viernes, 5 de julio de 2013

El mal

Dicen que en boca cerrada no entran moscas. Por mi parte, como no me gusta evocar imágenes desagradables, diré sólo que a quien habla demasiado finalmente terminan por alcanzarle sus propias palabras. Pues bien, algo parecido me ha ocurrido a mí al hilo de, al menos, dos de mis anteriores escritos. Me refiero a mi comentario sobre la novela de F. Dostoievski "Los hermanos Karamazov", al que titulé con el interrogante "¿De verdad está todo permitido?", y el que lleva por título un escueto "Vida". De la novela de Dostoievski yo destacaba la cuestión del ateísmo y algunas de sus implicaciones teológicas y morales. En "Vida" comentaba la limitación humana, el tiempo y el carácter fugaz de la vida. Ambas opiniones han suscitado -en otros lugares- comentarios que en algunos puntos convergen, a pesar de que sus argumentos se antojaban dispares. Estos comentarios, algunos de ellos de forma explícita, me instan a aclarar mi opinión acerca de cuestiones éticas y metafísicas en cuyos laberínticos recovecos es fácil terminar tanto mordiéndose la cola como dándose de bruces contra uno mismo, de manera que mi oscura verborrea encuentra así un merecido castigo.

Antes de hacer una síntesis de la discusión que -en ámbito distinto de éste- estos dos escritos míos han abierto entre algunos de sus lectores, me gustaría resumir brevemente lo que uno puede encontrar en los manuales de metafísica acerca del mal. De este modo, al tiempo que centro la cuestión, puedo tratar de justificar el giro que con el título que encabeza estas líneas voy a dar al tema que nos ocupa.
Pues bien, básicamente hay dos concepciones acerca del mal: una negativa que considera que el mal en sí mismo no existe sino que es carencia de algo (del bien), y otra positiva según la cual tendría entidad sustaniva propia. Según esta última concepción -y dicho en términos muy breves- el mal sería el signo del carácter creador del hombre, que no tiene por qué oponerse al designio divino pero que puede apuntar en dirección divergente. El mito de Prometeo o el episodio bíblico del pecado de Adán y Eva son dos buenas ilustraciones de la rebelión del hombre contra Dios y de la afirmación de sus capacidades creativas. Prometeo nos tae el fuego para que podamos sobreponernos a la indigencia que nos es consustancial; el fruto del Arbol Prohibido nos permite tomar conciencia de nuestra libertad. El castigo a Adán y Eva consiste en la obligación de ganarnos el pan con nuestro sudor. Es decir. la obligación de llenar la Tierra y de someterla con la sola ayuda de nuestras facultades. Cómo esta capacidad creativa humana puede transgredir los designios divinos y generar un mal ha sido un argumento que los románticos explotaron con alguna frecuencia. Así, al menos es como entiendo el relato de Mary Sheley "Frankenstein o el moderno Prometeo".

Aunque más adelante tendré que volver a incidir en el tema de la libertad humana, por ahora prefiero centrarme en la concepción negativa del mal. Se trata de la más antigua en la tradición occidental y su origen es ambiguo: por una parte la fatalidad clásica, por otro lado la idea de la inconmensurabilidad entre Dios y sus criaturas. Aunque se le suele atribuir al neoplatónico Proclo (siglo V d. de C.) el inicio de esta línea de pensamiento, yo prefiero retroceder varios siglos hasta el surgimiento de la filosofía griega. Antes incluso, el alma griega estaba impregnada de la creencia de que en los asuntos de tejas abajo nada quedaba completamente bajo control. Una ciega necesidad (desde luego, mucho más ciega que la justicia) pendía sobre el hombre y amenazaba con hacer inútiles todos sus afanes, de manera que, fuesen cuales fuesen los esfuerzos de los individuos para escapar de su destino, éste terminaba siempre por alcanzarles. Entre otras muchas cosas, los griegos son los inventores de la tragedia.
También son los inventores de la filosofía, y ésta nace con la creencia de que tras el carácter azaroso e impredecible de los asuntos mundanos subyace un "logos" oculto que lo explica y lo gobierna todo. Lo que se nos muestra -el mundo- es pura apariencia que no cesa de fluir, pero, bajo su caleidoscópica figura, algo eterno e inmutable que es lo verdaderamente ente se hace accesible a la razón humana. Toda la filosofía presocratica es, por una parte, el descubrimiento de lo permanente de todas las cosas, y en segundo lugar la remoción de esto permanente hasta el plano de lo virtual, lo ideal. Hay un autor -y mi flaca memoria no alcanza ahora para recordar quién- que hablaba de filosofía preplatónica, no presocrática.Y, en efecto, podemos considerar la filosofía previa a la del noble ateniense como su necesario preliminar. Para Platón, el mundo material es una copia inexacta del mundo ideal. La causa de la discrepancia entre ambos no es la torpeza del dios -el Demiurgo- que realiza el simulacro, sino el carácter irreductible a la razón ("logos") del componente material. La materia pura es pura carencia de idea, y todo el sistema de las ideas está regido por la idea suprema del Bien. De modo que el componente material se hace incapaz del albergar de modo perfecto el bien. La negatividad de la materia sería el origen del mal en el mundo, tanto del mal físico, como del producido por la acción humana (al fin y al cabo, "la carne es débil"). Este sería el punto de vista de Proclo.

Hecho esto, es hora de volver al  primero de los artículos a los que hacía referencia más arriba. El lema que repite Dostoievski en "Los hermanos Karamazov", y del que toda la novela es comentario, es que si Dios no existe entonces todo está permitido, no nos es preciso justificar ninguna de nuestras acciones y el mal (me refiero ahora al que tiene su origen en las acciones humanas) campa por sus fueros. Algún lector comentó que la moral es autónoma y que no puede ser dictada por Dios, pero incurría en la flagrante contradicción de considerarla de carácter personal. "Cada cual se dicta su norma, venía a decir, y se fija sus límites", sin caer en la cuenta de que en ese caso ninguna conducta es reprobable. Precisamente, esta es la tesis de Ivan Karamazov. La consecuencia es la disolución de la frontera entre el bien y el mal. La única salida posible, aducía yo, es considerar una moral autónoma pero no individual, sino compartida. La moral es un producto de la sociedad, y los individuos la subscriben de modo ya explícito ya tácito. Añadía yo que aquéllo en lo que en primer lugar, y más generalmente, convenimos es un sistema de valores; que los valores no determinan ni la norma ni la conducta sino que sólo las orientan; y que están sujetos a cambios. Además proponía un modelo de cambio semejante al que T. Kuhn describe para los paradigmas científicos: sólo cuando el paradigma muestra determinadas carencias a la hora de explicar los hechos es cuando se proponen los cambios. En el terreno moral, unos pocos individuos aventajados detectan, o diagnostican, el olvido de valores obsoletos, en desuso, y señalan otros nuevos que de hecho ya los están substituyendo. Finalmente, ya sea por convencimiento o por la desaparición física de sus detractores, el nuevo sistema de valores se impone. El papel del individuo sobresaliente no es el de crear valores, sino el de reconocer los que la propia dinámica social va generando y el de proponerlos explícitamente. El papel que se reserva al resto es el acomodar su conducta a tales valores y a la norma que inspiren en su comunidad concreta. Si -como afirmaba mi lector- cada individuo se viese obligado a repensar todo el edificio de la moral, desde los valores a la adecuación a ellos de normas y conductas, entonces se condenaría a la inacción, porque resulta humanamente imposible (aunque sea idealmente posible hacerlo) reconstruir en una sola vida un producto de toda la sociedad que, además, sólo se explica históricamente. Es virtualmente imaginable que un hombre por sí solo reconstruya todo el cuerpo de conocimientos matemáticos, desde el primitivo inicio del cálculo con piedrecillas hasta las más abstrusas y abstractas realizaciones, pero precisaría de muchos siglos y mucho talento. En general, hay muchas más personas que ideas, de modo que ninguna idea pertenece a ninguna persona en concreto. También las ideas, gracias a nuestra capacidad para comunicarlas, son autónomas, no dependen de nosotros individualmente. (Esta es la única forma aceptable de platonismo).En definitiva, la historia de los robinsones es un mito, incluso en el campo de la moral.
Con lo dicho quizá se explique el nacimiento de la moral (qué más quisiera yo), pero necesitamos justificarla. Es decir: dotarle de un fundamento, de una idea previa (y por lo tanto válida para todo sistema, universalmente válida) que le sirva de cimiento, que haga de ella algo asumible por las personas de modo que nos la podamos representar como no impuesta, sino libremente aceptada. Los términos de "universalidad" y "libertad" ( es decir: espontaneidad del entendimiento) evocan con mucha fuerza el lenguaje kantiano. La virtud del pensamiento de Kant, a mi juicio, es la de haber logrado universalizar los patrones que conforman a un sujeto que de otro modo quedaría condenado al solipsismo. Sabemos que existe un mundo independiente de nuestra voluntad y entendimiento porque cada uno de nosotros se concibe a sí mismo como un ser limitado y a merced de lo dado en la intuición sensible. Si el mundo no fuese más que un mero contenido de mi conciencia (que es autónoma y libre), ¿qué podría impedirme crearlo según la medida de mis necesidades y deseos? Como no puedo hacerlo, debo entender que es en absoluto ajeno a mí. Además, puedo reconocer la existencia de otros sujetos semejantes por la pura proyección hacia el exterior de la reflexión acerca del yo, es decir: de la conciencia. Lo dado, o al menos una parte de lo dado, se me manifiesta como sujeto. Por último, puedo hacer extensibles a los otros sujetos las prerrogativas que me concedo. Si yo me considero un "fin en sí mismo", no un medio para otros fines, entonces he de considerar a los demás del mismo modo. No me obliga a ello más que mi egocentrismo y cierto prurito de coherencia al que puedo llamar "razón". No deseo que se convierta en norma universal (es decir, aplicable contra mí) la siguiente máxima de conducta: "es lícito que un sujeto se sirva de otros sujetos como medios para lograr sus fines particulares". De modo que resulta de mi interés y -universalmente hablando- del interés de todos los sujetos racionales (valga la redundancia) el obrar siempre de manera que no tenga inconveniente en que la máxima que rige mi conducta particular se convierta en ley universal. Dicho en lenguaje llano y sencillo: tratar siempre a los demás como quisiera que me tratasen a mí. Y dicho en lenguaje cristiano: amar al prójimo como a mí mismo. Kant ha hecho del egoísmo un valor no sólo universal sino perfectamente universalizable, y de él emana una norma con la que a cualquiera le es imposible no convenir.

La desobediencia a esta norma es lo que le repugna a Ivan Karamazov del crimen que ha cometido Smerdiakov en la novela de Dostoievski. Smerdiakov ha cometido la estupidez de autorizar a los demás a obrar con él como él con su víctima. En el fondo, aún está viva la noción socrática de que el malechor obra el mal por ignorancia, o por estulticia. ¿Y no es esto lo que celebran los niños cuando en los cuentos que les narramos resulta que el malo es siempre también el más tonto? En resumidas cuentas, el delito es reprobable porque me expone (expone al delincuente) a males al menos tan grandes como los que quería evitar. Se trata de un cálculo errado. Una muestra más de la limitación y la falibilidad humanas.
Hay otra muestra de la finitud y la imperfección del ser humano que deseo comentar antes de abordar el resunen de la discusión en torno a la segunda de mis opiniones a que hacía referencia al principio. El hombre actúa en dos niveles al menos de facto inconexos: el plano moral y el político. Si desde el punto de vista moral nuestras acciones se resienten por nuestras limitaciones físicas e intelectuales -aparte de nuestras flaquezas-, en el terreno de la política vivimos en una indigencia casi absoluta. En algún lugar he leído que la política no es otra cosa más que el arte de optar por el mal menor, definición que podemos calificar de pesimista por partida doble. Por una parte, con ella renunciamos a la consecución del bien, salvo que ahora invirtamos lo que ha sido creencia universal y queramos considerar el bien como la mera carencia de mal. Por otro lado, la definición no nos dota de ningún baremo para calibrar males, de modo que el político desconoce qué opciones son preferibles e ignora las consecuencias futuras de su elección. Por ello un político nunca razona, sino que persuade. Todo ello, por supuesto, suponiendo que el gobernante gobierna en beneficio se los gobernados y no, por ejemplo, en el propio. En el peor de los casos, que el gobernante actúe por motivos espurios, supongo que cabe aplicar criterios morales.

Hecha esta observación, creo que podemos abordar ya metidos en harina la discusión acerca de mi escrito "Vida". Dicho en términos afines a nuestra discusión actual, el asunto que yo planteaba era el del mal físico ocasionado por el puro paso del tiempo, su impacto sobre la conciencia individual y el modo en que podemos observar que todo, por el hecho de existir, se marcha al garete. El contexto en que tiene lugar la marcha universal hacia el fin es el de la limitación del sujeto que lo contempla, el hombre.
Para mi sorpresa, la discusión derivó desde el principio hacia el plano moral. "Creo que es importante, comenta un lector, vivir, vivir siempre y todos los días. No permitir que la vida pase por nosotros, sino tomar caminos,decisiones, elegir". Frente al zarandeo a que nos somete todo cuanto no es yo, el comentarista propone la imperturbabilidad estoica junto con algún vestigio de responsabilidad expresado en lenguaje existencialista. Ahora bien, ¿elegir qué? me pregunto yo. Y es que el simple "carpe diem" que nos aconseja a continuación (es decir: el aprovechar la ocasión que se nos brinda sin buscarla) no parece otra cosa que someterse al zarandeo y permitir que la vida nos pase por encima sin más. La ocasión, en todo caso, habrá que buscarla, fabricarla, hacerse responsable de ella, poner en juego toda la capacidad creativa del ser humano. Y esta última frase mía reproduce intencionadamente los términos usados más arriba con ocasión de la concepción positiva del mal.

