes sabe algo de él, le ruego me lo
comunique a la mayor brevedad posible. Hace ya un par de años
que le perdí de vista, pero últimamente me acuerdo de
él y me pica la curiosidad saber de sus andanzas. Yo bien
quisiera averiguar también algo sobre Alfonsina, personaje
oscuro donde los haya, de quien sólo una amiga superficial
supo decirme muy poca cosa. Abrigo una remota esperanza de que urbano
pueda revelarme algún detalle que me ayude a atar ciertos
cabos, aunque de sobra sé que su relación con ella se
redujo a procurarle alivio a sus desventuras. Ni siquiera tuvo con
ella la delicadeza, y habría sido la única vez que
alguien la tuviera con ella, de llevarle un ramito de flores que
adornase un poco la triste lápida que le pusieron. Pero eso a
la pobre mujer no le importó en absoluto.
viernes, 7 de junio de 2013
Vida
Han
transcurrido apenas unos segundos desde que me senté en la
silla, cogí un folio y comencé a emborronarlo con estas
líneas. Sólo unos segundos, pero es claro que la
distancia que me separa de ese momento se me hace ya infinita. No me
cabe ninguna duda de que tengo más a mano la llegada del
próximo siglo que la repetición de ese instante que ya
se me ha escapado y que no podré recuperar jamás.
Lo
único que queda de él es mi recuerdo o, menos aún,
aquello en que yo creo que ha consistido el evento. Tan sólo
una secuencia de imágenes que he debido recrear, pues ni
siquiera las he visto: una silla a la que se aproxima un culo. Puedo
completar mi versión del suceso añadiendo otras
imágenes que sí he debido de ver, pero a las que no he
prestado atención, de modo que también he de
recrearlas. Así pues, imagino un papel en blanco y unos dedos
-los míos- que sujetan un bolígrafo con el que trazan
extraños garabatos. No voy a hacer cuestión de lo que
llamamos "realidad", así que diré sin más
que de ese suceso ya acontecido, "real", no queda registro
alguno en los anales de Dios, se ha evaporado para siempre en las
nieblas del tiempo de modo que de él no perdura más que
lo que yo guardo en la memoria, y sé perfectamente que se
trata sólo de una reconstrucción. Ha pasado el tiempo,
y eso que en aquel instante era una realidad, es ahora sólo
una sombra.
Llamamos
"tiempo" al proceso de conversión de todas las cosas
en meros fantasmas, y llamamos "vida" a la consciencia de
dicho proceso. Me refiero, claro está, no a la vida en el
sentido de la biología, sino a la vida humana singular, a la
vida de cada cual. Vivir es, por lo tanto, ver pasar el tiempo (los
seres eternos no viven) y contemplar cómo se desvanece cuanto
nos rodea, cómo se pierde irremisiblemente en la nebulosa del
pasado, cómo todas las cosas vienen a ser polvo, ceniza, nada.
Quizá
hayamos caído en la nota característica de la vida: su
fugacidad, el carácter eventual y fugitivo de cada vivencia,
la terquedad con que definitivamente se nos escapa de las manos.
Parece que vida y nostalgia son inseparables. Se me objetará
que los jóvenes no sienten nostalgia, que es posible estar
vivo sin añorar el pasado, que la conciencia de pérdida
es ya un síntoma de vitalidad decreciente, de decadencia
senil. Sin embargo, no hay nadie más vivo que un viejo. El
hombre maduro conoce sus límites, se sabe perecedero,
vulnerable, frágil y a merced del azar. El joven aún no
ha pensado sus límites -no ha tenido tiempo- y vive en la
eternidad que es propia de los dioses, como si su tiempo no fuera a
terminar nunca. Por eso se puede permitir el lujo de ser indolente o
temerario, altruista y desinteresado en unas ocasiones y
tremendamente egoísta en otras. Un joven es una individualidad
en construcción y, en consecuencia, aún no lo es. Podrá
estar vivo en el sentido biológico del término, pero no
lo estará en el sentido ético hasta que sea capaz de
representarse la frontera entre ser él mismo y no serlo. Es
decir, hasta que envejezca. El poeta Jorge Manrique nos dejó
dicho aquello de que "cualquiera tiempo pasado fue mejor",
a sabiendas de que ni el presente ni el futuro existen, pero el joven
es sólo futuro, en términos absolutos no existe
todavía.
Cuando
hablo de límites, es claro que no me refiero a la superficie
externa de la piel, a nuestro perímetro somático.
Aunque podría haber comenzado por ahí, pues la
psicología nos advierte de la identificación del recién
nacido con la madre (y seguramente también, pienso yo, a la
inversa: la identificación de la madre con el recién
nacido). Así se explica el modo en que el bebé reclama
sus fueros, como si fuera un órgano más de la anatomía
femenina, con la ciega terquedad con que el estómago reclama
alimento o el intestino su alivio. Y así se explica también
la premura con que la madre acude a los requerimientos de su hijo.
Tampoco hablo de las limitaciones que nos impone nuestro ser físico,
a pesar de que con esto nos acercamos más a nuestro tema. Yo
no puedo sustraerme a la gravedad, ni puedo desplazarme por encima de
un determinado límite de velocidad, ni puedo calcular de
memoria la decimoséptima cifra decimal del número pi,
ni podré saber jamás el contenido de la última
mirada que Julio César le dedicó a Bruto. Todas éstas
limitaciones no son más que el contenido material que cada
cual agrega a la conciencia misma de límite. Pero no podemos
hacer cuestión del concepto de límite sin recurrir al
único contenido universal que le cabe recibir: el límite
temporal.
Tiempo
y vida son conceptos paralelos, sólo de ese modo se explica
que podamos concebir la idea de límite. En efecto, yo no puedo
tener conciencia de mi inicio como ser consciente. Para mí se
pierde en una nebulosa de recuerdos tanto más escasos y
confusos cuanto más remotos. Nadie es testigo de su venida al
ser, por mucho que nos queramos convencer de que estábamos
presentes cuando ocurrió el hecho. Y, de manera análoga
y por razones evidentes, nadie podrá dar cuenta de su ingreso
en el no-ser. No es posible no ser y ser (testigo) al mismo tiempo.
Sólo porque vemos cómo pasa el tiempo, cómo todo
se arruina y se pierde, cómo nacen nuevos seres y perecen
otros, cómo en el mundo todo caduca y se renueva, se nos va
haciendo presente la necesidad de la muerte. Su certeza no es un
conocimiento empíricamente adquirido, porque la experiencia y
la seguridad son incompatibles. Repito que la idea se nos va haciendo
presente, poco a poco vamos cayendo en la cuenta.
Descartes
encontró la verdad fundante de todo el edificio del
conocimiento humano en el"cogito ergo sum". Kant lo situó
en la idea de la limitación humana. Somos seres limitados y no
protagonizamos toda la realidad, de la que sólo tenemos
noticia por intuición sensible, cuya forma "a priori"
es el tiempo. Lo que no es yo se nos aparece como algo dado que nos
impone su ley. Ambos pensamientos (el límite y la dependencia)
no se suceden según un orden consecutivo -no es cierto que sea
uno consecuencia del otro- sino que se identifican. Lo que es ajeno a
nosotros se nos opone, nos ataca, se convierte en nuestro enemigo. De
este modo, la conciencia del límite es lo mismo que la certeza
del mal, de donde se sigue que el mal es el fundamento del yo, de la
conciencia y de la ciencia. En "La Inmortalidad", Milan
Kundera hace del dolor, del sufrimiento, de la presión que
sobre nosotros ejerce el mundo, la base de la individualidad. Si el
vecino me golpea, es a mí y sólo a mí a quien
acude el dolor. El dolor me individualiza, me hace yo, me separa y me
enfrenta a la realidad.