Otro lector califica de "plaga humana" al ser vivo que está llevando a cabo esta labor de creación, o de co-creación, que nos estamos exigiendo. E, inmediatamente, un tercero suscribe su deseo de que esta plaga sea erradicada cuanto antes de un edén que, de ese modo, quedará privado de toda conciencia que lo disfrute. Ha sido frecuente en el pasado que a esta plaga se le diese el nombre de "civilización" o "cultura", y no creo que haya mucha gente dispuesta a renunciar a ella y regresar a las cavernas, o más atrás, en nombre de la conservación de un jardín que de todos modos terminará también por sucumbir al paso del tiempo. Sólo la conciencia, y su secuela de civilización, puede erigirse en esperanza frente al final inexorable que nos aguarda.
La cuestión que nos estamos planteando es si merece la pena o no la cultura. Y como el hombre es un ser que vive inmerso en una cultura, nos preguntamos si merece la pena vivir o no. Todo ser vivo altera el medio ambiente. Al principio de los tiempos, una bacteria anaeróbica contaminó de oxígeno una rica y saludable atmósfera de dióxido de carbono, obligó con ello a todas las demás a adaptarse al cambio producido y, finalmente, propició que nosotros viniéramos al ser. Es cierto que la especie humana es la única que realiza estos cambios conscientemente (cuando lo hace, porque en muchas más ocasiones contamina con toda inocencia, y eso es lo que se le critica, supongo), la única que crea, la que se fabrica su propio entorno. Y lo cierto es que esta creación humana se asienta sobre aquella destrucción, la necesita, supone su condición sine qua non.

También es condición necesaria el sufrimiento humano. Toda cultura se asienta sobre el dolor, aunque sólo sea por que precisa del trabajo y el esfuerzo de las gentes. Ni una sola realización humana, nada de cuanto consideramos valioso, se ha llevado a cabo sin dolor. Todo proyecto exige un coste en capital, en trabajo, en vidas consumidas o sacrificadas. Quizá haya quien pretenda comparar el beneficio obtenido con el daño ocasionado y decida que éste supera a aquel. Contra tales pensamientos nada se puede argüir (tampoco es posible hacerlo a favor), se trata de una cuestión de preferencias y no de razones. Lo único de puedo decir al respecto es que si estuviese a nuestra mano el preguntar a las miríadas de víctimas del progreso si, una vez sacrificados, prefieren que se mantenga el edificio de la cultura o que se venga abajo, dudo que eligiesen esto último. Otra cosa sería habérselo preguntado antes, pero ya no es posible hacerlo. Ocurre que el mundo que me he encontrado al nacer ya era así, y a mí me toca responder cuestiones tan pintorescas (cada cual ha de hacerlo por su cuenta). Y sucede también que me parece inmoral trabajar para que todo ese sufrimiento ya pasado venga a ser inútil, o pretender que lo es. Sea como fuere, resulta que en este mundo de fundamentalismos encontrados tal situación no es insólita y, ya sea idealmente o de hecho (como ocurrió con los talibanes y las gigantescas estatuas de Buda que destruyeron), se está procediendo a la destrucción de un legado que no nos pertenece, que pertenece sólo al universo de la consciencia, al conjunto de todos los seres conscientes habidos y por haber. Destruir la cultuya es el mayor atentado posible contra la vida humana, es el crimen de los crímenes, la más perfecta encarnación del mal.
Vivir es también proyectar el futuro. Pero como la civilización y la cultura son productos históricos, se sigue que el futuro nos encadena al pasado. Nosotros no podemos producir la utopía, incluso aunque construyéramos un mundo perfecto se asentaría sobre el dolor y la injusticia que ya no podremos redimir jamás. Podemos elegir un mundo con un entorno natural bien cuidado, pero como ya nos sabemos animales al margen de la naturaleza, ésta no dejará de ser un jardín para nuestro deleite y disfrute.Nuestras próximas fronteras ya no están aquí, y espero que los siglos venideros puedan decir lo mismo. Siempre que la humanidad se ha enfrentado a una situación sin salida, la solución ha sido un salto tecnológico, una nueva contribución a la cultura. Corresponde al cuerpo social plantear tales fronteras, y corresponde a los gobernantes sólo el arbitrar los medios para alcanzarlas. El mundo es, y debe seguir siendo, de quienes paren y conciben ideas.

lunes, 24 de junio de 2013

Tragicomedia de urbano y Alfonsina

Cierto día, cuando Alfonsina salió a la calle, se escoñó. Fue justo en el momento de rebasar el umbral de la puerta, al apoyar su pie izquierdo por primera vez sobre el pavimento de la acera, cuando tropezó con el derecho en el quicio del portal. Alfonsina tenía la costumbre, por no hablar de defectos, de arrastrar de cuando en cuando su pie derecho. Apoyaba la punta sobre el suelo y la deslizaba manteniendo la pierna rígida y desequilibrando la cadera cuanto era menester. Se trataba a la sazón de una tara de nacimiento que la disciplina había erradicado casi por completo. La disciplina y la obcecación de su madre, quien, en la creencia de que una hija coja quedaría soltera para siempre, de niña le obligaba a caminar por el salón de la casa paterna dando vueltas en torno a la gran mesa de pino, o de chopo, o de lo que fuese, una y otra vez, con la Biblia por montera, tiesa como el cadáver del Cid sobre Babieca, haciendo equilibrios como una foca en el circo y absorta en el control de cada uno de sus músculos. Alfonsinita cooperaba cuanto era de esperar en una niña, pero al rato se cansaba vencida por el tedio, con lo cual la Biblia rodaba sin remedio por la vieja alfombra, ora perdiendo una página, ora doblando las esquinas de las tapas. Sin duda la madre pecaba de excesivo optimismo, en primer lugar porque es muy difícil extraer alguna gracia de donde la naturaleza no ha puesto ninguna, y además porque todo vicio encubierto por virtud de la costumbre tarde o temprano termina por aflorar. No obstante todos sus desvelos, Alfonsina acusaba las disimetrías de su osamenta toda vez que se descuidaba un tanto.

Así fue como tropezó ese día en el portal, con tal mala suerte que fue a caer sobre la acera en el momento preciso en que un motociclista se servía de la misma para escapar de un inoportuno atasco. La máquina rodó sobre el pecho de la fea, que vio todas sus costillas reducidas a daditos de hueso y aplastadas las vísceras, y luego ya no vio más. El motorista tuvo mejor fortuna porque, al volverse hacia atrás para ver qué había ocurrido, dejó todos sus dientes en un contenedor de basura. Y junto con sus dientes dejó también la integridad de las vértebras dorsales, la única de la que podía presumir. Ahora, postrado para siempre en una silla de ruedas, perseveraba en el inútil empeño de que su seguro le indemnizase por los daños sufridos. Con razón o sin ella, la Compañía afirmaba que la póliza no cubría los casos de imprudencia y que era el motorista quien debía, además, dar cuenta del festín de los gusanos que roían las deslucidas carnes de Alfonsina.

Estoy completamente seguro de que la buena mujer hubiera preferido que la compañía cumpliese sus obligaciones contractuales porque su instinto de solterona le inclinaba siempre a favor de los jovencitos y porque su instinto de madre frustrada obraba en el mismo sentido. Pero si las aseguradoras no paran mientes en los deseos de los vivos mucho menos atenderán a los de los muertos, aunque no sea más que por la dificultad que éstos tienen de hacérselos saber.. Así pues, el motorista, a quien podremos llamar urbano, se veía obligado a la perseverancia en instar a que se cumpliera su contrato y, por ende, las leyes; él, que no solía acatarlas y que nunca había perseverado en nada.

Urbano pertenecía a la clase de muchachos a quienes sus padres compran un ciclomotor como premio, pero que es incapaz de aclarar qué es lo que han premiado. En su descargo podremos añadir que tampoco sus padres debían de tener una idea muy precisa al respecto. Quizá le estuviesen agradecidos por haberse dignado nacer (quién sabe, igual hasta le estaban pidiendo perdón). O por haberles permitido disfrutar de su único vástago durante todos los años que pudieron exhibirlo como una figurilla de porcelana, niño transformado en imagen a la que sólo las pecas le faltaban. O porque en el fondo le odiaban demasiado como para molestarse en llevarle la contraria. Al fin y al cabo los tiempos han cambiado y es preciso que los niños tengan a toda costa aquéllas cosas de las que nosotros carecimos –como si fuera posible no carecer de nada- y que no molesten. ¿Cómo, pues, negarle aquella moto fosforescente, verde y amarilla, que dañaba la vista con sólo acordarse de ella, aquella máquina agresiva incluso en el escaparate y que luego se mostró capaz de los más atroces estruendos? Era preciso rescatar a urbano de los traumas que sin duda le acarrearía el verse privado del prestigio de que gozaría entre sus amigos cuando le vieran aparecer con la rutilante moto y se reuniesen en torno a ella para venerarla como si se tratase de las reliquias de un Padre de la Iglesia.

La moto debía de ser de muy buena calidad, porque satisfizo todas las expectativas de su dueño. De repente, su opinión comenzó a tener algún peso entre sus iguales, y había ocasiones en que incluso se le daba abiertamente la razón, cosa que en los días anteriores a la moto nunca había sucedido. Urbano disfrutaba cada momento que se sabía el centro de atención. Se agitaba por dentro sacudido por oleadas de euforia y hormonas, removido por un aluvión de sensaciones nuevas que no hubiera acertado a expresar de otro modo que no fuera dando brincos y gritando a pleno pulmón las burradas que más hicieran al caso. Pero sus ojos se encontraban siempre, en los momentos en que su gozo alcanzaba el clímax, con los de una moza que tenía la carita de un ángel y una lengua que habría obligado a santiguarse al mismísimo Barrabás. Si ella hablaba, nada que fuese sagrado quedaba limpio. Ocurrió entonces lo que debía ocurrir. A fuerza de cruzarse la vista y de retirarla al punto para buscarla después furtivamente, ambos se enamoraron. Urbano el conquistador, el Casanova urbano que al crecer había perdido el encanto de los niños rechonchos, pudo así doblegar la voluntad de la bella que a los requerimientos de amor del resto de la pandilla solía responder con una sarta de insultos y blasfemias, arisca beldad de trato imposible que aunaba la altivez de su genio y la zafiedad de su lengua con todo el encanto de una niña de quince años que había permanecido inaccesible merced a la armadura de su portentoso lenguaje.

Ambos eran lo suficientemente torpes como para no saber cómo declararse su amor, aunque de algún modo habían establecido un compromiso tácito. Por las tardes, cuando se reunía la pandilla para la adoración de la máquina, después de unos pitillos y alguna que otra cerveza, urbano anunciaba su intención de ir a darse una vuelta y buscaba los ojos de su amada. Esta, si acaso presa de júbilo se sentía inclinada a manifestar su alegría con algunos juramentos, se los callaba con recato, ocupaba el lugar que tenía reservado en la moto y se aferraba a su piloto como si se pasease al borde de un abismo. Después se alejaban ambos dejando tras de sí una estela de ruido y humo, y los rostros boquiabiertos y envidiosos de los que se quedaban y de las que se quedaban con ellos.

Pero no era el zagal persona que se mantuviese fiel a sus compromisos, y menos aún si éstos no eran explícitos. Pronto encontró Urbano con quién medir la eficacia de su moto, y en consecuencia los paseos con la novia comenzaron a menguar en beneficio de las carreras y los caballitos a toda velocidad por las calles del barrio. La niña, que aunque deslenguada, no era tonta, no tardó en percibir el cambio, calló durante un tiempo y al cabo le manifestó al infiel mancebo su intención de romper las relaciones. Urbano, que en sus dieciséis años de existencia no había tenido nunca una ocurrencia aguda, fue a tenerla cuando menos falta le hacía y respondió que le parecía una decisión precipitada y tremendamente injusta por lo desproporcionada, toda vez que él le había descuidado sólo un par de meses en tanto que ella pretendía pagarle con la misma moneda por toda la eternidad.

No hacía falta nada más para destapar la caja de los truenos.
-Me cago en Dios, maricón, hijoputa. Me cago en tu puta madre –fue la respuesta de la moza, a quien la rabia impidió expresarse de modo más contundente.

Pasado el primer momento y olvidados los improperios e injurias de que fue objeto, urbano se encontró algo más libre pero menos feliz. Descubrió que echaba de menos el abrazo de la muchacha cuando le llevaba de paquete en la moto. Ella se aferraba a su novio con todas sus fuerzas y aplastaba los senos en su espalda. El tacto de aquel pecho tibio y de los brazos de la moza alrededor de su cintura era una sensación que le gustaba y que le dolía haber perdido. En vano buscaba ahora sus ojos cuando se reunía con la pandilla, porque ella no le miraba y muchos días ni siquiera acudía con los amigos, ofendida por las risas con que fue acogida su indignación. El aprendiz de don Juan terminó, no obstante, por acostumbrarse a su nueva situación y no tardó en buscar otos ojos con los que encontrarse, otros brazos que lo ciñeran, otros pechos y otras cosas que también le agradaron. Había más de una cría en el grupo con los oídos bien cerrados a los insultos y los ojos bien abiertos para la moto. La moto era el fetiche, la piedra sagrada que había que adorar, el talismán o el filtro que le concedía a Urbano todo su atractivo. Era difícil imaginar que tuviera otro mérito con que reclamar la atención del sexo femenino. Lo cierto es que era descuidado de su persona y poco atractivo, no tan gordo como para considerarlo obeso pero en modo alguno un esbelto mozo. Llegaba a todas partes con la barriga bastante antes que con la nariz, a pesar de que caminaba inclinado hacia delante con andares de pato, cabeceando de un lado a otro como un ciclista que no puede con la pendiente que ha de subir. Se afeitaba de vez en cuando, de modo que junto a los pelos desordenados de su incipiente barba lucía siempre algún corte nuevo o antiguo, algún que otro grano y una nariz no del todo desmesurada. Urbano era como todos los chicos de su banda, no poseía virtudes reseñables ni defectos que no fuesen comunes, pero era un poco más feo que la mayoría.