Como
la certeza de la muerte no es un concepto aprendido, sino más
bien descubierto y previo al conocimiento, nosotros se lo imponemos a
todo cuanto somos capaces de idear. Y, en un prodigioso ejercicio de
venganza contra el destino -o de rebeldía contra Dios- lo
hemos aplicado también a ese nebuloso noúmeno que nos
ahoga, al que hemos racionalizado como "Universo" a fin de
convertirlo en objeto de estudio para la ciencia. Ya hemos situado en
el tiempo el origen de todo y la Física lo describe cada vez
con mayor detalle. Y desde hace dos siglos fantasea con su final.
Desde
que la termodinámica descubrió la flecha del tiempo con
su Tercera Ley, la idea de la muerte del Universo planea sobre la
ciencia. Primero fue en la forma de una muerte térmica, un
estado en el que ya no sería posible encontrar un ápice
de energía que sustentase alguna vida o algún cambio.
Entonces, la totalidad de cuanto existe dormiría un eterno
sueño, inmutable, yermo, quieto como un cementerio en un otoño
ya sin hojas. Pero como el estado opuesto es uno de los estados
posibles, en un tiempo infinito habría de producirse no una,
sino mil veces. Con lo que todo volvería a su comienzo. En el
comienzo vio Dios que todo era bueno, y la estadística le
devuelve la razón que la Física le había negado.
Después,
tras el descubrimiento de la expansión del universo, muchos
pensaron que el final vendría por la disolución de
todas las cosas en un espacio -ya euclídeo- infinitamente
extenso. En esta situación, la probabilidad de encontrar
cualquier cosa en un punto determinado se hace cero, y por tanto nada
existe, sin necesidad de que haya dejado de existir. Pero tampoco
está claro que el universo vaya a seguir expandiéndose
por toda la eternidad (aunque, por lo que tengo entendido, se trata
del modelo más plausible).
Si,
a pesar de todo, el universo no perece de alguno de estos dos modos,
en un plazo increíblemente largo (un cantidad de años
del orden de la centésima potencia de diez) los protones de
que se compone el núcleo de los átomos se
desintegrarán, ya que -por lo visto- no existe ninguna
partícula que sea eternamente estable. Entonces ya no tendrá
sentido pensar en la existencia de cosa alguna, pues todo se
desvanecerá como un rayo de luz en el espacio, como "lágrimas
en la lluvia".
Cualquiera
de los tres finales depende de teorías que, en último
extremo, son inverificables; así pues, no pasan de meras
fantasías. Por eso podemos combinarlas e imaginar un universo
térmicamente muerto que se ha expandido hasta el punto de que
su densidad total se anule, las galaxias se conviertan en islas de
materia en medio de un infinito océano de nada y, finalmente,
se evaporen por el colapso de los núcleones de átomos
que durante trillones de siglos han sido incapaces de crear nada.
¿Y
mis huesos? ¿Qué será entonces de mis pobres
huesos?
lunes, 27 de mayo de 2013
Platero y él
Un buen día
Raimundo me invitó a cenar en su casa, cosa rara en él,
por fortuna. Nunca entendí qué motivos tenía
para invitarme precisamente a mí y no a cualquier otro, pero
sospecho que no tenía ninguno. Raimundo no disfrutaba de muy
buena prensa en el reducido grupo que, de cuando en cuando, nos
tomábamos con él un cafetito y charlábamos un
rato de cosas banales. La verdad es que entre nosotros se hallaba un
tanto desplazado. No estaba al tanto ni del fútbol ni de los
deportes, y tampoco se interesaba por los temas de actualidad. Para
él, el resto del mundo sencillamente no existía, y su
conversación se resentía en consecuencia. Tampoco para
nosotros él existía demasiado. Puedo asegurar que,
después de haberle tratado en sus últimos tiempos más
que ninguna otra persona, no estoy en condiciones de hablar de él
más que del pordiosero que nos mendiga a diario una limosna en
la puerta de la cafetería. Raimundo nos dijo un día que
no probaba la carne (nos figurábamos que fuera misógino,
pero no vegetariano), y el “torpe aliño indumentario” que
arrastraba era comúnmente considerado auténtico. ¿Qué
otra cosa podríamos saber de él? Ni el más
fantasioso de los embusteros podría decir que fuera un dandy.
Al margen de que sabe Dios por qué causa su carrera de biólogo
(por cierto, prometedor, según tengo entendido) se había
visto truncada y que disfrutaba de una considerable fortuna
probablemente heredada, ignorábamos por completo su
circunstancia.
Aquel día
estábamos él y yo solos en el café de costumbre.
El mundo no giraba aquella mañana tranquila y gris en la que
el tiempo parecía haberse estancado. Afuera no se oía
ninguno de los ruidos que llenan las calles de las ciudades, por
pequeñas que sean. En el local faltaba incluso el estruendo de
las conversaciones mezcladas, el monótono zumbido del
tocadiscos o las voces sintéticas de la radio. Yo, como cada
mañana, hacía un alto en el trabajo, pero no sé
qué rayos hacía él allí. Vestía un
pantalón mal planchado y una americana que parecía
haber sido comprada antes de que el dueño hubiera terminado de
crecer del todo. Por debajo de las mangas aparecían los puños
raídos de una camisa demasiado vieja, y por debajo de la
botonadura se adivinaba el cuello de una camiseta blanca. Me habló
con torpeza y yo –torpe también- no supe cómo
rehusar. Me quedé mirando, sin saber qué decir, su
rostro mal afeitado, su sonrisa desdibujada, sus incipientes arrugas
de cuarentón, sus incisivos perfectos y los pelillos rebeldes
que le asomaban por las ventanas de la nariz. Desde luego, poseía
un extraño poder de persuasión. ¡Bonita noche me
esperaba!
Le pedí
que me anotara su dirección, y no me atreví a rogarle
que descifrara los garabatos que, con mano insegura, trazó en
una esquina de mi periódico. Me costó horas de cábalas
y consultas a un plano callejero interpretar aquellas letras
retorcidas e irregulares que pugnaban por escaparse del papel. Si una
mosca con las patas tintadas hubiera estado caminando por la
superficie los signos no habrían resultado más oscuros.
Era un trabajo sin esperanza de recompensa. Cuando finalmente resolví
el enigma quedé un tanto decepcionado: ya no tenía
excusa para faltar a la cita.
Cuando llegó
la hora me vestí sin ceremonia y con desgana, y salí de
casa dispuesto a caminar. Tampoco demasiado, después de todo
en este pueblo casi se puede decir que todo el mundo es casi vecino.
En ningún momento dejé de lamentar no haberme quedado
en casa viendo la tele. Recuerdo que esa noche ponían “Conan
el Bárbaro”. No era ninguna novedad y verla de nuevo quizá
hubiera resultado un tanto iterativo, pero cuando no puedes
disfrutarlas es cuando echas de menos las pequeñas comodidades
domésticas. Además, me gustan esos aires que quieren
soplar a lo largo de la película –una brisa tenue, más
bien- y que se desvanecen a medida de que transcurre. Me gustan
también algunas insinuaciones acerca del poder y, sobre todo,
la indiferencia del dios Crom en lo que respecta al carácter
moral de los hombres. “A ti no te importa quién sea bueno o
malo –le reza el protagonista-, te agrada el valor. Lo único
importante es que aquí dos hombres se enfrentan a muchos”.
Después Conan saca pecho y despliega su increíble
envergadura, cual si hubiese una relación biyectiva entre los
músculos y el valor. Da la impresión de ser Conan más
apto para matar que verdaderamente valiente, de modo que nos quedamos
sin saber qué es lo que en realidad le agrada a Crom. La mejor
escena es sin duda la última, esa en la que Conan le corta la
cabeza al profeta de la secta que está combatiendo y la
muestra a sus fieles en señal de triunfo. El profeta, o
sacerdote, está divinizado y se identifica con la serpiente a
la que adoran. ¡Qué soberbia refutación de su
doctrina! Imagino que para restaurar una fe de tal modo anulada sería
necesario un poderoso milagro de resurrección. Ciertamente, no
cabe mejor golpe para acabar con una secta que matar a su dios.
Pienso que si los romanos no pudieron terminar con los cristianos fue
porque se empeñaron, precisamente, en matarlos. Por muchos que
echasen a las fieras, siempre quedaban más. En esto el hombre
se muestra superior a su dios. Se puede decir: “El rey ha muerto,
¡viva el rey!” Pero gritar “Dios ha muerto, ¡viva
Dios!” es un contrasentido (aunque sé de gente dispuesta a
gritar: “Dios ha muerto, ¡viva la Virgen!”). Si Dios muere
es como si nunca hubiera existido. Sin embargo, el hombre deja deudas
y descendencia.
Entretenido
como iba, se me pasó el tiempo volando. Después de
recorrer la ciudad de cabo a rabo llegué a casa de Raimundo a
la hora convenida. El paseo había sido agradable pero breve
(de mí puedo decir que sé elegir los mejores
trayectos). Si no se me acusara de repetición alegaría
que la ciudad donde vivo es pequeñita, de manera que no tardé
en sentirme fastidiado por la proximidad del destino. Hacía
calor aún, pero la tarde era poco más que un otoñal
crepúsculo arrebolado cuando toqué la puerta.
Mi anfitrión
me recibió ataviado como de costumbre, y creo que se le puso
una cara de alivio cuando vio que yo había hecho lo propio. En
esto nos parecíamos bastante: si no sabemos hacer una cosa,
pues no la hacemos, y punto. Ambos preferimos no mudar de atuendo si
no está claro cómo hemos de hacerlo.
Si digo que
vivía en un caserón a las afueras de la ciudad, miento
a medias. En efecto, vivía en un caserón, pero bastante
más alejado que los que viven en las afueras. Ante la entrada
había un jardincito un tanto descuidado. Muy cerca, en la
misma finca, una casita de aspecto impecable pintada de blanco, pero
con puertas y ventanas cerradas, como si estuviese deshabitada. La
finca se extendía más atrás hasta no sé
dónde, porque la perspectiva no me permitía calcularlo,
pero adiviné una caballeriza o cuadra de la que me llegaban,
como los ecos de las trompetas ajadas de un ángel venido a
menos, largas sartas de rebuznos. ¡Raimundo criaba burros!
Sorprendido
por lo que estaba oyendo, respondí a su saludo. Me hizo pasar
a una sala enorme en la que había un lugar para cada cosa,
pero no uno determinado. Allí lo primero que llamaba la
atención era el desorden. En esto también nos
parecíamos, deduje. Siempre he creído que no vale la
pena luchar contra las leyes de la naturaleza, en particular contra
la tercera ley de la Termodinámica. Contra esta ley, en
concreto, caben tres posibles estrategias: puedes perder todo el día
tratando de ordenar las cosas, puedes también no usarlas por
no cambiarlas de lugar, por último puedes no preocuparte por
el orden. Raimundo parecía ser de la opinión de que el
hecho de que un libro estuviese sobre la mesa en lugar de estar en su
estante no iba a variar las condiciones de rotación de la
Tierra; y lo que vale para un libro vale también para muchos.
Si el verse obligado a apartar de un sillón un montón
de ropa recién lavada y sin planchar para que yo pudiera
sentarme le acarrease consecuencias irreparables, probablemente
habría tomado alguna medida para evitarlo. ¡Qué
sé yo! Supongamos que una legión de arcángeles
descendiese de los cielos en medio de un rompimiento de gloria
soplando clarines y anunciando la Parusía; o que a sus pies se
rompiera el suelo y entre horribles sacudidas de los cimientos del
mundo se abriesen ante nosotros los infiernos y un sinnúmero
de demonios prorrumpiese en gritos de anatema y excomunión,
espíritus torturados sin esperanza mascullando latinajos
condenatorios; o que se resquebrajara la bóveda celeste y
asomase un enorme dedo señalando a Raimundo como el sujeto de
todos los pecados capitales. Entonces quizá fuera ocasión
de comenzar a pensar en arreglar todo ese desorden. En caso
contrario, no había de qué preocuparse.
La verdad es
que el desorden me es familiar, vivo instalado en él como un
feto en su útero, así que me sentía como en
casa. La caminata me había dado sed. Pedí una cerveza,
pero como no tenía me sirvió un vaso de agua. Me la
tomé despacito, saboreando cada gota, sentado en el sillón
que había sido desocupado para mí. Durante un buen rato
charlamos sobre el tiempo y otras tonterías, pero al cabo,
intrigado y aburrido, le pregunté por los rebuznos que había
oído.
Raimundo
mostró interés por mi interés. Sin duda le
agradaba que hubiese sacado el tema y, a la vista de lo que ocurrió
después, estoy seguro de haberle resuelto algún
problema. Desde luego, tenía uno serio, y para solventarlo
había ideado alguna estrategia infantil. De no servirle la
ocasión como lo hice, se habría visto obligado a
representar la comedia que ya tenía ensayada. Pero es preciso
tener paciencia: si he de referir esta historia con la intención
de ser escuchado será mejor proceder con orden.
-Sígueme –me
respondió-. Te enseñaré los animales.
La casa
disponía, en su parte posterior, de una puerta que daba a un
terreno cubierto de pasto. Era bastante mayor de lo que yo había
creído en un principio y estaba cercado por un muro de piedra.
Al fondo, adosada al muro, se podía ver la cuadra escondida
tras una higuera. La puerta estaba entornada y era patente la
imposibilidad de cerrarla más. Debía de llevar
generaciones en ese estado, la madera aún recia, pero los
goznes oxidados hasta el punto de hacer un milagro del hecho de que
no se hubiera caído. El interior estaba oscuro, pero había
luz eléctrica. Raimundo encendió una lámpara y
ante mis ojos aparecieron tres burros, ahora ya sosegados. Dos de
ellos no tenían nada de particular, como no fuese su astrosa
apariencia. Eran asnos vulgares, de aspecto desmejorado y sucio
pelaje, como los que quizá haya habido cientos, no hace
muchos años, por los alrededores. Viéndolos se
adivinaba cómo había llegado a ser la suya una especie
en peligro de extinción. El tercero, sin embargo, era un
animal singular. Era pequeño, suave, peludo, y tan blanco por
fuera que se diría todo de algodón. Los ojos, mucho más
negros de lo que parecía a la tacaña luz de la
bombilla, miraban con una expresión inteligente y tierna,
mansa y amable. No pude evitarlo, me acerqué a él para
acariciarle el lomo. Al tacto era mucho más suave de lo que
había creído al verle y, si en vez de ser un burro
hubiese sido una mujer, yo habría jurado que estaba
perfumado. Relucía de puro limpio.