A veces, ciertos objetos pueden cambiar por completo la vida de las personas que los poseen. Quizá tengan un poder que se transfiere a los espíritus y los impregnan, una suerte de halo que se difunde como el color de la ropa cuando se lava con un detergente agresivo. También es cierto que hay almas-bóveda que precisan una pieza clave para sustentarse y en cuya ausencia se derrumban como un castillo de naipes ante un mocoso, superficies que encierran nada en ocasiones con tanto celo y secreto que parece mentira, con tal perfección en el disimulo que parece que la relación se invierte y que el objeto no es nada sin su dueño. En resumidas cuentas, o poseemos las cosas o nos dejamos poseer por ellas, y en estas cos categorías cabemos todos. Lo que ocurre es que las notas que nos permitirían adscribir a los individuos a una u otra están tan escondidas entre los entresijos de la personalidad que ni siquiera uno mismo puede juzgarse en este sentido sin riesgo de error. Yo hubiera jurado que Urbano pertenecía a la segunda, pero la aparente facilidad con que cambió de vida y el modo en que se adaptó a su nueva circunstancia suscita la duda. Es posible que la misma moto en manos de una monja se convirtiese en un objeto completamente distinto, y nunca sabremos si esto se debería a alguna virtud de la monja o de Urbano. El objeto, a fin de cuentas, no es más que un objeto. Lo que sí sé a ciencia cierta es que, desde que sus padres se la compraron, sólo se separaba de la moto para dormir, y a veces soñaba con ella. En cuanto su quehacer diario, que podemos considerar un lapso entre los periodos de vida verdadera, se lo permitía, , el muchacho se adhería a la máquina y se daba con entusiasmo a las carreritas por las calles. Después, ya tarde, se reunía con sus amigos como trámite necesario para cargar a su chica y exhibir ante ella todas sus habilidades de piloto temerario, sorteando ancianitas en los pasos de peatones y niños en los parques, madres con el cochecito del bebé por las aceras, parejas que se arrullaban en los bancos de la calle, viandantes que trataban de pasear plácidamente por las plazas, los gatos que se atrevían a asomar el hocico por las calles más desoladas de los barrios.

Las cosas estuvieron en ese punto hasta que sobrevino el atropello de Alfonsina. Pasó el tiempo, no creció ninguno de los amigos y la pandilla menguó. Prudencia, la antigua novia de urbano, cambió de domicilio y no volvieron a saber de ella. En cuanto al resto, no hubo cambio de perspectivas. Unos comenzaron a trabajar y fueron espaciando sus apariciones, otros optaron por continuar los estudios y la consecuencia fue la misma. Urbano terminó por quedarse sólo con Vanesa, la novia a la que paseaba a diario en la moto, y también a ella la perdió. La moza corrió al hospital en cuanto tuvo noticia del accidente y encontró a su novio hecho un amasijo de huesos y carne fofa envuelto en escayola, convertido en presunto homicida y custodiado por orden judicial por dos agentes de policía, seguramente para evitar que los vecinos de Alfonsina –muy indignados con lo sucedido- lo linchasen. Allí lloró un tiempo impresionada por la estampa, y prometió volver al día siguiente. No obstante, volvió al cabo de una semana a rendir visita al enfermo y después ya no se vieron más.

Semejante desenlace era de esperar y harto comprensible.¿Cómo una muchacha joven y bonita iba a atarse a un mueble cuya única esperanza en la vida era cobrar el medio puñado de millones que, según él, le adeudaba la Compañía? Había que preguntarse cuál era el vínculo que les unía: ninguno, en realidad. ¿Y qué compromiso podía esperarse de la moza, dadas las circunstancias? Urbano lo comprendía y se mostró en ello razonable, seguramente porque no le cabía otra opción. Si no se está seguro de poder cumplir una promesa es mejor no reclamarla, ni hacerla, al contrario de lo que acostumbran las compañías de seguros, que te prometen el oro y el moro y luego te dan sólo el moro, una vez que han dejado el oro bien guardado.

Esto no lo supo Urbano hasta después de haber dejado el hospital. Sólo un par de días antes había alcanzado la mayoría de edad, así que pensó que ya podía representarse a sí mismo y que a él no se atreverían a darle la respuesta que le dieron a su padre cuando fue a reclamar la indemnización. El caso había sido comentado en la prensa local y había merecido algún espacio en otros medios gracias al revuelo que armaron los vecinos de Alfonsina. En consecuencia, el director de la oficina local de la aseguradora conocía bien los detalles del suceso y se creyó en la obligación de aleccionar a sus subordinados acerca del modo de tratar el asunto. La denegación del pago era cosa que no requería mayor atención. Lo importante, según el director, era el modo en que había que tratar al cliente que osara presentar reclamaciones.

-El público –decía- debe presentarse ante nosotros como un místico ante una teofanía. Nosotros somos la nube de la que llueve su maná. Nos necesitan, les prestamos un servicio sin el cual ellos no pueden pasar. Todo lo que son, lo que hacen, nos lo deben a nosotros. Nosotros les hemos creado. Somos los pilares de la civilización. Les alimentamos, les vestimos, les proporcionamos vivienda y ocio, y además les damos trabajo con el que sufragar sus gastos. Sin nosotros no existirían. Somos su Dios y ellos lo saben, por eso aceptarán incluso que les vejemos si es por un buen fin, en beneficio de la empresa. Lo que la empresa dictamina como bueno, como justo, eso debe ser para ellos el Bien al que deben supeditar todos sus fines particulares.

De poco sirvió que uno de quienes le escuchaban alegase la inoportunidad de tratar a los clientes del mismo modo que a los empleados, amén del error de identificar los intereses de la Empresa con el Bien. El jefe respondió que si ha habido teólogos capaces de identificar el bien con la voluntad de Dios, por qué no habría de haber empresarios que lo identificasen con el interés de su empresa. Y tan serio lo dijo que no hubo modo de contradecirle sin riesgo.

-Sin nosotros no saben ni mear –concluyó, y con esta frase tan lacónica resumió toda su arenga, del mismo modo que Clint Eastwood cuando le pregunta a Willy si está cansado de vivir.

Pero, en realidad, o mentía o se equivocaba. La empresa es caprichosa como un niño, como urbano, como todo el mundo. Quizá Dios pueda conocer cuáles son sus intereses absolutos y ordenar después todos sus fines con vistas a su satisfacción. La Empresa, en cambio, los desconoce; y aunque los conociera no podría orientar su acción de forma unívoca hacia su consecución. Muy al contrario, sólo considera su beneficio inmediato, lo mismo que los párvulos el caramelo, el pelotazo. Vive tan falta de espíritu como sus clientes. En el fondo no hay mucha diferencia entre un imbécil y un banquero: el imbécil confunde el Bien con su bien, el banquero hace lo mismo.

En estas circunstancias se presentó Urbano en la oficina acompañado por su padre, que conducía la silla de ruedas con no mucha eficiencia. Los empleados hicieron un alarde de su capacidad para poner en práctica las instrucciones recibidas en la prédica del jefe y no se dieron por enterados de su llegada. Por azar o por lo que fuera, Urbano y su padre se dirigieron hacia uno cualquiera de ellos, quien en otro alarde de tacto, sin levantar siquiera la vista de unos legajos que tenía sobre su escritorio, les rogó que se sentaran, les oyó sin escucharles demasiado y les despidió sin grandes contemplaciones después de haberles recitado de memoria no sé qué artículo del contrato. Todo derecho ofendido provoca indignación, aunque tal derecho solamente se presuma; por consiguiente, el que se indigna puede indignarse por cualquier cosa. Urbano quedó dolido y en estado de indignación crónica, pero se marchó sin atreverse a decir palabra. Ninguna había entendido de cuanto le dijera el empleado. Sólo comprendió que su vida había cambiado de súbito. La impunidad de que gozaba cuando cabalgaba sobre su moto, el desparpajo con que pisoteaba el derecho ajeno, le confería cierto poder. Pero ahora el pisoteado era él. Su integridad moral, que era cosa de cilindrada, se desmoronó ante la prepotencia y la soberbia de los poderosos. Por primera vez en su vida se sintió indefenso entre una manada de cuervos ávidos de dinero, rápidos a la hora de cobrar e insufriblemente lentos cuando tocaba aflojar la panocha.

La consecuencia fue no sólo de orden moral, sino también fisiológico: sus uñas decrecieron al mismo ritmo con que medraba su desesperanza y su tedio. Las primeras semanas después de salir del hospital las empleó en olvidar penas y dolores durmiendo todo el tiempo que su espalda le consintió permanecer acostado. Al cabo, por casualidad, se miró al espejo y descubrió que la mitad de su ser era vientre y que la otra mitad no le servía para nada. Entonces blasfemó y encendió la tele. ¿Qué otra cosa podía hacer?

Por lo demás, y considerando las cosas con la debida sangre fría, su vida no había cambiado tanto, y en algunos aspectos era aún mejor. Podía sustituir la moto por un videojuego: ganaba en seguridad y se ahorraba la gasolina y las multas; no tardó en darse cuenta de que no echaba de menos la compañía femenina porque se le había chafado la fuente de las hormonas; y para colmo se había librado de la disciplina y de toda responsabilidad porque ni podía ir a la escuela, ni podía ir a la mili, ni podía ir al trabajo. En suma, tenía ante sí una larga vida de pachá. Además, por mediación de un familiar que le recomendó hasta donde llegaban sus influencias, había conseguido una pequeña pensioncilla que por aquel entonces colmaba todas sus aspiraciones económicas.

Ocurre, no obstante, con las aspiraciones lo mismo que con el vientre: ambos crecen por un proceso de retroalimentación. Tanto comes, tanto engordas; tanto engordas, tanto más necesitas comer para alimentar tu creciente humanidad. En resumidas cuentas, la mísera pensión llegó a no alcanzarle para costearse los discos, los videojuegos piratas y esa suerte de caprichos gastronómicos que sirven a domicilio, más parecidos a un vómito sobre una torta que a cualquier otra cosa, a los que dan el nombre de “pizza”. De los videojuegos pasó a los naipes y, como no había modo de conseguir compañero de juego, cayó en la costumbre de hacer solitarios.. Sin embargo, como tampoco era capaz de ganar sin hacerse trampas, pronto se aburrió de ellos. De esta suerte, repitiendo merienda y entretenimiento, acuciado por el hastío tanto o más que por su penuria económica, Urbano dio en la idea, un tanto estrafalaria aunque eficaz, de reclamar al ayuntamiento una modesta cantidad, en concepto de daños y perjuicios, por la deficiente colocación de los contenedores de basura. Su madre, mujer dada a satisfacer los deseos del inválido, se avino a conducirle al consistorio una triste mañana de junio en que llovía porque sí y hacía un frío que habría hecho jurar en lenguas muertas a los operarios municipales cualquier día de febrero.

Allá se personaron ambos, la madre empujando la silla de ruedas, el hijo protestando a voz en grito con el mayor escándalo de que era capaz por la profusión de barreras arquitectónicas que un ciudadano debía superar para hacer uso de sus derechos de contribuyente.

-Si es que vosotros, los maderos, -le decía a uno de los dos guardias jurados que le ayudaron a subir la escalinata que daba acceso a la casa consistorial- sois unos dejaos. ¿Por qué no dais cuenta de esto?

El pobre hombre, incapaz de determinar si los improperios de Urbano se dirigían o no a él, se encogía de hombros.

-Presente usted una reclamación –respondió insistiendo en el “usted”.
-No, si a eso vengo, jefe…

Después de algunas idas y venidas le condujeron a una ventanilla donde, más por dejar de oírle que por otra cosa, admitieron su demanda. El empleado que le atendió extendió un impreso que Urbano rellenó con la mejor letra que pudo, pero sin preocuparse de la gramática. El papel fue a parar al cajón de los asuntos pendientes u olvidados y allí se abandonó a la inercia, esa fuerza pasiva cuya única virtud es lograr que todas las cosas sigan adelante por mucho que sea su lastre. No encuentro otra explicación a lo sucedido. El papel siguió su curso probablemente por casualidad, llegó a manos de algún funcionario municipal con autoridad suficiente que debió de considerar, sin informarse del asunto, más razonable y menos dado a salir en los papeles atender la reclamación del hemipléjico antes que desestimarla. En consecuencia, decidió subvencionarle la molicie con una discreta suma, algo inferior a la solicitada, y estampó el licet en el escrito.

Todos quedaron contentos, y alguno, incluso, muy contento. A la madre de Urbano no le cabía el corazón en el pecho de puro gozo cuando le comunicaron la resolución de la demanda, y cuando su padre supo la noticia le felicitó calurosamente.

-Si es que tú tenías que haber estudiao pa abogado –le dijo.

Urbano no estaba acostumbrado a recibir parabienes paternos, lo que explica el estado de euforia en que cayó por aquella época. De todos modos, ponerse a estudiar la carrera de derecho, como le sugería su padre, se le hizo una tarea lo suficientemente larga y penosa como para no planteársela en serio, y, como quiso la casualidad que por aquel entonces cayese en sus manos un panfleto que anunciaba cursos de electrónica por correspondencia, confiando ciegamente en su talento, decidió matricularse en uno de ellos. El curso en cuestión no era tal, sino que se reducía a una serie de instrucciones prácticas para construir unos cuantos aparatos de uso presuntamente cotidiano. El monitor, cuyo rostro de científico loco aparecía fotografiado en el panfleto, proponía en primer lugar un sintonizador de radio muy fácil de montar y tan eficaz que permitía captar emisiones de las regiones más remotas de la Tierra, tanto que no habría modo de entender lo que se oyese, artefacto –según afirmaba el sujeto- muy apto para acometer el estudio siempre útil de lenguas exóticas e, incluso, para rastrear vestigios de civilizaciones extraterrestres. Ese charlatán de feria con aires de Arquímedes postmoderno proponía también la construcción de un termómetro ambiente cuya precisión podía ser de centésimas de grado, encendedores con mando a distancia, televisores portátiles con un peso inferior a la arroba, un robot-despertador alimentado con energía solar que daba las buenas noches con la voz casi del todo humana de una señorita cibernética, una máquina tragaperras para uso doméstico, una hucha que avisaba de la cantidad de dinero introducida siempre que se hiciese constar el valor de las monedas, y algunos otros artefactos de curioso funcionamiento y de montaje, a juzgar por los resultados, bastante más difícil de lo prometido.

Urbano llenó su cuarto de cables, resistencias y transistores, de diodos, de triodos. Hasta de pentodos, si los hubiese, se habría provisto. De pantallitas de cuarzo, de circuitos impresos y de multitud de componentes cuyo nombre ni él mismo sabía pronunciar. Y se lanzó con entusiasmo y nulo éxito a la fabricación de los chismes. Uno de los aparatos que más tiempo le mantuvo ocupado fue un cuentakilómetros para bicicletas. Hay que decir que parte del dinero con que el ayuntamiento recompensó su inutilidad lo invirtió el inválido en liberar a sus familiares de la ingrata labor de acémila y comprar una flamante silla eléctrica para minusválidos. Ya dueño de su nuevo vehículo, quiso Urbano dotarlo del famoso velocímetro del profesor Comosellamase y se puso manos a la obra con denuedo. Tuvo que emplear una montaña de estaño y desbaratar una docena de soldadores antes de pergeñar un engendro de más de dos kilos de peso cuya pantalla de cuarzo líquido fue incapaz de mostrar un solo dígito. Lejos de perder la paciencia, Urbano repasó los circuitos, las conexiones, las resistencias, los esquemas de construcción, las facturas de los materiales, el impreso de la matrícula y la cara de Einstein despistado del monitor en la foto del panfleto, y marchó a comprar un aparato convencional cincuenta veces más barato y ligero al primer centro comercial de gran superficie que le vino a la memoria.