-Se llama Platero –aclaró
Raimundo-. Los otros no tienen nombre.
Lo juzgué
muy adecuado y se lo dije.
-¿Los tienes desde
hace mucho?
-Platero es el más
reciente –me contestó-. Los otros los compré hace un
año.
Después
de la visita a la cuadra me condujo de nuevo a casa y entramos al
comedor. Sorprendía que esta pequeña pieza no estuviese
arreglada para la ocasión. Desde luego, ofrecía un
enorme contraste con el salón donde me recibió, tan
desordenado y desangelado. Aquí nada se echaba en falta, pero,
considerado cada elemento uno por uno, no podía dejar de
considerarse austera. Sin embargo, la salita era acogedora y nada
espartana. Más que un refectorio de estoicos parecía un
comedor epicúreo. La mesa estaba dispuesta sin ceremonia y
albergaba ya dos botellas de un vino sumamente magnético
(quiero decir: susceptible de atraerse la férrea voluntad del
luterano más ortodoxo), un aperitivo a base de frutos secos y
-¡oh sorpresa!- cecina. Si me hubiese adivinado el pensamiento
Raimundo no habría podido ponerme los dientes más
largos.
Nos sentamos y
llenó las copas de vino. La mesa era amplia y redonda, buena
para beber, y a ello nos dedicamos sobre todo, pues no parecía
que hubiera dispuesto otras viandas que las que había a la
vista. Yo seguía intrigado por el asunto de los burros, pero
en esos momentos tenía una preocupación más
urgente. Desde luego, la noche prometía sorpresas y, aunque
aún no podía adivinarlo, iba a resultar a ese respecto
mucho más frugiferente de lo que cabía esperar. Por de
pronto, yo sabía a ciencia cierta que Raimundo sentía
hacia la carne, en cualquiera de sus variedades, una aversión
insuperable. Sin embargo había surtido la mesa con una buena
ración de cecina, a mi gusto poco curada, cortada en tacos.
Cierto que no había otra carne sino la cecina, y cierto
también que no hizo el mínimo ademán de
probarla, pero en alguna ocasión le había visto
protestar por su sola presencia. Protesta que recibió mi
protesta, por cierto. Por otra parte, yo nunca le había
hablado de mis gustos al respecto (de haberlo hecho imagino que se
habría preocupado de que no sangrara), de modo que no cabía
pensar que servía para halagarme.
-Creí que no
probabas la carne – le dije.
-Y no la pruebo. Si te
refieres a eso –señaló el plato con la mano-, la he
mandado hacer para la ocasión.
He de aclarar
que en mi opinión una cena perfecta ha de constar de buen
vino, variedad de frutos secos y embutidos, lo que explica mi
entusiasmo. Pero, para mi disgusto, se iba haciendo patente que
Raimundo no me había hecho ir para cenar, precisamente. La
cecina era el argumento de su comedia y, visto que no tenía
que representarla, decidió contarme sin más lo que
quería contarme. Le vi dispuesto a hablar
Y dejé que lo
hiciera, aunque él no tuvo conmigo los mismos miramientos. De
todos modos, satisfizo mi curiosidad de entonces, suscitó la
futura, y no dejó, finalmente, ningún cabo sin atar.
Se levantó,
me pidió que le siguiera y me aclaró que la cecina era
de burro. Eso proporcionaba alguna coherencia, pero aumentaba la
intriga. Se me hacía increíble que criara burros sólo
para salar su carne. Además, la presencia de Platero no
cuadraba bien con esas insospechadas aficiones a la chacinería.
Tantos aires de misterio se daba que llegué a temer que
comenzase su relato en el origen de los tiempos, pero se remontó
sólo dos años. Por esas fechas, y sin que precisara
más, había visitado a unos parientes en Andalucía.
Por pura casualidad había tenido un encuentro con un curioso
personaje –casi una atracción turística más-,
un hombre de edad lo suficientemente avanzada como para sospechar que
chocheaba. Este sujeto conseguía afirmar sin que le asomara al
rostro la menor sombra de risa que conocía el lugar exacto
donde estaba enterrado Platero, el famoso burro del poema. Mucha
guasa andaluza y alguna que otra palmadita condescendiente en la
espalda fue la reacción natural de quienes le escuchaban. Pero
cuanto más frecuentes eran las amables –y no tan amables-
chanzas con que eran acogidas sus declaraciones, tanto más
insistía en la verdad de lo que aseguraba. Se indignaba. Lo
juraba por lo que hiciera falta, por lo más sagrado, por todos
sus muertos. Finalmente, Raimundo, que llevaba tiempo fraguando
cierto proyecto, pensó que podría sacar algún
provecho del secreto del anciano y, en un momento en que nadie
atendía, le confesó que le gustaría visitar la
tumba y le rogó que le acompañase. El pobre hombre
consideró esta repentina muestra de confianza como una burla
más y se hizo de rogar, pero cedió enseguida, halagado
en el fondo. Dijo tener prueba documental que demostraba sin lugar a
dudas que el animal que yacía en la fosa que le iba a mostrar
era quien decía que era, y quedaron citados para esa misma
tarde. Efectivamente, el hombre tenía pruebas y las mostró.
Quedaba claro que había existido un asno llamado Platero, de
cuya existencia se hacían eco los documentos, y lo que decían
era coherente con las pretensiones del animal. De que se hallaba
enterrado en el lugar al que fue conducido Raimundo, ninguna persona
razonable podía dudar. Conocido el lugar, Raimundo se proponía
volver solo, y en secreto, esa misma noche.
Mientras me
daba cuenta de estos hechos habíamos salido de casa y, a
través del jardín, habíamos entrado en la de al
lado. Para mi sorpresa, resultó que Raimundo había
instalado allí un laboratorio completo, equipado con cuanto
pudiera necesitar. Otros quizá se hubiesen gastado la fortuna
en satisfacer vicios, en cambio allí había una fortuna
invertida en un instrumental a todas luces muy caro. No me dejó
preguntarle por el significado de todo aquello. Continuó
hablando fluidamente –parecía transformado- sin dar lugar a
que le interrumpiera. Me contó cómo había vuelto
al pequeño túmulo, apenas reconocible, en el que una
pequeña estela con el nombre del burro ya indescifrable
señalaba el lugar del enterramiento. La noche era oscura y
llovía a mares. Raimundo había ido provisto de una pala
que pudo afanar a sus huéspedes y comenzó a cavar bajo
la lluvia. El hecho de que no adornara aquí su relato da
muestra de la escasa capacidad noveladora de mi amigo y pesó a
la hora de concederle crédito. Lo cierto es que debió
de ejecutar la operación con toda frialdad, al fin y al cabo
se trataba sólo de un burro. Halló la tierra apelmazada
por el mucho tiempo, pero la lluvia se había filtrado bien y
la tarea no se le hizo excesivamente gravosa. Encontró los
restos que buscaba a menos de un metro de profundidad envueltos en un
lienzo que seguramente había sido blanco. Del sudario quedaban
sólo unos jirones, del animal quedaba mucho menos. Y, sin
embargo, lo suficiente. Raimundo se llevó algunos restos de
piel y pelo, además de un fémur. Mientras volvía
a cerrar la fosa le asaltó un temor repentino. En efecto, la
tierra movida hablaba por sí sola, y para cualquiera que
investigase habría de resultar ciertamente chocante hallar el
esqueleto mutilado de un burro. Pero se tranquilizó pensando
que no habría muchos más locos capaces de profanar el
sepulcro de un asno.