El vendedor que le atendió se mostró sumamente solícito, siempre con una sonrisa en los labios que en ocasiones juzgó Urbano un tanto socarrona, y le instaló el velocímetro en la silla dándole a cada momento lujo de detalles y explicaciones sobre el manejo del aparato. Acto seguido, el nuevo piloto se lanzó por los rectos pasillos del centro para estrenar su nueva adquisición y comprobar la velocidad que era capaz de alcanzar la silla. Frunciendo el ceño y entrecerrando los ojos para protegerlos del viento observó con perplejidad que el velocímetro no marcaba más de cinco kilómetros a la hora. Parecía evidente que ese valor no podía ser verdadero, así que regresó al establecimiento para asegurarse de que no había ninguna avería. El vendedor le atendió de nuevo con amabilidad, aunque con menos sonrisas, programó por segunda vez el velocímetro y despidió al cliente. Comoquiera que el artilugio se empeñaba en no alterar su dictamen a pesar de los desvelos del comerciante y de la desazón del cliente, Urbano se decidió a programar él mismo el aparato. Finalmente consiguió que arrojase un valor tres veces superior al inicial, lo que casi le satisfizo del todo, y volvió a convertirse en el terror de los corredores, inclinado hacia delante con los ojos achinados, llorando más por la emoción que por el vértigo y pidiendo paso a los atónitos viandantes que le miraban sin creerse demasiado lo que estaban viendo. No obstante, de habérsele ocurrido también colocar un retrovisor habría podido admirar el esfuerzo titánico de la gente que se apelotonaba tras él para adelantarle a la mínima oportunidad que se les ofreciese, gente que cruzaba miradas de enojo, de conmiseración o de burla, y que si no se llevaba el dedo índice a la sien era por no caer en la ordinariez de expresar de modo explícito lo que implícitamente declaraban todos aquellos ojos.

Este espléndido éxito lo achacó Urbano a sus conocimientos de electrónica, con lo que cobró nuevo brío su afición. Se armó de nuevo de soldador y de estaño y se lanzó a la construcción de otros aparatos. Como ya estaba harto de matar marcianos y como la idea de fabricarse un despertador no le seducía lo más mínimo, decidió abordar la difícil tarea de montar un detector de mentiras, trasto que proponía el monitor como cenit y colofón del curso, a la vez que como ejercicio de autoevaluación. Superar esta prueba equivalía a un “cum laude”, y quien lo lograse podría parangonarse con el más excelso técnico de la Nasa, o de la Cía, la KGB, las SS, o quien fuera.

Consistía el artilugio en una suerte de relojito que, colocado en la muñeca, contaba los latidos del corazón. Su principio de funcionamiento era bien sencillo: un incremento del ritmo cardíaco se consideraba efecto del complejo de emociones liberadas al decir conscientemente cualquier cosa que no se correspondiese con la realidad. En tal caso, el cacharro emitía un pitido agudo y prolongado. La confianza del ilustre profesor en su invento era tal que llegaba a considerar como definición del concepto de “mentira” el sonido del aparatejo, con lo que resultaba ser infalible.

Como he dicho, Urbano se lanzó a su construcción, y consiguió que todas las piezas cupiesen en la breve carcasa que le había sido proporcionada. Una vez concluida la tarea, como no tenía conejillos en quien probar la eficacia del detector ni esperanza de lograrlos, se designó a sí mismo como el pionero que habría de inaugurar la nueva era de la humanidad; edad en la que, por fin, la mendacidad sería erradicada. Ponerse el relojito en la muñeca y comenzar éste a pitar fue todo uno. El sonido que emitía era de veras insidioso, penetraba en el oído y su persistencia dolía como un pinchazo en el tímpano. Ni siquiera al quitarse el aparato cesó aquel estruendo y Urbano, convencido de que no funcionaba correctamente, lo desbarató de un martillazo. De este modo puso fin a su aprendizaje y a su actividad.

Cuando digo que puso fin a su actividad no me refiero sólo a su efímera afición por las nuevas tecnologías. Lo que quiero decir es que, convertido ya definitiva e irremediablemente en sujeto pasivo, comenzó a padecer frecuentes ataques de histeria. Comenzaron éstos en forma de breves periodos de melancolía, quizá provocados por el aburrimiento, o quizá por ese error tan común que consiste en confundir el arrepentimiento con los remordimientos de conciencia, o por el insufrible bochorno de las noches de verano. Fuese lo que fuese, lo cierto es que muchas tardes se encerraba en su cuarto, rápidamente mudado de taller de electrónica en celda de recluso. Pedía que le ayudaran a acostarse y después de hacerlo se pasaba las horas muertas con la vista fija en una esquina del techo, o mucho más allá, papando moscas o fantasmas con la boca abierta como si fuese lerdo y con un hilo de salivilla que le brillaba en la comisura de los labios a la tenue luz que se colaba por los orificios de la persiana.

La madre, que como todas las madres no le quitaba a su hijo la vista de encima, advirtió enseguida el cambio de costumbres del hemipléjico, y era una sola cosa encerrarse Urbano y poner ella la oreja en la puerta de su cuarto por si le oía roncar o quejarse, o pedir lo que fuera.
-¡Jesús, cómo duerme este chico! –decía.
Pero Urbano no dormía. Desde su cama oía cómo su madre, en un torpe empeño por no hacer ruido, arrastraba los pies sobre la alfombra del pasillo y se adosaba a la puerta. Urbano oía pero no escuchaba, ajeno a los desvelos de la mujer y absorto en sus propios pensamientos.

Tampoco es para exagerar. El inválido no gozaba, por hablar en términos exactos, de la facultad del pensamiento abstracto. Su pensamiento, por el contrario, era sumamente concreto. En definitiva, Urbano no pensaba, sólo imaginaba. Y así fue como se le apareció la imagen de Alfonsina, supongo. Por supuesto, no la conocía de nada y la única vez que pudo verle la cara resultó que estaba demasiado ocupado contando los crujidos de sus vértebras cuando se estampanó contra el dichoso contenedor de basura. Lo que Urbano veía era un montón de carne pocha sobre el que pululaba un enjambre de animáculos vermiformes y fosforescentes empeñados en reciclar toda la energía vital de la difunta.

Al principio la visión era sólo una visión, un producto de la fantasía sobre las facultades de la percepción, y como tal debía de ser considerada. Pero después se transformó en verdadera aparición, en ectoplasma. Los jirones del karma de la solterona comenzaron a pasearse de una esquina a otra de la habitación con un ritmo ora pausado, ora frenético e indescriptible. El fantasma unas veces arrastraba cadenas, otras gemía o reía –que ese particular nunca se puede discernir a ciencia cierta en los fantasmas- y otras amenazaba con llevar al homicida a aquellos lugares de los que las visiones pugnan por escaparse. Si en vez de beber cerveza hubiera leído a Dante, el pobre muchacho se habría visto metido de cabeza en una enorme tinaja puesta al fuego. Urbano, horrorizado, sufría en silencio, pero algunas veces se golpeaba el pecho con el puño, como si tuviera el costillar oprimido por un peso. Por fin, cuando su madre le oyó una tarde chillar de espanto, llamaron a un médico.

Los médicos confían en la alquimia. Un brebaje, una poción, un filtro, una pócima e incluso una ponzoña –si viene al caso- son los remedios que aplican a todos los males. El que visitó a Urbano no era distinto de los demás, así que atiborró de tranquilizantes al enfermo y lo tuvo sumido en un largo sueño sin sueños durante más de dos semanas, al cabo de las cuales recobró la consciencia olvidado de sus pesares pero con un terrible dolor de cabeza. El dolor duró lo que tardaron las vísceras del pobre inválido en filtrar los restos de la medicina, lapso que empleó la madre en orear la habitación. Cuando por fin la buena mujer abrió la ventana, los rayos de un sol que ya no era mañanero entraron a raudales pugnando entre sí por ocupar el espacio que les había sido vedado durante dieciséis días. Urbano oyó el estrépito de su choque contra las paredes, la reverberación en cada una de las esquinas, incluso su reflejo sobre los restos de estaño que habían escapado de las sigilosas limpiezas que su madre había practicado a oscuras con poco éxito y algún que otro golpe contra los muebles, restos que perlaban la alfombra de una suerte de rocío metálico de brillo levemente apagado por la pátina de óxido del metal. Urbano cerró los ojos y pudo ver al trasluz la circulación de la sangre en los capilares de los párpados. Incluso esa pobre luz le cegaba, aunque sus pupilas no tardaron en acostumbrarse y, merced a esa eficacia, su único momento de sensibilidad exacerbada se diluyó en el tiempo como si nunca hubiera existido.

Urbano perdió esa sensibilidad propia de los místicos, pero recobró otra a la vez más grosera y más perentoria. Sintió hambre, pidió de comer y cuando se hubo saciado comenzó de nuevo a aburrirse. La madre, feliz por el restablecimiento de su vástago, porque se acercaba ya la Navidad y porque el bajo sol otoñal invadía toda la casa, decidió amenizar la siesta del convaleciente con unos villancicos. En cualquier otra circunstancia el destinatario de tales atenciones habría rechazado esas cancioncillas dulzonas e infantiles y quizá hubiera pedido otra música más acorde con sus preferencias, pero no se sintió con ánimo para protestar. Escuchó, por tanto, más resignado que adormecido el sonido un tanto estridente que emitía la pequeña radio de transistores de su madre, y no tardó en encontrarle el ritmo a las coplillas.

Dicen que el Diablo, cuando se aburre, espanta las moscas con el rabo. Urbano, a la fuerza mucho menos malo, sólo podía tararear un villancico que sabe dios por qué se le había quedado grabado en la memoria. En la radio, un coro de niños lo cantaba con candoroso entusiasmo, pero él ya había imaginado un solo de batería que entre los peces del río aporreaba un melenudo de rostro chupado mientras hacía volar al viento todo lo que el viento podía hacer volar su grasienta cabellera. Ya he dicho antes que urbano no podía concebir ideas, sin embargo, cuando se le fijaba una imagen se diría que pensaba. A él le bastaba con eso para ponerse en acción. Por tanto, no encontró descanso hasta que halló el modo de materializarla.

No tenía batería ni facultades para tocarla, pero se le ocurrió que el traqueteo de un tren que circulase a toda velocidad bien podía suplir sus carencias. Si además había suerte y la locomotora silbaba, entonces quedaba completo el cuadro. Con el proyecto en las mientes no tuvo paciencia para agotar el periodo de convalecencia que le había aconsejado su médico, se armó de grabadora y se marchó al punto más cercano a la vía del tren al que pudo llegar.

Urbano no vivía lejos de la estación y conocía bien la zona. Sobre la playa de las vías, en un lugar lo suficientemente aislado del resto de la ciudad, una vieja pasarela de hormigón permitía el paso de los peatones sobre los raíles. Allá se acomodó bajo un tibio sol de diciembre una mañana en que los empleados del ferrocarril realizaban las maniobras a salvo ya de la helada. De cuando en cuando, un vagón lanzado se deslizaba silenciosamente sobre la vía por debajo de la pasarela y corría a reunirse con su lote. Otras veces era un corte de varios vagones el que pasaba traqueteando con suavidad hasta detenerse. Pero no era ése el sonido que buscaba. En otros tiempos, cuando podía valerse de sus piernas, el muchacho había visto a las locomotoras arrastrar enormes trenes de carbón o de chatarra, o de otras mercancías, y a su paso bajo la pasarela, cuando las ruedas lastradas por la pesada carga pisaban los cambios de agujas, el mundo temblaba de miedo ante la potencia que se estaba desplegando. Los trenes allí ya llevaban velocidad suficiente para obligar a los incautos a taparse las orejas, víctimas del zumbido de los motores eléctricos, del chirrido de las ruedas sobre las agujas, los topetazos de los vagones cada vez que la locomotora aceleraba, los silbidos y el traqueteo, todo ello entremezclado y concentrado en los pocos segundos, apenas un minuto, que tardaba el tren en rebasar el miradero.

Hubo de esperar al filo del mediodía no a que saliera, sino a que entrara uno largísimo. Y tuvo suerte, porque a todos esos estruendos pudo añadir la estridencia de las zapatas en la frenada. Urbano lo vio llegar desde lejos, preparó la grabadora y esperó a que comenzaran a vibrarle las tripas para ponerla en marcha. Después, con su medio minuto de grabación, regresó a casa. Y una vez en su cuarto se dio a la tarea de mezclar en su flamante aparato estéreo los villancicos que escuchaba su madre con lo que había logrado grabar.

El producto de tantos afanes le plugo en grado sumo. Lo escuchó varias veces sacudiendo la cabellera como si fuera una centrifugadora de piojos, acompasando su movimiento frenético con el ritmo desbocado de la canción tal y como había visto que hacían los distintos componentes de las hordas de músicos. Se imaginó a sí mismo, o les imaginó a ellos, sobre un enorme escenario ante una descomunal multitud que rugía y repetía el movimiento de los rockeros. Pudo sentir la extraña sensación de poder ilimitado que se debe de experimentar cuando toda aquella masa se convulsiona ante cada llamada de atención, ante cada gesto obsceno, cada aullido del cantante o cada vez que la batería aporrea el bombo; esa especie de magia de gestos que embruja de un solo golpe a tanto incauto. Toda la humanidad pendiente de la más pequeña pequeñez, remotamente consciente de depender absolutamente del paria que les maneja desde el tablado y sin cuya presencia se verían reducidos a la nada. No sorprende que el rockero se endiose; él, que no es más que un títere en manos de otros, que le crean incluso físicamente, y que restringe su concurso a ejercer de soporte material de tanta mentira.