Por fin hizo
una pausa. Yo estaba atónito. Era incapaz de decidir si me
estaba tomando el pelo o si en verdad me estaba haciendo su
confidente. Pero Raimundo se adelantó a mis dudas. Abrió
un armario blanco como la luz del cielo y extrajo de él un
frasquito.
-Conseguí extraer
el ADN de los restos que traje.
Estoy seguro
de haber abierto los ojos lo suficiente para que quedara patente su
forma esférica, y si lo que dijo a continuación no los
hizo salir de su órbita se debió únicamente a la
escasa longitud del nervio óptico.
-También he
conseguido clonarlo.
Raimundo con
una calma y una naturalidad que me parecían ensayadas, pero
también con aplomo. Nunca lo había visto así, ni
yo ni nadie. A menudo, en el café, le habíamos oído
tartamudear hablando de fútbol. Confundía la Copa de
Europa con la Eurocopa, así que no se quitaba de encima la
sensación de estar en otra galaxia. Ahora me estaba contando
una historia de marcianos, quizá por ello se mostraba tan
seguro. Por mi parte, he de confesar que yo estaba nervioso, muy
nervioso, incluso escandalizado, y eso era síntoma de que, por
mucho que me esforzase en negar el relato, ya le concedía
algún crédito. No había más que
considerar el burro del establo: ¡Era blanco como la nieve!
¡Blanco como el algodón! La verdad, no recuerdo si
contesté con alguna incoherencia o si sólo babeé
un par de gruñidos.
-Lo he clonado dos
veces-insistió.
-Pero, ¿para qué?
–había conseguido rehacerme lo suficiente para formular
preguntas.
-De los dos sacrifiqué
uno, y con su carne hice la cecina que has probado antes.
En ese momento
decidí que la dichosa cecina, que yo había considerado
poco curada, estaba en realidad muy buena. Después rectifiqué
y me pareció todo un sinsentido. No obstante, Raimundo aseguró
no haber clonado a Platero sólo para hacer cecina. Abrió
otro armario y cogió un matraz sellado que contenía un
extraño fluido. Era de un color que variaba entre el gris, el
verde y el azul, pero si se agitaba o se observaba al trasluz, se
podían ver destellos amarillos que brillaban puros un segundo
y luego eran de nuevo invadidos por volutas grises, lentas y en
exceso viscosas, pues sin duda el fluido era un vapor. Me acerqué
para observarlo mejor, pero no me dejó ni tocarlo.
-¡Este es el
espíritu de Platero! –dijo. Un sacerdote en el momento de la
consagración no es tan ceremonioso, ni tan teatral. Raimundo
estaba orgulloso y me mostraba el frasco como un triunfo. Acerté
a preguntarle qué significaba con el término
“espíritu”, palabra que a poco que queramos puede
referirse a cualquier cosa, y me respondió diciendo que se
trataba del principio vital, el pneuma que gobierna la máquina
del cuerpo y la pone en movimiento. En suma, la diferencia entre un
animal vivo y su cadáver. Clavé los ojos en el
frasquito y juro que vi agitarse el vaporcillo por sí solo.
Adquiría espontáneamente los brillos para extinguirlos
después, y las distintas volutas revolucionaban por todo su
volumen como fieras enjauladas o cautivos que tientan la firmeza de
los barrotes de su celda. Cada uno de aquellos destellos se me
antojaba un pensamiento del delicado animal, una emoción, un
recuerdo. Oí rebuznos y a duras penas pude reprimir la
ocurrencia de que provenían de la redoma.
Toda mi lucha
interior consistía en decidir si Raimundo era un loco o un
genio y, como no podía resolver el dilema, consideré
ambos atributos. Así pues, Raimundo era un genio y un loco.
Genio por haber logrado lo que otros muchos, con mejores medios, aún
esperaban alcanzar. Loco por haberlo intentado. El asunto del pneuma
permanecía fuera del alcance de mi juicio más por
estupor que por falta de criterio. No sé si fuel el genio o el
loco el que dio en la cuenta de que para hacer creíble lo
increíble lo mejor es persuadir no a la razón, sino a
los sentidos, y ofrecer la llaga para que el incrédulo meta la
mano.
La llaga se
encontraba en una sala contigua al laboratorio, separada por una
puerta de doble hoja. Era algo mayor, en todo semejante a un
quirófano y blanca como la conciencia de un imbécil. En
el centro se podía ver una camilla, y sobre ella una campana
de vidrio lo suficientemente grande como para contenerla. Raimundo
accionó un interruptor y la campana descendió a lo
largo de su guía acompañada por un tenue zumbido
eléctrico. El artilugio estaba dispuesto de modo que el
espacio alrededor de la camilla quedaba herméticamente
cerrado. La campana estaba conectada por medio de un largo tubo
flexible a una potente bomba de succión. Ante mis ojos
–declaró- tenía un extractor de pneuma. Su
funcionamiento era bien simple: no había más que
colocar en la camilla un animal que estuviese a punto de morir. Una
vez cerrada, la campana absorbía todas las emanaciones últimas
del bicho: su aliento, los vapores de la sudoración, sus
ventosidades, su olor, sus estornudos, hasta que el moribundo
exhalaba su postrer suspiro y la bomba se detenía
automáticamente ante la imposibilidad de absorber el propio
vacío que se generaba en su interior. En ocasiones, me contó,
el animal estallaba por la ausencia de presión, y entonces la
máquina aún podía extraer más substancia.
En este caso se podía estar seguro de haber capturado hasta
la última molécula de su alma. El proceso concluía
con la destilación del producto, operación harto
delicada por lo sutil del fluido.
A esas alturas
de la noche, con lo que había bebido durante la cena, lo que
había oído y lo que estaba viendo, a nadie debe
extrañar que dejara de lado mis reticencias. Máxime si
tenemos en cuenta que se me había concedido el privilegio de
contemplar cómo se pueden extraer los pneumas. Porque así
fue, en efecto. En una jaula en la que yo no había reparado
Raimundo tenía encerrado un conejo. Lo asió por las
orejas y le inyectó una susbstancia que tenía
preparada. El conejo se agitó un poco, pero enseguida recuperó
la calma. La inyección contenía un estimulante que,
según me dijo, provocaría la sudoración de la
víctima. Acto seguido volvió a encerrarlo, colocó
la jaula en la camilla, cerró la campana y accionó el
mando de la bomba. El extractor comenzó entonces a funcionar
con un zumbido ensordecedor. El animal ni siquiera murió de
asfixia, no tuvo tiempo. Se revolvió en la jaula, pero muy
poco después quedó inmóvil. Al cabo de pocos
segundos se le desorbitaron los ojos y finalmente estallaron al
tiempo que lo hacían también los intestinos. La bomba
siguió funcionando durante una larguísima milésima
de segundo y se detuvo al cabo poco a poco. Se extinguió el
zumbido y el silencio que sobrevino parecía de otro mundo.