Como digo, Urbano quedó satisfecho del resultado de su experimento. O, por mejor decir, habría quedado satisfecho de no haber caído en la cuenta de que un tema tan duro y tan marchoso como el que había compuesto en su último trabajo merecía una letra acorde con su talante, en vez de esa cancioncilla de borriquitos camino de Belén o de los calzones viejos de san José. Así pues, fiel a los hábitos de bricoleur que había adquirido en los últimos tiempos, decidió suplir él mismo sus carencias y se lanzó con renovado entusiasmo a la tarea de letrista. O sea, que se hizo poeta y cantor del sentimiento popular y urbano, voz y eco del sentir de la masa, de su angustia interior, de la esencia misma de su mismidad esencial. Quiso, además, solidarizarse con todo lo que se mueve y respira, lo que en teoría y práctica equivale a no solidarizarse con nada, y pretendió hacerlo colocando el adjetivo preciso y revelador en el lugar exacto, palabra abierta al sentido que iluminase de un golpe al oyente como lo que, en el clímax de la excitación poética, se le revela al genio. Y por cierto que debió de quedar anonadado por la revelación, porque nunca supe que llegara a concluir este trabajo, como ningún otro, y tengo por seguro que andará aún devanándose la sesera tratando de componer algo que parezca digno, o al menos que concuerde bien sintácticamente, y que pueda adaptarse a su canción.

Hace tiempo que no sé de Urbano, y nada puedo decir acerca de qué anda haciendo ahora, si es que hace algo. Pero me le imagino sumido en un universo de barones rojos entusiasmados por el estallido de unas piezas de artillería cuyas detonaciones hacen rodar magras piedras que ponen en un serio peligro a unos escarabajos que de todas formas se ahogarían en un líquido rosa que mana a borbotones de los cráteres que dejan al explosionar las bombas volantes de von Braun.


Bromas aparte, si alguno de ustedes sabe algo de él, le ruego me lo comunique a la mayor brevedad posible. Hace ya un par de años que le perdí de vista, pero últimamente me acuerdo de él y me pica la curiosidad saber de sus andanzas. Yo bien quisiera averiguar también algo sobre Alfonsina, personaje oscuro donde los haya, de quien sólo una amiga superficial supo decirme muy poca cosa. Abrigo una remota esperanza de que urbano pueda revelarme algún detalle que me ayude a atar ciertos cabos, aunque de sobra sé que su relación con ella se redujo a procurarle alivio a sus desventuras. Ni siquiera tuvo con ella la delicadeza, y habría sido la única vez que alguien la tuviera con ella, de llevarle un ramito de flores que adornase un poco la triste lápida que le pusieron. Pero eso a la pobre mujer no le importó en absoluto.

viernes, 7 de junio de 2013

Vida

Han transcurrido apenas unos segundos desde que me senté en la silla, cogí un folio y comencé a emborronarlo con estas líneas. Sólo unos segundos, pero es claro que la distancia que me separa de ese momento se me hace ya infinita. No me cabe ninguna duda de que tengo más a mano la llegada del próximo siglo que la repetición de ese instante que ya se me ha escapado y que no podré recuperar jamás.
Lo único que queda de él es mi recuerdo o, menos aún, aquello en que yo creo que ha consistido el evento. Tan sólo una secuencia de imágenes que he debido recrear, pues ni siquiera las he visto: una silla a la que se aproxima un culo. Puedo completar mi versión del suceso añadiendo otras imágenes que sí he debido de ver, pero a las que no he prestado atención, de modo que también he de recrearlas. Así pues, imagino un papel en blanco y unos dedos -los míos- que sujetan un bolígrafo con el que trazan extraños garabatos. No voy a hacer cuestión de lo que llamamos "realidad", así que diré sin más que de ese suceso ya acontecido, "real", no queda registro alguno en los anales de Dios, se ha evaporado para siempre en las nieblas del tiempo de modo que de él no perdura más que lo que yo guardo en la memoria, y sé perfectamente que se trata sólo de una reconstrucción. Ha pasado el tiempo, y eso que en aquel instante era una realidad, es ahora sólo una sombra.
Llamamos "tiempo" al proceso de conversión de todas las cosas en meros fantasmas, y llamamos "vida" a la consciencia de dicho proceso. Me refiero, claro está, no a la vida en el sentido de la biología, sino a la vida humana singular, a la vida de cada cual. Vivir es, por lo tanto, ver pasar el tiempo (los seres eternos no viven) y contemplar cómo se desvanece cuanto nos rodea, cómo se pierde irremisiblemente en la nebulosa del pasado, cómo todas las cosas vienen a ser polvo, ceniza, nada.
Quizá hayamos caído en la nota característica de la vida: su fugacidad, el carácter eventual y fugitivo de cada vivencia, la terquedad con que definitivamente se nos escapa de las manos. Parece que vida y nostalgia son inseparables. Se me objetará que los jóvenes no sienten nostalgia, que es posible estar vivo sin añorar el pasado, que la conciencia de pérdida es ya un síntoma de vitalidad decreciente, de decadencia senil. Sin embargo, no hay nadie más vivo que un viejo. El hombre maduro conoce sus límites, se sabe perecedero, vulnerable, frágil y a merced del azar. El joven aún no ha pensado sus límites -no ha tenido tiempo- y vive en la eternidad que es propia de los dioses, como si su tiempo no fuera a terminar nunca. Por eso se puede permitir el lujo de ser indolente o temerario, altruista y desinteresado en unas ocasiones y tremendamente egoísta en otras. Un joven es una individualidad en construcción y, en consecuencia, aún no lo es. Podrá estar vivo en el sentido biológico del término, pero no lo estará en el sentido ético hasta que sea capaz de representarse la frontera entre ser él mismo y no serlo. Es decir, hasta que envejezca. El poeta Jorge Manrique nos dejó dicho aquello de que "cualquiera tiempo pasado fue mejor", a sabiendas de que ni el presente ni el futuro existen, pero el joven es sólo futuro, en términos absolutos no existe todavía.
Cuando hablo de límites, es claro que no me refiero a la superficie externa de la piel, a nuestro perímetro somático. Aunque podría haber comenzado por ahí, pues la psicología nos advierte de la identificación del recién nacido con la madre (y seguramente también, pienso yo, a la inversa: la identificación de la madre con el recién nacido). Así se explica el modo en que el bebé reclama sus fueros, como si fuera un órgano más de la anatomía femenina, con la ciega terquedad con que el estómago reclama alimento o el intestino su alivio. Y así se explica también la premura con que la madre acude a los requerimientos de su hijo. Tampoco hablo de las limitaciones que nos impone nuestro ser físico, a pesar de que con esto nos acercamos más a nuestro tema. Yo no puedo sustraerme a la gravedad, ni puedo desplazarme por encima de un determinado límite de velocidad, ni puedo calcular de memoria la decimoséptima cifra decimal del número pi, ni podré saber jamás el contenido de la última mirada que Julio César le dedicó a Bruto. Todas éstas limitaciones no son más que el contenido material que cada cual agrega a la conciencia misma de límite. Pero no podemos hacer cuestión del concepto de límite sin recurrir al único contenido universal que le cabe recibir: el límite temporal.
Tiempo y vida son conceptos paralelos, sólo de ese modo se explica que podamos concebir la idea de límite. En efecto, yo no puedo tener conciencia de mi inicio como ser consciente. Para mí se pierde en una nebulosa de recuerdos tanto más escasos y confusos cuanto más remotos. Nadie es testigo de su venida al ser, por mucho que nos queramos convencer de que estábamos presentes cuando ocurrió el hecho. Y, de manera análoga y por razones evidentes, nadie podrá dar cuenta de su ingreso en el no-ser. No es posible no ser y ser (testigo) al mismo tiempo. Sólo porque vemos cómo pasa el tiempo, cómo todo se arruina y se pierde, cómo nacen nuevos seres y perecen otros, cómo en el mundo todo caduca y se renueva, se nos va haciendo presente la necesidad de la muerte. Su certeza no es un conocimiento empíricamente adquirido, porque la experiencia y la seguridad son incompatibles. Repito que la idea se nos va haciendo presente, poco a poco vamos cayendo en la cuenta.
Descartes encontró la verdad fundante de todo el edificio del conocimiento humano en el"cogito ergo sum". Kant lo situó en la idea de la limitación humana. Somos seres limitados y no protagonizamos toda la realidad, de la que sólo tenemos noticia por intuición sensible, cuya forma "a priori" es el tiempo. Lo que no es yo se nos aparece como algo dado que nos impone su ley. Ambos pensamientos (el límite y la dependencia) no se suceden según un orden consecutivo -no es cierto que sea uno consecuencia del otro- sino que se identifican. Lo que es ajeno a nosotros se nos opone, nos ataca, se convierte en nuestro enemigo. De este modo, la conciencia del límite es lo mismo que la certeza del mal, de donde se sigue que el mal es el fundamento del yo, de la conciencia y de la ciencia. En "La Inmortalidad", Milan Kundera hace del dolor, del sufrimiento, de la presión que sobre nosotros ejerce el mundo, la base de la individualidad. Si el vecino me golpea, es a mí y sólo a mí a quien acude el dolor. El dolor me individualiza, me hace yo, me separa y me enfrenta a la realidad.
Como la certeza de la muerte no es un concepto aprendido, sino más bien descubierto y previo al conocimiento, nosotros se lo imponemos a todo cuanto somos capaces de idear. Y, en un prodigioso ejercicio de venganza contra el destino -o de rebeldía contra Dios- lo hemos aplicado también a ese nebuloso noúmeno que nos ahoga, al que hemos racionalizado como "Universo" a fin de convertirlo en objeto de estudio para la ciencia. Ya hemos situado en el tiempo el origen de todo y la Física lo describe cada vez con mayor detalle. Y desde hace dos siglos fantasea con su final.
Desde que la termodinámica descubrió la flecha del tiempo con su Tercera Ley, la idea de la muerte del Universo planea sobre la ciencia. Primero fue en la forma de una muerte térmica, un estado en el que ya no sería posible encontrar un ápice de energía que sustentase alguna vida o algún cambio. Entonces, la totalidad de cuanto existe dormiría un eterno sueño, inmutable, yermo, quieto como un cementerio en un otoño ya sin hojas. Pero como el estado opuesto es uno de los estados posibles, en un tiempo infinito habría de producirse no una, sino mil veces. Con lo que todo volvería a su comienzo. En el comienzo vio Dios que todo era bueno, y la estadística le devuelve la razón que la Física le había negado.
Después, tras el descubrimiento de la expansión del universo, muchos pensaron que el final vendría por la disolución de todas las cosas en un espacio -ya euclídeo- infinitamente extenso. En esta situación, la probabilidad de encontrar cualquier cosa en un punto determinado se hace cero, y por tanto nada existe, sin necesidad de que haya dejado de existir. Pero tampoco está claro que el universo vaya a seguir expandiéndose por toda la eternidad (aunque, por lo que tengo entendido, se trata del modelo más plausible).
Si, a pesar de todo, el universo no perece de alguno de estos dos modos, en un plazo increíblemente largo (un cantidad de años del orden de la centésima potencia de diez) los protones de que se compone el núcleo de los átomos se desintegrarán, ya que -por lo visto- no existe ninguna partícula que sea eternamente estable. Entonces ya no tendrá sentido pensar en la existencia de cosa alguna, pues todo se desvanecerá como un rayo de luz en el espacio, como "lágrimas en la lluvia".
Cualquiera de los tres finales depende de teorías que, en último extremo, son inverificables; así pues, no pasan de meras fantasías. Por eso podemos combinarlas e imaginar un universo térmicamente muerto que se ha expandido hasta el punto de que su densidad total se anule, las galaxias se conviertan en islas de materia en medio de un infinito océano de nada y, finalmente, se evaporen por el colapso de los núcleones de átomos que durante trillones de siglos han sido incapaces de crear nada.
¿Y mis huesos? ¿Qué será entonces de mis pobres huesos?


lunes, 27 de mayo de 2013

Platero y él


Un buen día Raimundo me invitó a cenar en su casa, cosa rara en él, por fortuna. Nunca entendí qué motivos tenía para invitarme precisamente a mí y no a cualquier otro, pero sospecho que no tenía ninguno. Raimundo no disfrutaba de muy buena prensa en el reducido grupo que, de cuando en cuando, nos tomábamos con él un cafetito y charlábamos un rato de cosas banales. La verdad es que entre nosotros se hallaba un tanto desplazado. No estaba al tanto ni del fútbol ni de los deportes, y tampoco se interesaba por los temas de actualidad. Para él, el resto del mundo sencillamente no existía, y su conversación se resentía en consecuencia. Tampoco para nosotros él existía demasiado. Puedo asegurar que, después de haberle tratado en sus últimos tiempos más que ninguna otra persona, no estoy en condiciones de hablar de él más que del pordiosero que nos mendiga a diario una limosna en la puerta de la cafetería. Raimundo nos dijo un día que no probaba la carne (nos figurábamos que fuera misógino, pero no vegetariano), y el “torpe aliño indumentario” que arrastraba era comúnmente considerado auténtico. ¿Qué otra cosa podríamos saber de él? Ni el más fantasioso de los embusteros podría decir que fuera un dandy. Al margen de que sabe Dios por qué causa su carrera de biólogo (por cierto, prometedor, según tengo entendido) se había visto truncada y que disfrutaba de una considerable fortuna probablemente heredada, ignorábamos por completo su circunstancia.

Aquel día estábamos él y yo solos en el café de costumbre. El mundo no giraba aquella mañana tranquila y gris en la que el tiempo parecía haberse estancado. Afuera no se oía ninguno de los ruidos que llenan las calles de las ciudades, por pequeñas que sean. En el local faltaba incluso el estruendo de las conversaciones mezcladas, el monótono zumbido del tocadiscos o las voces sintéticas de la radio. Yo, como cada mañana, hacía un alto en el trabajo, pero no sé qué rayos hacía él allí. Vestía un pantalón mal planchado y una americana que parecía haber sido comprada antes de que el dueño hubiera terminado de crecer del todo. Por debajo de las mangas aparecían los puños raídos de una camisa demasiado vieja, y por debajo de la botonadura se adivinaba el cuello de una camiseta blanca. Me habló con torpeza y yo –torpe también- no supe cómo rehusar. Me quedé mirando, sin saber qué decir, su rostro mal afeitado, su sonrisa desdibujada, sus incipientes arrugas de cuarentón, sus incisivos perfectos y los pelillos rebeldes que le asomaban por las ventanas de la nariz. Desde luego, poseía un extraño poder de persuasión. ¡Bonita noche me esperaba!

Le pedí que me anotara su dirección, y no me atreví a rogarle que descifrara los garabatos que, con mano insegura, trazó en una esquina de mi periódico. Me costó horas de cábalas y consultas a un plano callejero interpretar aquellas letras retorcidas e irregulares que pugnaban por escaparse del papel. Si una mosca con las patas tintadas hubiera estado caminando por la superficie los signos no habrían resultado más oscuros. Era un trabajo sin esperanza de recompensa. Cuando finalmente resolví el enigma quedé un tanto decepcionado: ya no tenía excusa para faltar a la cita.

Cuando llegó la hora me vestí sin ceremonia y con desgana, y salí de casa dispuesto a caminar. Tampoco demasiado, después de todo en este pueblo casi se puede decir que todo el mundo es casi vecino. En ningún momento dejé de lamentar no haberme quedado en casa viendo la tele. Recuerdo que esa noche ponían “Conan el Bárbaro”. No era ninguna novedad y verla de nuevo quizá hubiera resultado un tanto iterativo, pero cuando no puedes disfrutarlas es cuando echas de menos las pequeñas comodidades domésticas. Además, me gustan esos aires que quieren soplar a lo largo de la película –una brisa tenue, más bien- y que se desvanecen a medida de que transcurre. Me gustan también algunas insinuaciones acerca del poder y, sobre todo, la indiferencia del dios Crom en lo que respecta al carácter moral de los hombres. “A ti no te importa quién sea bueno o malo –le reza el protagonista-, te agrada el valor. Lo único importante es que aquí dos hombres se enfrentan a muchos”. Después Conan saca pecho y despliega su increíble envergadura, cual si hubiese una relación biyectiva entre los músculos y el valor. Da la impresión de ser Conan más apto para matar que verdaderamente valiente, de modo que nos quedamos sin saber qué es lo que en realidad le agrada a Crom. La mejor escena es sin duda la última, esa en la que Conan le corta la cabeza al profeta de la secta que está combatiendo y la muestra a sus fieles en señal de triunfo. El profeta, o sacerdote, está divinizado y se identifica con la serpiente a la que adoran. ¡Qué soberbia refutación de su doctrina! Imagino que para restaurar una fe de tal modo anulada sería necesario un poderoso milagro de resurrección. Ciertamente, no cabe mejor golpe para acabar con una secta que matar a su dios. Pienso que si los romanos no pudieron terminar con los cristianos fue porque se empeñaron, precisamente, en matarlos. Por muchos que echasen a las fieras, siempre quedaban más. En esto el hombre se muestra superior a su dios. Se puede decir: “El rey ha muerto, ¡viva el rey!” Pero gritar “Dios ha muerto, ¡viva Dios!” es un contrasentido (aunque sé de gente dispuesta a gritar: “Dios ha muerto, ¡viva la Virgen!”). Si Dios muere es como si nunca hubiera existido. Sin embargo, el hombre deja deudas y descendencia.

Entretenido como iba, se me pasó el tiempo volando. Después de recorrer la ciudad de cabo a rabo llegué a casa de Raimundo a la hora convenida. El paseo había sido agradable pero breve (de mí puedo decir que sé elegir los mejores trayectos). Si no se me acusara de repetición alegaría que la ciudad donde vivo es pequeñita, de manera que no tardé en sentirme fastidiado por la proximidad del destino. Hacía calor aún, pero la tarde era poco más que un otoñal crepúsculo arrebolado cuando toqué la puerta.

Mi anfitrión me recibió ataviado como de costumbre, y creo que se le puso una cara de alivio cuando vio que yo había hecho lo propio. En esto nos parecíamos bastante: si no sabemos hacer una cosa, pues no la hacemos, y punto. Ambos preferimos no mudar de atuendo si no está claro cómo hemos de hacerlo.

Si digo que vivía en un caserón a las afueras de la ciudad, miento a medias. En efecto, vivía en un caserón, pero bastante más alejado que los que viven en las afueras. Ante la entrada había un jardincito un tanto descuidado. Muy cerca, en la misma finca, una casita de aspecto impecable pintada de blanco, pero con puertas y ventanas cerradas, como si estuviese deshabitada. La finca se extendía más atrás hasta no sé dónde, porque la perspectiva no me permitía calcularlo, pero adiviné una caballeriza o cuadra de la que me llegaban, como los ecos de las trompetas ajadas de un ángel venido a menos, largas sartas de rebuznos. ¡Raimundo criaba burros!

Sorprendido por lo que estaba oyendo, respondí a su saludo. Me hizo pasar a una sala enorme en la que había un lugar para cada cosa, pero no uno determinado. Allí lo primero que llamaba la atención era el desorden. En esto también nos parecíamos, deduje. Siempre he creído que no vale la pena luchar contra las leyes de la naturaleza, en particular contra la tercera ley de la Termodinámica. Contra esta ley, en concreto, caben tres posibles estrategias: puedes perder todo el día tratando de ordenar las cosas, puedes también no usarlas por no cambiarlas de lugar, por último puedes no preocuparte por el orden. Raimundo parecía ser de la opinión de que el hecho de que un libro estuviese sobre la mesa en lugar de estar en su estante no iba a variar las condiciones de rotación de la Tierra; y lo que vale para un libro vale también para muchos. Si el verse obligado a apartar de un sillón un montón de ropa recién lavada y sin planchar para que yo pudiera sentarme le acarrease consecuencias irreparables, probablemente habría tomado alguna medida para evitarlo. ¡Qué sé yo! Supongamos que una legión de arcángeles descendiese de los cielos en medio de un rompimiento de gloria soplando clarines y anunciando la Parusía; o que a sus pies se rompiera el suelo y entre horribles sacudidas de los cimientos del mundo se abriesen ante nosotros los infiernos y un sinnúmero de demonios prorrumpiese en gritos de anatema y excomunión, espíritus torturados sin esperanza mascullando latinajos condenatorios; o que se resquebrajara la bóveda celeste y asomase un enorme dedo señalando a Raimundo como el sujeto de todos los pecados capitales. Entonces quizá fuera ocasión de comenzar a pensar en arreglar todo ese desorden. En caso contrario, no había de qué preocuparse.

La verdad es que el desorden me es familiar, vivo instalado en él como un feto en su útero, así que me sentía como en casa. La caminata me había dado sed. Pedí una cerveza, pero como no tenía me sirvió un vaso de agua. Me la tomé despacito, saboreando cada gota, sentado en el sillón que había sido desocupado para mí. Durante un buen rato charlamos sobre el tiempo y otras tonterías, pero al cabo, intrigado y aburrido, le pregunté por los rebuznos que había oído.

Raimundo mostró interés por mi interés. Sin duda le agradaba que hubiese sacado el tema y, a la vista de lo que ocurrió después, estoy seguro de haberle resuelto algún problema. Desde luego, tenía uno serio, y para solventarlo había ideado alguna estrategia infantil. De no servirle la ocasión como lo hice, se habría visto obligado a representar la comedia que ya tenía ensayada. Pero es preciso tener paciencia: si he de referir esta historia con la intención de ser escuchado será mejor proceder con orden.

-Sígueme –me respondió-. Te enseñaré los animales.

La casa disponía, en su parte posterior, de una puerta que daba a un terreno cubierto de pasto. Era bastante mayor de lo que yo había creído en un principio y estaba cercado por un muro de piedra. Al fondo, adosada al muro, se podía ver la cuadra escondida tras una higuera. La puerta estaba entornada y era patente la imposibilidad de cerrarla más. Debía de llevar generaciones en ese estado, la madera aún recia, pero los goznes oxidados hasta el punto de hacer un milagro del hecho de que no se hubiera caído. El interior estaba oscuro, pero había luz eléctrica. Raimundo encendió una lámpara y ante mis ojos aparecieron tres burros, ahora ya sosegados. Dos de ellos no tenían nada de particular, como no fuese su astrosa apariencia. Eran asnos vulgares, de aspecto desmejorado y sucio pelaje, como los que quizá haya habido cientos, no hace muchos años, por los alrededores. Viéndolos se adivinaba cómo había llegado a ser la suya una especie en peligro de extinción. El tercero, sin embargo, era un animal singular. Era pequeño, suave, peludo, y tan blanco por fuera que se diría todo de algodón. Los ojos, mucho más negros de lo que parecía a la tacaña luz de la bombilla, miraban con una expresión inteligente y tierna, mansa y amable. No pude evitarlo, me acerqué a él para acariciarle el lomo. Al tacto era mucho más suave de lo que había creído al verle y, si en vez de ser un burro hubiese sido una mujer, yo habría jurado que estaba perfumado. Relucía de puro limpio.

-Se llama Platero –aclaró Raimundo-. Los otros no tienen nombre.

Lo juzgué muy adecuado y se lo dije.

-¿Los tienes desde hace mucho?
-Platero es el más reciente –me contestó-. Los otros los compré hace un año.

Después de la visita a la cuadra me condujo de nuevo a casa y entramos al comedor. Sorprendía que esta pequeña pieza no estuviese arreglada para la ocasión. Desde luego, ofrecía un enorme contraste con el salón donde me recibió, tan desordenado y desangelado. Aquí nada se echaba en falta, pero, considerado cada elemento uno por uno, no podía dejar de considerarse austera. Sin embargo, la salita era acogedora y nada espartana. Más que un refectorio de estoicos parecía un comedor epicúreo. La mesa estaba dispuesta sin ceremonia y albergaba ya dos botellas de un vino sumamente magnético (quiero decir: susceptible de atraerse la férrea voluntad del luterano más ortodoxo), un aperitivo a base de frutos secos y -¡oh sorpresa!- cecina. Si me hubiese adivinado el pensamiento Raimundo no habría podido ponerme los dientes más largos.

Nos sentamos y llenó las copas de vino. La mesa era amplia y redonda, buena para beber, y a ello nos dedicamos sobre todo, pues no parecía que hubiera dispuesto otras viandas que las que había a la vista. Yo seguía intrigado por el asunto de los burros, pero en esos momentos tenía una preocupación más urgente. Desde luego, la noche prometía sorpresas y, aunque aún no podía adivinarlo, iba a resultar a ese respecto mucho más frugiferente de lo que cabía esperar. Por de pronto, yo sabía a ciencia cierta que Raimundo sentía hacia la carne, en cualquiera de sus variedades, una aversión insuperable. Sin embargo había surtido la mesa con una buena ración de cecina, a mi gusto poco curada, cortada en tacos. Cierto que no había otra carne sino la cecina, y cierto también que no hizo el mínimo ademán de probarla, pero en alguna ocasión le había visto protestar por su sola presencia. Protesta que recibió mi protesta, por cierto. Por otra parte, yo nunca le había hablado de mis gustos al respecto (de haberlo hecho imagino que se habría preocupado de que no sangrara), de modo que no cabía pensar que servía para halagarme.

-Creí que no probabas la carne – le dije.
-Y no la pruebo. Si te refieres a eso –señaló el plato con la mano-, la he mandado hacer para la ocasión.

He de aclarar que en mi opinión una cena perfecta ha de constar de buen vino, variedad de frutos secos y embutidos, lo que explica mi entusiasmo. Pero, para mi disgusto, se iba haciendo patente que Raimundo no me había hecho ir para cenar, precisamente. La cecina era el argumento de su comedia y, visto que no tenía que representarla, decidió contarme sin más lo que quería contarme. Le vi dispuesto a hablar
Y dejé que lo hiciera, aunque él no tuvo conmigo los mismos miramientos. De todos modos, satisfizo mi curiosidad de entonces, suscitó la futura, y no dejó, finalmente, ningún cabo sin atar.
Se levantó, me pidió que le siguiera y me aclaró que la cecina era de burro. Eso proporcionaba alguna coherencia, pero aumentaba la intriga. Se me hacía increíble que criara burros sólo para salar su carne. Además, la presencia de Platero no cuadraba bien con esas insospechadas aficiones a la chacinería. Tantos aires de misterio se daba que llegué a temer que comenzase su relato en el origen de los tiempos, pero se remontó sólo dos años. Por esas fechas, y sin que precisara más, había visitado a unos parientes en Andalucía. Por pura casualidad había tenido un encuentro con un curioso personaje –casi una atracción turística más-, un hombre de edad lo suficientemente avanzada como para sospechar que chocheaba. Este sujeto conseguía afirmar sin que le asomara al rostro la menor sombra de risa que conocía el lugar exacto donde estaba enterrado Platero, el famoso burro del poema. Mucha guasa andaluza y alguna que otra palmadita condescendiente en la espalda fue la reacción natural de quienes le escuchaban. Pero cuanto más frecuentes eran las amables –y no tan amables- chanzas con que eran acogidas sus declaraciones, tanto más insistía en la verdad de lo que aseguraba. Se indignaba. Lo juraba por lo que hiciera falta, por lo más sagrado, por todos sus muertos. Finalmente, Raimundo, que llevaba tiempo fraguando cierto proyecto, pensó que podría sacar algún provecho del secreto del anciano y, en un momento en que nadie atendía, le confesó que le gustaría visitar la tumba y le rogó que le acompañase. El pobre hombre consideró esta repentina muestra de confianza como una burla más y se hizo de rogar, pero cedió enseguida, halagado en el fondo. Dijo tener prueba documental que demostraba sin lugar a dudas que el animal que yacía en la fosa que le iba a mostrar era quien decía que era, y quedaron citados para esa misma tarde. Efectivamente, el hombre tenía pruebas y las mostró. Quedaba claro que había existido un asno llamado Platero, de cuya existencia se hacían eco los documentos, y lo que decían era coherente con las pretensiones del animal. De que se hallaba enterrado en el lugar al que fue conducido Raimundo, ninguna persona razonable podía dudar. Conocido el lugar, Raimundo se proponía volver solo, y en secreto, esa misma noche.