Raimundo corrió a vigilar el destilado del vapor y cuando hubo
concluido me mostró una botella que contenía un fluido
grisáceo y apagado, tan poco parecido al pneuma de Platero que
quedé de veras decepcionado. El proceso había sido más
rápido de lo que la importancia del asunto daba a entender y
el producto carecía del colorido, la brillantez y la vivacidad
del otro.
-Se ve que el animal era
de inferior calidad –insinué.
-¡Oh,no,no!
–respondió Raimundo-. Si te refieres al color, es por las
prisas. Si la bomba hubiera succionado lentamente, si yo hubiera
puesto más atención al destilar… En fin, vale como
ejemplo. De hecho, todas las pruebas que he realizado proporcionaron
pneumas casi idénticos, imposibles de distinguir a simple
vista. Ni siquiera hay relación entre el tamaño del
cuerpo y el volumen del alma. Sospecho que con una persona ocurriría
otro tanto.
Su último
comentario me pasó desapercibido en ese instante, aunque luego
tuve ocasión de recordarlo. Raimundo afirmó que estaba
llegando al meollo de la cuestión. Llevaba muchos años
extrayendo el pneuma de animales, y su preocupación era
encontrar un modo de volver a inocularlo en un cuerpo, para
revivirlo. Pensaba incluso en la posibilidad de resucitar un animal
en el cuerpo de otro, aunque fuesen de especies diferentes. Aún
no lo había logrado, confesó, pero este proceso lo
consideraba de índole estrictamente técnica.. Lo más
importante consistía en averiguar, después de la
reanimación, si el comportamiento del animal correspondía
a su antigua alma o a la nueva, y esta averiguación era la
única que podía constatar el éxito de la
operación. Esa era la razón por la que siempre había
inoculado almas de unas especies en otras, con la esperanza de
conseguir un gato que se comportase como un ratón, un lobo
como un cordero, un salmón como un elefante. Después
dio en pensar que la conducta de sus animales que la conducta de sus
animales debía de estar primeramente regida por sus aptitudes
físicas y que sería harto difícil conseguir que
una serpiente se golpease el pecho como un gorila o que volase una
ballena, por mucho que en su fuero interno lo desearan. En efecto, el
fuero interno resultaba demasiado interno como para poder acceder a
él y conocerlo. En consecuencia, restringió sus
experimentos a animales de la misma especie. Esto resolvía un
problema, pero planteaba otro. Supuesto el caso de que en el futuro
la reanimación fuese un éxito, ¿cómo
discernir si la nueva alma operaba realmente en el cuerpo o si, por
algún resorte misterioso, la antigua se empeñase en
seguir gobernándolo? Decidió entonces probar con
congéneres notoriamente distintos, tanto como lo pueda ser un
rústico de un aristócrata, o un político de una
persona honrada, y en esas cavilaciones andaba en la época en
que viajó a Andalucía. En suma, la casualidad le
proporcionó un animal de veras singular, cuya alma debería
dejarse notar así la inoculase en el cuerpo del burro más
abyecto, y decidió coger la ocasión por los pelos.
Quedaba el problema de revivir a Platero, pero no había
solución sin problema, ni problema sin solución.
Finalmente lo consiguió y en ese punto se hallaba ahora.
Dejó de
hablar esperando, quizá, que yo dijera algo. Pero yo no sabía
qué decir. No dejaba de plantearme la disyuntiva: loco o
genio, o genio loco. Si no fuese por lo explícito de sus
pruebas ya habría optado por lo primero, pero no podía
dejar de pensar en el burro del establo. No se trataba de un rucio
cualquiera, era el mismo Platero, el príncipe de los asnos
redivivo, un animal que a la vista prometía mayor sensatez que
su dueño. Pero si alguna vez había existido, debía
de llevar muchas décadas muerto. ¿Entonces? Y si en ese
punto Raimundo había tenido éxito –lo que ya era
bastante para encumbrarlo a la fama-, ¿por qué no
considerar plausible el resto de su programa? En todo caso, el
extractor de pneuma era una realidad, una máquina cuyo
funcionamiento cualquiera podía comprender, y los matraces con
los pneumas ya extraídos eran también reales, los había
tenido a la vista y si no había podido tocarlos se debía
a un exceso de celo de mi amigo.
-¿Y qué
perspectivas de éxito tienes? –me aventuré a
preguntar.
-Ninguna-me dijo.
El rostro se
le ensombreció y perdió el tono exultante con el que
había hablado hasta entonces. Aseguró que seguiría
ensayando a pesar de todo, pero que dudaba de tener tiempo suficiente
para obtener siquiera algún progreso, por pequeño que
fuese. Yo le hice notar que disponía de todo el tiempo del
mundo, libre como estaba, sin familia ni obligaciones. Le dije que no
había nada que pudiera estorbarle si él así lo
deseaba. Pero entonces, con la voz más triste del mundo,
desprovisto como siempre de solemnidad, confesó que le
quedaban pocos meses de vida.
Raimundo había
convertido la velada en una suerte de declaración de su última
voluntad. De pronto me pareció que todo el relato que había
escuchado de su boca, dejando de lado la cuestión de la
verosimilitud, cobraba sentido. Y no tanto el relato como el hecho de
haberse decidido a narrarlo. De todos modos sentí el peso de
su última declaración como una losa que anonadaba su
historia, que la reducía a anécdota sin importancia. La
losa debía de haber caído sobre él algún
tiempo atrás, y en ese instante me invitaba a que soportara
parte de su peso. Pero yo, torpe de mí, no supe hallar
palabras adecuadas, si es que lo más adecuado en estos casos
no es el silencio. ¿Quién puede censurarme por ello?
¿Acaso hay algo que se pueda decir? ¿Hay alguien tan
sabio que ose decir algo? Recomendar fe o resignación es una
suerte de patada en el culo del moribundo: “jódete, que a
todos nos ha de llegar el mal trago”. Nadie compadece de veras a un
moribundo, nos incomoda porque lo que en realidad sentimos es el
dolor de nuestra propia muerte. Me limité a preguntar si no
había ningún médico que le hubiera dado
esperanzas, y me respondió que él no necesitaba médicos
para diagnosticarse las enfermedades, ni siquiera las graves, que
ningún médico podía ayudarle ya y que tan solo
unos meses era todo cuanto podía esperar del mundo.
* * *
De regreso a
mi casa, apurando el paso para sacudirme el relente de la noche, me
sentía como un cobarde que deja morir a un amigo en la más
extrema soledad. Era una tontería por mi parte, pues sabía
que Raimundo no se moría aún. Además, la velada
había concluido y era absurdo prolongarla. Sin embargo, tenía
la sensación de haber dejado algo sin acabar. Hubiera deseado
–para ser sincero, más por mí que por él-
encontrar una palabra balsámica, una suerte de imposición
de voz que curase sus dolores y su angustia, un vade retro a
las tinieblas. Pero para ello se requiere una virtud que yo no poseo,
sea la elocuencia u otra cualquiera. Si lo que buscaba Raimundo era
consuelo, se había equivocado de persona. Por lo tanto no
buscaba consuelo. Con eso me consolé yo.
A la mañana
siguiente acudió a la cita del café con el mismo
semblante y las mismas trazas de siempre. Por prudencia, a nadie
había revelado nada de cuanto sucedió la noche
anterior, y Raimundo me pidió que no lo hiciera en el futuro.
No sé si se refería a todo el futuro o sólo al
suyo, pero eso ahora no tiene importancia. Continuó acudiendo
regularmente y actuando con tanta naturalidad como le conocíamos.