Mientras me daba cuenta de estos hechos habíamos salido de casa y, a través del jardín, habíamos entrado en la de al lado. Para mi sorpresa, resultó que Raimundo había instalado allí un laboratorio completo, equipado con cuanto pudiera necesitar. Otros quizá se hubiesen gastado la fortuna en satisfacer vicios, en cambio allí había una fortuna invertida en un instrumental a todas luces muy caro. No me dejó preguntarle por el significado de todo aquello. Continuó hablando fluidamente –parecía transformado- sin dar lugar a que le interrumpiera. Me contó cómo había vuelto al pequeño túmulo, apenas reconocible, en el que una pequeña estela con el nombre del burro ya indescifrable señalaba el lugar del enterramiento. La noche era oscura y llovía a mares. Raimundo había ido provisto de una pala que pudo afanar a sus huéspedes y comenzó a cavar bajo la lluvia. El hecho de que no adornara aquí su relato da muestra de la escasa capacidad noveladora de mi amigo y pesó a la hora de concederle crédito. Lo cierto es que debió de ejecutar la operación con toda frialdad, al fin y al cabo se trataba sólo de un burro. Halló la tierra apelmazada por el mucho tiempo, pero la lluvia se había filtrado bien y la tarea no se le hizo excesivamente gravosa. Encontró los restos que buscaba a menos de un metro de profundidad envueltos en un lienzo que seguramente había sido blanco. Del sudario quedaban sólo unos jirones, del animal quedaba mucho menos. Y, sin embargo, lo suficiente. Raimundo se llevó algunos restos de piel y pelo, además de un fémur. Mientras volvía a cerrar la fosa le asaltó un temor repentino. En efecto, la tierra movida hablaba por sí sola, y para cualquiera que investigase habría de resultar ciertamente chocante hallar el esqueleto mutilado de un burro. Pero se tranquilizó pensando que no habría muchos más locos capaces de profanar el sepulcro de un asno.

Por fin hizo una pausa. Yo estaba atónito. Era incapaz de decidir si me estaba tomando el pelo o si en verdad me estaba haciendo su confidente. Pero Raimundo se adelantó a mis dudas. Abrió un armario blanco como la luz del cielo y extrajo de él un frasquito.

-Conseguí extraer el ADN de los restos que traje.

Estoy seguro de haber abierto los ojos lo suficiente para que quedara patente su forma esférica, y si lo que dijo a continuación no los hizo salir de su órbita se debió únicamente a la escasa longitud del nervio óptico.

-También he conseguido clonarlo.

Raimundo con una calma y una naturalidad que me parecían ensayadas, pero también con aplomo. Nunca lo había visto así, ni yo ni nadie. A menudo, en el café, le habíamos oído tartamudear hablando de fútbol. Confundía la Copa de Europa con la Eurocopa, así que no se quitaba de encima la sensación de estar en otra galaxia. Ahora me estaba contando una historia de marcianos, quizá por ello se mostraba tan seguro. Por mi parte, he de confesar que yo estaba nervioso, muy nervioso, incluso escandalizado, y eso era síntoma de que, por mucho que me esforzase en negar el relato, ya le concedía algún crédito. No había más que considerar el burro del establo: ¡Era blanco como la nieve! ¡Blanco como el algodón! La verdad, no recuerdo si contesté con alguna incoherencia o si sólo babeé un par de gruñidos.

-Lo he clonado dos veces-insistió.
-Pero, ¿para qué? –había conseguido rehacerme lo suficiente para formular preguntas.
-De los dos sacrifiqué uno, y con su carne hice la cecina que has probado antes.

En ese momento decidí que la dichosa cecina, que yo había considerado poco curada, estaba en realidad muy buena. Después rectifiqué y me pareció todo un sinsentido. No obstante, Raimundo aseguró no haber clonado a Platero sólo para hacer cecina. Abrió otro armario y cogió un matraz sellado que contenía un extraño fluido. Era de un color que variaba entre el gris, el verde y el azul, pero si se agitaba o se observaba al trasluz, se podían ver destellos amarillos que brillaban puros un segundo y luego eran de nuevo invadidos por volutas grises, lentas y en exceso viscosas, pues sin duda el fluido era un vapor. Me acerqué para observarlo mejor, pero no me dejó ni tocarlo.

-¡Este es el espíritu de Platero! –dijo. Un sacerdote en el momento de la consagración no es tan ceremonioso, ni tan teatral. Raimundo estaba orgulloso y me mostraba el frasco como un triunfo. Acerté a preguntarle qué significaba con el término “espíritu”, palabra que a poco que queramos puede referirse a cualquier cosa, y me respondió diciendo que se trataba del principio vital, el pneuma que gobierna la máquina del cuerpo y la pone en movimiento. En suma, la diferencia entre un animal vivo y su cadáver. Clavé los ojos en el frasquito y juro que vi agitarse el vaporcillo por sí solo. Adquiría espontáneamente los brillos para extinguirlos después, y las distintas volutas revolucionaban por todo su volumen como fieras enjauladas o cautivos que tientan la firmeza de los barrotes de su celda. Cada uno de aquellos destellos se me antojaba un pensamiento del delicado animal, una emoción, un recuerdo. Oí rebuznos y a duras penas pude reprimir la ocurrencia de que provenían de la redoma.

Toda mi lucha interior consistía en decidir si Raimundo era un loco o un genio y, como no podía resolver el dilema, consideré ambos atributos. Así pues, Raimundo era un genio y un loco. Genio por haber logrado lo que otros muchos, con mejores medios, aún esperaban alcanzar. Loco por haberlo intentado. El asunto del pneuma permanecía fuera del alcance de mi juicio más por estupor que por falta de criterio. No sé si fuel el genio o el loco el que dio en la cuenta de que para hacer creíble lo increíble lo mejor es persuadir no a la razón, sino a los sentidos, y ofrecer la llaga para que el incrédulo meta la mano.

La llaga se encontraba en una sala contigua al laboratorio, separada por una puerta de doble hoja. Era algo mayor, en todo semejante a un quirófano y blanca como la conciencia de un imbécil. En el centro se podía ver una camilla, y sobre ella una campana de vidrio lo suficientemente grande como para contenerla. Raimundo accionó un interruptor y la campana descendió a lo largo de su guía acompañada por un tenue zumbido eléctrico. El artilugio estaba dispuesto de modo que el espacio alrededor de la camilla quedaba herméticamente cerrado. La campana estaba conectada por medio de un largo tubo flexible a una potente bomba de succión. Ante mis ojos –declaró- tenía un extractor de pneuma. Su funcionamiento era bien simple: no había más que colocar en la camilla un animal que estuviese a punto de morir. Una vez cerrada, la campana absorbía todas las emanaciones últimas del bicho: su aliento, los vapores de la sudoración, sus ventosidades, su olor, sus estornudos, hasta que el moribundo exhalaba su postrer suspiro y la bomba se detenía automáticamente ante la imposibilidad de absorber el propio vacío que se generaba en su interior. En ocasiones, me contó, el animal estallaba por la ausencia de presión, y entonces la máquina aún podía extraer más substancia. En este caso se podía estar seguro de haber capturado hasta la última molécula de su alma. El proceso concluía con la destilación del producto, operación harto delicada por lo sutil del fluido.

A esas alturas de la noche, con lo que había bebido durante la cena, lo que había oído y lo que estaba viendo, a nadie debe extrañar que dejara de lado mis reticencias. Máxime si tenemos en cuenta que se me había concedido el privilegio de contemplar cómo se pueden extraer los pneumas. Porque así fue, en efecto. En una jaula en la que yo no había reparado Raimundo tenía encerrado un conejo. Lo asió por las orejas y le inyectó una susbstancia que tenía preparada. El conejo se agitó un poco, pero enseguida recuperó la calma. La inyección contenía un estimulante que, según me dijo, provocaría la sudoración de la víctima. Acto seguido volvió a encerrarlo, colocó la jaula en la camilla, cerró la campana y accionó el mando de la bomba. El extractor comenzó entonces a funcionar con un zumbido ensordecedor. El animal ni siquiera murió de asfixia, no tuvo tiempo. Se revolvió en la jaula, pero muy poco después quedó inmóvil. Al cabo de pocos segundos se le desorbitaron los ojos y finalmente estallaron al tiempo que lo hacían también los intestinos. La bomba siguió funcionando durante una larguísima milésima de segundo y se detuvo al cabo poco a poco. Se extinguió el zumbido y el silencio que sobrevino parecía de otro mundo. Raimundo corrió a vigilar el destilado del vapor y cuando hubo concluido me mostró una botella que contenía un fluido grisáceo y apagado, tan poco parecido al pneuma de Platero que quedé de veras decepcionado. El proceso había sido más rápido de lo que la importancia del asunto daba a entender y el producto carecía del colorido, la brillantez y la vivacidad del otro.

-Se ve que el animal era de inferior calidad –insinué.
-¡Oh,no,no! –respondió Raimundo-. Si te refieres al color, es por las prisas. Si la bomba hubiera succionado lentamente, si yo hubiera puesto más atención al destilar… En fin, vale como ejemplo. De hecho, todas las pruebas que he realizado proporcionaron pneumas casi idénticos, imposibles de distinguir a simple vista. Ni siquiera hay relación entre el tamaño del cuerpo y el volumen del alma. Sospecho que con una persona ocurriría otro tanto.

Su último comentario me pasó desapercibido en ese instante, aunque luego tuve ocasión de recordarlo. Raimundo afirmó que estaba llegando al meollo de la cuestión. Llevaba muchos años extrayendo el pneuma de animales, y su preocupación era encontrar un modo de volver a inocularlo en un cuerpo, para revivirlo. Pensaba incluso en la posibilidad de resucitar un animal en el cuerpo de otro, aunque fuesen de especies diferentes. Aún no lo había logrado, confesó, pero este proceso lo consideraba de índole estrictamente técnica.. Lo más importante consistía en averiguar, después de la reanimación, si el comportamiento del animal correspondía a su antigua alma o a la nueva, y esta averiguación era la única que podía constatar el éxito de la operación. Esa era la razón por la que siempre había inoculado almas de unas especies en otras, con la esperanza de conseguir un gato que se comportase como un ratón, un lobo como un cordero, un salmón como un elefante. Después dio en pensar que la conducta de sus animales que la conducta de sus animales debía de estar primeramente regida por sus aptitudes físicas y que sería harto difícil conseguir que una serpiente se golpease el pecho como un gorila o que volase una ballena, por mucho que en su fuero interno lo desearan. En efecto, el fuero interno resultaba demasiado interno como para poder acceder a él y conocerlo. En consecuencia, restringió sus experimentos a animales de la misma especie. Esto resolvía un problema, pero planteaba otro. Supuesto el caso de que en el futuro la reanimación fuese un éxito, ¿cómo discernir si la nueva alma operaba realmente en el cuerpo o si, por algún resorte misterioso, la antigua se empeñase en seguir gobernándolo? Decidió entonces probar con congéneres notoriamente distintos, tanto como lo pueda ser un rústico de un aristócrata, o un político de una persona honrada, y en esas cavilaciones andaba en la época en que viajó a Andalucía. En suma, la casualidad le proporcionó un animal de veras singular, cuya alma debería dejarse notar así la inoculase en el cuerpo del burro más abyecto, y decidió coger la ocasión por los pelos. Quedaba el problema de revivir a Platero, pero no había solución sin problema, ni problema sin solución. Finalmente lo consiguió y en ese punto se hallaba ahora.

Dejó de hablar esperando, quizá, que yo dijera algo. Pero yo no sabía qué decir. No dejaba de plantearme la disyuntiva: loco o genio, o genio loco. Si no fuese por lo explícito de sus pruebas ya habría optado por lo primero, pero no podía dejar de pensar en el burro del establo. No se trataba de un rucio cualquiera, era el mismo Platero, el príncipe de los asnos redivivo, un animal que a la vista prometía mayor sensatez que su dueño. Pero si alguna vez había existido, debía de llevar muchas décadas muerto. ¿Entonces? Y si en ese punto Raimundo había tenido éxito –lo que ya era bastante para encumbrarlo a la fama-, ¿por qué no considerar plausible el resto de su programa? En todo caso, el extractor de pneuma era una realidad, una máquina cuyo funcionamiento cualquiera podía comprender, y los matraces con los pneumas ya extraídos eran también reales, los había tenido a la vista y si no había podido tocarlos se debía a un exceso de celo de mi amigo.

-¿Y qué perspectivas de éxito tienes? –me aventuré a preguntar.
-Ninguna-me dijo.

El rostro se le ensombreció y perdió el tono exultante con el que había hablado hasta entonces. Aseguró que seguiría ensayando a pesar de todo, pero que dudaba de tener tiempo suficiente para obtener siquiera algún progreso, por pequeño que fuese. Yo le hice notar que disponía de todo el tiempo del mundo, libre como estaba, sin familia ni obligaciones. Le dije que no había nada que pudiera estorbarle si él así lo deseaba. Pero entonces, con la voz más triste del mundo, desprovisto como siempre de solemnidad, confesó que le quedaban pocos meses de vida.

Raimundo había convertido la velada en una suerte de declaración de su última voluntad. De pronto me pareció que todo el relato que había escuchado de su boca, dejando de lado la cuestión de la verosimilitud, cobraba sentido. Y no tanto el relato como el hecho de haberse decidido a narrarlo. De todos modos sentí el peso de su última declaración como una losa que anonadaba su historia, que la reducía a anécdota sin importancia. La losa debía de haber caído sobre él algún tiempo atrás, y en ese instante me invitaba a que soportara parte de su peso. Pero yo, torpe de mí, no supe hallar palabras adecuadas, si es que lo más adecuado en estos casos no es el silencio. ¿Quién puede censurarme por ello? ¿Acaso hay algo que se pueda decir? ¿Hay alguien tan sabio que ose decir algo? Recomendar fe o resignación es una suerte de patada en el culo del moribundo: “jódete, que a todos nos ha de llegar el mal trago”. Nadie compadece de veras a un moribundo, nos incomoda porque lo que en realidad sentimos es el dolor de nuestra propia muerte. Me limité a preguntar si no había ningún médico que le hubiera dado esperanzas, y me respondió que él no necesitaba médicos para diagnosticarse las enfermedades, ni siquiera las graves, que ningún médico podía ayudarle ya y que tan solo unos meses era todo cuanto podía esperar del mundo.



* * *




De regreso a mi casa, apurando el paso para sacudirme el relente de la noche, me sentía como un cobarde que deja morir a un amigo en la más extrema soledad. Era una tontería por mi parte, pues sabía que Raimundo no se moría aún. Además, la velada había concluido y era absurdo prolongarla. Sin embargo, tenía la sensación de haber dejado algo sin acabar. Hubiera deseado –para ser sincero, más por mí que por él- encontrar una palabra balsámica, una suerte de imposición de voz que curase sus dolores y su angustia, un vade retro a las tinieblas. Pero para ello se requiere una virtud que yo no poseo, sea la elocuencia u otra cualquiera. Si lo que buscaba Raimundo era consuelo, se había equivocado de persona. Por lo tanto no buscaba consuelo. Con eso me consolé yo.

A la mañana siguiente acudió a la cita del café con el mismo semblante y las mismas trazas de siempre. Por prudencia, a nadie había revelado nada de cuanto sucedió la noche anterior, y Raimundo me pidió que no lo hiciera en el futuro. No sé si se refería a todo el futuro o sólo al suyo, pero eso ahora no tiene importancia. Continuó acudiendo regularmente y actuando con tanta naturalidad como le conocíamos. Hubo un día, sin embargo, en que lo echamos en falta. No eran inhabituales sus ausencias, de modo que nadie encontró extraña la circunstancia, pero yo me quedé con un cierto desasosiego. Tampoco le vimos los días siguientes, y la angustia se convirtió en una congoja que me abotonaba el esófago. Por la noche le telefoneé.

-Todo va bien, todo va bien – me contestó sorprendido -. Sólo que estoy ocupado.

Anduvo ausente unos días más, al cabo de los cuales volvimos a verle como siempre. No parecía tener aspecto desmejorado, ni perdió lustre con el paso del tiempo. Terminé creyendo que me había tomado el pelo y se lo dije un día en que estábamos solos. Se indignó y respondió que no podía darme más pruebas y que si la presencia de Platero no bastaba para convencerme, entonces no habría prueba suficiente para ello. Yo aduje que rea sumamente difícil creer lo que me había confiado y que su estado de salud evidenciaba cierto talento teatral en el final de su historia. Raimundo no estaba conforme –es sorprendente que esas fueran exactamente sus palabras- con que hubiera habido teatro, asintió en lo demás y añadió que no había sido ningún capricho revelarme su secreto ni me había elegido al azar. El final sería rápido, fulminante, pero prometió mantenerse en contacto frecuente conmigo.

Esto último lo cumplió en la medida en que un tipo como él podía cumplirlo. Nos vimos poco e irregularmente. Sus visitas al café se hicieron más escasas, pero nos telefoneábamos a menudo. Hablábamos poco entonces, y en ocasiones me informaba de que había hecho algún progreso en sus experimentos, aunque nunca aclaraba cuáles. Otras veces decía hallarse estancado. Un día me confesó que quizá pudiera necesitar mi ayuda, y yo, sin saber qué esperaba de mí, me ofrecí para cuanto precisase. ¿Qué otra cosa podría hacer?

Transcurrieron unos meses sin novedad. El invierno fue duro, apto para que un enfermo no lo superase, y la primavera llegó espléndida y sin aviso. Las dudas me asaltaban de nuevo y, si no fuese porque en lo tocante a sus relaciones sociales conocía bien a Raimundo, de seguro me habría dado a imaginar sus risas y sus burlas de mi inocencia bien rodeado de buena y femenil compañía. No había tal, como bien sabíamos todos. Caía la tarde de un viernes tardíamente frío cuando me llamó y me pidió que acudiese a su casa. Temí lo peor, pero me tranquilizó enseguida. Estaba perfectamente y sólo quería enseñarme una cosa. Entonces temí algo peor que lo peor.

Ya no era necesaria la excusa de la cena y prescindió de ella. Me hizo pasar, atravesamos la casa hasta la puerta trasera y me condujo a la cuadra. Allí estaban aún los tres asnos. No entiendo cómo Raimundo no dio en pensar en la posibilidad de que los pneumas se transfiriesen por ósmosis, o por algún otro mecanismo singular, pues los tres se mostraron afables. De seguro, por fortuna para los animales, no tenía con ellos más trato que el imprescindible para surtirles de pienso el pesebre. De otro modo quizá se hubiera percatado de su cambio de carácter. Lo que quería mostrarme allí era una ventana que yo había creído ciega y que daba a un camino descuidado e invadido de zarzas que corría por detrás del muro. Desde dentro quedaba a la altura de la cabeza de un hombre, pero por fuera era más accesible.

-Si alguna vez quieres entrar sin que nadie te vea –me dijo-, puedes usar esta ventana.

Nueva sorpresa. ¿Por qué habría yo de querer entrar en secreto a una casa donde sólo había estado dos veces, que en realidad no conocía y donde no tenía nada que hacer? De todos modos, como ya comenzaba a acostumbrarme a las rarezas de ese hombre, no dije nada. Fuimos después al laboratorio y me explicó que había dotado al extractor de un mando a distancia. De ese modo, dijo, podría manejarlo desde dentro. Yo asentí como si se tratase de una idea natural, de esas que de puro fácil no se nos ocurren a menudo, porque en ocasiones, aunque prestes atención, las consecuencias de lo que te dicen asoman un tanto diferidas. Raimundo pensaba manejar la campana desde dentro, por tanto...

-Pero, ¿es que todavía no has comprendido? –dijo al ver mi cara de estupefacción.

Me recordó que se moría y que la muerte siempre llega demasiado pronto. Se atrevió a bromear: desde luego, no se trataba de ninguna mujer. Entendí que no estaba asustado, él no creía ni en infiernos ni fantasmas, no aguardaba nada después de su hora, pero supe por la inefable luz de sus ojos lo que es la desesperanza. Nada. Raimundo tenía el poder de hacerme llegar a esos lúcidos momentos de clarividencia en los que la verdad se nos hace asequible. Comprendí que yo tampoco tenía miedo a la muerte. Si acaso, la más profunda incomprensión de lo que significa. Ningún epicúreo podrá jamás curar eso. Por más que lo intento, me resulta imposible imaginar un mundo en el que yo no esté presente. En todos los ensayos me descubro en alguna parte, incluso fuera, observándolo. El mundo soy yo, nace conmigo y conmigo perece, pero no entiendo por qué se empeña en contrariar mis deseos. Eso, ni el poder de Raimundo ha podido revelarlo.

También mi anfitrión se abría de cuando en cuando a la comprensión de los arcanos, y se expresaba de modo contundente. Hay un lugar, me decía, del que todos salimos sin haber entrado, y otro al que todos hemos de entrar para no salir: la fría y húmeda fosa donde sólo los gusanos nos harán compañía, sórdida agrupación de materia inconsciente. No se resignaba, confesó, y había ideado un plan para evitarlo. Pero el fin se adelantaba a todos los medios y amenazaba con abortar el proyecto. Pretendía, llegado el momento, someterse al extractor de pneuma y embotellar su espíritu. En ese proceso no era preciso que interviniese nadie, toda vez que había conseguido automatizarlo (el propio extractor estaba programado para proceder a la destilación del fluido), de modo que ya podía considerar embotellado su pneuma. Pero necesitaba de alguien que conociese su trabajo y que se encargara de inocularlo en otro cuerpo. Estaba claro que ese alguien era yo. Protesté alegando que él mismo no lo había conseguido en ninguno de sus ensayos, pero él respondió que yo era su única esperanza. Me pidió que me hiciera cargo de su matraz, que lo custodiase, que repasase sus notas y estudiase sus métodos a fin de concluir la tarea. Se lo había prometido, me recordó. El laboratorio quedaría a mi disposición si aceptaba, y también su casa y su fortuna.

Mi primer impulso, como todo el mundo podrá figurarse, fue salir sin demora y lo más aprisa posible, pero no pude eludir su mirada ni escapar a su persuasión. Entiéndanme: no me pedía que continuase sus experimentos, me pedía que lo resucitara. ¿Dónde iba yo a conseguir un cuerpo?, alegué. Y no un cuerpo cualquiera. Fui cruel, le pregunté si querría uno atlético y atractivo para las mujeres, un buen cadáver reciente y bien parecido. Añadí que hurgar en los entresijos de las cosas vivas me producía repugnancia, que no tenía la menor idea de cómo había que usar una pipeta, menos aún un microscopio, y que su matraz en mis manos corría serio peligro. Pero Raimundo ya estaba decidido: aún tenía tiempo para aprender, si mostraba interés, y me consideraba una persona muy capaz. Me pedía que entendiese su situación. No podía acudir a ninguno de sus colegas, pues entre ellos estaba desacreditado, y en todo caso se celaba del éxito que pudieran obtener a su costa. Era preciso un lego discreto y diligente en el que pudiera confiar: yo. El éxito, me dijo, podría reportarnos a ambos grandes beneficios, en cambio el fracaso me haría ganar una fortuna.

Considerando el asunto con frialdad, yo creía más probable el fracaso, y eso me satisfizo. Así pues, Raimundo me convenció y yo fui su aplicado alumno durante seis largos meses.


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Durante ese tiempo llevamos a cabo, con nulo éxito, gran cantidad de pruebas. Ensayamos con conejos, con ratas, gallinas o gatos, y con cuantos perros vagabundos nos premiaba la fortuna. En fin: con todo animal que se nos pusiese al alcance. Y cuanto mayor era el número de razones para ceder al desánimo, tanto mayor era el denuedo de mi mentor a la hora de afanarse las víctimas. En una ocasión creímos haber logrado nuestro propósito, y tanto fue el alboroto de Raimundo que, de haber sido yo el mal que le mataba, al punto lo habría abandonado. En efecto, después de una inoculación de pneuma en el espinazo de un cordero, vimos que se agitaba. El cadáver, aún caliente, tensó sus miembros y se retorció como presa de un espasmo de dolor. Después de unos segundos –eso fue lo que duró el júbilo de mi maestro- cesó para siempre el movimiento. Raimundo afirmaba que había percibido un latido, pero yo no lo creí; en mi opinión comenzaba ya a perder su objetividad. Falsa alarma y nuevo fracaso: en ocasiones es muy tenue la frontera que divide el mundo de los vivos y el de los muertos.

Raimundo reservaba el espíritu de Platero para la prueba final, justo antes de someterse él mismo al proceso. Mientras tanto, estos trabajos me servían de aprendizaje. Poco a poco me iba haciendo diestro en el manejo del instrumental y la provisión de suministros, y no tardé en adquirir la capacidad de tomar decisiones. La familiaridad que iba tomando con esta ocupación –nueva para mí- me facultó para la inteligencia de los apuntes que Raimundo había comenzado a confiarme. Debo confesar que yo los estudiaba sin reparos, ni me mostraba escéptico ni les concedía crédito. Para mí no se trataba de una cuestión de fe, y pienso que tampoco para Raimundo, sino más bien de una técnica que tratábamos de poner a prueba. La única diferencia entre nosotros era que él confiaba en el éxito y yo no, del mismo modo que desconfiaría de que arrancase el motor de un coche excesivamente viejo. En cualquier caso, conforme transcurría el tiempo, yo ganaba iniciativa y mi amigo perdía vigor.

Aceptaba con naturalidad el progreso de su enfermedad. A veces tenía la sangre fría de hacer cálculos con la fecha de su final, y programaba las tareas en consecuencia, como si no pudiera equivocarse. Los constantes fracasos no le desanimaban, quizá porque no tenía otra esperanza o porque de ese modo se distraía, pero a mí me acrecían la duda acerca de la posibilidad de concluir la tarea. Raimundo parecía convencido de que, un tiempo después del final, volvería a estar otra vez cómodamente instalado en la existencia, habitando un cuerpo nuevo y saludable. Me exhortaba, me corregía, se afanaba en dedicarme toda suerte de consejos de última hora, revisaba el funcionamiento de los instrumentos, se cercioraba de que todo estuviese dispuesto y a punto para cuando llegase el momento, que ya sentía próximo.

Me telefoneó una noche gélida que anunciaba nuevamente el invierno. No podía esperar más, me dijo. El espíritu había comenzado a abandonarle y era preciso capturarlo íntegro. Si he de decir la verdad, me sobrecogía su sangre fría, su confianza. Para él, la espera en el matraz, por larga que llegase a ser, no supondría sino un instante. Yo no sabía qué decir ni qué hacer. Me ofrecí a ayudarle, a prestarle el apoyo que sin duda todo hombre requiere en semejante trance, pero él rechazó el consuelo. Tenía que adelantarse a un final que, en el curso normal de los acontecimientos, aún tardaría días e incluso semanas. Dijo que confiaba en mi habilidad y en mi perseverancia, y me aconsejó proceder con cautela. Antes de pronunciar un adiós que no sonó nada patético me encomendó recoger su matraz. El se sometería al extractor esa misma noche, yo debería entrar en el laboratorio sin que nadie me viese para evitar problemas, guardar el frasco en lugar seguro – a ser posible en mi casa- y regresar a la mañana siguiente a la hora habitual para descubrir y notificar el horrible suceso. A los ojos de todo el mundo aparecería como un loco suicida. Tuvo el humor de compararse con Heráclito.

Salí de casa a toda prisa con la esperanza de llegar antes de que fuese demasiado tarde, pero en mi fuero interno deseaba llegar cuando todo hubiese concluido. Consideré necesaria la precaución de entrar a la finca por el ventanuco de la cuadra, lo que supuso algunos minutos de demora. Nadie podía verme desde allí. Los burros rebuznaron a pleno pulmón cuando me vieron entrar de ese modo, pero por fortuna lo hacían a menudo sin que mediara causa alguna. Oídas desde lejos, las voces combinadas de los tres asnos debían de resultar hermosas.

De lo que vi en el laboratorio prefiero no hablar. Raimundo se había convertido en una especie de borrón sanguinolento todo a lo ancho de la campana. Sobre la camilla descansaban sus restos sin vísceras, desnudos y enflaquecidos. Su mano derecha sujetaba aún el mando del extractor. Me tragué mis propios vómitos y salí a la carrera con el matraz en la mano por la misma vía por la que había entrado.


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He aquí todo cuanto estoy dispuesto a revelar de esta historia. Ya sé que a los oídos de la mayoría aparecerá como inverosímil y yo como un loco, pero mi desvarío no excedió los términos de seguirle la corriente a Raimundo. Por lo demás, cuanto he referido es real, y puedo mostrar como prueba tanto el extractor, que usé durante un tiempo, como tres matraces que conservo en casa, en lugar seguro. En dos de ellos podía leerse el nombre de Platero, en el del tercero se leía el de Raimundo. Desgraciadamente, con el tiempo confundí las etiquetas que los identificaban y ya no puedo distinguir el uno de los otros. Además, hace años que desistí –si es que alguna vez me lo propuse con la seriedad suficiente- de buscar el modo de encarnarlos de nuevo. Para mí es asunto concluido y nada tengo que reprocharme. Sencillamente, no sé cómo concluir la tarea que me fue encomendada. Si no sé cómo hacer una cosa, pues no la hago. Y punto.


Por cierto, en la segunda ocasión la cecina estaba buenísima.