Hubo un día, sin embargo, en que lo echamos en falta. No eran
inhabituales sus ausencias, de modo que nadie encontró extraña
la circunstancia, pero yo me quedé con un cierto desasosiego.
Tampoco le vimos los días siguientes, y la angustia se
convirtió en una congoja que me abotonaba el esófago.
Por la noche le telefoneé.
-Todo va bien, todo va
bien – me contestó sorprendido -. Sólo que estoy
ocupado.
Anduvo ausente
unos días más, al cabo de los cuales volvimos a verle
como siempre. No parecía tener aspecto desmejorado, ni perdió
lustre con el paso del tiempo. Terminé creyendo que me había
tomado el pelo y se lo dije un día en que estábamos
solos. Se indignó y respondió que no podía darme
más pruebas y que si la presencia de Platero no bastaba para
convencerme, entonces no habría prueba suficiente para ello.
Yo aduje que rea sumamente difícil creer lo que me había
confiado y que su estado de salud evidenciaba cierto talento teatral
en el final de su historia. Raimundo no estaba conforme –es
sorprendente que esas fueran exactamente sus palabras- con que
hubiera habido teatro, asintió en lo demás y añadió
que no había sido ningún capricho revelarme su secreto
ni me había elegido al azar. El final sería rápido,
fulminante, pero prometió mantenerse en contacto frecuente
conmigo.
Esto último
lo cumplió en la medida en que un tipo como él podía
cumplirlo. Nos vimos poco e irregularmente. Sus visitas al café
se hicieron más escasas, pero nos telefoneábamos a
menudo. Hablábamos poco entonces, y en ocasiones me informaba
de que había hecho algún progreso en sus experimentos,
aunque nunca aclaraba cuáles. Otras veces decía
hallarse estancado. Un día me confesó que quizá
pudiera necesitar mi ayuda, y yo, sin saber qué esperaba de
mí, me ofrecí para cuanto precisase. ¿Qué
otra cosa podría hacer?
Transcurrieron
unos meses sin novedad. El invierno fue duro, apto para que un
enfermo no lo superase, y la primavera llegó espléndida
y sin aviso. Las dudas me asaltaban de nuevo y, si no fuese porque en
lo tocante a sus relaciones sociales conocía bien a Raimundo,
de seguro me habría dado a imaginar sus risas y sus burlas de
mi inocencia bien rodeado de buena y femenil compañía.
No había tal, como bien sabíamos todos. Caía la
tarde de un viernes tardíamente frío cuando me llamó
y me pidió que acudiese a su casa. Temí lo peor, pero
me tranquilizó enseguida. Estaba perfectamente y sólo
quería enseñarme una cosa. Entonces temí algo
peor que lo peor.
Ya no era
necesaria la excusa de la cena y prescindió de ella. Me hizo
pasar, atravesamos la casa hasta la puerta trasera y me condujo a la
cuadra. Allí estaban aún los tres asnos. No entiendo
cómo Raimundo no dio en pensar en la posibilidad de que los
pneumas se transfiriesen por ósmosis, o por algún otro
mecanismo singular, pues los tres se mostraron afables. De seguro,
por fortuna para los animales, no tenía con ellos más
trato que el imprescindible para surtirles de pienso el pesebre. De
otro modo quizá se hubiera percatado de su cambio de carácter.
Lo que quería mostrarme allí era una ventana que yo
había creído ciega y que daba a un camino descuidado e
invadido de zarzas que corría por detrás del muro.
Desde dentro quedaba a la altura de la cabeza de un hombre, pero por
fuera era más accesible.
-Si alguna vez quieres
entrar sin que nadie te vea –me dijo-, puedes usar esta ventana.
Nueva
sorpresa. ¿Por qué habría yo de querer entrar en
secreto a una casa donde sólo había estado dos veces,
que en realidad no conocía y donde no tenía nada que
hacer? De todos modos, como ya comenzaba a acostumbrarme a las
rarezas de ese hombre, no dije nada. Fuimos después al
laboratorio y me explicó que había dotado al extractor
de un mando a distancia. De ese modo, dijo, podría manejarlo
desde dentro. Yo asentí como si se tratase de una idea
natural, de esas que de puro fácil no se nos ocurren a menudo,
porque en ocasiones, aunque prestes atención, las
consecuencias de lo que te dicen asoman un tanto diferidas. Raimundo
pensaba manejar la campana desde dentro, por tanto...
-Pero, ¿es que
todavía no has comprendido? –dijo al ver mi cara de
estupefacción.
Me recordó
que se moría y que la muerte siempre llega demasiado pronto.
Se atrevió a bromear: desde luego, no se trataba de ninguna
mujer. Entendí que no estaba asustado, él no creía
ni en infiernos ni fantasmas, no aguardaba nada después de su
hora, pero supe por la inefable luz de sus ojos lo que es la
desesperanza. Nada. Raimundo tenía el poder de hacerme llegar
a esos lúcidos momentos de clarividencia en los que la verdad
se nos hace asequible. Comprendí que yo tampoco tenía
miedo a la muerte. Si acaso, la más profunda incomprensión
de lo que significa. Ningún epicúreo podrá jamás
curar eso. Por más que lo intento, me resulta imposible
imaginar un mundo en el que yo no esté presente. En todos los
ensayos me descubro en alguna parte, incluso fuera, observándolo.
El mundo soy yo, nace conmigo y conmigo perece, pero no entiendo por
qué se empeña en contrariar mis deseos. Eso, ni el
poder de Raimundo ha podido revelarlo.
También
mi anfitrión se abría de cuando en cuando a la
comprensión de los arcanos, y se expresaba de modo
contundente. Hay un lugar, me decía, del que todos salimos sin
haber entrado, y otro al que todos hemos de entrar para no salir: la
fría y húmeda fosa donde sólo los gusanos nos
harán compañía, sórdida agrupación
de materia inconsciente. No se resignaba, confesó, y había
ideado un plan para evitarlo. Pero el fin se adelantaba a todos los
medios y amenazaba con abortar el proyecto. Pretendía, llegado
el momento, someterse al extractor de pneuma y embotellar su
espíritu. En ese proceso no era preciso que interviniese
nadie, toda vez que había conseguido automatizarlo (el propio
extractor estaba programado para proceder a la destilación del
fluido), de modo que ya podía considerar embotellado su
pneuma. Pero necesitaba de alguien que conociese su trabajo y que se
encargara de inocularlo en otro cuerpo. Estaba claro que ese alguien
era yo. Protesté alegando que él mismo no lo había
conseguido en ninguno de sus ensayos, pero él respondió
que yo era su única esperanza. Me pidió que me hiciera
cargo de su matraz, que lo custodiase, que repasase sus notas y
estudiase sus métodos a fin de concluir la tarea. Se lo había
prometido, me recordó. El laboratorio quedaría a mi
disposición si aceptaba, y también su casa y su
fortuna.
Mi primer
impulso, como todo el mundo podrá figurarse, fue salir sin
demora y lo más aprisa posible, pero no pude eludir su mirada
ni escapar a su persuasión. Entiéndanme: no me pedía
que continuase sus experimentos, me pedía que lo resucitara.
¿Dónde iba yo a conseguir un cuerpo?, alegué. Y
no un cuerpo cualquiera. Fui cruel, le pregunté si querría
uno atlético y atractivo para las mujeres, un buen cadáver
reciente y bien parecido. Añadí que hurgar en los
entresijos de las cosas vivas me producía repugnancia, que no
tenía la menor idea de cómo había que usar una
pipeta, menos aún un microscopio, y que su matraz en mis manos
corría serio peligro. Pero Raimundo ya estaba decidido: aún
tenía tiempo para aprender, si mostraba interés, y me
consideraba una persona muy capaz. Me pedía que entendiese su
situación. No podía acudir a ninguno de sus colegas,
pues entre ellos estaba desacreditado, y en todo caso se celaba del
éxito que pudieran obtener a su costa. Era preciso un lego
discreto y diligente en el que pudiera confiar: yo. El éxito,
me dijo, podría reportarnos a ambos grandes beneficios, en
cambio el fracaso me haría ganar una fortuna.
Considerando
el asunto con frialdad, yo creía más probable el
fracaso, y eso me satisfizo. Así pues, Raimundo me convenció
y yo fui su aplicado alumno durante seis largos meses.
* * *
Durante ese
tiempo llevamos a cabo, con nulo éxito, gran cantidad de
pruebas. Ensayamos con conejos, con ratas, gallinas o gatos, y con
cuantos perros vagabundos nos premiaba la fortuna. En fin: con todo
animal que se nos pusiese al alcance. Y cuanto mayor era el número
de razones para ceder al desánimo, tanto mayor era el denuedo
de mi mentor a la hora de afanarse las víctimas. En una
ocasión creímos haber logrado nuestro propósito,
y tanto fue el alboroto de Raimundo que, de haber sido yo el mal que
le mataba, al punto lo habría abandonado. En efecto, después
de una inoculación de pneuma en el espinazo de un cordero,
vimos que se agitaba. El cadáver, aún caliente, tensó
sus miembros y se retorció como presa de un espasmo de dolor.
Después de unos segundos –eso fue lo que duró el
júbilo de mi maestro- cesó para siempre el movimiento.
Raimundo afirmaba que había percibido un latido, pero yo no lo
creí; en mi opinión comenzaba ya a perder su
objetividad. Falsa alarma y nuevo fracaso: en ocasiones es muy tenue
la frontera que divide el mundo de los vivos y el de los muertos.
Raimundo
reservaba el espíritu de Platero para la prueba final, justo
antes de someterse él mismo al proceso. Mientras tanto, estos
trabajos me servían de aprendizaje. Poco a poco me iba
haciendo diestro en el manejo del instrumental y la provisión
de suministros, y no tardé en adquirir la capacidad de tomar
decisiones. La familiaridad que iba tomando con esta ocupación
–nueva para mí- me facultó para la inteligencia de
los apuntes que Raimundo había comenzado a confiarme. Debo
confesar que yo los estudiaba sin reparos, ni me mostraba escéptico
ni les concedía crédito. Para mí no se trataba
de una cuestión de fe, y pienso que tampoco para Raimundo,
sino más bien de una técnica que tratábamos de
poner a prueba. La única diferencia entre nosotros era que él
confiaba en el éxito y yo no, del mismo modo que desconfiaría
de que arrancase el motor de un coche excesivamente viejo. En
cualquier caso, conforme transcurría el tiempo, yo ganaba
iniciativa y mi amigo perdía vigor.
Aceptaba con
naturalidad el progreso de su enfermedad. A veces tenía la
sangre fría de hacer cálculos con la fecha de su final,
y programaba las tareas en consecuencia, como si no pudiera
equivocarse. Los constantes fracasos no le desanimaban, quizá
porque no tenía otra esperanza o porque de ese modo se
distraía, pero a mí me acrecían la duda acerca
de la posibilidad de concluir la tarea. Raimundo parecía
convencido de que, un tiempo después del final, volvería
a estar otra vez cómodamente instalado en la existencia,
habitando un cuerpo nuevo y saludable. Me exhortaba, me corregía,
se afanaba en dedicarme toda suerte de consejos de última
hora, revisaba el funcionamiento de los instrumentos, se cercioraba
de que todo estuviese dispuesto y a punto para cuando llegase el
momento, que ya sentía próximo.
Me telefoneó
una noche gélida que anunciaba nuevamente el invierno. No
podía esperar más, me dijo. El espíritu había
comenzado a abandonarle y era preciso capturarlo íntegro. Si
he de decir la verdad, me sobrecogía su sangre fría, su
confianza. Para él, la espera en el matraz, por larga que
llegase a ser, no supondría sino un instante. Yo no sabía
qué decir ni qué hacer. Me ofrecí a ayudarle, a
prestarle el apoyo que sin duda todo hombre requiere en semejante
trance, pero él rechazó el consuelo. Tenía que
adelantarse a un final que, en el curso normal de los
acontecimientos, aún tardaría días e incluso
semanas. Dijo que confiaba en mi habilidad y en mi perseverancia, y
me aconsejó proceder con cautela. Antes de pronunciar un adiós
que no sonó nada patético me encomendó recoger
su matraz. El se sometería al extractor esa misma noche, yo
debería entrar en el laboratorio sin que nadie me viese para
evitar problemas, guardar el frasco en lugar seguro – a ser posible
en mi casa- y regresar a la mañana siguiente a la hora
habitual para descubrir y notificar el horrible suceso. A los ojos de
todo el mundo aparecería como un loco suicida. Tuvo el humor
de compararse con Heráclito.
Salí de
casa a toda prisa con la esperanza de llegar antes de que fuese
demasiado tarde, pero en mi fuero interno deseaba llegar cuando todo
hubiese concluido. Consideré necesaria la precaución de
entrar a la finca por el ventanuco de la cuadra, lo que supuso
algunos minutos de demora. Nadie podía verme desde allí.
Los burros rebuznaron a pleno pulmón cuando me vieron entrar
de ese modo, pero por fortuna lo hacían a menudo sin que
mediara causa alguna. Oídas desde lejos, las voces combinadas
de los tres asnos debían de resultar hermosas.
De lo que vi
en el laboratorio prefiero no hablar. Raimundo se había
convertido en una especie de borrón sanguinolento todo a lo
ancho de la campana. Sobre la camilla descansaban sus restos sin
vísceras, desnudos y enflaquecidos. Su mano derecha sujetaba
aún el mando del extractor. Me tragué mis propios
vómitos y salí a la carrera con el matraz en la mano
por la misma vía por la que había entrado.
* * *
He aquí
todo cuanto estoy dispuesto a revelar de esta historia. Ya sé
que a los oídos de la mayoría aparecerá como
inverosímil y yo como un loco, pero mi desvarío no
excedió los términos de seguirle la corriente a
Raimundo. Por lo demás, cuanto he referido es real, y puedo
mostrar como prueba tanto el extractor, que usé durante un
tiempo, como tres matraces que conservo en casa, en lugar seguro. En
dos de ellos podía leerse el nombre de Platero, en el del
tercero se leía el de Raimundo. Desgraciadamente, con el
tiempo confundí las etiquetas que los identificaban y ya no
puedo distinguir el uno de los otros. Además, hace años
que desistí –si es que alguna vez me lo propuse con la
seriedad suficiente- de buscar el modo de encarnarlos de nuevo. Para
mí es asunto concluido y nada tengo que reprocharme.
Sencillamente, no sé cómo concluir la tarea que me fue
encomendada. Si no sé cómo hacer una cosa, pues no la
hago. Y punto.
Por cierto, en
la segunda ocasión la cecina estaba buenísima.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)